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Desaparecidas, mutiladas, un desafío para la memoria

Mostrar los rostros de quienes desaparecieron de un momento a otro, sin explicación ni lógica, es combatir una ausencia. La mayor parte corresponde a mujeres y jóvenes que un día estuvieron y ya no están más. Sus fotografías adquieren un sentido polìtico, aluden a la falta de solidaridad e incomodan a los responsables de las investigaciones. La lucha por esas vidas que merecen ser reclamadas es un empellón a la memoria, a la resistencia frente al olvido.

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Decenas de voluntarios y familiares de los desaparecidos se concentran todos mièrcoles al mediodìa en la Plaza de la Independencia para agilidad en los seguimientos de los casos.

Por Natalia Rivas* / @Natyri7

Desde hace dos años, cuando me acerqué a los plantones que realiza la Asociación de Familiares y Amigos de Personas Desaparecidos en Ecuador (Asfadec) todos los miércoles, en la Plaza de la Independencia, me he preguntado con qué momentos de mis seres amados me quedaría si no los volviera a ver. Pienso que sus fotografías, sin duda, se convertirían en un primer antídoto contra el olvido.

Al recorrer el collage de fichas que los familiares colocan en el suelo de la Plaza –estas contienen el retrato de la persona desaparecida y los datos sobre la última vez que fue vista– es inevitable confrontarse con los rostros de mujeres jóvenes y cuestionarse qué fue lo que sucedió con ellas.

Carolina Garzón, estudiante colombiana desaparecida en Quito el 28 de abril de 2012; Juliana Campoverde fue vista por última vez el 7 de julio de 2012, en el sur de la ciudad; Gladys Rengel desapareció el 2 de marzo de 2004… Ellas son parte de las estadísticas de las más de 4.300 personas que han desaparecido forzosa o involuntariamente en el Ecuador, de acuerdo con el registro levantado por Asfadec. Sin embargo, hay algo más escalofriante detrás de las cifras: aún después de las denuncias, el tiempo y procesos, no existe información sobre su paradero.

El hecho de que el 67% de los casos reportados corresponde a mujeres y que de ellas cerca del 48% esté entre 12 y 17 años lleva a los expertos en derechos humanos y a los familiares a pensar que este problema podría estar relacionado con la trata de personas con fines laborales o sexuales, o con el tráfico de órganos. Aunque también existe un sinnúmero de historias particulares, como la de Angie Carrillo, quien estuvo desaparecida por 27 meses. El año pasado se descubrió que fue asesinada por su exnovio, lo que revela que el femicidio y la violencia de género también figuran entre las causas más fuertes de desaparición en el país.

Cartel, afiches y fotografías son usados en los plantones. Su objetivo es mostrar los rostros de los desaparecidos no solo a las autoridades, sino a la sociedad, para que se sienta aludida en un problema que compete a todos.

Las imágenes de desaparición están acompañadas de las palabras, de relatos sobre lo que soñaban aquellas mujeres que ya no están: ir a la universidad, viajar, danzar… Es lo que recuerdan sus padres o amigas. Pero todo se ha transformado en un proyecto cercenado, en un deseo suspendido en el tiempo.

Cuando recuerdo sus retratos, retumban en mis oídos las palabras de José Luis Rodríguez, uno de los voceros de la asociación: “Desaparecidas, desaparecidas. Y ellas fueron encontradas después, desmembradas, mutiladas. No hay nombre para esto. Y los familiares dicen que hay trata de personas. ¡Maldita sea! ¡Maldita sea que el pueblo ecuatoriano no se levante para que se acabe esta desgracia que se vive!”.

Concuerdo con él. No hacemos nada. Se debería hablar de ellas, recordarlas como un acto de resistencia.

La memoria es obstinada. La mente se empecina en seleccionar anzuelos: una cara, una escena, un color, un lugar… Cada vez que sentimos que el recuerdo se disuelve, estos señuelos contraatacan y no permiten que aquella figura se desvanezca. Los familiares de los desaparecidos llevan consigo anécdotas, objetos, fotografías. Estos elementos que, en la intimidad de su hogar, representan la posibilidad de combatir la ausencia, que son una extensión de la personalidad de su ser querido, en la esfera pública se convierten en un signo de visibilización de la desaparición, una realidad que cada día se vuelve más evidente en el Ecuador.

Al ser expuestas, las imágenes de las mujeres desaparecidas adquieren un sentido polìtico, cuestionan por su falta de solidaridad a los transeúntes; incomodan a los responsables de agilizar las investigaciones; son esos señuelos que nos impiden olvidar y que nos reiteran la necesidad de luchar por estas vidas que merecen ser reclamadas.

De ahí la necesidad de emplazar la memoria, en su estricto sentido de “poner en un lugar y momento determinado”. Compartir estos retratos (interactuar con su dimensión material) interesarnos por las historias que hay detrás de ellos y unirnos en las demandas de respuestas de los familiares es una deuda pendiente que tenemos como sociedad.

El llamado es, en términos de Elizabeth Jelin, investigadora social argentina, a convertirnos en “emprendedores de la memoria”. Cuanto más heterogéneos y numerosos seamos, mayor serán las posibilidades de convocar, evidenciar y de exigir al Estado seguridad para sus ciudadanos.

Las mujeres continúan desapareciendo y siendo asesinadas. No olvidar a las víctimas es la mejor manera de protestar y de resistir.


* Periodista y máster en Antropología Visual (Flacso)