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España y Catalunya: cuando un amor acaba

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Imagen de la Diada. Los datos dicen que la convocatoria reunió a cerca de un millón y medio de votantes a favor de la independencia del Estado español.
Imagen de la Diada. Los datos dicen que la convocatoria reunió a cerca de un millón y medio de votantes a favor de la independencia del Estado español.

Por Gabriela Paz y Miño. Desde Sant Celoni, Catalunya.

Tenía nueve años cuando su maestro le obligó a escribir cincuenta veces No debo hablar en catalán. A sus 73, Josep Pujadas –alto y grueso como un roble; cabello blanco, estirado hacia atrás con disciplina; voz ronca de viejo fumador– lo recuerda con claridad. Entonces no entendía por qué hablar su idioma materno, ese que con el que su madre lo despertaba o le bendecía, podía ser algo malo, algo digno de castigo. No lo entendía, pero ni falta que hacía porque nadie había pedido su opinión. Simplemente lo sentaron en su pupitre mientras un ruidoso tropel de niños salía al recreo, y lo pusieron a escribir la plana infame. Porque eran tiempos infames. La dictadura de Franco había extendido un velo oscuro sobre una nación mitad eufórica, mitad aterrada –las dos Españas de Machado- y eran tantas las prohibiciones y los silencios, y tanto el eco de las balas, y tantas las denuncias y los fusilamientos, y era tanto el miedo, que Josep Pujadas, niño, no se atrevió a preguntar.

Mientras él lo relata, una imagina la escena en blanco y negro, como si fuera una película de Buñuel. El pequeño humillado, escribiendo la frase odiosa. El corazón triste, el pulso tembloroso. Una vez, dos, tres, y hasta cincuenta veces: No debo hablar en catalán / No debo hablar en catalán / No debo hablar en catalán… Así imagina una, hasta que unas risas lejanas y el ruido de un megáfono que llama a los artistas al escenario la devuelven al presente. El presente es Sant Celoni, uno de los primeros pueblos catalanes de montaña, en la comarca del Vallés Oriental. Es la zona del Baix Montseny, al noreste de la Península Ibérica, a una hora y veinte minutos de la primera ciudad de Francia: Perpiñán. Es el corazón de Catalunya, en donde el movimiento independentista late con gran fuerza.

En este aquí y ahora, Josep Pujadas, anciano, hace un amable esfuerzo por traducir rápidamente en su cabeza lo que piensa, para decirlo en castellano y facilitar la entrevista. “Tengo que pensarlo mucho, porque yo hablo catalán”. Yo hablo catalán. La frase, que podría ser solo un dato más, se convierte, en boca de este hombre, en toda una declaración de intenciones.

Es mediodía de este domingo, el último de verano, el primero con las pinceladas doradas del otoño. Pero no es un domingo cualquiera: falta una semana para las elecciones al Parlamento de Catalunya, que –perdón la redundancia– tampoco son unas elecciones cualquiera. Se trata de un proceso en el que los catalanes, además de escoger a sus autoridades autonómicas, dirán sí o no. Sí o no. Queremos ser parte de España o queremos la independencia.

El antecedente es una intrincada historia de acercamientos y alejamientos (mucho más los últimos que los primeros) entre Catalunya y el Estado español, en la que los catalanes se han sentido permanentemente estafados al perder competencias administrativas, recursos financieros y el blindaje de algo fundamental: su lengua. Una historia que ha orillado a esta comunidad autónoma a este momento político crucial.

Se trata de un hasta aquí hemos llegado, según Jordi Turull, diputado del parlamento catalán y uno de los líderes de Convergencia Democrática de Catalunya. En julio de este año, su movimiento se juntó con Esquerra Republicana y otras agrupaciones políticas y civiles independentistas catalanas, para formar la plataforma Junts Pel Sí. La alianza está encabezada por Artur Mas, presidente de la Generalitat, quien lideró la apuesta independentista –“desafío separatista”, le dicen en Madrid- del domingo 27 de septiembre del 2015.

 

Un matrimonio mal avenido

El 9 de noviembre de 2014, en Catalunya –y en todos los casals catalans, incluido el de Quito-  una consulta popular puso sobre la mesa la opción independentista. Fue un proceso participativo muy importante, aprobado por el Parlamento catalán, pero al que el Estado español no le reconoció legalidad. Aun así permitió medir la fuerza del movimiento catalanista. Las preguntas fueron: “¿Quiere que Cataluña sea un Estado?” y “En caso afirmativo, ¿quiere que este Estado sea independiente?” La participación fue así: de los 7 600 000 habitantes que constan en el censo oficial, como habitantes de la comunidad autónoma, 5 314 000 eran votantes. De ellos votaron 2 500 000. Y de esa cifra, el 82 por ciento dijo sí a la independencia.

Desde el 9 de noviembre del año pasado a la fecha, mucha agua ha corrido bajo el puente. El movimiento independentista se ha fortalecido de la mano, sobre todo, de la formación de Junts Pel sí.

A ojos de los independentistas, seguir bajo el ala del Estado español ya no es viable. “Es como un matrimonio”, simplifica Turull, ante las aproximadamente mil personas que ese domingo preotoñal se han reunido para la “arrossada popular” en Sant Celoni. El sitio de convocatoria es el parque de la Rectoria Vella, un espacio verde flanqueado por una ermita del siglo XIX y un río, por cuya ribera pasean los habitantes de esta pequeña ciudad solos, con sus perros, o en sus bicicletas.

“Si en un matrimonio, una de las dos personas quiere separarse, la otra no puede obligarle a seguir con ella“, dice Turull, ante la multitud que, sentada en mesas largas con manteles de papel, come paella y pan con tomate.  

Un amor que se acaba. Así de simple. Así de claro. Sin embargo, esta historia no es precisamente una historia romántica. Al menos no ante los ojos de un porcentaje alto de catalanes (es arriesgado citar porcentajes, pero las últimas encuestas, de un lado y otro, cifran en alrededor del 60 por ciento a los independentistas). Para ellos, el Estado español ha sido como esos maridos abusivos y sordos, que no entienden razones y con quienes ya no se debe perder el tiempo.

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Foto: Gabriela Paz y Miño.

“Hemos aportado desde el primer día, durante 23 años. Hemos colaborado para que el Estado español se modernizara, se democratizara y se europeizara. Siempre hemos estado ahí, muchas veces con costos electorales para nosotros. Hemos pactado con Felipe González, con Aznar, con Zapatero, con todo el mundo. Pero la reacción del Estado español ha sido mantener el expolio fiscal que tiene con Catalunya y atreverse cada vez más con nosotros”,  defiende Turull.

Las afrentas históricas, que cualquier ciudadano independentista puede explicar a quien quiera escucharle (pero, de verdad, escucharle) pasan por la declaratoria del derecho de conquista y el sitio de Barcelona, ordenado por Felipe V en 1714, la negativa a un pacto fiscal propuesto por Catalunya y la “cepillada” (despedazada) del Estatuto de Autonomía del 2006, que los catalanes aprobaron en un referéndum y que luego rechazó el Tribunal Constitucional español, pese a la promesa expresa del  entonces presidente socialista Rodríguez Zapatero, de respetar la voluntad expresada en las urnas.

“Incluso en un tema como la lengua, que es parte fundamental de nuestra cultura, además de un instrumento de cohesión social, siempre nos tenemos que justificar. Cada semana nos van quitando competencias. Lo hemos intentado todo con el Estado español, sin éxito. Siempre con respuestas judiciales a temas políticos”, dice Turull. “Por eso la gente reacciona. Y como la palabra resignación no existe en el diccionario político catalán, vamos a ejercer nuestro derecho a la autodeterminación”.

Esa determinación ha puesto los pelos de punta en el resto de España. La última semana antes de las votaciones del 27 de septiembre se ha parecido a un cuento infantil de terror. El discurso del miedo, lo llaman los catalanes convencidos. El de la sensatez, lo llaman sus contrarios (Rey Felipe VI y presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, a la cabeza).

Una fuerte ofensiva diplomática orquestada desde Madrid ha logrado declaraciones en contra de la independencia –más o menos explícitas– de Obama, Merkel y los voceros de la Unión Europea (aunque esta última estuvo rodeada de polémica, por una aparente distorsión en la traducción de la declaración oficial, que era de neutralidad). De todas maneras, la salida de este organismo regional, si Catalunya se independiza, es el mayor cuco con el que se busca desanimar a los convencidos y, sobre todo, a los indecisos.

Neus Espinosa -administrativa bancaria de Sant Celoni, sobreviviente a un cáncer– opina que las amenazas empiezan a parecerse al cuento de Pedro y el Lobo, en distintas versiones. El lobo encarnado en una asociación de bancos que anuncia su posible retiro de Catalunya; el lobo detrás de los rumores sobre la suspensión de las pensiones jubilares; el lobo en forma de amenazas de aislamiento internacional. Los periódicos abiertamente opuestos al proceso, como El País, El Mundo, ABC, La Razón… han invertido ríos de tinta en pintar los peores escenarios en caso de que una mayoría catalana diga sí. Los líderes de Junte pel Sí le quitan hierro al asunto y avanzan, avanzan, avanzan, aprovechando los espacios que les ofrecen los medios locales.

Turull no lo dice, pero lo implica: para Catalunya, estar dentro de España es un mal negocio. “El primer interesado en que sigamos en la Unión Europea es el Estado español: representamos el 20 por ciento de su riqueza y el 6 por ciento de las exportaciones. Tenemos el puerto más importante del Mediterráneo. Cada día aportamos al Estado español 45 millones de euros. Esos son 16  mil millones al año. Dinero que se va y no vuelve. Si Europa expulsa a Catalunya tendrá con España un problema mucho más grave que con Grecia”.

“Si hay Estado que te lo bloquea todo, tú te sientes legitimado democráticamente para impulsar un proceso así. ¿Que vamos a quedar aislados de Europa? ¿Y por dónde vais a salir vosotros”, zanja el diputado, con ironía.

El voto de la teva vida

El voto de tu vida. Eso es lo que se jugaron el domingo 27 de septiembre los catalanes que apuestan por la independencia. Y los que no, también. Para ambos grupos, lo que ocurra será definitorio pues al ganar la opción del “sí”, en Catalunya se iniciará un proceso político, administrativo y social de separación que, según los líderes de Junts Pel Sí, tendrá un plazo de 18 meses, hasta “el día de la desconexión”. En palabras de Turull: “el hito más importante de los últimos 300 años, en la vida política de Catalunya”.

En una carrera contrarreloj, los voceros de ambos lados pintan a la independencia catalana como el cielo o el infierno, según corresponda. Los anticatalanistas hablan de sus contrarios como “fascistas”, “separatas”, “egoístas”, “oportunistas”. Ah, y “catalufos”.

El 11 de septiembre pasado, mientras el mundo recordaba el atentado a las Torres Gemelas en el 2001, y el asesinato de Salvador Allende, en 1973, la fiesta independentista tomó la forma de una enorme avenida –la Meridiana, de Barcelona– desbordada de gente, canciones, tambores, gegants y esteladas. La demostración de la fuerza del movimiento catalanista se puede valorar en la cifra de la Guardia Urbana de Barcelona: 1 400 000 personas salieron a la calle a decir “sí”. El gobierno, en cambio, dijo que en la Diada participaron 700 000 personas. Y los diarios opositores solo sumaron 500 000.

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Foto: Gabriela Paz y Miño.

Ese día, desde Sant Celoni salieron 24 buses, con más de mil personas. Ancianos, niños, jóvenes, uniformados con camisetas blancas en las que se podía leer: “Via Lliure (vía libre) a la República catalana”, llegaron puntuales al estacionamiento que sirvió de lugar de encuentro y abordaron los buses, contentos y con ese entusiasmo sobrio que caracteriza a los catalanes.

En la autopista E90, que atraviesa Europa, los automotores provenientes de este pueblo de montaña se juntaron con otros que venían de todas las comarcas catalanas, pero también del País Vasco, de Andorra y de Francia, del territorio de la Catalunya Norte.

Al llegar a Barcelona, toda esa riada de gente se convirtió en una marea interminable y festiva que cubrió la principal avenida de Barcelona, la Av. Meridiana, una vía que mide más de 7 km de largo por más de 60 m de ancho. La desbordaron, igual que sucedió el año pasado y el anterior. Fue una fiesta democrática, cívica y milimétricamente organizada, que repitió el grito: “¡In- inde- independencia!”, y en la que no se rompió ni un cristal. Las fotos de la avenida Diagonal repleta de gente y de esteladas recorrieron el mundo y calentaron aún más el ambiente de cara a las elecciones del último domingo.

“Estoy convenciendo a mis padres”

En la plaza mayor, junto al edificio del Ayuntamiento de Sant Celoni, presidido por Convergencia Democrática de Catalunya, flamea la bandera independentista. No existe, como en otras ciudades y pueblos catalanes, una placa que reciba a los visitantes con la leyenda: “Municipio Independentista”. Pero solo hace falta observar unos minutos para saber que así es: en los balcones de la Plaza de la Vila, como los de tantas calles de esta población de 18 000 habitantes, cuelgan esteladas grandes o pequeñas, nuevas o envejecidas. Y en las calles, bares, supermercados o portales, la pregunta en estos días es si los independentistas ganarán y si lo harán con mayoría absoluta.

En este pueblo nació, hace 24 años, Jordi Doménec. Estudiante de publicidad y redes –elocuente, barbado y con lentes de grueso marco negro-, es un independentista convencido. El domingo de la “arrosada popular” compartía mesa con cuatro compañeros que, como él, han tenido una actividad frenética en estas semanas. La campaña por el “sí” los ha movido de pueblo en pueblo, para entregar material, hablar con la gente, argumentar. Y, sobre todo, para intentar convencer a los indecisos. Jordi está seguro de que este es el momento. “Tal como ocurrió con las colonias en Sudamérica, hace 500 años”, dice. “España, para Catalunya, significa retraso, y pese al discurso del miedo, tenemos un gran aliado de campaña: cada vez que Rajoy abre la boca, ganamos votos”, ironiza (le da la razón una última entrevista al presidente del gobierno español, en la que un angustiado Rajoy no puede contestar por qué los catalanes perderían la nacionalidad española, en caso de ganar el sí).

Paradójicamente, los padres de Jordi no son independentistas. “Ellos prefieren no opinar. Son de otra generación y tienen el eco del miedo por la represión franquista. A veces me dicen que tenga cuidado, que puedo acabar detenido. Pero, poco a poco, los estoy convenciendo. Ya hasta me prestaron el coche para llevar propaganda a otro pueblo”. Jordi esperaba que otra gente como ellos, los ancianos, los migrantes nacionalizados, los catalanes residentes en el exterior, los trabajadores: todos los colectivos y sobre todo del grupo de indecisos, fueran a votar el domingo por el Sí. Por eso, las campañas de uno y otro lado, los bulos, los mensajes motivadores… han hecho hervir las redes en los días previos.

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Foto: Gabriela Paz y Miño.

Los argumentos de Jordi Doménec y los de Josep Pujadas confluyen en mucho más de un punto. Joven y anciano también coinciden en el sentimiento que los ha embargado frente al domingo 27: ilusión sobre lo que vendrá de ahora en adelante. A sus 73 años, a punto de ver su mayor sueño cumplido, Josep Pujadas dice sentirse “pletórico”. Pletórico, con esa “l” cerrada y musical de los catalanes.

Han pasado 60 años desde que ese niño curioso y desafiante buscaba libros en catalán que su madre escondía, para leerlos y entender su propia historia. Seis décadas desde que descolgó y escondió el retrato del Franco que presidía su aula de clase. El castigo por esa travesura no lo recuerda. Pero está seguro de que, al triunfar su causa, su propósito, su sueño de infante, cualquiera que haya sido, habrá valido la pena.