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Por Diego Cazar Baquero / @dieguitocazar

Tendemos a atribuir las cualidades y defectos de un personaje a los de su creador. Resulta osado concluir que lo que uno, en su condición de lector, experimenta ante la personalidad de un sujeto literario sea lo mismo que sentirá ante el carácter de su inventor.

Entre las ciudades literarias y las ciudades literales el asunto es harto distinto. Javier Vásconez (Quito, 1946) es el inventor de una ciudad atragantada que habita en una ciudad atragantada. En una de ellas deambula un médico europeo que ya es muy familiar para sus habitantes. En la otra, dicen que el médico también ha estado, pero nadie –ni el mismo Vásconez– lo ha podido probar.

Orfila es la última publicación de Javier Vásconez, después de sus recientes Hoteles del silencio y Novelas a la sombra, las dos del 2016. Orfila se trata de un cuento  sobre un cronista hípico argentino llamado Guillermo Orfila que consuela su desamparo con la nostalgia de su oficio y un amor que surge del fracaso compartido.

El creador no está solo ni traslada alguna desolación propia a sus textos, sino que llega a una ciudad disfrazado y se marcha de ella con la mirada de un ave rapiñera. Desaparece para digerir. El autor creador es habitante de las estaciones de bus, de metro o de tren. Es huésped de hotel y cliente frecuente de bares, papelerías y de uno que otro burdelito. Y, sobre todo, es un tipo que conoce bien el camino de regreso a su nombre.

Orfila es una edición del sello Deidayvuelta, con ilustraciones de Roger Ycaza, traducción al inglés de Valerie Hecht, edición y dirección de arte de Emilia Andrade y Roger Ycaza. Orfila se presenta este miércoles, 27 de septiembre en La Oficina, centro cultural ubicado en José de Antepara y Los Ríos, a las 19:30.

Orfila es un relato frío gracias a su virtud  al transmitir sensaciones, es una historia que seduce y fulmina, como revolcón de unas horas. Pero la soledad de Kronz, la de Billy o la de Orfila no son la soledad del Javier Vásconez literal.

La obra completa de Vásconez exuda algo onettiano para la literatura escrita en –este territorio dizque nacional que se ha hecho llamar– Ecuador. Vásconez ha hecho de Quito la ciudad de su propio y único universo literario porque ha sido capaz de contemplarla y transitarla en sus honduras y en sus alturas, más que en su relieve. Y le ha puesto el mar que le falta. Le ha exacerbado la humedad y la ha pintado gótica. Si pudiéramos visitar la ciudad de Vásconez, quizá seríamos gallinazos que descendemos desde la frialdad de la roca monstruosa que es el Pichincha hasta las cuevas que rodean las quebradas del Machángara. O sus valles. Y llueve.

Javier Vásconez es el único escritor nacido por acá que se ha empeñado en edificar el conjunto de su narrativa como una serie de eslabones interdependientes, sea porque sus personajes transitan entre sus novelas, porque sus escenarios se evocan a sí mismos o porque unos y otros se recrean en tiempos distintos. El lector de Vásconez va y vuelve, recuerda, se detiene para afinar su memoria, a ratos le parece haber vivido en su vida material una escena de El viajero de Praga (1996) o alguna otra de La sombra del apostador (1999). “Era probable –dice el narrador, en Orfila, ofreciéndonos una estampa fugaz con la figura de Kronzque el hombre con aspecto de médico, que llevaba sombrero, sentado junto a la barra ante una botella de agua, no fuera de la ciudad, aunque parecía haber estado allí desde hacía muchos años”.

Ilustración de Roger Ycaza, para Orfila, de Javier Vásconez.

En Quito ya no hay hipódromo ni hubo mar jamás. Las lluvias de abril ya no llegan en abril y cuando llegan son tormentas, traen vientos de huracán y hay donde hasta cae nieve. Pero en la Quito de Vásconez hay apostadores que llevan armas de fuego en el cinto como fetiches de sus cobardías, hay ermitaños que se juegan la vida con mujeres extranjeras por las que quedan absortos; en la Quito de Vásconez hay escenas dedicadas a la contemplación de hombres hundidos en sus memorias y en sus fracasos. Javier Vásconez es un observador clínico. Un pesquisa. Su memoria prodigiosa le haría pasar por clarividente frente a la amnesia extendida.

La Quito de Vásconez es la ciudad de quien conoce a sus criaturas aunque no pertenezcan a su generación ni a sus círculos más inmediatos. Orfila no sabe lo que sabe su creador. Orfila ni siquiera es consciente de que su vida es producto del diseño de alguien más que habita una ciudad que es el revés de la suya o sus negaciones constantes.

La ciudad de Vásconez es aquella que nace de quien persigue a sus criaturas para comprender sus motivos –Orfilas hay muchos por ahí–, y hay caballos porque el autor ha descubierto que en los ojos de un caballo puede haber “un fondo de locura”, y ese detalle humano –plástico y psicológico– es también el rasgo animal de su personaje humano. Orfila es Orfila. Vásconez es Vásconez.


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