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Macron, Le Pen y lo que el viento se llevó

Los últimos resultados electorales en Francia son un síntoma más de la ya larga lista de señales que nos demuestran que lo que conocíamos como democracia ha dejado de existir. ¿La democracia representativa ha dejado de serlo? Carlos Cabrera hace un análisis del último proceso en Francia y extrapola lo ocurrido hacia nuestras realidades para plantear una respuesta.

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Imagen tomada de fr.kichka.com

Por Carlos Cabrera

Una vez más los síntomas confirman que la democracia liberal representativa ha dejado de serlo. Ya habíamos pasado tragos amargos y golpes duros con el Brexit, las elecciones en Estados Unidos, y ahora solo estábamos esperando, como Santiago Nasar, la confirmación de nuestras más viles sospechas.

El domingo 23 de abril, en Francia, se alzaron como ganadores de las elecciones presidenciales dos candidatos particulares: por el Frente Nacional, Madame Marine Le Pen, conocida por darle una cara nueva al Partido de su padre (fundador del Frente Nacional), al que muchas veces se lo acuso de racista, xenófobo y anti semita. Marine en cambio, endulza un poco su retórica y critica al stablishment político francés, pues dice que han traicionado a Francia. Ella se proclama a sí misma como la única representante del “pueblo” pues dice que busca ser la protectora de las costumbres, tradiciones e identidad verdaderas del pueblo francés. Francia para los franceses. Sin embargo tras este discurso se esconde xenofobia y división, se busca culpar por un lado a la globalización como factor de la decadencia de la grandeza francesa, por lo que busca salir de la Unión Europea, la OTAN, y varios tratados de libre comercio. Por otro lado apunta a un ‘enemigo interno’: los inmigrantes. Ellos para Le Pen, rompen con las estructuras sociales francesas e impulsan la división de los valores tradicionales franceses. Ellos roban empleos, ellos son el mal. En resumen, un discurso edulcorado para agradar con simbolismos (igualdad, fraternidad y libertad) pero que esconde una visión rabiosa de ultraderecha cuasi fascista.

Del otro lado esta Emmanuel Macron, con su partido recién creado En Marche!. Macron es un joven de 39 años, quien había sido Ministro de Economía de Hollande en 2014 y además un conocido banquero de inversión en Rothschild & Cie.

Macron se presenta a sí mismo como el refundador de Francia, pues plantea desmantelar el modelo de Estado francés estructurado por el Consejo Nacional de la Resistencia, en 1944. Este modelo de Estado provee bienestar social, voto inclusivo y respeto de las libertades. Macron se presenta a sí mismo como la opción refrescante, una nueva versión de Coca Cola (llámese neoliberalismo), sin azúcar pero con el mismo sabor. Quiere refundar Francia “desde abajo” pero cree al mismo tiempo a ultranza en el modelo de la Unión Europea y la desregulación de la economía. Es el perfecto candidato “anti-stablishment” que en realidad es defensor a ultranza del stablishment. Una versión afrancesada de Hillary Clinton.

Pero que estos dos candidatos hayan llegado a la segunda vuelta del país donde nace nuestra democracia liberal representativa no es un hecho meramente natural. Que Le Pen y Macron disputen la presidencia de Francia nos muestra el síntoma de algo que pasa desde hace mucho tiempo, pero que hemos querido ignorar. La democracia liberal representativa ya no representa a nadie. El sistema de partidos se ha alejado de todo sentido común, tanto izquierdas como derechas se han trasmutado una con otra perdiendo en el proceso sentido de identidad. Ya no sabemos qué es izquierda porque la izquierda ha dejado de responder a los intereses del pueblo y del trabajador y se ha vendido a los grandes financistas globales, quienes controlan sus campañas y sus políticas públicas con financiamiento. La izquierda, la llamada a capitalizar la rabia antisistema, se ha conformado con oponerse pero no propone una alternativa hacia las demandas insatisfechas de un nuevo mundo globalizado y en constante cambio.

Por eso es que hoy los ciudadanos nos hallamos indefensos, ante el abandono de la democracia y los partidos. Ya nadie cree en nada. Y es en este vacío que dos discursos que no son soluciones se nos plantean. La disputa del sentido sobre quiénes somos y a dónde vamos se encuentra entre el neoliberalismo globalizador, de apertura irrestricta al mercado, poder a la banca e intercambio comercial sin límites, contra gobiernos de mano dura que buscan ser una respuesta a las demandas del trabajador con contestaciones nacionalistas, xenófobas y faltas de todo sentido común.

Las elecciones en Francia son un síntoma de nuestra realidad, de nuestras fallas. Vivimos en un mundo donde todo es incierto y donde nadie quiere hacer nada. Para curar la enfermedad algo tiene que suceder. Hagamos que ese “algo” seamos nosotros y no Marine Le Pen.