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Che, estamos en Argentina

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Por Diego Cazar Baquero* / @dieguitocazar

“Si es por buscar mejor que busques lo que nunca perdiste –me decía–, y se me hace difícil pensar que es la Argentina: tenemos, ahora, un país hecho de lo que se perdió. Un país que solía ser pura promesa –que siempre fue promesa– hasta que de pronto descubrió que el futuro que prometía se le había transformado en pasado –y que el presente no había existido nunca”.

Martín Caparrós. El interior.

Horacio trabaja hace seis años en la estación de trenes F. Lacroze, en Buenos Aires. “¿De Ecuador?”, nos pregunta de nuevo, como si no hubiera escuchado bien la primera vez. “Tienen lindas playas allá, ¿eh? ¿Y entonces, qué hacen acá?”.

En Argentina es muy común escuchar, a modo de excusa vergonzante o de conformidad ante un maleficio inevitable, la frase Che, estamos en Argentina. La he oído muchas veces cuando, por ejemplo, atestiguamos que el conductor de un auto acelera al virar la esquina casi sin que importe si un peatón está poniendo los pies en la calzada para cruzar. El peatón que va al lado lo mira y con complicidad e indignación exclama: “¡Estamos en Argentina, che!”. En el mercado, la mujer pide a la vendedora boliviana unas cuantas mandiocas y acto seguido se queja: “¡subió el precio, ¿eh?!”. “Estamos en Argentina”, le contesta la mujer extranjera. Y también he oído la bendita frasecita cuando se habla de política. Por ejemplo, aunque la veda electoral durante las votaciones del pasado 25 de octubre había comenzado ya y estaba prohibido manifestarse públicamente a favor de uno u otro candidato, varios grupos de militantes continuaron en las calles haciendo campaña con reuniones y repartiendo volantes. A pocos parecía importarles si era o no ilegal hacerlo. Muy a pesar de la veda electoral, la programación radial y televisiva continuó transmitiendo cuñas y spots ilegalmente hasta dos días antes de las elecciones. “Estamos en Argentina, che”, me dijo el dependiente de un cafecito de avenida Entre Ríos, cuando le mostré mi sorpresa. A eso mismo me sonó la pregunta que nos hizo Horacio el día de las votaciones. Él se excusaba en nombre de su país. Este hombre, fornido y amable, alto como un refrigerador de casa grande, tiene cuarenta años. Aquel domingo fue a votar antes de ir al trabajo y rayó la papeleta por Sergio Massa –que figuraba tercero en las encuestas, luego del candidato oficialista Daniel Scioli y del actual alcalde de Buenos Aires, el empresario derechista Mauricio Macri, quienes alcanzaron a llegar a segunda vuelta con una diferencia menor a los cinco puntos. resultadosHoracio estaba muy consciente de que su candidato no ganaría.

Lo mismo me había dicho un mes antes de las elecciones una directora y actriz de teatro que lucía decepcionada: “Mi candidato no va a ganar pero es mi candidato, el único por el que votaría. ¡Y yo sí voy a votar por él!”. Se refería a Nicolás Del Caño, un joven político que representa al Frente de Izquierda de los Trabajadores (FIT), que apareció muy abajo en los sondeos y que alcanzó apenas el 3% de los votos, finalmente. “Es todavía muy pibe, Del Caño –opinó un profesor universitario ecuatoriano, en Córdoba, que le apostaba al kirchnerista Scioli–; si sigue laburando puede ser que tenga buenos resultados”, vaticinó.

Esta sensación de desencanto y confusión no es cosa aislada. Un músico de 34 años que votó en Lanús no estaba seguro de por quién votaría a pocas horas de que llegara el día. “Es que noto cómo todos mienten y a la vez los veo incapaces de gobernar”, dijo. A última hora, este artista se inclinó por la diputada Margarita Stolbizer, líder del partido Generación para un Encuentro Nacional (GEN), quien tampoco estuvo nunca entre los favoritos. Hugo, un cordobés de 35 años, también votó a esta candidata por ser “la que me representa más en términos de discurso e ideología”.

Entre la indecisión, la apatía y la incredulidad, 32 millones de argentinos votaron obligatoriamente por candidatos que no gozan del carisma y de las mañas de un líder con artes de caudillo. María Julia, una maquilladora y estudiante de Artes Audiovisuales de la capital argentina, le dio el voto a Scioli como prefiriendo al malo conocido, “porque al menos sé lo que va a hacer y lo que no hará, cosa que del resto no puedo decir lo mismo. Macri dice un día una cosa y otro día lo que le indica [su asesor] Durán Barba. No hay coherencia discursiva y además negocia con los capitales de turno”.


En las elecciones primarias de agosto pasado, el índice de ausentismo llegó al 26% del padrón electoral y esta vez, la participación a escala nacional fue de 81%, según el organismo electoral, es decir que el ausentismo bajó al 19%.


Muy por la mañana de ese domingo de elecciones, también Jorge –un sesentón que vive de vender revistas, periódicos y libros en un quiosco de Buenos Aires en una esquina entre Callao y Corrientes– salió de la ciudad para ir a votar en Villa Ballester, una localidad de algo más de 28 000 habitantes que queda a media hora en tren, pero aún dentro de los límites de la provincia, del Gran Buenos Aires. Luego de rayar la boleta, volvió apurado a la capital para abrir su negocio. “Y, estuvo tranquilo todo en las votaciones, viste, pero tuve que madrugar para poder venir a abrir el quiosco”, me contó, antes de resistirse a hablar de su candidato. “No quiero provocar discusiones”, respondió a mi torpe intento de violar el secretismo del voto.

Quién sabe si Jorge, pero Horacio, el de la estación de trenes, votó esa mañana –como muchos otros argentinos– para no tener que pagar la multa de 150 pesos (más o menos doce dólares estadounidenses). “Si no, no hubiera ido, a mí me da igual esto”.

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Martín Caparrós escribió en 2006 un libro memorable llamado El Interior. Un día, el protagonista decidió salir de Buenos Aires en su auto, apodado Erre, y contar lo que veía al recorrer la Argentina que no es la capital, ese país sin obelisco ni Caminito pero con pampa, ese país sin tanto tango pero con zamba, chacarera y cuarteto. El hombre descubrió que el país que le habían contado era tan solo el de la gran ciudad de Buenos Aires. Lo demás era la imagen de lo bucólico, de lo agreste. Al volver, luego de recorrer “veintitantos mil kilómetros”, el piloto de Erre se sorprendió con esta urbe monstruosa y llena de furia en la que vivía y que, en 2 642 kilómetros cuadrados, alberga a catorce millones y medio de habitantes, el equivalente a toda la población de Ecuador. “Sabemos –escribió–: si Buenos Aires no es el interior ni el exterior, entonces es el limbo”.

Salir de ese limbo es cruzar a una dimensión distinta. Tras una franja de miseria desplazada a los bordes, en las villas, aparecen ante los ojos del viajero casas bajitas, amplísimos espacios verdes, sembradíos, barrios con aire de campo y, en primavera o verano, loros verdes surcando el cielo, jóvenes bebiendo mate en los prados, chicas que pasean en bicicleta, niños que patean el balón.

Fuera de Buenos Aires habitan veintiséis millones de personas, el equivalente a dos Bolivias y Paraguay juntos. Entre ellos está Andrea, una antropóloga de Córdoba que dio su voto también para el ‘pibe’ Del Caño. Ella cree que lo que hace falta en la Argentina es que la discusión sobre Derechos Humanos no permanezca en manos de la clase política kirchnerista, que ha gobernado el país desde el 2003. Ella distingue tajantemente entre la línea ideológica de la saliente Cristina Fernández y la de Del Caño, quien –para ella– sí representa a la izquierda y a los trabajadores mientras que el kirchnerismo no lo hace. “Mi voto va a la izquierda para fortalecer una oposición real que permita la discusión de derechos desde una perspectiva socialista”, dijo.


Fuera de Buenos Aires habitan veintiséis millones de personas, el equivalente a dos Bolivias y Paraguay juntos.


Un empleado ferroviario y productor de seguros de 38 años también eligió a Del Caño “porque Scioli y Macri defendieron en otra época políticas neoliberales y apoyaron uno de los peores gobiernos argentinos de la historia. Como debajo de esos candidatos prácticamente cualquier voto sería como perdido, es que opté por darle mi apoyo a gente que nunca gobernó para ver qué puede ocurrir, porque sus propuestas son más interesantes que las de otras candidatos”. IMG_4569Aníbal Requelme piensa lo mismo que Andrea, aunque esta vez no pudo votar por no estar presente durante los sufragios. “Votaría por Nicolás del Caño porque creo en romper con la estructura mal llamada peronista desde un lugar socialista”.

El peronismo para la Argentina es un bocadillo que al parecer satisface todos los paladares, un pretexto para hacer política.

El General Juan Domingo Perón, cuando reemplazó a Clark Kent. Dibujo a lápiz con color por Photoshop. Autor Diego Parpa. http://www.actitudtravolta.blogspot.com/2007/09/el-hombre-de-acero.html
El General Juan Domingo Perón, cuando reemplazó a Clark Kent. Dibujo a lápiz con color por Photoshop. Autor Diego Parpa. http://www.actitudtravolta.blogspot.com/2007/09/el-hombre-de-acero.html

Hay peronismo de izquierda, de no tan a la izquierda, otro un poco más inclinado hacia la derecha pero de izquierda peronista y así. Endúlcelo a su gusto. El general Juan Domingo Perón es algo así como un fetiche de historieta, como Mafalda o El Eternauta. Incluso el mismísimo candidato empresario derechista y privatizador Mauricio Macri inauguró hace poco un monumento a Perón con el evidente objetivo de congraciarse con algún despistado que se cree de izquierda. En una obra de teatro caro pero malo que está en temporada como en campaña electoral, un actor lo encarna junto a Einstein, Freud, Lennon y Woody Allen. Encuentro de genios se llama la obra.

 

Y mientras Perón se viraliza, algunos argentinos se preguntan con más insistencia si todavía pueden asegurar que existe la izquierda. ¿Dónde quedó la izquierda peronista. Eso si es que alguna vez existió tal cosa?

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Córdoba está a nueve horas por tierra de la capital. Es una urbe conocida como un centro universitario e intelectual, pero también es un bastión del conservadurismo. Por eso, los resultados finales le dieron la victoria a Macri, mientras el oficialista Scioli quedó en tercer lugar, después de Massa.

En esa ciudad del norte del país, Marcos, un estudiante que no llega a los 30, votó en Villa Azalaiz por “el ingeniero Macri, porque es la persona que ha hecho en sus gestiones grandes cosas a nivel infraestructura, movilidad y ordenamiento de semejante ciudad como es Buenos Aires, porque quiero un cambio general de este clima de clientelismo y demagogia que se está viviendo, en donde se reprime la violencia con más violencia desde una cadena nacional”. Otro cordobés, Federico Bosque, de 24 años, también dio su voto a Macri “porque me parece que representa un cambio positivo para Argentina”. A los que usan esos argumentos, los kirchneristas acusan de desmemoriados, de inconscientes, pues hablar de represión y de violencia hoy no es lo mismo que durante los setentas de Videla.

Según los datos de la Dirección Nacional Electoral, en la provincia de Córdoba, de 2 789 021 electores, 1 142 493 votaron por Macri y solo 412 263 por Scioli, quien quedó tercero después de Massa. En otras provincias del interior como Mendoza, Entre Ríos y Santa Fe también ganó Macri. En San Luis, el gobiernista Scioli quedó tercero.

Diagrama que circuló en redes luego de que se dieran los resultados de las elecciones del 25 de octubre.
Diagrama que circuló en redes luego de que se dieran los resultados de las elecciones del 25 de octubre.

Del Caño tuvo adeptos sobre todo entre los jóvenes y los estudiantes. Lucas, por ejemplo, dice que Nicolás del Caño es una nueva figura, “alguien que trae otro aire a lo ya conocido”. Pero aclara que si no hubiera postulado Nicolás habría votado a Scioli “porque representa continuidad con el modelo de Gobierno que venimos transitando aunque no haya sido el candidato del Frente para la Victoria (FpV) que más me convence”.

Un estudiante de 26 años de Buenos Aires estaba convencido de que Scioli era la opción. “Con el gobierno de Frente para la Victoria el país avanzó y mucho, como también hubo un progreso en muchas ciudades que desde hace tiempo no pasaba (…). Creo que con la presidencia de Scioli el país seguirá avanzando”.

En general, el voto por Scioli tuvo un rasgo fuerte pero de doble cara: garantizar un cierto grado de continuidad o no arriesgarse a entregar los destinos del país a alguien desconocido y de la derecha. Un director de publicidad de 30 años es radical: “no me gusta Macri, y pese a que no me gustaron los últimos dos años de gobierno de Cristina, sí estoy de acuerdo con el modelo de país que plantea”. Quienes votaron a Scioli, en su mayoría, dicen votar por un proyecto político más que por el individuo, como Fabrizzio, un DJ de 32 años que cree en el fortalecimiento estatal que generaron Néstor y Cristina. “No me gusta Scioli pero sí el proyecto –dice–, este proyecto nacional y popular apuesta a un país industrializado y los demás partidos como el PRO [de Macri] apuestan a un país agroexportador. Además, ya vivimos con ese modelo de país que debilita al Estado para poner al país en manos de los privados. El neoliberalismo nos llevó a la quiebra y la crisis mas grande de la historia así como en el resto de Sudamérica”.

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El viaje y el libro de Martín Caparrós mostraron una de tantas veces más, pero de manera contundente, que como muchos otros países, la Argentina está hecha de dos patrias que no se conocen bien: la capital y lo demás. Un ‘lo demás’ poblado por veintiséis millones de argentinos. Para muchos de los votantes, los candidatos que corrieron con las mayores posibilidades de suceder a los Kirchner son tan solo diferentes rostros de la derecha.

tren campañaVeintiséis millones de argentinos que también usan la frase che, estamos en Argentina, pero a su manera: para exigir atención o para decir, al mismo tiempo, ¡no estamos en Buenos Aires!

Estar en Argentina es estar en Tierra del Fuego, en Salta, en Entre Ríos, Santa Fe o Formosa. Están en Argentina los miembros de la comunidad qom potae napocna navogoh, quienes se sirven de medios alternativos como la revista Garganta, del colectivo La Poderosa, para reclamar por la violación a sus tierras y a los derechos de los pueblos indígenas, tanto por parte del gobierno nacional, como por el de Formosa y por empresas privadas. “Quien no nos ve, es porque no quiere vernos. Ya no estamos mudos –dicen, anunciando su presencia permanente en una carpa en plena avenida 9 de Julio, en Buenos Aires–: toda nuestra comunidad grita con La Garganta. Quien no nos escucha es porque no le conviene”, dicen.

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Están en Argentina los miembros de la comunidad qom potae napocna navogoh, quienes se sirven de medios alternativos como la revista Garganta, del colectivo La Poderosa, para reclamar por la violación a sus tierras


Todos coinciden en que uno de los mayores logros de la era K es la marcada política de defensa de los Derechos Humanos y la judicialización de los actos criminales cometidos por la dictadura militar, ocurrida entre 1976 y 1983. El trabajo con el rescate de la memoria y el levantamiento de memoriales públicos de conciencia como el Parque de la Memoria son muestras de ello. Pero también se percibe un consenso con respecto al deterioro progresivo del manejo del Estado, a ciertos abusos de poder y a un desorden –por decir lo menos– en el manejo de las arcas públicas. Muchos creen que al asumir Cristina el mandato, luego de Néstor, la cosa se enturbió.

parquedelamemoriaLa era kirchnerista implementó planes sociales como la Asignación Universal por Hijo, Plan Trabajar, Procrear y Argentina Trabaja, con el aporte de los trabajadores en relación de dependencia, pero muchas críticas al modelo censuran el clientelismo político que se generó y la consecuente relación absurda que conlleva la democracia: yo te doy caridad y tú votas por mí.

Argentina, sea como sea, ha concluido la etapa que hace doce años inició Néstor Kirchner –sin duda el gestor de la recuperación de un país que estaba hundido en una crisis sin precedentes y en un entreguismo despiadado a la corrupción y a los designios de los organismos financieros internacionales, pero parece que sus gobiernos aún no salen del limbo… En la provincia del Chaco, en tierras de la comunidad Qom, se han denunciado casos de cáncer infantil, nacimientos de niños con malformaciones, abortos espontáneos, aguas contaminadas alrededor de las plantaciones transgénicas fumigadas con glifosato y otros agrotóxicos. Algunos de estos datos fueron publicados por última vez en 2010 y desde entonces, misteriosamente, no hay más información oficial al respecto. ¡Y los qom también están en Argentina, también son Argentina! La Organización Mundial de la Salud reconoció finalmente, en marzo de este año, que el glifosato es un probable cancerígeno, pero el debate al respecto en la Argentina y en el mundo no adquiere la magnitud adecuada y por eso, las calles de la capital argentina son escenario de constantes protestas por la defensa de los derechos sobre las tierras y en contra de la explotación minera y de los desplazamientos de las comunidades y pueblos originarios.

Fany Giménez, una mujer que perdió a su pequeña hija de 7 años “producto de sus múltiples malformaciones a causa de los agroquímicos”, junto con otros padres y víctimas del uso de glifosato, demandaron al Estado Nacional y a once empresas instaladas en la Argentina, entre ellas Monsanto, Ciba Geigy, Pioneer y Bayer, exigiendo la suspensión de las fumigaciones y la comercialización de productos afectados por agroquímicos. Y este no es un tema que haya estado presente en las agendas de los candidatos a la Presidencia de la Nación.

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Jorge, el sesentón del quiosco en Callao y Corrientes, no estaba seguro de si valió la pena madrugar para viajar a Villa Ballester, votar y luego volver a capital para atender su negocio. El día había transcurrido tan desolado que casi no vendió nada.

En un bus que transitaba lento por el Congreso de la Nación, la tarde de aquel domingo cívico, un hombre de unos veintiocho viajaba cómodamente sobre el piso, entre dos de los asientos, estiradas sus piernas a través del pasillo. Los pasajeros que subían tenían que pasar por sobre las piernas del hombre que roncaba sutilmente dejando escapar un escurridizo aliento a alcohol. Aquí no hay veda electoral que valga, me decía yo, que la noche anterior había bebido unas cuantas Quilmes en una peña y varias botellas de vino. ¡Estamos en Argentina, bróder!

Esa misma tarde, en un restaurante de Villa Ballester, los clientes siguieron los resultados a través de los noticieros de televisión. Bebieron cervezas también y charlaron en familia mientras veían a Scioli en primer lugar con menos del 50 por ciento de mesas escrutadas en todo el país. restaurante ballesterLos pronósticos aseguraban una victoria relativamente amplia para el candidato de la saliente Cristina Kirchner, pero, al pasar la medianoche, con 72% de mesas escrutadas, el derechista Mauricio Macri superó por décimas a Scioli. “¡Ya cagamos!”, gritó, sin poder contenerse, una de las meseras del lugar. Pablo, el dueño, hizo una mueca de preocupación pero también de desdén. A sus 38 años, él tiene una certeza: gane quien gane, poco o nada cambiará la Argentina después de los Kirchner. Pablo es uno de esos que votaron por Massa para no dar su voto a Macri por derechista ni a Scioli por tibio y aburrido. Pablo es otro de los que quisieron votar a Del Caño pero, como no era un favorito, prefirieron no sentir que desperdiciaban su voto. Pablo, como todos los días, cierra su restaurante a las doce y media de la noche y vuelve a casa.

En Buenos Aires, Horacio también ha vuelto a casa después de su jornada de ocho horas. Durante el día, ha dejado pasar gratis a uno que otro jubilado a la estación del tren. Ha saludado con la gente, ha orientado a quien le consultó sobre el horario de salida del siguiente tren. Ese es su trabajo durante seis días cada semana. El séptimo día no le alcanza para descansar como quisiera, ir a una playa en familia o simplemente hacer una visita larga a los amigos que viven lejos de la gran ciudad que este domingo respiró más lento. “Eso es algo bueno que ha hecho Cristina –me dice–, viste que tenemos muchos feriados, y eso está bueno, porque tanto trabajar necesitamos también descansar. Y, ¿viste que Macri dice que quiere quitar esos feriados? Todos esos se pasan hablando del pueblo y yo nunca le vi a Cristina ir en bici a la Casa Rosada, nunca les he visto a los candidatos viajar en tren”, reclamó antes de despedirnos, señalando con su quijada al vagón que íbamos a abordar.

En el quiosco de Jorge, los diarios y revistas recogen en sus portadas lo que ya todo el mundo sabe: terminó la era Kirchner y habrá segunda vuelta.

dospaises“Existen dos visiones diferentes de la Argentina”, había dicho Scioli esa noche del domingo, luego de que los resultados a boca de urnas dieran a él y a Macri una victoria casi compartida. Se refería al país que él y los kirchneristas proponen –al menos en sus discursos– y al que anuncia el discurso macrista. En un rincón del quiosco de Jorge, una pila de ejemplares del diario gobiernista Página 12 destacaba el título de portada “Dos países”, recogiendo el discurso de Scioli de la víspera. Pero, en realidad, los dos países que salieron a votar ese domingo 25 de octubre son otros. Esos dos países son los de Martín Caparrós: la Argentina y el limbo. El interior y Buenos Aires.


*Esta entrega fue posible gracias al trabajo del equipo de investigación en Argentina, para La Barra Espaciadora: Silvana Cevallos: en Buenos Aires. David Avilés Aguirre: en Córdoba.