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Relato de un hijo de la transición española, desde Ecuador

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Un manifestante del grupo de los "indignados" denunciando la crisis económica y el secuestro de la democracia, el 25 de septiembre de 2012 en Madrid. La policía española bloqueó las carreteras que conducen al Congreso de los Diputados, cuando docenas de manifestantes comenzaron a reunirse frente a las barricadas, varias horas antes de la marcha principal. AFP PHOTO / DOMINIQUE FAGET

Javier Alonso /@javier12mayo

Cuando hablo con mis amigos ecuatorianos de la situación que se está viviendo en España, mi país, me doy cuenta de que no pueden entender el problema en su verdadera dimensión, ni mucho menos en su contexto histórico. Solo quienes hemos visto la realidad española cambiar a nuestro alrededor en los convulsos tiempos de la transición, y en su posterior y recién nacida democracia, sabemos cuánto se ganó y cuánto ahora nos están robando.

Yo, como tantos otros, soy hijo de la transición democrática española, y he tenido oportunidad de ver cómo se ha ido transformando la realidad a mi alrededor, desde mis ojos de niño, con la continua sensación de que todo avanzaba a un ritmo vertiginoso. Aunque no es sino hasta que me he hecho adulto que he podido traducir todas esas sensaciones y vivencias, y realizar una lectura mensurada, racional, pasada por el filtro del conocimiento, y de este modo entender el enorme progreso social, político y económico del que la gente de mi generación y las anteriores fuimos testigos. La memoria puede engañarnos, pero no la imaginación, el paso previo a la construcción de las cosas. Cuanto más se construye, más lugares nuevos encuentra la imaginación para explorar y proyectar.

La mayoría de los ecuatorianos desconoce la ahora difícil realidad española, lo mismo que yo como español desconozco la realidad ecuatoriana de la era anterior a Correa. Mis amigos y conocidos de acá solo tienen una vaga idea acerca de la crisis económica y de la corrupción política que se está viviendo en mi país. A muchos puede sorprender que una de cada cinco personas en España viva por debajo del umbral de la pobreza. O que Amnistía Internacional haya alertado sobre el peligro en que se encuentra la libertad de expresión de los españoles. La represión policial, el desmesurado uso de la violencia por parte de los cuerpos de seguridad del Estado, las fuertes sanciones y penas de cárcel por delitos de desobediencia civil, transmiten a los españoles un mensaje muy claro: aguantaros con lo que hay sin protestar, que calladitos estáis más guapos.

Muchos tampoco saben que España es el segundo país con más pobreza infantil de Europa (solo superado por Rumanía), y que la pobreza severa afecta ya a 3 millones de españoles. Cáritas denunció todo esto en un informe de análisis sobre las consecuencias de las políticas de austeridad en los países europeos. La respuesta del gobierno español, lejos de plantearse siquiera la veracidad del informe, consistió en manifestar en rueda de prensa a través del Ministro de Economía, Cristóbal Montoro, que Cáritas -una organización no precisamente sospechosa de intereses ocultos a este respecto- había mentido en su informe, simple y llanamente. Y lo dijo sin despeinarse.

Muchos también desconocen que en los últimos 4 años, más de 200.000 españoles de todas las edades han tenido que salir de España en busca de mejores expectativas laborales y de futuro. Ni otros hechos alarmantes como el aumento de la malnutrición infantil, la privatización de los servicios públicos al tiempo que se suben los impuestos (un contrasentido), la impunidad de políticos y banqueros corruptos que gozan de amnistía legal y fiscal, los suicidios que se producen a diario por la gente que ha sido desahuciada de su casa, y encima se ven obligados a seguir pagando su deuda con el banco (la dación en pago no se acepta para la gente de a pie, pero sí para las empresas constructoras y promotoras), la nueva prohibición impuesta a las mujeres sobre el derecho a decidir sobre su cuerpo e interrumpir el embarazo… Los españoles y españolas estamos experimentando una vertiginosa pérdida de nuestros derechos y libertades, y con ello se está esfumando también nuestra dignidad. Pero no nuestra esperanza. Eso aún no nos lo han robado.

Imagen tomada de diario El Tiempo, de España, extraída del vídeo de Roberto Pérez.
Imagen tomada de diario El Tiempo, de España, extraída del vídeo de Roberto Pérez.

La memoria: del franquismo a la era de Borbón

Para entender el verdadero drama que se vive en España, hay que remontarse unos años atrás. Tal vez el acontecimiento más significativo de la historia reciente de mi país es la transición democrática que se inició tras la muerte de Franco, período retratado de forma más o menos dulcificada en la serie de televisión Cuéntame cómo pasó. Después de 40 años de dictadura, y poco antes de su muerte, Franco eligió a Juan Carlos de Borbón como su sucesor en el papel de Jefe de Estado, y así fue nombrado Príncipe de España. Esta maniobra respondía a un intento de perpetuar el régimen franquista tras su desaparición.

En 1975 muere Franco. El clamor popular a favor del cambio hacia un modelo democrático y participativo se hacía cada vez más patente. Muchos sectores gubernamentales eran conscientes de ello, pero, por supuesto, no estaban dispuestos a renunciar al modelo de dictadura franquista. Sin embargo, Juan Carlos de Borbón tenía otras ideas, y uno de sus méritos fue precisamente el posibilitar el proceso constitutivo de una democracia representativa en nuestro país, algo que sin duda Franco no hubiera esperado. Así pues, en 1977 se celebran las primeras elecciones generales, que dieron como ganador a Adolfo Suarez, quien asumió la difícil tarea de guiar al país en su transición a la democracia. Un año después, en 1978, se ratifica la Constitución Española, donde se reconoce a Juan Carlos como Rey de España y Jefe de Estado.

Portada de La Vanguardia española del 23 de noviembre de 1975.
Portada de La Vanguardia española del 23 de noviembre de 1975.

Tres años más tarde, Suárez había dimitido, y Leopoldo Calvo Sotelo fue designado para sustituirle en su papel de presidente. El acto de investidura se produciría el 23 de febrero de 1981, una fecha crítica en la historia de España: ese mismo día, un grupo de militares golpistas encabezados por Antonio Tejero, irrumpieron en el Congreso de los Diputados para tratar de evitar su investidura, con la idea de devolver el poder a las fuerzas militares. Durante esa noche, todos nuestros padres estuvieron en sus casas sentados alrededor de un transistor, escuchando lo que sucedía en Congreso, la mayoría temerosos de que el golpe tuviera éxito y volviéramos a los oscuros tiempos del franquismo, y algunos otros ilusionados con la idea de que terminara esa libertina idea de la democracia, ya que “con Franco vivíamos mejor”.

Por suerte el golpe no llegó a buen puerto, y los intentos de acabar con la democracia, en esa ocasión, fueron frustrados. Otro de los grandes méritos de Juan Carlos de Borbón, y que explica en gran parte por qué la monarquía ha sido hasta hace poco la institución mejor valorada del Estado español, fue su papel durante esos sucesos: el rey intervino en los medios públicos dirigiéndose a todos los españoles, llamando a la calma y manifestando su rechazo al golpe de Estado. Estas declaraciones tranquilizaron a la mayoría de la población española, y de alguna forma precipitaron el fracaso del levantamiento militar.

A día de hoy no se han esclarecido todos los hechos que rodearon a este suceso, ni se sabe hasta qué punto en el Palacio de la Zarzuela (hogar del rey) se conocía de antemano lo que iba a pasar, ni las verdaderas motivaciones de Juan Carlos para rechazar públicamente el golpe. Posiblemente pasen muchos años antes de que se conozca la verdad, si es que sucede algún día. Lo que sí que sabemos casi con toda seguridad, es que Tejero fue solo un títere manejado por poderes superiores, que acabaron dándole la espalda en el plan que protagonizó. golpe tejero

Felipe González, ETA y Aznar: hipoteca de la vida

Una vez calmadas las aguas, la democracia parecía enrumbarse. La figura del rey se vio poderosamente reforzada y legitimada, ya no solo como sucesor elegido por Franco, sino como un garante de la libertad y la democracia. En 1982 se celebraron nuevas elecciones democráticas, y en esta ocasión salió como vencedor un joven Felipe González como presidente del PSOE (Partido Socialista Obrero Español), que arrasó en las urnas gracias a su capacidad para ilusionar al electorado con sus grandes dotes comunicativas, y avalado por un programa electoral lleno de promesas de progreso social y económico. Así, el PSOE de Felipe fue revalidado en el poder a lo largo de 4 legislaturas por espacio de 14 años.

Los méritos de Felipe González durante este periodo fueron varios. Cabe destacar la universalización de la educación pública gratuita hasta los 16 años. Y sobre todo, la implantación de un sistema nacional de salud que ofrecía asistencia sanitaria pública, gratuita, universal y de alta calidad, sufragada por las cotizaciones de sus afiliados en forma de impuestos. Así se fue cimentando el llamado “estado del bienestar”: todo el mundo tenía derecho a educación primaria, atención sanitaria, y podía optar a un trabajo y una vivienda para vivir con garantías de dignidad y seguridad.

Sin embargo, tras los primeros años de gestión, el gobierno del PSOE se mostró ineficaz en la reconversión industrial del país, lastre arrastrado desde la dictadura franquista. Muchos de quienes les habían votado se sentían ahora defraudados por su giro durante los últimos años, de un socialismo obrero, hacia esquemas más liberales. En la década de los 90, el PSOE ya estaba salpicado por muy numerosos casos de corrupción, y el escándalo de la guerra sucia contra ETA.  Eso sumado al incumplimiento de numerosas promesas electorales y la elevada tasa de desempleo durante sus últimas legislaturas, melló en gran medida la confianza del pueblo, y ayudó a que en 1996 ganara las elecciones generales José María Aznar del Partido Popular (PP), que ascendía así a la presidencia del Gobierno. El pueblo español quería un cambio.
                SPAIN AZNARfelipe gonzalez

 

 

 

 

 

 

Aznar demostró sus dotes de economista durante los primeros 4 años de su mandato, propiciando una recuperación económica y laboral significativa. Esto le revalidó en el poder durante un segundo mandato con mayoría absoluta. Sin embargo, esta recuperación económica estaba cimentada en el modelo del “ladrillo” (la construcción de viviendas para su venta) y la precariedad laboral (pérdida de derechos y flexibilidad para el despido, entre otras medidas). Y de esos polvos vinieron estos lodos. El modelo económico de la construcción ha traído miles de viviendas desocupadas que nunca llegaron a venderse, y mucha gente hipotecada de por vida. Por otra parte, la flexibilidad en la contratación y despido ha repercutido en una precariedad laboral en sueldos, condiciones y derechos de los trabajadores. La privatización de empresas públicas (tarea que ya comenzó Felipe González durante su etapa más liberal), la polémica Ley del suelo, y sobre todo el lamentable atentado del 11 de marzo de 2004, que tuvo como telón de fondo el apoyo del Gobierno a la impopular guerra de Irak, fueron factores que influyeron, sin ninguna duda, en la amarga derrota electoral del PP en el año 2004.

 

El bipartidismo 

Así regresó el PSOE al poder en ese año, y se pasó a una fuerte polarización del voto entre los dos grandes partidos mayoritarios: PP y PSOE. El sistema electoral español se había convertido “de facto” en bipartidista. En esta ocasión era el turno del PSOE, con José Luis Rodríguez Zapatero como Secretario general del partido, y a la postre nuevo presidente del Gobierno. El carácter del gobierno de Zapatero estuvo plagado de símbolos progresistas más o menos efectistas, como reformas sociales a favor de los inmigrantes, las mujeres, los homosexuales, y en general hacia los grupos más desfavorecidos o marginados. También es destacable el presupuesto que fue destinado a gastos sociales, bajo la idea de mantener el “estado del bienestar”.

zapatero

Así Zapatero fue revalidado en una segunda legislatura. Sin embargo, no se cambió el modelo productivo, que seguía siendo el ladrillo, y fue que en el 2008, a raíz de la crisis económica surgida en Estados Unidos, los mecanismos de flujo de la economía española se vieron profundamente afectados y bloqueados. Los bancos ya no daban créditos a empresas ni particulares, muchas empresas se vieron obligadas a despedir a sus trabajadores, o directamente cerrar, el consumo descendió, y así se abrió un periodo de recesión económica en la que el país aún está inmerso. José Luis Rodríguez Zapatero demostró una notable incompetencia para paliar la difícil situación que atravesaban España y los españoles, y su rostro se convirtió en el símbolo de la crisis económica. En esta época, los españoles empezamos a escuchar por parte del Gobierno la importancia de obedecer los dictados Ángela Merkel, los mercados, y la troika europea. Y todo esto venía de un gobierno supuestamente socialista.

La troika y la era Rajoy

Un breve inciso para explicar qué es la troika: este término se refiere al triunvirato formado por la Comisión Europea (CE), el Banco Central Europeo (BCE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI). Estos tres organismos se dedican de manera conjunta a estudiar la situación económica de los países europeos e indicarles medidas y reformas económicas a llevar a cabo si quiere recibir algún tipo de financiación. Esta financiación no resulta gratuita para los países rescatados, ya que el precio de estar intervenido económicamente por parte de la troika supone tener que plegarse a sus directrices y perder así gran parte de su independencia política.

En 2011 fue elegido presidente Mariano Rajoy, del Partido Popular, el otro gran grupo del bipartidismo ya consolidado. Poco antes de las elecciones, el 15 de mayo de 2011, se había producido otro de los acontecimientos más importantes de la historia reciente de España, por las ramificaciones que ha traído después: el movimiento de los “indignados”. Es muy difícil definir en qué consistía (y consiste) este movimiento, pero básicamente es la manifestación del hartazgo de la gente, de forma pública y organizada, hacia los gobiernos de los grupos minoritarios acomodados en el bipartidismo, a los que ven profundamente separados de los problemas y necesidades de la gente, y que parecen turnarse en el poder por sus propios intereses, siendo que son muchos sus nexos en común, y muy pocas sus diferencias. De ese 15 de mayo han surgido diversos movimientos y corrientes sociales enfocados hacia diferentes aspectos de la vida de la sociedad española, y sus preocupaciones y necesidades. Pero no quiero adelantarme, y prefiero volver al hecho (casi) sincrónico en relación con este movimiento, que fue el triunfo electoral del PP.

Mariano-Rajoy

Mariano Rajoy adoptó durante su campaña electoral muchos compromisos de cambio, y se centró significativamente en la crítica hacia la gestión del anterior gobierno, y la promesa de tener la solución a la salida de la crisis “con esfuerzo y sacrificio”. Lo del esfuerzo y sacrificio fue lo único cierto: por desgracia, Rajoy incumplió sistemáticamente todas (o prácticamente todas) sus promesas electorales, que abarcaban desde una bajada de los impuestos (no solo no los bajó sino que los elevó); su negativa al rescate de los bancos (se ha destinado una parte importante del erario público a rescatar a los bancos en quiebra), mantener intactas las pensiones (los jubilados perdieron poder adquisitivo, utilizando una maniobra muy sibilina), y así un largo etcétera de decepciones, incluyendo por supuesto la salida de la crisis, en la que cada vez parecemos más sumidos. Según palabras del propio Rajoy, se ha sentido en el deber de incumplir su programa electoral ante la grave situación actual. Cabe preguntarse qué significa la democracia representativa en un país, cuando el partido que ha sido elegido no cumple el programa electoral por el que le votaron, y acaba tomando decisiones al margen de la voluntad popular, en base a algo tan vaporoso y etéreo como “el deber”.

El motivo de la indignación actual de muchos españoles no se debe solo al incumplimiento  sistemático del programa electoral. Ni a la inmersión cada vez más profunda en la crisis económica. Ese descontento se debe también a los numerosísimos escándalos de corrupción, que hacen parecer los fraudes económicos de la época de Felipe González un juego de niños. Pero también se debe a la impunidad de la que parecen gozar todos los que están subidos al carro de la corrupción y prevaricación, ya sean políticos, banqueros, jueces, grandes empresarios, o la propia Casa real. La separación de poderes en España (legislativo, ejecutivo y judicial) es algo que no sucede en la práctica, y sus protagonistas parecen conchabados para taparse sus mutuos tejemanejes. Si a todo eso se le suma la pérdida de garantías sociales, la fuerte represión policial y punitiva que se aplica a los disidentes al gobierno, y la ausencia de alternativas políticas reales y sólidas, tenemos todo lo necesario para que la ciudadanía se sienta indignada.

Imagen tomada de elmundo.es
Imagen tomada de elmundo.es

 

¡Que no cunda el pánico, nosotros llevamos puesto el paracaídas!

Así es la política española actual: un juego de mafiosos totalmente desafectados de la situación de los ciudadanos, solo interesados en su propio beneficio y dispuestos a todo por su ambición de poder y dinero. Unos gánsteres con terno y corbata, que se manifiestan patriotas delante de las cámaras, pero que luego poseen abultadas cuentas en Suiza para evadir impuestos al país que dicen defender. Hipócritas que imponen medidas de austeridad a ciudadanos humildes, mientras se embolsan sueldos de escándalo, en primer lugar provenientes del erario público como políticos, en segundo lugar de empresas privadas en los numerosos cargos que muchos de ellos ejercen en paralelo a su vida política, y por último, como si todo lo anterior no les diera para pasar el mes, de la contabilidad oculta de su partido, dentro de sobres, en concepto de no se sabe muy bien qué. Para colmo, existe la famosa “puerta giratoria”, es decir, el sistema de favores que conduce a los políticos al término de su vida política, a la nómina de empresas u organismos internacionales, donde perciben sueldos millonarios. No hay que echarle mucha imaginación para entender las verdaderas razones de que estos políticos sean fichados para estos puestos ejecutivos: es la forma que tienen estas grandes empresas de pagarles por los servicios prestados durante su mandato. En fin, que en materia económica, eso de predicar con el ejemplo no va con las élites políticas.

Hace poco nos enteramos de las últimas medidas que el FMI ha recomendado a España para salir de la crisis: perdonar la deuda a las grandes empresas, privatizar los servicios públicos y subir los impuestos a las clases trabajadoras. Este tipo de excusas son las que busca nuestro gobierno para imponer sus medidas “austericidas”. Quieren hacernos creer que los culpables de la crisis somos los ciudadanos, que hemos vivido “por encima de nuestras posibilidades”, y que, cuanto más se degraden nuestras condiciones de vida, más estamos ayudando a mejorar la macroeconomía. Así que nuestro deber como patriotas es aguantar la tormenta con estoicidad y resignación, porque si las cosas les van bien a los ricos, tarde o temprano mejorarán para todos los demás. La metáfora de la actual Europa es un avión cayendo en barrena, al tiempo que los pilotos dicen a la tripulación: “¡que no cunda el pánico: nosotros llevamos puesto el paracaídas!”.

El planteamiento político en España (y por desgracia también en muchos otros países) está destinado a que deleguemos las responsabilidades importantes de nuestra vida a nuestros dirigentes, sin cuestionar sus decisiones y sin entender los mecanismos que les llevan a tomarlas. La ley electoral española, que se basa en el sistema D´Hont, está planteada para favorecer a los grandes partidos, bajo la excusa de posibilitar la formación de gobiernos. Este particular sistema también propicia que la abstención beneficie al binomio PP-PSOE. Por eso y otras razones, el alejamiento de los ciudadanos del mundo de la política les resulta muy conveniente a ambos. De forma parecida, en el libro de Aldous Huxley Un mundo feliz, el gobierno distribuye soma con el que mantener a la gente desafectada de las cuestiones de Estado. Pero la distopía que vivimos ahora en España es bastante peor: ni gobierno ni oposición distribuyen soma, ni ningún otro paliativo. Vivimos una crisis económica y existencial sin anestesia, la pesadilla de la imposibilidad de la razón, clamando hacia una élite de indolentes que tienen la sartén por el mango.

PP y PSOE son dos caras de una misma moneda: dos grupos políticos formalmente diferente, pero esencialmente iguales. Ambos se odian tanto como se necesitan. Al PP no podría pasarle nada peor que desapareciera el PSOE, y viceversa. El bipartidismo formal es la base de su éxito y de su alternancia política, porque gran parte de los ciudadanos votan al uno porque odian al otro. Este discurso de odio y miedo es el que propician ambos partidos hacia sus votantes, porque saben el rédito político que les produce. Así tenemos que PP y PSOE son como dos niños peleándose por quién tiene el turno de jugar con el balón. Sin embargo, no les cuesta nada ponerse de acuerdo para aprobar en el Congreso las impopulares medidas dictadas por la troika europea, incluida una cuestión tan importante como cambiar la Constitución Española, que supuestamente era intocable, para modificar el artículo que pone techo a la capacidad de endeudamiento del país. Es decir, priorizar el pago a la banca antes que a las prestaciones sociales. Este es un buen ejemplo de cómo ambos grupos son el mismo perro con distinto collar.

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El rey ha abdicado. ¡Viva el  rey! (o no)

El fracaso del bipartidismo, el clamor en las calles, la incipiente revolución social, han influido, sin lugar a dudas, en un suceso que ha sorprendido a todos los españoles: el 2 de junio de 2014, el rey Juan Carlos ha abdicado en favor de su hijo Felipe de Borbón. Recordemos que el ascenso de Juan Carlos de Borbón a Jefe de Estado se remonta a la época de Franco, y fue legitimada en la Constitución del 78, pero sin ser sometida esta cuestión a referéndum popular. Ahora, con la democracia española en plena madurez, la posibilidad de que el príncipe Felipe se convierta en Felipe VI rey de España debe ser aprobada en Las Cortes Generales, con la definición de una Ley orgánica que contenga los términos de la sucesión, un apartado bastante desdibujado en la Constitución actual. Esto solo se producirá con el acuerdo de los dos grandes partidos, que de momento siguen alcanzando la mayoría absoluta en el Congreso y el Senado. Tanto PP como PSOE ya han manifestado públicamente que van a apoyar la tramitación de dicha ley, así que parece que la coronación de Felipe VI de Borbón será inevitable. A no ser que la voz en las calles, cada vez más presenta a favor de la instauración de una república, o simplemente en contra de la existencia de privilegios heredados de la transición del 78, haga rectificar al partido socialista que, en honor a sus siglas, debería rechazar la anacrónica figura del rey, y el hecho de que el puesto de Jefe de Estado sea asignado por sucesión y no por sufragio popular, siendo España un país pretendidamente democrático.

La emblemática Plaza Sol en Madrid se volvió a llenar tras el anuncio de la abdicación de Juan Carlos de Borbón. El llamamiento en redes sociales se extendió por todo el país, y las plazas de todas las ciudades de la geografía española se abarrotaron de gente portando símbolos republicanos, y lanzando soflamas en contra de la sucesión borbónica, y a favor de un referendum sobre la monarquía.
La emblemática Plaza Sol en Madrid se volvió a llenar tras el anuncio de la abdicación de Juan Carlos de Borbón. El llamamiento en redes sociales se extendió por todo el país, y las plazas de todas las ciudades de la geografía española se abarrotaron de gente portando símbolos republicanos, y lanzando soflamas en contra de la sucesión borbónica, y a favor de un referendum sobre la monarquía.

El germen de los indignados

Los indignados es un movimiento ciudadano que supuso el germen de muchas otras agrupaciones: la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), el grupo Stop Desahucios, el movimiento Democracia Real Ya (DRY), las mareas blanca, verde, violeta… La lista de movimientos ciudadanos e iniciativas sociales es larga y variada, pero todos se caracterizan por dos cosas: su ausencia de afiliación a ninguno de los dos grandes partidos y su oposición a las políticas de ambos. Una de las claves del éxito de muchas de estas iniciativas ha sido la reivindicación de cuestiones concretas. Es indudable el éxito de la PAH evitando desahucios (y dando apoyo psicológico y moral a los afectados por la hipoteca), el de la marcha negra de los mineros de Ponferrada, la huelga de barrenderos en Madrid, las manifestaciones de la marea blanca (colectivo de apoyo a la sanidad pública) evitando la privatización de hospitales y centros de atención médica, o las protestas ciudadanas en el barrio de Gamonal en Burgos (del cual puedo decir con orgullo que formo parte, igual que mi familia) que evitaron el fraude urbanístico que pretendía el alcalde de la ciudad, imponiendo un parqueadero de pago. Todos ellos han sido símbolos de la lucha ciudadana que han demostrado que es cierto aquello de que “el pueblo unido jamás será vencido”.

Sin embargo, faltaba una alternativa que capitalizara toda esta indignación en las urnas. Los movimientos ciudadanos son necesarios y suponen la base del cambio, pero mientras España tenga como modelo la democracia representativa, se precisa que la presencia política vaya más allá de los grupos y colectivos sociales y sus acciones en las calles, y alcance la opción de optar al Gobierno.

El día 25 de mayo se celebraron las elecciones al Parlamento Europeo. Las claves de estas elecciones en España han sido:

. un alto índice de abstención (más del 50%)

un dramático descenso del voto a los dos grandes partidos, y

el auge de muchos partidos minoritarios, en especial de ideología socialista.

La gran sorpresa de esas elecciones fue el partido Podemos, de apenas 4 meses de vida, que con un presupuesto extremadamente modesto (apenas 150.000 euros, fruto del crowfunding) lograron un debut impresionante con 5 escaños, casi igualando a la tradicional agrupación Izquierda Unida (IU), que lleva captado el voto del socialismo verdadero en España desde hace casi 20 años (aunque hace ya tiempo que parecen haber perdido el punch), y que por cierto también mejoró sus resultados respecto a las anteriores elecciones europeas. En definitiva, un impulso a la izquierda verdadera y un varapalo al bipartidismo, que por primera vez en democracia no alcanza el 50%  de los votos.

Explicar las claves del éxito de Podemos en estas elecciones precisaría de un artículo aparte, pero vale decir que tiene que ver con la habilidad que han demostrado sus representantes para captar el voto de los indignados, que ven por fin una salida política auténtica a sus inquietudes y necesidades. Para muchos ciudadanos españoles este partido, liderado por Pablo Iglesias, representa una forma diferente de hacer política: participativa, cercana, basada en los movimientos sociales, y financiada por sus seguidores y no por bancos ni grandes empresas. Veremos si el tiempo permite a esta formación presentarse a las elecciones generales, y en qué termina, si es una flor de un día, más de lo mismo, o bien una propuesta real y participativa de mejora de la sociedad española a través de la concurrencia en la esfera política. Sin embargo, para alcanzar este objetivo, es necesaria la confluencia de todas las fuerzas de izquierda que están presentes en el panorama político español,  que son muchas, y también de los movimientos sociales. Para que  el cambio sea verdadero, la participación debe construirse desde la base, y los partidos políticos deben ser un mero instrumento de la voluntad popular, no un fin en sí mismos.

Por alguna razón, en España la izquierda siempre ha estado enormemente fragmentada, mientras que la derecha se ha manifestado como un bloque casi homogéneo. Este fue uno de los motivos por los que la guerra civil española se decantó a favor del ejército fascista: mientras que el bando de Franco se unificó en torno al partido de la Falange, el bando republicano era una amalgama de ideologías no siempre conciliables, al punto que durante la contienda llegaron a haber enfrentamientos armados entre anarquistas y comunistas. Esto debilitó gravemente la integridad y resistencia del bando republicano ante unos fascios que supieron envainarse sus diferencias.

Luego de 39 años, el monarca ha abdicado en favor de su hijo Felipe y la bandera republicana ha sido colgada en varios ayuntamientos del territorio español en señal de demanda de acabar con una monarquía que simboliza una era anquilosada en el pasado. Ya ha transcurrido mucho tiempo desde entonces y los españoles hemos tenido la oportunidad de aprender (sobre todo después del 15M y el resto de movimientos sociales surgidos a raíz suyo) de la importancia de estar unidos para defender aquello que va más allá de las ideologías: el derecho que tiene cada ser humano a vivir dignamente y en libertad. Así nos unimos en Gamonal por la especulación urbanística, en Can Vies por el desalojo de un centro social, en la marea blanca, verde, naranja… Los españoles podemos demostrar la dignidad y la altura que nuestros dirigentes políticos no están demostrando con nosotros. No va a haber luz al final del túnel si no somos nosotros mismos quienes portamos la llama. La llama de la esperanza y de la dignidad.