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Los puntuales, esos bichos raros

La puntualidad es un acto que compromete a más de uno. En muchos países, ser impuntual se ha convertido en característica nacional. Pero, ¿acaso nos hemos preguntado cuántas cosas dejan de funcionar si somos impuntuales? ¿Hemos pensado en que ser impuntual se parece a robar algo que no nos pertenece: el tiempo de los demás? En su columna #ChullaDiva, María del Pilar Cobo nos habla sobre este defecto tan naturalizado.

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puntualidad

#ChullaDiva

Por María del Pilar Cobo / @palabrasyhechos

Creo que tengo un gran defecto: soy muy puntual. Sí, yo sé que no es un defecto, pero a veces parece que lo fuera. Al menos, es algo que me hace pasar malos ratos, como un castigo. Soy de las personas que están siempre cinco minutos antes en cualquier lugar, de las ingenuas que creen que si una reunión es a las doce, llega cinco para las doce, lista para comenzar a las doce. Pero eso casi nunca pasa. Estamos acostumbrados a la típica hora ecuatoriana, colombiana, peruana, brasileña, chilena, etc. Todos los países nos disputamos la propiedad de esa famosa hora, como si fuera nuestra marca de identidad, casi como un orgullo patrio. Sin embargo, creo que llegar una hora más tarde a cualquier parte o decir que un espectáculo empieza a las tres para empezar a las cuatro no es ningún motivo para sentirte orgulloso.

Soy de esos bichos raros que siempre llegan a tiempo. Y si hay algo que odio en la vida es esperar. Me cabrea, me emputa esperar y, precisamente, ahí está el castigo a mi excesiva puntualidad, en el empute y en el cabreo. Siempre me ha parecido lógico eso de llegar a la hora en la que has quedado con alguien, que una reunión (de cualquier tipo) empiece a la hora en la que te dijeron, que las cosas ocurran en el momento en que se ha pactado con la otra persona. Es que, claro, cuando quedas con alguien haces un pacto, no solo pones en juego el encuentro sino tu propia palabra y tu credibilidad. Me parece que ser puntual o ser impuntual va más allá de tus costumbres, abarca una serie de valores entre los que está el respeto al otro, el ser capaz de cumplir con la palabra que has dado.

Siempre me ha llamado la atención en la gente impuntual (y tengo muchos amigos queridos que lo son) esa especie de ‘valeverguismo’ en relación con el tiempo del otro, como si el único tiempo que valiera la pena fuera el suyo, como si la única planificación válida en la vida fuera la suya, como si tu tiempo y tus planes pasaran a un segundo plano. Y eso me parece una falta de respeto y una gran desconsideración. Y sí, se lo he dicho a mis amigos impuntuales, y a algunos les importa tan poco que a mí me toca cambiar de estrategia y convocarles una hora antes para que acaso lleguen media hora después, con la sonrisa de aquí no pasa nada y sin siquiera una disculpa. Y además, la gente impuntual siempre tiene una excusa, cualquiera que sea, como que alguien se enfermó, el auto se dañó, el colectivo se atrasó o justo el rato de salir alguien les llamó, en fin, pero la culpa nunca es suya, nunca.

A veces, tienes ganas de bajar la guardia y unirte al lado oscuro. Me ha pasado que he tratado de ser impuntual y no lo he logrado, siempre pienso en que el otro puede estar esperando y llego a tiempo, generalmente para esperar. Es bastante triste que esto de la impuntualidad se vaya normalizando, tanto que incluso la gente puntual es mirada como bicho raro.

Hace unos días, conversaba con dos amigas impuntuales sobre este tema y me decían que aunque estaban conscientes de todo lo que significaba la impuntualidad, no podían evitarlo y siempre llegaban tarde, que el tiempo siempre es relativo y siempre hay algo que hacer a último momento. Pero también que al final la gente siempre espera. Y, claro, la sugerencia era que me relajara y que tampoco armara tanto drama por esperar, si esa era mi opción. Y, sí, ahí está el ‘valeverguismo’ del que hablaba más arriba. También leí algunos estudios que afirman que la gente impuntual es más creativa que los puntuales, que siempre son muy estructurados. Seguramente son artículos escritos por impuntuales para conservar la especie y buscar excusas para seguir llegando tarde.

La cuestión es que siempre seré puntual, por defectuosa, por estructurada, por impaciente, pero también porque no me gusta hacer esperar, porque no me parece justo utilizar el tiempo del otro ni minimizar sus necesidades.


María del Pilar Cobo (Quito, 1978) es correctora de textos, editora, lexicógrafa, profesora de redacción y analista del discurso en ciernes. Escribe una columna sobre lengua en una revista semanal y ama leer los prólogos de los diccionarios y libros de gramática. Aparte de su pasión por analizar las palabras, también escribe sobre la vida, los viajes y las cosas que nos pasan cuando nos acercamos a la mediana edad. Por ahora vive en Buenos Aires y no sabe cuál será la próxima estación.