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Alberto Muenala y el tejido del tiempo

Alberto Muenala es considerado el cineasta de los pueblos indígenas. Sus trabajos fílmicos recogen lenguajes, prácticas y símbolos del mundo indígena que el cine tradicional no aborda. Este perfil retrata al artista y al padre, al creador y al heredero de un pensamiento milenario.

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Por Diego Cazar Baquero / @dieguitocazar

Joaquín tejía. Su hijo Julián aprendió a tejer desde niño y cuando creció, tuvo un hijo llamado Alberto, quien se dedicó también a tejer. A su hijo –nieto de Julián y bisnieto de Joaquín– lo llamó como él: Alberto, y pocos años después de nombrarlo le dio lo que él mismo había recibido de sus mayores: la misma destreza para tejer.

Cuando el pequeño Alberto se la pasaba sentado frente al telar de cintura, Peguche era apenas un caserío pequeño dispuesto junto a la carretera, unos pocos kilómetros al norte de la pequeña ciudad de Otavalo. No había luz eléctrica y el racismo por parte del pueblo mestizo hacia los indígenas del pueblo kichwa otavalo era muy marcado, tanto que muchos de ellos vivían lejos del centro urbano, dedicados a la agricultura y a la industria textil artesanal. En los buses, los indígenas solamente podían ocupar los puestas de las filas de atrás y en ciertos bares no les era permitido entrar. Por esos años, como una herencia de los más viejos, familias enteras gastaban sus días manipulando los telares, como arañas encantadas entre sus propios hilos. En sus viviendas, construidas todavía con paja de cebada y abono de vacas, horneaban pan y cocinaban maíz para dar a sus cuerpos la energía necesaria.

Pero el pequeño Alberto tenía planes distintos, así que al cumplir los veintiún años, en 1980, dirigió la mirada hacia el norte y se marchó a México para estudiar cine en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos de la Universidad Autónoma de México (UNAM). Allá conoció a la madre de sus tres hijos, Juanita Parada Aquino, una recia mujer de un poblado del estado de Oaxaca que daba por entonces sus primeros pasos en la producción audiovisual. Alberto reemplazó los telares por las cámaras y desde entonces vive encantado entre cables, guiones y rayos de luz.

El sábado amaneció soleado, pero el frío de esta zona de la serranía ecuatoriana es casi el mismo así esté nublado o llueva. Avanzamos por una calle de Peguche a bordo del auto familiar. Los Muenala Parada llevan encima la resaca de las celebraciones por el matrimonio de Julián Tonatiuh, el segundo hijo de Alberto y Juanita, que duraron una semana. “En nuestra tradición es larguísimo”, me explica Frida Nadxielii, de veinticinco años y recién graduada de la carrera de Cine de la Universidad San Francisco de Quito. Ella es la menor de los tres. Alberto, desde el asiento del copiloto, detalla para ayudarla, con su tono de voz reposado y algo hipnótico: “es que, date cuenta, primero es por el pedido de mano a la novia, después está el día del novio, el día de la novia, el matrimonio civil… ¡por lo menos cinco días!”. Al volante, Sayri Túpac, músico y sonidista de treinta años, asiente con una sonrisa y murmura algo inentendible.

Las distancias son muy cortas. Cinco minutos después, estacionamos frente a una casa galería donde Alberto y su equipo de filmación rodará las escenas para un video promocional de este lugar. De la cajuela del auto bajamos las maletas con las luces, las cámaras, filtros, paneles de rebote, trípodes y demás fierros. Alguien abre la puerta de la galería. La cruzamos en fila india y el olor del tinte y de la tela de los cientos de prendas de vestir, manteles, bufandas, mantas, chalinas y ponchos me invade. Al fondo, otra puerta nos conduce a un patio cuadrado con graderíos y piso de gres. Imagino un gran tablero de juego sin sus gigantes fichas. Pero, más allá de aquel patio, subiendo unas cuantas escaleras, se levanta una pequeña choza. Algo redondeada, con el techo cónico, la vivienda es una réplica exacta que don José Farinango construyó para representar los modos de vida ancestrales del pueblo otavalo. Junto a la choza, se levanta un taller de tejido con los mismos telares que usaron el padre, el abuelo, el bisabuelo y los demás mayores de los Muenala. “Yo hice esto para que no nos olvidemos de dónde venimos”, me cuenta don José, un hombre de setenta años que aparenta tener cincuenta. Su largo cabello cano se deja caer bajo el sombrero, hacia la espalda, atado apenas a la altura de la nuca. Don José es tío político de Alberto. Su esposa, la tía Marina Muenala, va de aquí para allá, luciendo el impecable atuendo tradicional que todos deben vestir para la filmación. En las fachalinas que visten los hombros de las mujeres, todavía se distinguen los dobleces de las prendas que se usan por primera vez.

–¡Corre cámara! –escucho decir a Alberto.

–¡Corriendo! –le responde Frida…

–¡Corre sonido!

–¡Corriendo! –contesta Sayri…

–Toma ocho, taller, ¡acción!

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De alguna manera, Alberto continúa tejiendo. Para don José, “él siempre está rodeado de cámaras y haciendo sus películas para todos nosotros”. Se refiere, con ese nosotros, a los pueblos y nacionalidades indígenas del Ecuador. Como miembro de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie), Alberto lleva adelante una incansable lucha por visibilizar la realidad de su pueblo mediante el cine. “El cine es uno de los pocos medios con los que puedes decir la realidad de lo que sientes, creo que es mucho más efectivo que la escritura, porque todo el mundo ahora ve, y puedes hacer entender así lo que quieres decir”. La obra cinematográfica de Alberto está hecha por indígenas kichwa otavalo y trata sus propias vivencias en la cotidianidad. “Desde el comienzo necesitaba expresarme y comunicarme con la gente –recuerda Alberto–, porque quiero transmitir esos conocimientos, recuperar esa memoria para que no se pierdan nuestros conocimientos…”.

“El cine es uno de los pocos medios con los que puedes decir la realidad de lo que sientes, creo que es mucho más efectivo que la escritura, porque todo el mundo ahora ve, y puedes hacer entender así lo que quieres decir”.

Cada día, Alberto despierta temprano. A las seis de la mañana ya no puede volver a pegar los párpados, entonces se levanta y se instala frente a su computador para enviar correos electrónicos, responder a sus contactos y mantener vivas las relaciones laborales. “Si es que no armamos proyectos, se nos viene el tiempo y de pronto no tenemos de dónde comer”, dice, siempre entregado a esa calma invulnerable que se muestra en su voz y en las pausas de sus gestos. A las nueve, por lo general, la familia se reúne a desayunar. Casi siempre hay tacos mexicanos sobre la mesa. Los ocho años que la familia vivió en México sirvieron para que el gustito por las tortillas y el guacamole se quedara de por vida. En la cocina, tienen su tortillera, cada mañana hacen minga para poner a punto el desayuno, Alberto hace a veces el guacamole, Juanita prepara el café y las tortillas y los hijos disponen la mesa con lo necesario. A Alberto le gusta tanto el aguacate que un buen día, recibió como regalo un pequeño arbolito que hizo sembrar en el patio de la casa. Cuando muy ilusionado le pedía al jardinero que regara su árbol consentido de aguacate, él no le hacía caso. Una y otra vez se lo pidió y no consiguió convencerle. “Señor, es que ese no es un árbol de aguacate sino de guabas”, le explicó después el hombre, y entonces Alberto –entre la indignación y el bochorno– consiguió un árbol de aguacate verdadero y lo sembró en su jardín. Junto a su esposa, suelen entregarse al cuidado de sus plantas para aligerar las tensiones de la rutina y relajarse podando las buganvillas que cubren el muro de la casa o regando el césped.

Alberto escucha y observa mucho. Calla mucho y también ríe generosamente. El oficio de cineasta le ha hecho muy hábil para manejar las relaciones humanas con la inteligencia de quien sabe que hace lo que le apasiona y por eso lo quiere hacer bien, sin doblegarse ante el fracaso, la envidia o la rabia. “Como dicen, el que se enoja pierde, ¿no?”.

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Frida escucha a su padre hablar de sí mismo y también calla mucho. Quiere decir algo, la inquietud de sus ojos la delata, pero no interrumpe. Espera unos minutos y cuando se lo pregunto, se toma el tiempo necesario para pensar su respuesta. Parece que la ensaya en su interior, que escoge las palabras justas, que hace pruebas con ellas en su mente, como si ensayara las puntadas de un tejido. Parece dar el justo valor a los significados y por eso no se arriesga a decir cualquier cosa. “No se enoja mucho, pero cuando se enoja, sí se siente la energía pesada –suelta, por fin–. Pero no es de los que explota, siempre es tranquilo”.

Frida trabaja con su padre desde hace cuatro o cinco años. Aunque lo que amó siempre fue escribir, al terminar el colegio, su madre le sugirió la idea de estudiar cine, como su padre, y ella aceptó. Ahora, con la productora Rupaicinema, Frida está dirigiendo su primer largometraje, Tiempo de mujeres, y Alberto es el productor del proyecto. “A veces sí chocamos…”, confiesa ella, pero reconoce que con su padre ha aprendido más que en la universidad. Desde niña, Frida veía a Alberto viajar mucho y lleva muy presente el hecho de que adonde quiera que llegara papá con su cámara, “era muy respetado”.

Cuando volvió de México, Alberto consiguió un contrato de trabajo en una cadena de televisión local, en Quito, y tuvo que trasladarse a la capital, dejando a su familia en Peguche. Trabajaba de ocho de la mañana a ocho de la noche, aproximadamente.  El día en que nació su hijo Sayri, en Otavalo, él ni siquiera pudo estar junto a Juanita para recibir al bebé. Tuvo que conformarse con conocerlo tres o cuatro fines de semana después, y esa experiencia marcó profundamente lo que haría en adelante. “El pueblo otavalo –me dice– procura siempre trabajar de una manera autónoma y no para otro. Juntos hacemos cosas grandes”. Ahora, Rupaicinema se sostiene con el trabajo de toda la familia.

En 1994, Alberto organizó el Festival de las Primeras Naciones de Abya Yala, con el propósito de mostrar cine hecho por los mismos pueblos indígenas. Hasta ese año, las participaciones indígenas en los encuentros cinematográficos estaban supeditadas a la presencia de un mestizo. Los indígenas estaban ahí y eso era un logro, pero un logro a medias, pues siempre desempeñaban un rol secundario, dependiente de las decisiones de los mestizos. Así ocurrió en los encuentros que organizaba la Coordinadora Latinoamericana de Cine y Comunicación de los Pueblos Indígenas (Clacpi), y por eso, Alberto decidió cambiar el rumbo del cine todavía muy indigenista y ventrílocuo que practicaban los mestizos, para tomar la palabra como pueblos y nacionalidades y decir lo que hiciera falta sin que nadie más ‘dé diciendo nada’. Además, mientras el festival de Clacpi se llevaba a cabo en ciudades como México, Caracas, Río de Janeiro, Lima o Cusco, el Festival de las Primeras Naciones de Abya Yala buscaba llevar las prácticas del cine a las comunidades, y tejer redes. Tejer. La vida es un tejido. Esa primera edición, por ejemplo, llegó a 43 comunidades en todo Ecuador, e incluso permitió la elaboración de la Declaración de Quito, en la que se demandó que fueran los mismos pueblos y nacionalidades quienes logren el acceso a las herramientas del video, como un mecanismo de expresión legítimo y autónomo.

Alberto decidió cambiar el rumbo del cine todavía muy indigenista y ventrílocuo que practicaban los mestizos, para tomar la palabra como pueblos y nacionalidades y decir lo que hiciera falta sin que nadie más ‘dé diciendo nada’.

Cuando Alberto recuerda estos años, sus movimientos son más pronunciados. El tono apacible de su voz se eleva un poco y sus manos abiertas parecen dos estrellas gemelas que de repente se juntan. El racismo, para Alberto, es una tara que aún no se ha superado. “El hecho de que nos asignen un cinco por ciento dentro de las políticas de producción audiovisual y aun así, de ese 5% no nos acepten a los directores de pueblos y nacionalidades, es racismo, y como vivimos esa cotidianidad tenemos que reflejar eso. De ahí salen nuestras historias”.

 

Frida ha congelado su gesto y escucha la conversación mirando a un punto invisible en el piso. A veces reacciona y hace fotografías de su padre, sentado en el sofá rojísimo de su sala, y luego vuelve a su gesto interrumpido. “Nosotros crecimos de una manera más sana respecto del racismo –me aclara, cuando le pregunto cómo vivió ella sus años de adolescente–, mis papás trataron de criarnos en un entorno donde yo no me sentía diferente”, dice. Además, ella no pierde ningún instante para destacar la figura de su madre: “una mamá bien poderosa que no habría permitido que a ninguno de nosotros nos maltrataran”.

Alberto tampoco recuerda haber sido víctima directa de racismo cuando sus años de niño y adolescente. Pero sí tiene claros en su memoria los episodios de discriminación racial que a diario vivían sus vecinos. “Creo que mi generación trató de superar el racismo a través de reivindicaciones, por ejemplo, al baño ritual del Inti Raymi y al Inti Raymi, mismo, se empezó a invitar a jóvenes de Quito para que convivan y sientan otra realidad, y de esa manera se fue rompiendo el racismo, se fueron integrando”.

alberto-muenalaSin embargo, el hecho demuestra que ha sido siempre más fácil integrar al mestizo de fuera de Otavalo o Peguche que a los lugareños. En las tradicionales Fiestas del Yamor del 2015 –evoca Alberto–, había indígenas candidatas a reina del Yamor y los mestizos seleccionaban o preseleccionaban a las indígenas que cumplieran ciertas características estereotípicas: si es un poquito más blanca no puede ser indígena… ¡Y, cómo así!”.

El rodaje de este soleado sábado fluye como si se tratara de un día de reunión con la familia en pleno. Alguien ha llegado con una bandeja y una jarra con jugo de piña bien frío. Alguien más ha repartido plátanos y el olor de la leña transformándose en carbón me hace sentir en el pasado. Una sobrina de Alberto, la pequeña Ainy, de doce años, es la protagonista de esta pequeña historia que consiste, simplemente, en invitar a los espectadores a visitar la casa galería de don José y doña Marina, luego de mostrar la choza ancestral y el taller tradicional de tejido. Ainy no habla kichwa pero conoce a la perfección el inglés y se comunica también en español. Junto a sus padres vive en Londres y ahora están de visita en casa de sus abuelos. Por eso, don José y Alberto decidieron aprovechar para crear esta pieza audiovisual que ha demorado en rodar dos días. Aún queda por hacer las tomas de la cascada de Peguche y otros sitios turísticos de la zona. Es que ya hace años que Peguche y Otavalo diversificaron sus actividades productivas y el turismo, especialmente, se convirtió en una importantísima fuente de ingresos. Según un estudio difundido por el Ministerio de Turismo del Ecuador, la provincia de Imbabura recibe al 18 % de extranjeros que llegan a Ecuador, y Otavalo es el principal destino de toda la provincia. Don José lo sabe y por eso apunta a “difundir nuestra cultura para que se sepa lo que somos y para que no nos olvidemos de nuestras tradiciones. Ahora ya nadie usa los telares, todo es con máquinas, y los jóvenes ya ni siquiera quieren vestirse como nosotros, usan jeans y camisas, nomás”. Pero sabe también don José que el único capaz de llevar a cabo el plan de promoción de su casa galería es Alberto, el cineasta de los pueblos indígenas. Ellos dos comparten su forma de ver la vida y han asumido, cada uno por su lado, la vocación por la defensa de la identidad del pueblo kichwa otavalo.

Pero sabe también don José que el único capaz de llevar a cabo el plan de promoción de su casa galería es Alberto, el cineasta de los pueblos indígenas.

Antes de que caiga la noche, la familia Farinango Muenala tiene café y humitas calientes para ofrecer a los actores y al equipo del rodaje. El café ha sido molido y mezclado con haba, quinua y arroz de cebada.

Luego de una hora de charla, es hora de volver a la casa de Alberto y su familia, una acogedora vivienda diseñada por él mismo, con un patio extenso, sus buganvillas, el guayabo y el árbol de aguacate. La luz de adentro parece pensada para olvidarse del cine. Es calma y sensación de recogimiento.

–Mi papá es muy humano y perfeccionista –se anima a comentar Frida–, pero no se aprende los nombres de las personas y eso sí me choca…

–Será que tiene, más bien, una memoria visual más desarrollada, ¿no?

–Sí. Es que, es cariñoso pero también frío. Con sus hijos lo da todo pero calcula con las personas, hasta qué punto se involucra, puede cortar relaciones: si no le parece, no le parece.

Alberto ríe al oírla.

–Sé en quién puedo confiar y en quién no, más que memorizar los nombres –explica él.

–Pero, Alberto, ¿tú crees que durante todo este tiempo han cambiado en algo las cosas para el pueblo kichwa otavalo?

–Aquí hay mucha desigualdad, la gente que viaja puede conocer otras cosas y tiene mejores oportunidades, pero la gente que no viaja no tiene muchas oportunidades de vivir bien…

Alberto está convencido de que el problema está en haber olvidado que venimos de la tierra. “Yo creo en la Pacha Mama, de ahí venimos y a ella vamos y de ahí sale toda la fuerza, sale toda la alimentación, ahí están los espíritus buenos y los malos, entonces, tengo ese respeto con la tierra porque nos da todo. Si nosotros la cuidamos y la sembramos, nos da todo. Nos alimenta para que vayamos entendiendo lo que es la cosmoexistencia, porque la tierra hizo crecer a nuestros abuelos aquí, y esos abuelos nos dejaron muchos conocimientos”.

IMG_5896Inclinándose hacia adelante, lanzando con mayor fuerza los brazos al hablar, Alberto recuerda que un tío suyo, a su vez, había recordado a su abuela: ella veía en las estrellas si iba a llover o no. Hasta hace unos veinte o treinta años, apenas, cuando no llovía, los indígenas kichwas de la zona subían al Imbabura y hacían un rito para que lloviera. “Había una conexión de los mayores con el cosmos –insiste Alberto–, porque no habían vuelto todavía de hacer el ritual y ya estaba cayendo la lluvia. El fracaso puede ser eso, no estamos rescatando lo que viene de nuestra cosmovisión, la experiencia de nuestros padres y abuelos…”.

El pueblo kichwa otavalo sabe bien lo que significa el poder. No porque lo haya ejercido sino porque ha tenido que enfrentarlo constantemente: el poder en manos del criollo durante la colonia, el poder del blanco mestizo como gobernante de la época republicana, el poder de las autoridades blanco-mestizas y su racismo institucionalizado y también el poder del dinero.

El fracaso puede ser eso, no estamos rescatando lo que viene de nuestra cosmovisión, la experiencia de nuestros padres y abuelos…”.

Don José me había contado que la luz eléctrica llegó a Peguche por una casualidad, allá por 1975. Quiso el azar que un día, un desperfecto mecánico detuviera la caravana presidencial en la carretera, junto al pueblo, y que el mismísimo presidente de entonces, el general Guillermo Rodríguez Lara, bajara de su auto junto con su comitiva y su personal de seguridad, a pedir posada en casa de la familia Farinango. Ahí mismo, en la sala de esa casa, sobre la actual galería de textiles, don José, a punto de cumplir los treinta años, se lo pidió cara a cara. Pocos meses después, al menos cuatro o cinco bombillas de luz alumbraban el caserío y hacían menos frío al frío y menos insondable a la soledad.

Pero Alberto ya no cree en que las cosas funcionen así. Él sabe que los tiempos son otros y que “todo está en cada uno de nosotros. No creo que los políticos resuelvan nada, asi tengamos autoridades indígenas no te van a resolver nada. Más bien creo que el proceso cultural ha hecho que la gente pobre tenga una salida de alimentación cuando recurre a su cultura, por ejemplo, hay familias que no tienen que comer, pero si van al cementerio el lunes o el jueves pueden conseguir comida, es algo ancestral, casi todos los otavaleños tenemos familiares muertos y los lunes y jueves vamos a ver a nuestros muertos con comida. Vamos a comer o a hacer rezar, y los que no tienen que comer van allá, rezan y consiguen huevos, frutas… son los rezadores. Esa es una forma de socializar la alimentación”.

En medio de la charla, Julián,  el hijo que acaba de casarse, llega a casa junto con su nueva esposa. “Ella es mi nueva paniku”, me dice Alberto, para referirse a su nuera. ‘Tony’, como le llaman en casa, tiene veintiocho años y parece que la felicidad del amor le hubiera vuelto inmune a la resaca que padece el resto de la familia después de tanto festejo por su boda.

–¿Qué te enamora, Alberto? –aprovecho yo– ¿Estás enamorado?

–Sí, siempre, de la vida. Si venimos a esta vida es a disfrutarla, vivir, compartir, tener tu espacio, crecer en la creatividad. Si yo trabajara en una empresa tendría una limitación… Ahora tengo el tiempo para cada cosa, tengo tiempo libre…

–¿Duermes bien?

–¡Sí, duermo bien!

–¿Cuántas horas?

–Entre siete y ocho…

–Se ve que duermes profundamente, entonces. ¿Sueñas?

–Sí, duermo profundamente. Y, de hecho, las escenas interesantes que me han salido las he tenido en los sueños… Yo empiezo el proceso de un guion y estoy todo el tiempo en eso, y en el sueño se resuelve lo que necesito.

–¿Qué te hace sentir más feliz, Alberto?

–Lo bello, un paisaje hermoso, un atardecer… esos instantes. Me emociona ver cosas hermosas.

Juanita, detrás de su voz dulce, se percata de que la charla terminó y nos invita a pasar a la mesa. La noche llega con una “sopita cualquiera”, según ella, que a mí me resulta incomparable. Parece una cobija tejida con la serenidad que da el tiempo de los viejos.


*Coletilla. En febrero del 2016, el Consejo Nacional de Cine (Cncine), a través de una productora, encargó a 10 cronistas la realización de 10 perfiles sobre 10 cineastas ecuatorianos. Por razones que hasta la fecha de esta publicación no han quedado claras, los textos no se publicaron. En vista de que los cineastas –sus amigos, sus vecinos, sus familias– nos recibieron en sus hogares, nos dieron su tiempo y confianza para que pudiéramos escribir estos textos sobre sus vidas y obras, en honor a ellos, a  su tiempo y porque no queremos que los mismos pierdan vigencia, algunos de los cronistas hemos decidido publicarlos en este espacio. Puedes leer también Eriberto Gualinga, el cineasta que contó a Sarayaku, de Marcela Ribadeneira, y Nixon Chalacama, al borde de un precipicio, de Sandra Araya.

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