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Felipe Troya soltó sus ardillas en una novela

El ganador de la octava convocatoria al Premio a la Joven Literatura Latinoamericana dedicada a Ecuador, el joven Felipe Troya, verá su novela publicada por la Universidad de las Artes y será parte de la residencia de autores de Saint Nazaire, en Francia, convocada por La Maison des écrivains étrangers et des traducteurs (MEET). El jurado internacional del Premio estuvo conformado por el ecuatoriano Edwin Madrid (presidente), el mexicano Juan Villoro, la argentina Elsa Osorio y el colombiano Juan Gabriel Vásquez.

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Ilustración de Felipe Troya utilizada durante el proceso de escritura de su obra Ardillas.

Por Anaís Madrid / @anaistamara

“Sentado en su banca mecedora, mi tío Fernando apuntaba sus binoculares, un aparato gigantesco, hacia la pared de árboles que forraban el margen del jardín y la piscina. Ocupaba tanto de la banca, suficientemente grande como para dos personas, que yo tenía que sentarme en una silla a un lado. Sostener el inmenso estuche de cuero y verlo examinar los árboles no me interesaba demasiado, pero si lo acompañaba y lo escuchaba parlotear lo suficiente, me prestaba los binoculares y me dejaba inspeccionar el bosque. El bosque tampoco me interesaba tanto, ni su vida pululante y oculta de verano. Lo que a mí me interesaba era ponérmelos y sentir cómo mi mirada se extendía, casi físicamente, hasta los árboles, cómo casi tocaba con los ojos una postal plana pero animada de ardillas, gorriones, halcones y venados que sin mayor timidez cruzaban la barrera entre lo que era bosque y lo que dejaba de serlo”.

Así empieza Ardillas, del joven quiteño Felipe Troya, novela galardonada con el Premio a la Joven Literatura Latinoamericana Edición VIII dedicada a Ecuador. Una novela corta, insinuadora pero visual que transcurre en el verano, dentro del perímetro de una casa de campo, rodeada por un bosque, en algún lugar de Estados Unidos. Las vacaciones de Felipe Flores, personaje principal y narrador, transcurren en un ambiente hogareño: la casa de una familia ecuatoriana, numerosa y aristocrática, muy “de country club”, como la describe el mismo autor. La historia nace en la intimidad del personaje principal y se desliza hacia la cotidianidad de esta familia, que gasta el verano en la piscina, en la cancha de tenis o en el bosque. Pero la historia toca un ámbito social mucho más grande: Ecuador y Estados Unidos como países quebrantados por simbolismos de la narración.

La Maison des écrivains étrangers et des traducteurs (MEET), dirigida literariamente por Patrick Deville, autor de Peste y cólera (Anagrama, 2014), invita a escritores y traductores de todo el mundo a la residencia en Saint Nazaire, Francia. César Aira, Ricardo Piglia, Rodrigo Rey Rosa, Hans Christoph Buch son algunos autores que han pasado por la MEET. El Premio a la Joven Literatura Latinoamericana es un incentivo a los autores inéditos menores de 35 años y se ha realizado en ocho países hasta ahora: Alfredo Nicolás Peláez, La nostalgie de l’enfer (Uruguay), Jesús Vargas Varita, Le vilain et les aveugles (Costa Rica), Salvatore Maldera Sattori, Encore un air sinistre (Venezuela), Yam Montaña, Paysage avant l’aube, (Cuba), Óscar David López, La nostalgie de la boue, (México), Antônio Dutra, Jours de Faulkner, (Brasil), Martin Castagnet, Les corps de l’été, (Argentina). La octava convocatoria dirigida a Ecuador obtuvo 60 postulaciones, el jurado nacional seleccionó ocho obras finalistas y dos adicionales, Cadalso de Ompure Buganey y Ardillas de F. Flores. es decir, Ardillas fue seleccionada como última opción.

Felipe Troya, de 27 años, estudió Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE). Desde el principio supo que no debía pagar por la publicación de su primer libro, debido a que conoce el trabajo editorial en Quito. Ahora verá su primera novela publicada por la Universidad de las Artes, presentada en la Feria del Libro 2016, traducida al francés y publicada por la MEET.

A los 13 años, en Estados Unidos, aprendió a hablar en inglés leyendo. “Tenía un profesor de unos 52 años que se vestía como skater y tenía una cresta moderada, era fumador, pero hacía algo increíble: al comienzo de la clase leía”. T. S. Eliot y Charles Dickens son algunos de sus referentes más importantes, pero confiesa que nunca se sintió bien con la poesía.

Los animales con rasgos humanos

En Ardillas prevalece su interés y fascinación por la literatura norteamericana e inglesa. Se trata de una narración que además tiene tintes autobiográficos como sus viajes esporádicos a Estados Unidos, desde la adolescencia: “Las ardillas eran una señal de que estaba allá (…) me iba a un lugar donde había un bosque muy envolvente, era tan parte de la experiencia de Estados Unidos como el resto de cosas; las ardillas eran la vida que el bosque tenía (…)”. En la historia, estos animales son un recurso de locación pero también encierran una alegoría sobre el tío Fernando, personaje secundario. “Sobre las ardillas hay dos cosas: la primera es que yo traté no solo de hacer algo referencial a Estados Unidos como lugar sino también a la literatura de Estados Unidos, ubicarle con cosas distintas (…) algo que pasa mucho en la literatura de allá es el encanto por la fábula, son fabuladores los gringos, es decir, les encanta el animal que tiene rasgos humanos”. Recuerda a la ballena blanca de Herman Melville y la saga The Rabbit, de John Updike.

“Los animales como alegoría de algo, esto es lo que dice el tío al comienzo, y es lo que él quiere ser. El tío es un personaje muy de moraleja, de aprendizaje. En ese sentido, me parece que los gringos son un poco así. La segunda es que las ardillas son consideradas como las hormigas, ejemplo de industria, de trabajo, de hacer cosas ahora para el futuro. Todo el verano se pasan pelando nueces y las guardan en su nido”. Aunque las ardillas aparecen en escasas ocasiones en la novela, sobresale la sensación de que están afuera, activas, haciendo su vida en el bosque. “Hay una película de Renoir, que se llama La regla de juego (1939), un clásico universal, es un filme sobre la alta sociedad francesa de entreguerras. Casi nunca se menciona el fantasma de la guerra, pero uno lo siente. Y el momento más sensible es cuando están cazando, ven a las ardillas en un árbol y dicen algo como: Mira, esas ardillas están ahí, se puede ver la vida íntima de ellas, y uno siente que los cazadores están haciendo exactamente lo que ellos hacen con las ardillas, desnudando. Es una sensación de peligro inminente”.

El jurado internacional del Premio a la Joven Literatura Ecuador 2015 conformado por el ecuatoriano Edwin Madrid (presidente), el mexicano Juan Villoro, la argentina Elsa Osorio y el colombiano Juan Gabriel Vásquez declaró que “El narrador de estas sugerentes historias es un ecuatoriano que conoce las ardillas en Estados Unidos. Esa especie hiperactiva, que inquieta los jardines, pertenece a un mundo diferente. El gran tema del libro son los ritos de paso de la juventud, el momento en que un adolescente que deja de serlo y padece una extranjería del alma. En cierta forma, madurar equivale a un cambio de país. Este desconcierto existencial tiene en el libro una mascota: la ardilla, criatura de otro sitio”. La voz de Felipe Flores describe las peripecias de la maduración, el descubrimiento del amor sexual (con su prima Kim) y la distancia entre su país natal y el mundo anglosajón desde la vida familiar.

El fantasma del incesto

Uno de los personajes más fáciles de imaginar es Kimberly: la prima de piernas apetitosas que juega tenis y hace los gemiditos de las tenistas que salen en televisión. Este personaje encarna a esas generaciones latinas que nacen en Estados Unidos y denotan un distanciamiento incluso físico. “Ella ya vive la transformación, es la primera generación gringa”. El amorío entre primos calienta las primeras páginas del libro, pero también es un hecho que da cuenta de la sensación de encierro que se vive en la casa y de la fugacidad del verano: “Traté de encontrar la mayor cantidad de simbología gringa posible, pensé que podía utilizar la tradición gringa de la literatura y un subgénero importante como es el romance de verano, literatura adolescente”. No hubo un interés histórico por Estado Unidos en la narración, aunque en los diálogos aparezcan nombres de los presidentes y la celebración del 4 de julio sea el telón del descubrimiento del amor sexual para el personaje principal; la intención del autor fue crear simbologías estadounidenses a partir de la literatura.  

La relación entre el narrador y su prima Kim es conflictiva; el fantasma del incesto permanece rondando la moral de la familia Flores: “El ambiente es tan familiar y esto como que choca un poco; pero muestra lo reducido que es el entorno. Es un verano especial para él (narrador), es un verano distinto, pasan cosas distintas y una de ellas es el incesto, como un fantasma que está ahí. Creo que el fantasma del incesto, que ocurre tan en contraposición a todo lo que el tío cree que es bueno, es una atención previa a la cultura familiar. Hay dos cosas que ocurren a la vez: la celebración del 4 de julio con los fuegos artificiales y el descubrimiento del amor sexual. Entonces, es una tensión previa que se crea frente a la verdadera ruptura, al verdadero nudo que es la muerte de Jr. Yo creo que para mí, mucho del romance tuvo que ver con encasillar a la novela dentro de un género, eso es lo importante. Encarcelar el contenido, personalmente, fue una forma de encontrar rumbo en el momento de escribir. El género de romance de verano suele ser agradable, emocionante, incómodo, y en este caso comienza así”.

Ardillas y no Amérika

En principio la novela se iba a llamar Amérika, “es una linda palabra, más linda que Ardillas”, pero “era muy grandilocuente”. América abraza una serie de asociaciones literarias que están presentes en la historia, el autor señala que América es ese espacio sonado al que huyen o se fugan personajes de la literatura inglesa y española: “En la rueda de prensa expliqué que hay una confusión: todo el mundo piensa en Kafka con Amérika y siento que es algo injusto porque Kafka no le puso ese nombre, ya que la idea fue tomada de Martin Chuzzlewit, de Dickens. En la literatura inglesa y española hay una serie de personajes que se fugan a América. En la universidad leímos El Buscón de Quevedo, Siglo de Oro, el buscón es el típico personaje picaresco, se muere de hambre pero pasa muy bien. Y al final de la novela dice Bueno, me voy a América. Entonces por ahí va el título que le puse al principio, creí que despertaba una serie de asociaciones específicas hacia Kafka en lugar de todas estas otras como el desaparecido, el tipo que se fuga”.

El lector de Ardillas puede palpar la intención de contar cómo son los estadounidenses incrustada en los diálogos: descripciones físicas, símbolos universales de su cultura como las hamburguesas y los hot dogs, celebraciones, estilo de vida, pero sin olvidar el origen de la familia Flores. Aunque la historia transcurre en un pueblo estadounidense, cuyo nombre nunca se sabe, hay anclajes a la cultura latina: “Hay una islita ecuatoriana, un pequeño palacio de ecuatorianidad (…) el idioma, ciertas tradiciones, el tema familiar, el tema de las cartas. Estas señales te traen acá”. Y Quito está insinuado en los diálogos: “Lo que hice fue tratar de quitar o evitar demasiados modismos. Pero sí dejé algo coloquial quiteño, la Kim, por ejemplo. El lenguaje trata de ser bastante estandarizado”.

De hecho, la casa de los Flores parece una isla: un pedazo de madera que flota en el bosque. La sensación de aislamiento se manifiesta en la relación familiar, el hostigamiento que permite el amorío entre primos, en los pensamientos y quejas del narrador: “Hay un problema grave de territorio: los personajes no están muy conscientes, están perdidos, cuando él (Felipe Flores) sale de casa, hacia la funeraria, no sabe dónde está, mira miles de casas igualitas. Todos están medio perdidos y en el lenguaje también trato de que esto suceda. No es, en absoluto, una novela que refuerce una identidad lingüística”.

El ganador de la octava convocatoria al Premio a la Joven Literatura Latinoamericana dedicada a Ecuador empezó a plantearse la locación y los personajes de esta historia durante la época universitaria, hace algunos años, sin embargo, la novela fue trabajada en 2015. Muchos de los escenarios y personajes surgen de dibujos, una especie de story board: “Tuve un enfoque mucho más visual para escribir. Tenía una serie de imágenes clave. Dibujé la mayoría de los escenarios porque me gusta dibujar mucho. Mi idea original era publicar con dibujos, con ilustraciones. Dibujé ardillas, la piscina, al tío, la mesa donde está el regalo. Una imagen fuerte que dibujé fue la del sueño, también la de la piscina como gelatina. Es una parte visual, a pesar de que las asociaciones no son tan directas”.

Aunque la historia ocurre en Estados Unidos y está colmada de simbolismos de este país, el autor asegura que no será indiferente para los lectores ecuatorianos: “Yo creo que es un problema muy nuestro la adopción de los símbolos estadounidenses, en ese sentido la gente de acá no la va a sentir distante. A un amigo que hace cine, con el que he hablado mucho, siempre le digo que los ecuatorianos escriben cosas que nadie leería en un bus. Los autores son desconectados con lo que quisiera leer una persona común y corriente. Primero, hay que entender que a la gente no le gusta leer en este país, pero más allá de eso, no te leen en cualquier lado, menos en un bus. Yo escribí esta novela pensando que los ecuatorianos estamos tan en contacto con la cultura gringa y espero que mi novela se pueda leer en cualquier parte”.

De izq. a der., el Presidente del Jurado Internacional Edwin Madrid;  el autor, Felipe troya; François Gauthier, embajador de Francia en Ecuador; Guillaume Long, Ministro de Cultura y Patrimonio de Ecuador; Ramiro Noriega, rector de la Universidad de las Artes, y Hélène Bekker, delegada de la Fundación Alianza Francesa. (Foto: Ministerio de Cultura y Patrimonio).
De izq. a der., el Presidente del Jurado Internacional Edwin Madrid; el autor, Felipe troya; François Gauthier, embajador de Francia en Ecuador; Guillaume Long, Ministro de Cultura y Patrimonio de Ecuador; Ramiro Noriega, rector de la Universidad de las Artes, y Hélène Bekker, delegada de la Fundación Alianza Francesa. (Foto: Ministerio de Cultura y Patrimonio).

Un momento frío en el verano

La voz del narrador hace sentir el verano, la necesidad de ocio, de relajación, de familia. Pero poco antes del desenlace la historia se congela. En Ardillas, la muerte es un recurso que denota incomodidad y esa pesadez de funeraria solo provoca tedio en el personaje principal. Es un recurso que habla de los estilos de vida: “Es la parte más dura, que más reparos me causó, personalmente. Y es la parte más fría y cruel. El lugar es incómodo, el ambiente siempre es verano y acá dentro (en la funeraria) no están en verano. Se congeló un rato; todo está muy frío. Paredes como sauna, alfombra gruesa… esto parece calentar demasiado pero no, está helado. Él (Felipe Flores) entra en un ambiente alejado de su ritual”. Transcurren varias páginas en una funeraria para dar cuenta de que el tío Fernando no cambiará, será un personaje plano: “Estaba muy enfocado en que este personaje sea plano. Es importante esta separación entre personajes redondos y planos; y un poco nuestro cliché de que los personajes redondos son mejores viene de Henry James. Los personajes satíricos, los humorísticos no son redondos porque reflejan el humor. En La comedia de los humores, cada uno tiene un humor, tú eres bravo, tú eres avaro, etcétera y te quedas así. Lo que sentí era que ese personaje (tío Fernando) tenía que quedarse plano. Cuando le dicen que escoja el ataúd, él dice la cosa más superficial, triste y dolorosa que puede decir una persona: lo mejor que pueda comprar el dinero. Es decir, cree que eso lo salvará, que eso, de alguna forma, le ayudará en su dolor”. El narrador compra el ataúd más caro del catálogo, por sugerencia de los vendedores o por quemeimportismo; la caja se llama President.

“Vi catálogos de ataúdes y todos tienen nombre, como que por el precio te tratan de vender un estilo vida. Uno entendería si una cama se llama President, un juego de comedor se llama Presidencial o la suite de hotel, Suite Presidencial”. Se trata de estilos de vida, del lugar al que cada persona quiere llegar: “En mi novela, Fernando quiere tener un estilo de vida presidencial (…) no describo el ataúd porque el nombre es lo que importa: despierta asociaciones, simbología… como cuando construye la piscina Ford, redonda, lujosa y con el sello de los Estados Unidos. Es la piscina del presidente”.

Pensar en los estilos de vida, en este contexto anglosajón, es pensar en el sueño americano. Si bien Ardillas no es una novela sobre la migración, sí devela los ideales y las búsquedas de los ecuatorianos en Estados Unidos. “Hay un fundamento, hay una influencia de la vida real en esta historia. Le pasó a un personaje ecuatoriano que se llama Napoleón Barragán. Era un tipo de la provincia de Bolívar, muy pobre, que se fue a Estados Unidos (…) realizó trabajos miserables y después creó el imperio de venta de colchones más grande de ese país (1-800-Mattress). En los ochentas y noventas se hizo muy famoso, como un modelo a seguir (…) en ese tiempo hubo problemas muy grandes como el feriado bancario, pero este modelo precipitó la idea de que se podía llegar a Estados Unidos y cumplir los sueños. Barragán en su momento de auge escribió un libro: Cómo hacerse rico con el número 1800. Sin embargo, cuando llega la internet, la empresa de teléfonos se va al carajo y cae en la bancarrota. Es un personaje ecuatoriano muy importante porque encarnó el sueño americano y luego lo perdió de una forma muy dolorosa”.

Este suceso resultó ser una buena manera de complejizar el tema del sueño americano, “que tiene ese tipo de oscuridades. Si tú estás allá no hay tal cosa, no hay sueño” pero desde acá se sigue pensando que todavía es posible.

Troya espera finalizar su segundo proyecto narrativo durante su estadía en la residencia de Saint Nazaire. Además, como parte del premio estará en La Marelle, en la Casa de Proyectos de Autores de Marsella, donde podrá publicar un texto (diferente al premiado) en formato digital para colección de dicha institución.

1 Comentario

  1. I think people start calling e-books books and call the other kind paper books (spelled p-a-p-e-r it’s that thing that ancients extracted from the tree pulp after they stoped writing on dead animals’ skins) twenty years after fourteen year olds refuse to read any other way. Paper book will be a novelty item but will stay here for quite a while like CD never really coelmetlpy replaced LP. There are people who buy them and people who make new ones…

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