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La mirada vuelta hacia el olvido

La novela Saber lo que es olvido, bajo el sello Seix Barral de novela breve, nos devuelve la pluma de Carlos Arcos Cabrera y trae con ella a varias mujeres con sus historias entretejidas. Asoma también –como obligándonos a mirar hacia una obra anterior– Andrés Chiliquinga, el personaje que, de alguna manera, constituye la producción literaria del autor.

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Imagen tomada del sitio www.casadelacultura.gob.ec

Por Sandra Araya / @Sanrrangelica

Una mujer mira hacia adelante, mira a los costados. Mira a su pasado. Se siente insegura: voces, algunas conocidas, otras extrañas, le hablan, al unísono, en diversos tonos, tratando de contarle varias historias. Pero mientras los murmullos –los gritos también, incluso los ahogados– se suceden, ella piensa que no solo está reviviendo a los muertos al escucharlos, sino que está construyendo, en parte, su vida.

Una mujer mira hacia adelante. Dos mujeres miran hacia adelante. Se miran entre sí. Se encuentran, se aman (y todos sabemos que el amor es el territorio de la guerra, el desencuentro, la paz, el dolor, la vida en toda su intensidad), más allá del género. Esta es la historia que narra Saber lo que es olvido (Seix Barral, 2016), la última novela de Carlos Arcos Cabrera.

Dejando de lado el tema del amor homosexual –esa sería una crítica sesgada, un poco mojigata, pues el amor surge entre personas, no entre géneros–, esta historia es muchas historias, es la narración que se atreve a expandir sus líneas hacia otras narraciones, para que se junten, como las ramas de los árboles que se entrelazan en un bosque. Y la excusa para descubrir esas ramas liadas, enredadas, es el romance que viven Ximena y María Clara, esta última, amante de Andrés Chiliquinga, uno de los personajes icónicos de Carlos Arcos.

El narrador siguió con la historia de esta mujer. La siguió, como si caminara atento a las huellas que ella iba dejando, un sendero hecho con silencios en su familia, con historias escondidas, de hombres y mujeres que pudieron no existir. Pero que sí lo hicieron: vivieron, rompieron el molde, y como dice Chabica, la anciana que María Clara va a visitar al asilo, cuando la confunde con una tal Lolita: “Sobre tu ausencia, sobre el agujero que dejaste, se armó otra vida”. Es decir, sobre ese silencio, se levantó una historia. La que el narrador persigue, la que se erige como el presente de María Clara Pereira.

Por supuesto, esta indagación que empieza María Clara solo puede ser gatillada por un cambio en su vida, una explosión, el encuentro con Ximena, esa chilena extrovertida que, sin embargo, también arrastra una historia personal construida por muchas voces. Ximena busca esa comunión con María Clara, le ofrece, aparte de pasión, la comprensión el consuelo, una voz única que la arrulle cuando llega en las noches perdida en una niebla que le suena a silencios. A olvido.

Cuando María Clara se entera de toda la historia de Lolita, a través de Chabica, y le da cierto ‘orden’ a su vida, llega la madre de Ximena a visitarlas, y a través de ella conocen la historia de Helena, una mujer lojana que viajó a Chile y que vivió el terrible 11 de septiembre de 1973. Pepa, la madre de Ximena, les cuenta sobre la triste historia de Helena, su hijo, su final, la huella que dejó en ella y que, seguramente, le había transmitido a su hija. Y es que la memoria se transmite por la sangre, por la leche. Crea un mundo. Crea un ser vivo.

Estas dos mujeres miran hacia adelante. Se miran una a la otra. Reconocen, detrás de sus cuerpos, las sombras de otras mujeres, de hombres que se quedaron a su lado –por un tiempo–, la silueta de los que se fueron. Saben que vienen de un mar donde se han bañado otros seres. Entonces, ¿por qué escoger el olvido?

Porque el olvido es la única forma de poseer, casi en secreto, y de obtener algo parecido a la libertad, algo que no te ate ni a las palabras ni al recuerdo de las imágenes. Eso lo descubren María Clara y Ximena cuando ven a mama Domitila, la india que sube a las cumbres cerca de Pesillo, entonando un canto que se mueve más allá de los significados. Cuando María Clara intenta grabar el canto, los aldeanos le explican que no puede porque: “Ella es la dueña de ese canto […] No sólo eso, sino que las palabras, como todo lo que habita la Tierra, y la misma Tierra, tienen vida y muerte. Hay palabras y cantos que quieren ser recordados, como nosotros, y hay palabras y cantos que quieren vivir libres, morir y desaparecer, ser olvidados. Si escribes o grabas, quedan atrapados como un pájaro en una jaula. Tal vez sean hermosos y digan algo lindo, alegre o triste, pero ya no son libres. También quieren saber lo que es el olvido”.

¿Qué queda luego de que el amor se desvanece? ¿Solo una ausencia? La ausencia no es sino la constancia de que algo falta, la constatación cruel de que la memoria existe. Por eso el olvido es necesario, en algunos casos. Para borrar, y de paso, sobrevivir. También para ser libre. Para morir en paz.

Una mujer mira hacia adelante. Se mira a sí misma. No necesita más.