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Martín Castelo, en las grandes ligas del motocross

Martín Castelo creyó siempre en lo que quiso ser. Ha llegado a las grandes ligas del motocross mundial como llegan los verdaderos convencidos: aprendiendo de la humildad que dejan los tropiezos y los obstáculos.

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Martín Castelo, en sus primeros pininos como motociclista.

Por Verónica Ayala

Una mañana helada en la ciudad estadounidense de Detroit, un joven ecuatoriano se alista para su primera carrera como motociclista profesional. Su hotel está a unos 30 minutos de la pista. El estrés de la posibilidad de llegar tarde invade su mente mientras desayuna lo de siempre: huevo, tostadas y su batido de espinaca. Al llegar a la pista, Martín Castelo recuerda cada paso previo. Pisa la arena y siente el calor de la calefacción del primer estadio donde correrá.

Esta carrera es la Monster Energy Cup, el campeonato más importante de motocross que se divide en dos: una competencia para la costa Este y otra para la costa Oeste. Martín corre en la carrera de la costa Este. Su categoría es la de 250 centímetros cúbicos. Se corren 17 rondas. Al terminarlas, los mejor puntuados de ambas costas se enfrentan en la gran final que se corre en Las Vegas, en el estado de Nevada.

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A los cinco años, Martín subió a una moto por primera vez. Edgar, su padre, le preguntó en aquella época si le gustaría tener una moto y él, fascinado, le contestó que sí, y que preferiría que fuera roja. Entonces, papá vendió un Nintendo viejo que estaba olvidado en casa y un Powerwheel. Ese dinero sirvió para comprar por fin esa primera moto, el casco y el resto del equipamiento. En tan solo un día Martín aprendió a manejarla. La primera semana la montaba en una cancha de fútbol.

–¿Saqué polvo? –les preguntaba a sus padres.

Días más tarde, Martín se inscribió en clases, en una pista de motos. La siguiente semana había una competencia justo para su edad. Se entusiasmó, participó, llegó en segundo lugar y se clasificó para otra competencia pero a escala nacional, en la que también obtuvo el segundo lugar.

–Así empezó todo –recuerda Martín, luego de 15 años de competir en motocross.

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Durante el día de la carrera en Detroit, los motociclistas participan en prácticas para medir el tiempo en el que completan las vueltas a la pista. Los cuarenta pilotos con los mejores tiempos se clasifican al show de la noche. Luego los corredores participan en dos hits donde nueve, por cada hit, se clasifican a la final. Los perdedores tienen una última oportunidad en la que cuatro pilotos más pueden clasificarse. En total, veinte y dos motociclistas pasan a la final.

Martín inicia las prácticas junto a otros ciento veinte corredores. Se ajusta el casco y repasa la estrategia acordada con su entrenadora, Colleen Millsaps. Su plan es hacer dos vueltas rápidas y una lenta, y repetir esa secuencia hasta que acaben las prácticas. Con total concentración y talento, Martín logra clasificarse a la final.  

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Vago. Esa era la palabra que Martín escuchaba casi a diario en la secundaria. Estudió desde pre kínder en el Colegio Americano de Quito. Cuando los profesores pedían a los estudiantes que dijeran lo que querían ser de grandes él siempre respondía:

–¡Motociclista profesional!

–Esa no es una profesión, debes escoger algo real, como abogado o doctor –le atormentaban sus profesores, pero él en el fondo sabía que su vida serían las motos.

–Yo siempre decía que a los 16 años me iba a ir a Estados Unidos para convertirme en un motociclista profesional.  

Cuando llegó a cuarto curso de colegio vio que aquel momento que había soñado estaba ahí, frente a él. Se dio cuenta de que llevaba siete años participando en carreras amateur a nivel latinoamericano y no podía seguir estancado en competencias de aficionados. Su madre, Raquel Jácome, me cuenta que Martín empezó a portarse rebelde y a bajar en sus notas, tanto académicas como disciplinarias. Al finalizar cuarto curso, había perdido el año.

Durante el año que le tocó repetir decidió hablar con sus padres para que lo dejaran ir a Estados Unidos a entrenarse y competir en carreras de amateur. Su madre le condicionó: si sacaba buenas notas podría irse dos semanas y después de eso no podría protestar más. Martín aceptó y se fue. Hizo nuevos amigos, corrió y luego volvió a Quito. Luego de demostrar todas sus capacidades como piloto, sus papás accedieron a enviarle durante un año a que compitiera en carreras amateur, claro, con la incuestionable condición de que acabara el año escolar con buenas calificaciones.

–¡El año en Estados Unidos se sacó la madre, entrenó como nadie! –recuerda su padre.

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Un día normal para Martín se inicia a las siete de la mañana. Una hora después está listo para entrenarse en la pista hasta la una de la tarde. Luego almuerza y va al gimnasio durante dos horas. Por la noche se dedica a escribir un reporte sobre sus errores y aprendizajes del día y estudia carreras de motocross de otros corredores.

Su profesor de motocross, Diego Iturralde, cuenta que su estilo fue único desde muy pequeño.

–Yo recuerdo haberle dicho a su padre que el estilo de Martín era el de un verdadero profesional y que estaba para correr en las grandes ligas.

Diego ha estado involucrado en el mundo de las motos y el motocross durante alrededor de 30 años, ha sido maestro de varios jóvenes ecuatorianos, todos con la misma aspiración. La determinación de Martín era increíble –dice él–, y cuando se enteró de que fue contratado para correr como profesional no lo podía creer, no porque dudara de su capacidad, sino porque sabía que solo en Estados Unidos hay millones de chicos que aspiran a llegar donde él está hoy. Según el entrenador Iturralde, menos del 1% de pilotos logra hacer de esto una profesión.

Al ser un deporte de riesgo, los accidentes son el pan de cada día. Martín tiene cinco cirugías por causa de caídas o accidentes en la pista. Solo en una de sus clavículas tiene dieciséis tornillos y dos placas, en la otra diez tornillos más. Se ha roto los huesos de los dedos, brazos, piernas y ha tenido varias contusiones más. Para él cada herida, cada accidente, es un nuevo aprendizaje.

–Lo más difícil de estar en recuperación por algún hueso roto es ver que hay carreras en las que no pudiste participar –se lamenta–. Llega el sábado y el campeonato no te espera, hay competencia con o sin ti, así que intento tomarme cada lesión de la mejor manera y aprender de mis errores.

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Ya era de noche y el estadio estaba a reventar con más de 93 mil personas eufóricas y con varios millones más tras sus televisores. Martín se había clasificado a la final en su primera carrera como profesional. Antes de arrancar la última parte de la carrera, Martín pudo sentir el calor de la llama que se enciende para ahuyentar el frío de los pilotos. A la mitad de la carrera iba en decimoquinto lugar, hasta que uno de los marcadores electrónicos cayó por accidente en plena pista. Martín no lo vio y chocó contra él.

Los paramédicos se acercaron a toda prisa. Martín estaba bien. Pensó que se había lastimado el hombro, pero estaba listo para seguir en la carrera. Unos mecánicos intentaron retirar su moto de la pista pero él se interpuso y arrancó después de cuatro vueltas. Aunque llegó en vigésimo puesto, nada importaba, todas las moléculas de su cuerpo vibraban de emoción porque ese había sido su debut como profesional.

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Agosto fue el último mes que corrió como amateur en Estados Unidos, pero también el mes de la carrera más importante en su categoría. La corrió y terminó en quinto lugar. Entonces su entrenadora y los patrocinadores hablaron con sus padres: “Sería ilógico no dejar que Martín se quedara un año más, es muy talentoso”.

Ese mismo año Martín subió a la categoría A, la más importante de todas. De ahí en adelante participó en todas las carreras, clasificándose siempre entre los diez primeros. Este año la compañía IB Corp Racing firmó un contrato con él como profesional.

Uno de sus amigos más cercanos, José María Nicholls, quien también fue motociclista hasta que un accidente hizo que se retirara, me contó que Martín era su mayor rival cuando eran pequeños.

–Siempre competimos, no nos llevábamos bien –recuerda–, hasta que en el 2010 tuve un accidente y Martín se quedó a mi lado siempre.

José María lo describe como una persona luchadora, que siempre da su máximo esfuerzo para cumplir cada meta que se propone. Cuando se enteró de que su amigo había sido contratado por IB Corp Racing, Nicholls festejó como si fuera su propio logro.

–Yo sabía que tarde o temprano lo iban a contratar y que iba a lograr ser profesional.

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“Quiero que la gente sepa de dónde vengo. En el Ecuador las pistas son pésimas y durísimas y las motos [no tienen] nada que ver con las de aquí. Para alguien salir de un lugar tan pequeño donde el motocross es tan poco desarrollado, y haber llegado a las grandes ligas es un logro muy importante”.

Martín luce en su casco un piquero de patas azules, una foca y una tortuga. Además tiene pintada la bandera ecuatoriana en el fondo. Ha vivido en varias ciudades de Estados Unidos, pero hoy está radicado en el estado de California. Cuando comienza la temporada viaja cada semana a una ciudad estadounidense distinta. “Estoy tan enfocado en lo que hago e intento no distraerme con nada, al final soy un profesional preparado para hacer mi trabajo y ahora soy parte del circo, lo que siempre he querido ser”.