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¿Dónde estabas el 12 de febrero de 1949?

¿Dónde estabas el 12 de febrero de 1949? ¿O, dónde estaba tu padre, tu abuela o tu bisabuelo?Aquel día es recordado por todos los quiteños que vivieron la alarmante llegada de invasores extraterrestres a Quito. Claro, según un radioteatro emitido por la señal de radio Quito, que resultó más que convincente y provocó el incendio de la difusora. Gabriela Alemán y El Fakir Editores rescataron una novela que relata el suceso en la pluma de Leonardo Páez, y este es apenas un adelanto del libro que ya está en las perchas.

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Leonardo Páez.

Por Gabriela Alemán

Los que siembran el viento, la novela más quiteña que jamás haya leído, llegó a mis manos vía el Cono Sur. Javier Arano, cineasta argentino, me escribió hace siete años para ver si nos podíamos reunir. Él estaba viviendo en Quito y la familia de su esposa ecuatoriana le había contado la historia del truncado aterrizaje marciano en la capital. Le pareció imposible que alguien no hubiera hecho una película sobre el tema. Preguntó y, cuando confirmó que no había un largometraje de ficción ni un documental sobre la versión radial de La guerra de los mundos en Ecuador, decidió que él lo haría. Alguien le contó que yo estaba escribiendo una novela sobre la noche del 12 de febrero de 1949, en la que  incendiaron Radio Quito, y me contactó. Nos reunimos algunas veces, le conté lo que sabía y él me dio la novela que escribió el libretista y mentalizador del desembarco extraterrestre en Quito (que un amigo había conseguido en Venezuela). El tiempo pasó y perdimos contacto. Hace dos años lo busqué para contarle que la novela sobre La guerra de los mundos que escribía se había convertido en un cuento largo y que lo quería invitar a la presentación de La muerte silba un blues; quería saber, además, qué había pasado con su proyecto de hacer un documental. Me contó que había logrado ubicar a la hija de Páez en Venezuela y que estaba negociando los derechos del libro que me había regalado en fotocopia en el 2009. Por ese entonces ya hablábamos con César y Álvaro, los otros miembros de El Fakir, sobre cuál sería el libro con el que arrancaríamos la editorial. Hice más copias de mi copia y se las di para que la leyeran. Estuvimos de acuerdo en que el texto de Páez era ideal para lanzar la editorial y, con el contacto de Ximena Páez que Javier nos facilitó, comenzó la odisea de lograr un acuerdo con ella. Todavía no habíamos publicado nada, ni siquiera teníamos una página web, cuando menos le debió resultar extraño que después de tantos años de silencio, dos personas se interesaran por los derechos de la obra de su padre. Los correos se sucedieron, los FedEx fueron y vinieron y el tiempo comenzó a pasar. Hernán Hoyos, Powerpaola y el propio Fakir reclamaron su espacio en la editorial pero por fin llegó el día.

Portada de la edición venezolana de Los que siembren el viento, de Leonardo Páez.
Portada de la edición venezolana de Los que siembren el viento, de Leonardo Páez.

Los que siembran el viento tiene muchos aciertos como novela, para mí, uno de los principales, es retratar una época y una ciudad desde su habla. La novela que Páez escribió en Venezuela y publicó en la década del ochenta allá, nos devuelve a un Quito que habla como lo hacían mis tías abuelas. Tal es la distancia temporal y son tantos los cambios idiomáticos que, para esta nueva edición, la primera ecuatoriana, hemos incluido un glosario de términos al final del libro. Que también tiene un prólogo escrito por Pepe Laso y una nueva tapa ilustrada por Carlos Villarreal Kwasek. Podría decir muchísimas cosas sobre el libro, su pertinencia en la época actual, su relato de primera mano sobre la intervención de la ficción en la realidad, la descripción de la arquitectura social de Quito, pero prefiero que lean el pequeño adelanto de la novela de Leonardo Páez, en exclusiva para los lectores de La Barra Espaciadora, y que luego busquen el libro. ¡Seguro que lo harán!


Los que siembran el viento

En donde se siente más el corcoveo de la calle Cotopaxi, por la parte de arriba, a ras del segundo patio de tierra de esta casa de alto y bajo, en cuarto sin ventanas, solito vive el hombre. No tiene, lo que se dice, ni un perro que le ladre ni nadie que le alcance, de repente, un jarro de agua. Se levanta con la mañana. Destranca la puerta de una sola hoja y en la cara recibe todo el chiflón de claridad que llega del Ichimbía. Ahí mismo, como para tocarlo con la mano, el arrayán pulido por la lluvia de anoche; y contra la pared de adobe que sirve de medianera, el W.C. de tanque alto, disimulado apenas por cuatro tablas viejas y ralas que dejan ver todo cuanto hace allí ese hormiguero de inquilinos.

¡Qué huambra, maltona todavía, como para perder el juicio! De pura chiripa, como por muerte de un judío, alguna vez aparece la visita inesperada y amable.

—Buenos días, sí, yo soy.

—Muchas gracias… bueno, verá, no, yo…

—Sí, sí… Pero no se quede allí… ¿Quiere pasar?

—Es que… Sabrá que… ¡ni sé cómo empezar!… ¡A lo mejor Ud. qué también pensará de mí!

—No, no. Yo no pienso nada… Siga, siga… Aquí, afuera… Entre, hágame el favor de…

—Gracias… ¡Jesús, me muero, me da vergüenza… Ud. va a creer que…

—Permítame… Ah, estos libros que no sé dónde… Siéntese aquí, aunque sea en la cama… Perdonará nomás… Ud. ve este cuarto…

—Gracias. Me estaré un ratito nomás… Ud. pensará, y tiene razón, que yo soy una… Bueno, sí… Soy medio deschavetada… Ud. ni siquiera me conoce… Sabrá que yo soy… Es decir, mi papá tiene la sastrería que queda ahí mismito, en la Yerovi, pasando la Olmedo.

—¿Su papá es el señor Salitas?… ¡Claro, claro, pero qué torpe soy!

—Rosaura me llamo.

—¡Eso, la Rosaura!… ¡Vean nomás lo que es esta vida!… Ayer era Ud. una guagüita. Me acuerdo que Ud. tenía unas trenzas que le daban hasta… ¡Cuándo iba a imaginar que ahora!… ¡Y cómo se ha puesto!… ¡linda, lo que se dice linda!

—No se haga, no se haga… ¡A cuántas dirá lo mismo!

—¡Le juro, por éstas, le juro, preciosa!

—¡Deje, deje, puede estar jurando lo que quiera, que yo!… ¡Fama tiene Ud., no vaya a creer que no sé todito!

—¿Cómo?

—Más bien pasemos a otra cosa… Le diré la verdad… He venido a verle por curiosidad. Sí, sí, curiosidad. Loca que es una y como tantas cosas cuentan de Ud., que por aquí, que por allá… Que canta y toca la guitarra… Ahí estoy viendo una guitarra… Y que toma mucho; y que se pone como loco cuando se pasa de copas… ¡Y un mundo de cosas dice la gente!… ¿Por qué no me hace oír alguna cancioncita?… ¡cualquiera!… ¡Uy, ya creo que es muy tarde!… ¡Perdóneme,

perdóneme!… Con razón mamita me dice que tengo sacudida la cabeza. Y que soy una carishina, y que no sabe ya qué hacer conmigo. ¡A ver, a ver, no se haga de rogar!… ¡Apure, apure y no me quede viendo con esos ojos!

Entonces, el hombre va y se suelta un albazo que más parece danzante. Un albazo de esos entre amargos y dulces, entre serios y medio graciosos, pero casi siempre malintencionados:

Vuelvo volviendo aquí,

vuelvo chumado,

ya no puedo vivir

sino a tu lado

Y, la segunda:

Arrímate nomás,

qué te ha pasado,

hasta la vela ya,

ya se ha apagado.

—¿Conque arrímate nomás, qué te ha pasado, no?… ¡Regia, bien regia la canción!… ¡Ahora tiene que cantarse otra cosa!… ¡Venga, venga, venga, siéntese aquí, a mi lado!… ¡no le voy a comer!… ¡A ver, a ver, ese pasacalle que la gente se hace lenguas!… El que habla de la mujer de un tal Manuel… ¡Déle, déle!

Cada primero de mes, medio oscuro todavía, tuntún, la puerta: ¡achachay, Jesús, en semejante frío!… «Vecinito, buenos días, vengo por el arriendo».

Es la pobre mamá Clorinda, mujer blanca, cargada de lunares. De joven debió haber sido rasguñable.

Por cincuenta miserables sucres mensuales y el cucho pelado que le dan bajo las gradas, se humana a lo que nunca soñó: cuida la huerta de atrás, da de comer a los puercos, barre patios y corredores, abre y cierra la puerta de calle, cobra los alquileres y hasta, según se murmura, la infeliz mujer, a esa edad, tiene que acceder a ciertas manipulaciones del viejo Alarcón, dueño de la casa.

De aquí a lo que se tiene como centro de la ciudad no hay sino cinco cuadras. Una vez en la placita de la Merced, si se tuerce a la izquierda y se bajan cien metros por la Chile, se da con la Pichincha. En esta esquina se halla el edificio del diario más influyente del país, según juzgan de ese modo las gentes metidas en estos altos tejemanejes del periodismo.

El hombre de quien se ha venido hablando trabaja en dicho diario, así como en una estación de radio que queda en el tercer piso. Resulta curioso enterarse de lo que, más o menos, se le achaca: que conversa consigo mismo, como loco; que en el trayecto del va y viene suelta palabras sin pies ni cabeza; y que luego entre silbo y canturreo, al ritmo de sus pasos de tap con suelas agujereadas, desembucha historias de aquellas que los humoristas llaman fuera de la ausencia, como dígase, por ejemplo, ojalá en diciembre alcance a ponerme un terno nuevo, porque el que cargo ya no aguanta una virada más; si yo fuera presidente de la república acabaría con todos los prestamistas chulqueros, sanguijuelas de los infelices empleados; y, esto de junto a ti, arrodillado, un niño triste como yo nos mira, del Neruda, me tiene hasta la coronilla de tanto declama y declama en el teatro, la radio, las cantinas, el calabozo, los burdeles, el hospital, en dónde no, ¡qué vaina!

Los claros del cielo que aún parpadean sobre el cerro del Ungüí comienzan a esfumarse, y, como ocurre durante todo el año, de los años desde antes de no se sabe cuándo, por razones astronómicas difíciles de comprender de buenas a primeras, con puntualidad casi chocante, de instante milésimo, dentro de breves momentos la noche se desplomará en la vereda de enfrente, y los focos de las esquinas irán prendiéndose por contagio.

En una pieza contigua al estudio principal de la emisora están reunidos los actores para el último ensayo de la obra de hoy, antes de su lectura frente a los micrófonos y a un público que no se lo ve por lado alguno.

—¡Vamos dándole al asunto! Esto no será sino un simple recalentamiento de papeles. Son las 7 de la noche.

—Hay tiempo todavía. ¿Por qué no ensayan con los extras?

Entre los actores se encuentra el hombre de la Cotopaxi. Casualmente es el director de la estación de radio. Subió a ese cargo no se sabe cómo. Es también el que dirige el grupo radio-teatral y escribe los interminables novelones de mal gusto, pero de absorbente popularidad. En fin, hace de todo. Pero la cuestión no para ahí: abajo, en el periódico trabaja en su condición de reportero de los sucesos policiales.

«Corra, corra vuele, vuele, algo grave creo que ha pasado en la calle Loja. Dicen que hay, por lo menos, dos muertos a cuchilladas y una mujer que le tienen entre la vida y la muerte. Vaya, vaya, linda noticia para mañana». Y, así, en autobús o a puro pie, como sea, va tras de los acontecimientos que ya en informaciones, se publicarán al siguiente día: un registro completo y detallado de asesinatos, violaciones, robos, estafas y hasta golpes y alzamientos: «el shugua Chicaiza cargó con todas las joyas del señor Salitas»… «el coronel Zapata, quién iba a figurarse, de la noche a la mañana, apoyado por los del escuadrón de la Magdalena, se declaró dictador, sin más ni más, como si nada». Y, por ahí, como por rendija, una chorrera de delitos que se cometen en esta tierra maleada y de tanta gente pobre.

—Así que, cholos, manos a la obra. Sacúdanse.De aquí al programón, queda una hora. No hemos hecho nada.

—Adelante, principio yo.

—Entonces, vos.

A lo que el actor don Pepe coge la palabra y se lamenta: «¡Ay, ay, ay qué me pasa!… ¡qué vaina! ¡me vinieron unos retortijones a la boca del estómago, ay, ay, ay!»

—¿Qué tomó, don Pepe, qué comió?

—Nada, nada, ni un triste café. ¡Ay, ay, ay ¿será cosa de los nervios?

—¿Nervios, Ud.?… ¡no se haga, no se haga!

—¡Les juro, les juro!… ¡Lo que sucede es que yo soy muy sensible!… ¡por cualquier tontería me pongo así!… ¡Y esto me ocurre cuando me asalta un presentimiento que no sé mismo de qué!

—Vea, don Pepe, déjese de creencias pendejas. El trabajo de esta noche es igualito al de todas las noches.

—Sí, don Pepe, somos artistas. De esto vivimos. ¡Mal, pero vivimos o nos hacemos como que vivimos, joder!

—Sí, sí, ¡ay, ay, ay!… Esto de los retortijones no es nuevo para mí. Me vienen cuando tengo corazonadas.

La primera vez, me acuerdo, fue en la Guerra de los Cuatro Días. Poco faltó para que me muriera más por el cólico arrecho que por las balas que pasaban, suiss, suiss, suiss, sobre mi cabeza. Todo por no seguir lo que anunciaban mis pálpitos. Había que ver cómo fue eso: en el mercado de la Rocafuerte, ay, ay, ay, los desdichados policías, por darse de defensores de un candidato medio dudoso aunque triunfante, se jodieron. Les habían colgado del guargüero en los garfios que se emplean para sostener los cuartos de las reses. No sé mismo cómo me libré de semejante cosa. Bueno, pues, ni correr podía por los retortijones.

¡Ay, ay, ya me están pasando!… Sigamos con el ensayo, que por mí no se detenga. Ahora que esto del presentimiento, joder…

—¡Así se habla!

—¡A ver, vos, tu parlamento!

La corpulenta campana de la Virgen de la Merced coincide con los relojes de la emisora y da las nueve.

Dos soplos de clarines que se levantan dificultosamente de un disco rayado anuncian el programa superextraordinario. Luego de arrojar al suelo el pucho de cigarrillo que bailaba entre los labios, y aniquilarlo en el piso, el locutor Raúl López camina hacia el micrófono. Crea un suspenso de dos segundos, se engatilla y resueltamente se lanza: «¡Buenas noches queridos amigos del aire! ¡Son las nueve en el territorio nacional!… ¡El fabuloso programa de la canción criolla, el esperado certamen radial del sentimiento, con la participación de sus más calificados intérpretes de todas partes va a iniciarse!… ¡Tendremos hoy, estimados radioescuchas, óiganlo bien, y recuérdenlo, una noche verdaderamente inolvidable, inolvidable, dable, dable, ble, ble, ble!… »

El suspenso ha paralizado el aliento de las gentes, y su emoción corre del temblor de las lágrimas. ¡Ah, es el momento propicio!… el locutor apunta los ojos hacia el espacio invisible: «¡La intervención inicial, señoras y señores, con los más celebrados cantantes del país!… ¡Aquí están ellos, los únicos, los incomparables Benítez y Valencia!»

Ran, ran, ran las guitarras, y el dúo va con el pasillo serrano «Para mí, tu recuerdo», ¡qué maravilla!… Y cuando el versito «Te di todo el perfume de mi melancolía» se arriesga a dominar el agudísimo quingo que obliga a la primera voz a dar un alarido de pingullo, inesperadamente, ¡qué horror, con repentino y grosero tajo diagonal, ¡habráse visto!, el locutor corta la actuación, ¡bárbaro!, la detiene y, con gesto de palabra espantada, ¡tararac!, zampa la noticia: «¡¡Nos invaden los marcianos, nos invaden!!… ¡¡Los marcianos, los marcianos, cianos, cianos, nos, nos, nos!!»

Peor que dinamita, el anuncio estalla en todas partes, y como volador de Corpus revienta las más variadas exclamaciones:

—¿Nos invaden los qué?

—¿Cómo?

—¿Qué ha dicho el animal?

—¡Estará borracho!

—¡Callen, callen, dejen oír!

—¡Jesús, Dios del cielo!

—¡No te asustes, Elenita, no es nada!

—¡Callen, carajo, dejen oír!

—¡Santo Fuerte, Santo Inmortal, líbranos de…!

—¡No creo ni jota!

—¡Callen, callen, dejen oír!

—¡Tengo náuseas!

—¡Qué pasa, Virgen Santa!

—¡No hagan caso, no hagan caso!… ¡Esos tipos de

la radio quieren meternos el dedo, eso es todo!

—¡Voy a vomitar!

—¡Que avisen a mamita!

—¡Mi marido ha de estar en la cantina!

—¡Se despertaron los guaguas!

—¡Recen, brutos, recen!

—¡Callen, callen, carajo, dejen oír!

—¡Broma, pesada!

—¡Recen, brutos, recen!

—¡Carmela, dame la pistola!

—¡Papá sufre del corazón!

—¡Recen, brutos, recen!

—¡Padre nuestro, Padre nuestro, Padre nuestro!… ¡No puedo rezar!

—¡Corramos!

—¡Sí corramos!

—¡A la mierda, sálvese quien pueda!

La súbita caída del Gobierno por un nuevo cuartelazo no justifica la brusca e indescriptible suspensión del más brillante programa radial del año, ¡qué barbaridad!, sobre todo si se toma en cuenta que el desgarra-dor pasillo ecuatoriano se deslizaba en las voces casi sagradas del rabiosamente aclamado dueto nacional. El salvaje cercenamiento obedecerá, quién sabe, a motivos de otra índole. Ahí está la cosa.

Se emberrinchan los teléfonos de la estación: «¿Es cierto?», «¿nos jodimos entonces?», «¿Y qué hacemos señor?», «¿Qué hacemos con los guaguas, Dios mío!»

—¡Se acaba el mundo, mundo, mundo, mundo, mundoooo!

—¡Miguel, fíjate, te estás orinando en la alfombra, Jesús!

—¡Mis pastillas, mis pastillas!

—¡Ahora sí que nos fregamos! ¡Qué es lo que nos vino, vino, vino!

El mortero se pone más violento: «Estimados radioescuchas, la civilización está herida de muerte. Es el hombre en su tragedia. Es la especie frente a su desaparición… ¡Por irremediable, señores, aceptemos lo irremediable!

Resulta incomprensible, hasta cierto punto, la actitud del joven locutor: se ha puesto al borde de las lágrimas. Trastrabillando toca la historia sagrada y menciona, así de paso, alguna imaginable escena del umbroso diluvio universal. No obstante, hay que decirlo, obtiene el mudo asentimiento —qué bien, qué bien— de los artistas. Como caballos indiferentes suben y bajan la cabeza. Sacando fuerzas de flaqueza, continúa: «Las increíbles noticias que estamos suministrando provienen de calificadas agencias internacionales y los servicios regulares del diario capitalino El Comercio que, junto con su filial el vespertino Ultimas Noticias, funciona en este mismo edificio. Importante: los boletines informativos que están escuchando, señoras y señores, tienen el patrocinio exclusivo de Orangine, el insuperable refresco de naranja. Son las nueve y seis minutos de la noche. Hoy es sábado, 12 de febrero de 1949. Transmite Radio Quito, la voz de la capital».

Desfalleciente, el locutor estrella, ya no da más. Su intervención finalizará luego de las siguientes palabras: «Ánimo, estimados oyentes. Demostremos de lo que es capaz el hombre. En estos supremos instantes de prueba, juntémonos y confortémonos mutuamente. Distribuyámonos con equidad este castigo que nos cae del cielo».

Leonardo Páez