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La bitácora del recalentado

El exceso de comida es un síntoma de los hábitos de consumo a los que estamos acostumbrados. Pero, en diciembre, estos excesos desbordan cualquier expectativa.

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Imagen tomada de panamaamerica.com.pa
Imagen tomada de panamaamerica.com.pa

Por David Carrión Mora

Somos un mundo ahogado en el consumo y los excesos que practicamos, por lo general, se disfrazan de amor, unidad familiar, desarrollo y salud. Diciembre es un mes en el que el mundo occidental parece reunir con esmero todos los afanes de tener más. Nos atragantamos de regalos, de abrazos y de comida y la cantidad inconmensurable de desechos continúa aportando al calentamiento global.

Pero, desde la noche del 24 de diciembre hasta los primeros días de enero de cada año, muchos países del mundo –pero principalmente los de América Latina, donde el afecto se mide en cantidad de comida– sufren un fenómeno llamado el recalentamiento.

El famoso recalentado no respeta edad, sexo, etnia o estrato social. ¡Te toca porque te toca!

¿Por qué preparamos tanta comida para las cenas del 24 y 31 de diciembre, a tal punto que después tenemos que reinventar los artes culinarios para evitar desperdiciar el pavo y su infaltable guarnición?

Esta es la travesía de días y días de comer lo mismo aunque –haciendo esfuerzos por ser creativos (pavo con arroz, arroz con pavo, sánduche de pavo)– parezca que no es lo mismo. ¿Están listos? Entonces, que empiece la bitácora del recalentado:

Dia 1: Aún es fresco y se dice que sabe mejor que la noche anterior. El secreto del día primero está en evitar que la cena de Navidad se junte con la de Año Nuevo y nos destruya a todos. La travesía será larga…

Día 2: El día es más sombrío cuando sabes que te toca desayunar sánduche de pavo recalentado.  El pavo se encuentra algo seco.

Día 3: Se esfumó el caldito y el pavo triplicó su sequedad. La tripulación familiar comienza a quejarse. ¡Otra vez pavo!

Día 4: Intenté desayunar fruta, huevos y café; pero el pavo dentro de mí lo rechazó todo, no hay mas opción que seguir con más de lo mismo.  

Día 5: La guarnición que también fue abundante en la cena –casi siempre ensalada rusa con manzana– se convirtió en una masa negra, algo fétida y avinagrada. Pero mamá insiste en que esta buena. Y el pavo parece no terminarse… ¡nunca!   

Día 6: El pavo parece estar vivo. Su color es amarillento con morado, la pechuga ha mutado a una forma de vida autónoma y a veces es violenta, ¡tengo miedo!

Día 7: Por fin mamá decidió echar a la basura el pavo de la Navidad (del 2014), al parecer soy el último sobreviviente. A estas alturas, he olvidado el sabor de otras comidas, casi no distingo olores diferentes. Pero todavía sobra pavo en el refrigerador (el del 2015), y no olvidemos que el desafío es que no se juntara el pavo del 24 con el del 31…

Después de haber superado los traumas gástricos, toca planificar la siguiente reunión familiar para la cena de Año Nuevo. Por unanimidad se resuelve preparar cualquier otra cosa diferente, cerdo, por ejemplo. Pero, por una inexplicable razón, o por masoquismo, nuevamente habrá una cantidad excesiva que ameritaría una nueva bitácora, como cada diciembre, como cada año.    

Que hayan recibido el año con alegría y expectativas y que el planeta, durante estos doce próximos meses, también sea muy generoso con nosotros. Solo una duda más: ¿ya midieron su peso? Seguramente sí.