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Dimes y diretes de un separado

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Por Francisco Ortiz / @panchoora

Nunca me resultó tan extraño ir de compras al súper. Discutir con alguien que no fuera mi esposa sobre cuál detergente comprar, qué leche tomar o qué champú es mejor: si el anticaspa o el anticaída, son discusiones casi filosóficas para un par de cuarentones separados que -por esos azares de la vida- deben compartir un departamento.

Ese día dejé de pertenecer a esa inmensa porción de población que vive casada. Ya bien entrado en los treinta, bordeando el cuarto piso, veía tan lejanos los primeros años de la relación. En Ecuador, el mayor porcentaje de la población se casa entre los 20 y 29 años. De ese montón de contrayentes enamorados, el 53,9% son hombres y el 52,9%, mujeres. A mí, ahora, me tocaba cruzar el umbral que conduce a esa creciente población de separados.

Romper con un matrimonio de años, más allá de lo doloroso que pueda resultar, implica un cambio radical en la vida de ambos ex cónyuges. Es como un tijeretazo entre lo que debía ser y lo que será. Separarse es entrar en un estado catatónico del que cuesta mucho salir. Una vez tomada la decisión de romper la relación, se abre ante nosotros un sendero lleno de nuevas decisiones. Queda un inmenso pasado por resolver, un mundo de dolor por negociar, llorar, lamerse las heridas, mudarse, resucitar…  Pero, ¿qué llevarse? ¡Lo que entre en las maletas! El sentir que todo y nada le pertenece a uno es hecho mierda. Salvo por mi ropa, el tomar algo más de la casa me haría sentir como un ladrón. No podía dejar espacios vacíos a mis hijas. Suficiente tenían con no verme por las mañanas. Entonces, ¿qué tomar sin dejar ese hueco? Par toallas, una cobija, algo de libros, cepillo, pasta de dientes y la vieja rasuradora. ¡Toda mi vida empaquetada en dos maletas! ¡Por fin, me mudé! Tuve la suerte de poder caer de paraca en el departamento de este gran pana. Él, como yo, había terminado pocos años antes su matrimonio. O sea que los dos engrosábamos desde entonces las filas de los nuevos solitarios: esos padres del siglo XXI que deben reservar sus fines de semana para ver a sus hijos. Esos nómadas que deben aprender a vivir una soltería tardía que desnuda las más vergonzosas debilidades de un hombre adulto. Los divorcios en mi país pasan en su mayoría entre los 30 y los 34 años de edad, y de esos divorciados, un 17,4% son hombres mientras que las mujeres representan el 18,8%. Eso dicen las cifras oficiales. Lo cierto es que una ruptura sentimental no le ocurre a uno solo. Es cosa de dos, por más pecho que se le ponga a las balas. En los últimos diez años, el número de divorcios en el Ecuador se ha incrementado en un 95,3%, frente a los matrimonios nuevos que representan apenas un 11,1%. De los 71.332 matrimonios que se registran al año, los divorcios han pasado de 10.987, en el 2002, a 21.466, para el 2011.

 Pero, insisto, esos son los números. Vivirlo es otra cosa…

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¡Carajo, la cama! ¿y ahura? Por suerte, mi amigo tenía encargada donde su madre la que usó cuando soltero. ¡Me cayó como anillo al dedo! Una camita con sus sábanas, sus cobijas y sus almohadas, cosas en las que no se me había ocurrido pensar… Ya en mi nueva guarida. Los primeros días ya se pasaron de turros. El no sentirse parte de ningún lugar ha sido tan duro, ¡bien-al-hue-vo! Desde dentro de ese departamento, rebozante de un frío roto, la casa de mi vieja se sentía más lejana que nunca y la casa donde quedaban los restos de mi hogar, esa casa de la que acababa de salir, era tan solo un manojo de imágenes melancólicas. En pocas, yo era como un intruso aquí o allá, sin patio de fin de semana, sin el susurro de los ruidos familiares, sin las vocecitas…

El primer encuentro real con mi nueva vida tuvo lugar en la cocina: abría la refri y no sabía qué cocinar. Me hacían falta mis sartenes, mis ollas, mis cuchillos. ¿Cómo picar el culantro y el perejil sin mi tabla anaranjada? Tan torpe me sentía que ni siquiera fui capaz de freír un huevo. A mi pana le salían perfectos: no muy crudos, no muy quemados, consistencia justa y sabor perfecto. ¡Esos huevos fritos, mezcladitos con arroz! Hmmm… ¿El arroz? Esa es otra historia. Mi pana y roomie era devoto del precocido y yo, en cambio, prefiero siempre el arroz lavado, así que intercambiamos recetas y a la final ganamos ambos: él amó mi arroz soposo y yo el suyo, al curry. Una vida de nuevas experiencias estaba ad portas. Y, es curioso: pensé que era el único que andaba hundido en este drama existencial, pero no… ¡para nada! Solamente entre mi grupo de amigos más cercanos, cuatro de seis estamos en las mismas. Los otros dos, en veremos…

Eso sí, nunca me acostumbré a la convivencia con la jauría de gatos de mi pana, pero no se lo cuenten. Cuando llegué eran tres, pero al poco tiempo, gracias a una de las gatas amorositas, llegaron a ser seis. ¡Qué caos! Creo que hasta ahora escupo pelos de gato como si los hubiera lamido yo mismo para acicalarlos. Uno, dos, tres, bien. Pasan. Pero, ¿seis? Ni bien me descuidaba un segundo ya estaba alguno de ellos sentado sobre el teclado de mi computador. Tuve la fortuna de que a mí nunca me pasara, pero a mi pana un día esos felinos salvajes le desconfiguraron la laptop y solo podía usarla si la abría como si fuera un libro. Si la ponía en la posición habitual, el cursor del mouse se iba pa’l carajo. Le llevó semanas resolver esa travesura gatuna y al final le tocó formatear la máquina.

Mientras aprendía a convivir conmigo en mi nuevo estado civil, me animé a invitar a salir a una amiga que es también parte de las estadísticas… Era, digamos, mi primera cita. ¡Qué desastre! Si pudiéramos apodar a la torpeza, seguro lo haríamos con mi nombre. Habíamos quedado en ir el viernes al bar donde voy cada semana, religiosamente, desde que me separé. Le había contado que esa fauna que frecuenta el sitio se ha convertido en mi segunda familia. Pero era de ver las quijadas rayando el piso cuando entré con mi invitada. Y bueno, no era para menos, con semejante huracán que subió conmigo las gradas. ¡Diosito! Nos sentamos frente al escenario donde tocaría la banda. Las copitas iban y venían y creo que eso ayudó en algo a desalmidonarme. Sin embargo, mi torpeza era suprema, a ratos no sabía qué decir, pensaba que lo que hablaba eran puras babosadas, no sabía si perder mis manos entre sus caderas de una buena vez o pedir otro trago… ¡Salud!

La banda comenzó a sonar. Durante el primer set, opté por cantar todo el repertorio para no verme obligado a hablar sandeces. Debajo de la mesa, las manos me sudaban y el pecho me palpitaba, a lo Willie Colón. Ella me veía y noté que reía. ¿Será que la estoy cagando? –pensé, mientras esperaba que comenzara el segundo set… ¡Salsita! Y claro, ese era el mejor pretexto para salir a zapatear y estar más cerquita.

Mientras yo me daba ánimos para sacarla a bailar, ella ya estaba en la pista, conmigo a rastras. ¡Pero qué meneo, por favor! Yo me vi atrás del vendaval, recogiendo los pasos como muerto fresco. Vueltita por aquí, vueltita por allá, manito a la cintura y otra vueltita más. Casi había olvidado mis capacidades de castigador de baldosa, pero, como diría un profe del colegio: “lo que bien se aprende, no se olvida”. Por suerte creo que solo pisoteé sus zapatitos color de café un par de veces. Al final, ella la pasó mejor que yo y al despedirnos en su casa quedamos en salir de nuevo… Hasta hoy sigo buscando pretextos idiotas para llamarla. No sé si escribirle un mensaje privado o mejor esperar a que ella me mensajee… ¿Qué será de hacer? ¡Acolitenfff! El estar fuera de práctica tantos años a uno le vuelve medio menso…

faroTodo parece marchar con normalidad hasta que, en un abrir y cerrar de ojos, cualquier pretexto sirve para poner fin a una historia de amor que quizás ya se había terminado hacía mucho.

Más allá de la estadística, somos síntomas de nuestra propia generación. Al parecer ya no estamos cargando el karma de nuestros viejos, quienes pensaban que el matrimonio expiraba con la muerte del titular. No, los tiempos han cambiado y, al parecer, los que estamos dentro de estas cifras nos dimos cuenta de que la vida dura un destello y de que mañana ya es tarde para ser felices.

Ahora, estoy a días de dejar el departamento de mi querido amigo, su cocina y sus gatos, e iniciar una nueva vida. ¡Esta vez, solo!

 

 

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5 Comentarios

  1. Pancho,
    He leído esta nota con la mano en la pena y el suspiro al borde del escritorio. Siempre nos lo dijeron, y uno: necio.
    Abrazo.

  2. Gocé su historia cada letra, me encantó la forma en que expresa su separación. Que fascinante es volver a empezar! adelante que todavía tendrá mucho que contar, disfrutar, llorar y aprender.

  3. Cuándo uno decide terminar una relación? Yo, aun no puedo tomar esa decisión, a pesar de estar separada. Para que separarse si sufre tanto? No hay nada que hacer? Me pregunto cada día. Somos una pareja de diferentes culturas, no solamente de dos diferentes naciones, sino realmente de otras culturas personales, además, me cuesta entender todo lo que has escrito, hay palabras que no entiendo, y si le hubiera preguntado a mi pareja qué quiere decir cada palabra que no entiendo…? Es otro problema, y así debe ser? Qué es lo que hace aumentar el número de divorcios??? La gente está menos paciente con su pareja? Uno cree que es mejor vivir solo? Qué pesan los 17 años que estuvimos juntos? Nada…? Si realmente tenemos pocas cosas comunes, si tenemos dos preciosos hijos? Me pregunto cada día, y mi corazón aun no puede despegarse para la nueva vida. Aun quiero creer que hay algo que hacer, quisiera recuperar mi familia unida, feliz, en paz. Y, mañana me resigno…

  4. Excelente, deberían entregarte un panfleto con este relato el momento en que estas dejando tu hogar para emprender una nueva vida. Salud!!!

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