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La fila de hinchas en un partido amistoso

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Por Luis Fernando Fonseca / @lffonsecal

«Si los héroes del cómic suelen ser criaturas bipolares,

que alternan la deprimente existencia de Clark Kent con los brotes maníacos de Superman,

los fanáticos del fútbol van de la invectiva al cariño sin nada en medio»

Juan Villoro

La previa

El gentío tiene forma de serpiente y se alborota con el estruendo del mazo que se estrella contra un bombo. También se escuchan arengas de cronistas deportivos sobre una barahúnda de trompetas y cánticos. Estamos a tres horas del pitazo arbitral que dará inicio al partido Liga de Quito – América de Cali y Mauro ya ha sentido dos veces la adrenalina de las broncas callejeras. «Soy de Liga y qué chucha» dice la leyenda estampada en la camiseta que exhibe con orgullo en las afueras de la Casa Blanca. La frase no solo es una provocación escrita con los colores de la U, también es una declaración de intenciones. Mauro está dispuesto a pelear por su equipo, más ahora que ha notado que los hinchas rivales vinieron a dar guerra a pesar de que se trata de un encuentro amistoso.

“De todos estos —se refiere al millar de personas que nos rodea— pocos pueden defenderse o atacar. Hace un rato casi hubo una pelea en la boletería y solo diez de los nuestros estuvieron dispuestos a repartir puñetes. Aquí la mayoría es pura boca”. En medio de este testimonio brutal, una tropa de policías montados y otros a pie nos agolpan contra los grises muros del estadio. Nos arremolinamos en una hilera que parece tener vida propia, una víbora que en lugar de cascabel tiene platillos atornillados a la media docena de bombos que marcan su paso.

Foto: Marcelo Benalcázar
Foto: Marcelo Benalcázar

Mauro –un chef que estudia cine– quiere hacer un documental sobre su barra, la Muerte Blanca. Pero esta tarde de sábado él no me habla de películas clásicas ni de comida gurmé, prefiere contarme sus más recientes anécdotas mientras el resto de la hinchada nos apretuja:

—Al parqueadero llegó un bus repleto de colombianos. Uno se bajó y empezó a gritar: “a ver, gonorreas, a mí no me hacen nada”. Tenía una navaja, la gente se asustó y le allanó el camino. Entonces llamé a Carlitos —señala con su mirada a su compinche, corpulento y de cabello engominado— para detener al intruso y enseñarle quién manda aquí. Al sentir nuestra presencia el tipo salió corriendo— Mauro se distingue de sus compañeros por la camiseta que mandó a diseñar pero usa zapatos deportivos y bluyín como el resto de “la banda”.

A unos pasos de donde estamos, un adolescente recorre la fila con la mano extendida. Hace una colecta para comprar licor. Todos han venido de El Pintado (sur de Quito) en un bus alquilado en el que solo los más jóvenes, nuevos integrantes de la barra, pagaron pasaje. Todos tienen ya sus entradas a general excepto yo. Le pregunto al de la colecta si puede conseguirme una. Recibe la moneda que le doy para la vaca y va a consultarle a Carlitos, el camarada de Mauro que lleva puesto un buzo azul en el que resalta una gran estrella blanca. Les doy el dinero de la entrada y Carlos le da una orden al quinceañero que corre diligente a las boleterías. La única manera que tienen los barristas primerizos de ganarse el respeto de los más antiguos es siendo serviles con ellos y avezados con sus rivales. Por ser novatos tienen que estar dispuestos a todo, incluso a ser la primera línea de choque contra la policía en caso de conflicto.

Mauro continúa su relato con una confesión inesperada: “la verdad, yo vengo a emborracharme. Aquí son pocos los que vienen por pura pasión futbolera. Pero si hay que pelear hay que pelear”, admite, asumiendo todos los riesgos que conlleva ser integrante de una barra brava. “Solo traigo a mi pelada al estadio si se trata de un partido chico y seguro —sonríe—, ahí puedo estar junto a ella y cerca de la barra a la vez. Pero hoy es un día de fiesta, así que ni siquiera sabe que estoy aquí”.

El hincha novato regresa trayendo una botellita plástica llena de aguardiente y una mala noticia: “ya no hay entradas en boletería”, pero para cumplir el encargo de su superior, le compró una a un revendedor pagando plata adicional. Le devuelvo lo gastado y obtengo el boleto sin preguntarle por qué tuvo que adquirirlo en la reventa si la taquilla no se vacía en este tipo de partidos.

La monstruosa serpiente blanca repta intranquila y me percato de que en ella sus integrantes asumen una actitud de fábula: el  abnegado padre de familia puede convertirse en un troglodita malhablado; el estudiante universitario es un granuja que arranca piedras del asfalto para usarlas como proyectiles; la pasiva secretaria de oficina es una energúmena que se estira para que sus escupitajos sobrepasen como garrochas la crin de los caballos policiales; el chef con aspiraciones de cineasta puede mutar en un cuchillero experimentado y boquiflojo. Aquí se pasa de la agresión a la fraternidad con rapidez esquizofrénica, pero solo el buen hincha –“el que no es novelero”– tendrá derecho a lanzarle su odio al propio equipo cuando crea necesario. Se ha ganado esa atribución poniéndose la camiseta partido a partido. Un juego que para los barristas más apasionados es el asunto más serio del mundo. Tanto, que interrumpirlos en plena faena sería tan peligroso como atrapar a una víbora agarrándola de los colmillos.

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Primer tiempo

Aunque la Noche Blanca es un partido amistoso en donde los jugadores no suelen excederse en las carreras tras el balón ni en las patadas a las canillas de sus contrincantes, la barra brava juega un partido aparte más parecido a cualquier deporte extremo que al balompié. Mientras me repongo de ese riesgoso roce de multitudes, escucho un murmullo inesperado que viene de la fila de acceso a la tribuna oriental. Dos hombres de cabello cano comentan la supuesta rebeldía de Luis Saritama, jugador de Liga pero hincha declarado del Deportivo Quito. El blanco de la polémica, tocayo del técnico Zubeldía, recibió un trato especial –dice con sorna uno de los veteranos– por indisciplina en los entrenamientos. Cuando la conversación se convierte en una charla técnica en la que ni uno ni otro logran ponerse de acuerdo, la fila del cascabeleo, la serpiente imposible de la Muerte Blanca sufre una nueva mutación que la hace cambiar de grosor para que sus integrantes atraviesen, uno a uno, el cerco policial que tratará de impedir que entren con armas o sustancias prohibidas.

En la incomodidad del cacheo, pienso que el manoseo escrutador es uno más de los sacrificios que la hinchada hace para entrar a un escenario deportivo. Han dejado su hogar o labores diarias para soportar los rayos del sol y el frío nocturno. Se exponen a piedrazos enemigos o a la represión policial. Se desgañitan en arengas que van de la alabanza a la retahíla de insultos y –aunque hayan dejado atrás el infantil y universal sueño de patear un balón ante un público delirante– tienen que estar dispuestos a jugar a la guerra, cuerpo a cuerpo si es necesario.

 

Imagen tomada de nota en agencia Andes, de 13 de marzo del 2012.
Imagen tomada de nota en agencia Andes, de 13 de marzo del 2012.

El entretiempo

Como la multitud aún es una cola interminable, zigzagueante y espigada, los olores se confunden sobre el color único de las camisetas. Está la humareda blanquecina que deja la mariguana de alguien que la fuma a escondidas; el hedor del excremento de los caballos sobre el asfalto; también el tufillo cervecero que los hinchas exhalan en forma de eructos; y, más allá, el aliento de los perros que trae consigo la policía. Pero no todos son malos olores, también está el aroma de las empanadas de morocho, las morcillas y el hornado…

Mientras memorizo los detalles de la mezcla aromática que me rodea, un moreno fibroso se acerca y abre los brazos desplegando una estantería de souvenirs. Vende pulseras de la U; bufandas albirrojas; cocos (gorros frigios, acampanados) y, lo más vistoso: rosarios de crucifijo blanco y bolitas azul grana. Pero esas insignias no son las únicas cábalas de los aficionados que, ahora mismo, conversan como si se conocieran de toda la vida. Los más fieles coleccionan –como un testigo silencioso de su devoción futbolera– un fajo de entradas en sus billeteras. Cada papelito los transporta en el tiempo: al primer partido que Liga jugó luego de dejar la serie B; al empate a cuatro goles por bando en un clásico frente al Aucas; a la ocasión en que remontó un marcador frente al Barcelona durante los 15 minutos adicionales que el árbitro Byron Moreno añadió; y a la noche del partido de ida contra el Fluminense, antes del triunfo en el Maracaná, donde levantó la copa Libertadores de América.

Sin embargo, afuera del estadio, lejos de los triunfos –que en el fútbol siempre son efímeros– somos una serpiente embravecida a la que han hecho esperar. Una víbora de cascabel acechando bulliciosa ante la custodia policial. Una fila donde los hinchas son más o menos iguales entre sí aunque adentro del estadio se pondrá en funcionamiento la jerarquía del grito, un estatus que se hace gráfico sobre el tubo paraavalanchas, una más de tantas costumbres made in Argentina que forja la identidad de los barristas.

Fila de perros
Foto: Marcelo Benalcázar

 Segundo tiempo

Marcelo tenía 19 años cuando aprendió a suturar la piel mientras practicaba sobre uno de los cadáveres que usan los aspirantes a médicos. Ese azaroso día de 2007, luego de darle puntadas a un muerto, guardó el hilo y las agujas quirúrgicas en un bolso sin imaginar que el conocimiento recién adquirido le serviría para zurcir la carne viva de un herido hincha de la U.

Por un error de organización, las barras de Liga y Emelec se habían encontrado en el rellano de ingreso a la general sur desatando una trifulca tenaz. El corte lo había producido el toletazo que un policía dejó caer sobre la cabeza de un liguista mientras lo separaba de la gresca en la que se metió.

“Era la tarde de un sábado parecido a este”, me cuenta Marcelo, mientras la fila serpenteante que nos arrastra parece llegar a su destino. “El man tenía unos 25 años y una abertura arriba de la ceja. Estaba bañado en sangre, así que tuve que lavarle la herida en el agua inmunda de un baño público. No tenía anestesia pero el golpe debió marearlo porque no se quejó de las cuatro puntadas con que le cosí la herida. Se fue agradecido y no he vuelto a verlo en la barra”, sonríe, victorioso.

La serpiente humana asciende por la curva que bordea la general sur, se encarama en las boleterías y se desgrana en la puerta principal, la que da a la avenida Diego de Vásquez, rumbo a la platea donde veremos cómo el equipo blanco le anota tres goles a un impotente América de Cali.

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El pitazo final

La hinchada no solo es el verdugo que latiguea las espaldas de los jugadores que se baten sobre el césped por pegarle a la pelota. También es la víbora seductora que les inocula fama y gloria al punto de inflar su ego o, al menos, acariciarlo con oles y lisonjas.

Luego de que ha finalizado el partido, volvemos a ser la quimera de gusano con 10 mil pies que se pierde raudo sobre papelitos multicolores y basura en las aceras. Entonces recuerdo mis años de adolescencia, cuando era un integrante permanente de esta barra brava. En medio de esas reminiscencias, noto la ausencia del tipo que una vez hizo explotar una bomba lacrimógena que –presumía– le robó a la policía en un día de huelga callejera. No queda ya rastro alguno del pelirrojo que escandalizaba a los novatos con sus gritos y el peor insulto que se le puede hacer a un barrista: novelero. Tampoco está Pancho, el mecenas de la Muerte Blanca, el único hombre respetado por toda la hinchada, quien solo dejó de alentar a su equipo cuando un paro cardíaco le extinguió la vida.

Sumido en esas imágenes de hace una década, cruzo la puerta de salida y vuelvo a tomar la forma de un individuo común y corriente. Entonces la mortecina luz de la estación del metro apenas me deja ver a una hincha alborozada. Su amplio escote deja al descubierto un tatuaje a la izquierda de su cuello. Es una U encerrada en un triángulo invertido sobre el que se ciñe, amenazante, una boa constrictora.

Foto: Juan Mazarra
Foto: Juan Mazarra