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El mundo no cabe en una foto

Chulla diva, chulla vida. Estamos aquí para aprovechar esta única vida que tenemos, para hacernos cargo de nuestras decisiones, para vivir cada momento ordinario como si fuera el más extraordinario. Para andar el camino con actitud de divas (o de ‘divos’). A veces los caminos son rectos y apacibles, otras veces muy accidentados y sinuosos, pero siempre son maravillosos. Aquí encontrarás de todo, como en botica, pero sobre todo un espacio para hablar con sinceridad de lo que nos pasa mientras recorremos el camino que elegimos, porque vida solo hay una. ¡Bienvenidos!

#ChullaDiva

Por María del Pilar Cobo G. / @palabrasyhechos

Septiembre. El catamarán navega por el canal de Beagle. Hemos dejado Ushuaia atrás y nos acercamos a la isla de los pájaros. A los lados, la nieve de la cordillera parece decantarse sobre el mar. Al frente está Chile. Afuera, en la proa, solo estamos cuatro personas: una pareja de brasileños, un español que vino a la Patagonia con su esposa, de luna de miel, y yo. Adentro del catamarán están sentadas unas cincuenta personas. Toman café, conversan, miran cómo avanzamos hacia las atracciones prometidas. Afuera corre el viento, pero el espectáculo es impresionante, es imposible no dejarse sorprender por el paisaje de ese fin del mundo (que para los patagónicos es, en realidad, el principio del mundo). El hecho de que seamos tan pocos los ‘habitantes’ de la proa facilita que cada uno se entregue a su propia contemplación, al disfrute de ese paisaje de ensueño.

Nos acercamos a la isla de los pájaros, donde cientos de cormoranes y otras especies descansan de su vuelo. El catamarán se detiene y solo entonces miro hacia atrás: la proa está invadida por las cincuenta personas que hace un minuto disfrutaban del calor adentro. Todas se pelean por un espacio para tomar una foto, todas quieren salir solas frente al paisaje, todas quieren la selfi que oculte a las cincuenta personas más que tienen el mismo deseo. Es imposible ya caminar sobre la proa. Todos pugnamos por el centímetro cuadrado donde tomar esa foto que valide nuestro paso por el fin del mundo. Cámaras, teléfonos, palos de selfi, brazos que señalan el paisaje, bocas en forma de puchero, hemos dejado de ser personas que se embelesan con el regalo de la naturaleza. Luego, el catamarán retoma el rumbo, la proa se vacía y sus habitantes originales nos quedamos mirando el avance. Será hasta que el catamarán vuelva a detenerse frente a la isla de los lobos y después frente al faro Les Éclaireurs, en esos dos momentos volverán el revuelo y la puja por hacerse del mejor espacio para la mejor fotografía.

Cuando llegamos al faro mi teléfono se ha quedado sin batería. Aunque quisiera no podría registrar ese momento. Los españoles que están de luna de miel se ofrecen, bondadosamente, a tomarme una foto que luego me enviarán por mail para que tenga un registro de que estuve en ese lugar. Como si mis cinco sentidos no fueran suficientes. ¿En qué momento nos volvimos tan dependientes de las fotos? ¿Qué chip se desconectó (o se conectó, no sé) para que pensemos que la única manera de registrar nuestro paso por los lugares o por la vida es mediante la fotografía consabida y necesaria? ¿Qué hizo que nos olvidáramos de disfrutar de nuestro ahora y nos preocupáramos más por lograr la mejor selfi, el mejor ángulo, el registro de todo absolutamente todo lo que sucede en nuestras vidas? ¿Cuándo dejó de ser un regalo el paisaje para convertirse solo en algo sin vida, vacío que llena nuestros muros reales y virtuales? ¿En qué momento nos volvimos coleccionistas de fotografías y dejamos de sentir los momentos, el aire, la felicidad tan genuina que los obsequios de la vida nos producen? Preguntas sin respuesta, lanzadas al mar inmenso del fin del mundo en el que se decanta la nieve de la cordillera.

De pronto es como si nada en nuestra vida fuera real si no está acompañado por la foto respectiva, que valide que ese momento, esa relación, ese paisaje, esa comida fueron ciertos, y no la alucinación de nuestras locas y creativas cabecitas. Ningún viaje se realizó si no lo confirma una foto (y si no la colgamos en el muro de nuestras redes sociales, por supuesto); no podemos comer delicioso sin antes fotografiar el plato que ordenamos o cocinamos; nuestras celebraciones y nuestros triunfos no son tan importantes si no media entre ellos y la realidad una foto; nuestras relaciones no son tan entrañables si no están validadas por la imagen… Poco a poco nos perdemos el aquí y el ahora porque nos empeñamos en dejarlos para la posteridad. Decimos que queremos compartir los momentos, pero de alguna manera los fragmentamos hasta dejarlos en nada.

Claro, tomar fotografías es algo muy válido. Sin ellas el mundo no hubiera sido testigo de tantas historias y tantas cosas. De hecho, muchas veces gracias a las fotografías de los lugares emprendemos el viaje para mirar los paisajes con ‘nuestros propios ojos’ o retratarlos con ‘nuestras propias cámaras’. Una foto nos permite revivir momentos, sí; pero tal vez estamos perdiendo la perspectiva y pensamos que es ahí, en la foto y en el hecho de tomarla, donde está la experiencia real, cuando lo real es lo que se queda grabado en la nuestra mente, lo que sentimos en ese momento, la alegría de llegar allá donde siempre quisimos estar, la gracia del regalo, no solo el papel que lo envuelve. Tal vez sea el momento de recuperar el bloc de notas y el bolígrafo (o, bueno, cualquier sucedáneo tecnológico) y empezar a registrar lo que sentimos, lo que los ojos ven, los olores que envuelven los momentos, y disfrutar sin tratar de asir los momentos, sin limitarlos a un encuadre, solo dejar que sean.


María del Pilar Cobo (Quito, 1978) es correctora de textos, editora, lexicógrafa, profesora de redacción y analista del discurso en ciernes. Escribe una columna sobre lengua en una revista semanal y ama leer los prólogos de los diccionarios y libros de gramática. Aparte de su pasión por analizar las palabras, también escribe sobre la vida, los viajes y las cosas que nos pasan cuando nos acercamos a la mediana edad. Por ahora vive en Buenos Aires y no sabe cuál será la próxima estación.