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Los límites de la propaganda gubernamental

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Imagen tomada de Hoy digital. Diseño de Hoy.
Imagen tomada de Hoy digital. Diseño de Hoy.

Por Francisco Garcés / @panchogarces

Lo peor que le puede pasar a un gobierno de propaganda es que el mensaje que ha diseñado se convierta en un bumerán y que, como una bomba, le explote en la cara. Esto sucedió la noche del viernes 1º de agosto, cuando la cadena de televisión Ecuavisa echó al suelo, como un castillo de naipes, el mensaje orquestado por la Secretaría Nacional de Comunicación (Secom) en la campaña gubernamental La ciudadanía le habla a los medios.

Ese día, el personal de la Secom festejaba su aniversario y nadie imaginó que el pastel explotaría a las ocho y media de la noche, cuando el icónico presentador de noticias Alfonso Espinosa de los Monteros leyó una nota en la que la televisora anunció, “en nombre de la decencia”, que no transmitiría más esta campaña. Espinosa de los Monteros complementó el mensaje con su opinión personal al respecto, pues los spots televisivos ideados por la Secom lo incriminaron directamente.

La ciudadanía le habla a los medios es una campaña compuesta de pequeñas pastillas televisivas en las que ciudadanos de a pie son entrevistados para opinar, por lo general negativamente, sobre algún periodista ecuatoriano cuya imagen sea muy difundida en la audiencia. Así como Espinosa de los Monteros, otros presentadores como Vito Muñoz, Diego Oquendo o Estéfani Espín han sido citados por los entrevistados y desprestigiados con sus testimonios.

Imagen tomada de Hoy digital. Diseño de Hoy.
Imagen tomada de Hoy digital. Diseño de Hoy.

Pero, más allá del contenido que el gobierno esgrime en estas piezas televisivas, y de los argumentos de Ecuavisa, la reacción generada por esta pugna en la esfera pública, expresada a través de las redes sociales llama particularmente la atención. El tema se apartó de sus actores principales y la avalancha de pronunciamientos de usuarios comunes puso en jaque a los funcionarios de la Secom. Prueba de ello, rescato dos hechos: el primero es que los tuiteros (trolls) encargados de defender las posiciones oficiales en sus cuentas y de desacreditar a los contrarios en Twitter brillaron por su ausencia durante la noche de ese viernes. Los aventurados fueron un par de periodistas de medios públicos y funcionarios del régimen que terminaron con unos cuantos seguidores menos en vista del infructuoso trabajo para sostener una supuesta posición oficial que no les correspondía defender. El otro hecho es la ausencia de una posición oficial inmediata, algo sumamente extraño si tomamos en cuenta que el ágil aparataje de análisis y respuesta comunicacional de la Secom siempre está alerta para hacer pública, en tiempos récord, cualquier respuesta ante lo que consideran posibles amenazas a las estrategias del Gobierno. Esta respuesta llegó apenas a la mañana siguiente a través de la cuenta de Twitter del secretario de Comunicación, Fernando Alvarado, quien ante el cuestionamiento de un usuario, respondió con un tuit admitiendo equivocaciones (sin mencionar la falta ortográfica en la frase ‘Eh ahí la libertad…’), y más tarde anunció que se harán ajustes pero que se continuará con ella.

tuit alvarado Su respuesta, además de dejar perplejos a varios tuiteros, no hizo más que anticipar la posición del Gobierno, definida la noche del mismo viernes en una reunión entre varios actores del régimen en Bucay, donde se llevaba a cabo el encuentro itinerante del gabinete. Ahí se definió también la posición que horas más tarde tomaría el Consejo de Regulación y Desarrollo de la Información (Cordicom), comunicada en una carta dirigida al mismo Fernando Alvarado, en la que solamente apuntala la decisión anunciada en el tuit previo del funcionario y sitúa al conflicto en una posición algo ambigua, lo que le permitió al Gobierno ganar tiempo para redireccionar su estrategia.

Este revés, que provocó una de las noches más largas para la Secom, demostró también una de sus más graves debilidades: creer que los efectos de la propaganda perduran en el tiempo. ¡Falso! Estas estrategias no son tan eficaces como para insertarse en la mente de los “consumidores” y arrancar de ella las ideas firmemente arraigadas sobre la costumbre y credibilidad de los actores a los que la Secom pretendía desprestigiar. Más claro, la imagen de periodistas como Alfonso Espinosa de los Monteros o Diego Oquendo está por encima de los superficiales argumentos publicitarios esgrimidos en la redundante cadena de la Secom. No importa si estamos o no de acuerdo con el trabajo que estos y otros periodistas hacen. No importa si hay que cuestionar su oficio desde el respeto y desde la decencia, pues su prestigio y su credibilidad están suficientemente arraigados en el público como para ser vulnerados aun por el inmenso aparataje publicitario del Gobierno.

Mientras más hablas, más te equivocas

Él último informe de la Alianza Regional por la Libre Expresión e Información, publicado en mayo de este año bajo el título Herramientas del Estado para el Control de la Información: Cadenas Nacionales, entrega una perspectiva clara de la situación del Ecuador en comparación con el resto de países del continente, en lo que tiene que ver con el uso estatal de cadenas de radio y televisión.

Según el documento, desde el 2007 hasta mediados del 2013 el Ecuador tuvo que presenciar cadenas que, en total, equivalen a 19 días completos de programación de televisión nacional. Solo en 2013 el número de cadenas ordenadas representa casi el 60% del total de las que produjeron todos los países de la región, como se observa en el siguiente gráfico.

De esta gran cantidad de enlaces ordenados por el Gobierno de Rafael Correa, el informe determinó que 26 fueron destinados exclusivamente a contradecir y desprestigiar a un personaje considerado de oposición. Con esta dependencia de los enlaces obligatorios, el Gobierno se ató también a su uso como herramienta indispensable de la política, aunque con el riesgo de encontrarse, como el viernes, con la ingrata realidad de que la propaganda no es suficiente para cambiar convicciones profundas.