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Propaganda viril y panfletos anestésicos

La tercera edición del ciclo de cine La fractura del siglo, que ofrece cada año la cartelera de la sala de cine Ochoymedio, es la oportunidad para reflejarnos en el pasado y reconocer si algo hoy estamos haciendo igual de mal que antes, como quienes erraron hasta el genocidio. El triunfo de la voluntad, de Leni Riefenstahl, refleja la disciplina y el orden del III Reich, anuncia las ideas totalitarias y criminales que esa disciplina fraguaba mientras ofrecía amor, paz, justicia y grandeza.

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Por Carla Larrea

Leni Riefenstahl es una de las directoras de cine más aclamadas y controversiales del séptimo arte.  Su carrera como actriz, directora y guionista empezó en 1925, pero fue en la década de los treinta cuando despuntó, al dirigir El triunfo de la voluntad (Triumph des Willens. 1935) y, posteriormente, Olympia (1938), filmes considerados referentes icónicos del cine documental de propaganda.

Ver El triunfo de la voluntad en pantalla grande es una experiencia que genera sentimientos encontrados. Gracias al ciclo La fractura del Siglo, organizado por  Sara Roitman, en colaboración con la Fundación Cultural Ochoymedio, fue posible vivirla en una sala de cine en Quito.

Al salir de la proyección, queda la sensación de asombro, una especie de hipnosis generada por la forma tan grandilocuente, virtuosa y estéticamente impecable del uso de los recursos cinematográficos: la fotografía, el montaje, la música, el sonido. Todos ellos al servicio de la construcción de un discurso político: el nacionalsocialismo era sinónimo de una Alemania fuerte, monumental y quizás hasta necesaria en ese momento, luego de haber soportado loa años después del fin de la Primera Guerra Mundial.

El retrato de esa pomposa Núremberg –la ciudad donde desfilaban miles y miles de soldados con banderas, como si fueran muñecos a pilas sincronizados, uno tras otro–; la música de Wagner interpretada con una maestría y genialidad épicas; un sonido que enfatiza las ovaciones de mujeres, niños, ancianos y toda la sociedad civil alemana; los precisos movimientos de cámara que parecen imitar una coreografía de ballet clásico. Imágenes en el momento justo para mostrar los rostros protagonistas, planos cercanos del héroe de entonces, el mismo que más tarde se convertiría en uno de los genocidas más crueles de la historia: Adolf Hitler.

A través de la simetría y la minuciosidad, la cinta consigue manifestar por qué el nazismo tuvo tanta fuerza e injerencia en el pueblo alemán y en el resto del mundo, desde 1933, cuando Hitler llegó al poder, y por qué esa incidencia no terminó con el fin de la Segunda Guerra Mundial, en 1945. El relato del desarrollo del congreso del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, en 1934, en Núremberg, cautiva. Pero tan solo recordar el resultado de la estrategia propagandística que se había fraguado eriza hasta el escalofrío.

La estética grandilocuente, el ideal colectivo, el retrato de un héroe, la precisión de los rituales de guerra, el orden, la perfección, todos estos elementos son más cercanos de lo que parecen. Son parte de otros lenguajes contemporáneos, aunque en diferentes contextos políticos o con distintos personajes.

El lenguaje cinematográfico –como base del lenguaje audiovisual– se convierte en una herramienta poderosísima para dirigirse a cada uno de los miembros de una sociedad. No hace falta que el espectador sepa que un primer plano contrapicado está retratando a una persona como si fuese un dios. Lo entiende.

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Ahora bien, ¿cuál es la vigencia de esta cinta hoy? En esta película ­–formalmente intachable– se alojan muchas de las estrategias que saltan a la vista en la propaganda política actual. Para empezar, de izquierda o de derecha, en dictaduras o en democracias, todas las formas de la propaganda política hoy tienen algo en común: la figura masculina como algo preponderante. El sistema patriarcal en el que vivimos desde hace siglos se sostiene en el héroe masculino o en una figura masculinizada. En ella se deposita la fe y la esperanza de toda una colectividad.

Casi nunca una mujer ha encarnado esta figura. Las veces que ha sucedido –Angela Merkel, Michelle Bachelet, Cristina Kirchner, Margaret Tatcher, Hilary Clinton, por poner algunos ejemplos– las mujeres han sido construidas a  partir de cualidades reconocidas socialmente como masculinas, desde su actitud e incluso hasta en su forma de vestir. En El triunfo de la voluntad, las mujeres están representadas como una especie de gruppies que están allí para alentar, elogiar y aplaudir a los hombres que ponen el cuerpo por el ideal.

Sin duda, cada imagen propagandística –sea de Donald Trump, Justin Trudeau, Enrique Peña Nieto, Nicolás Maduro, Vladimir Putin, Bashar Al Assad o Kim Jong-Un– puede ser una alusión voluntaria o no a esta película. Estos, a través del bombardeo mediático, han sido retratados como en su momento lo fueron Hitler, Goebbels y los altos mandos nazis de la época en los filmes de Riefenstahl, particularmente en este.

El triunfo de la voluntad invita hoy a reflexionar acerca de las imágenes de los “héroes políticos” contemporáneos que recibimos a diario. De esos supuestos héroes a quienes elegimos y de los que estamos rodeados. Es un detonante para cuestionar dónde y cómo se sostienen las figuras de poder; por qué, después de tantas décadas, la credibilidad de estos personajes sigue dependiendo de su cualidad viril. Por qué lo masculino representa a lo poderoso y el poder se representa en código de violencia machista; y, sobre todo, por qué nosotros, receptores de estos mensajes, nos hemos vuelto consumidores pasivos de la propaganda, del panfleto anestésico.

Revisar la historia sirve para revisar el presente. No sea que estemos repitiéndonos sin darnos cuenta hasta exterminarnos.

 

1 Comentario

  1. Excelente reflexión y motivación para mirar cada contexto y entorno, cubierto o encubierto con una aparente democracia movida por la cultura del miedo y la opresión.

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