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Leonard Cohen, un hombre para amar

Por Paulina Trujillo / @mamipau

“Todo tiene una grieta, por allí es por donde entra la luz”.

Leonard Cohen

Dicen que todos recordamos el instante en que Leonard Cohen apareció en nuestras vidas. El mío llegó una noche de diciembre: Una botella de Carmenere, dos copas,  una chimenea encendida y esa voz y esas palabras que se quedaron para siempre.

Cohen3Este hombre larguirucho, de rasgos que delatan su origen judío, con trajes de caballero de la calle y voz que no canta sino que, más bien, declama, está considerado uno de los espíritus creativos más estimulantes de los últimos cincuenta años. Este mismo Cohen que el 21 de septiembre pasado cumplió 80 años ha recibido incontables reconocimientos como músico, novelista, filósofo y poeta, uno de ellos fue el Premio Príncipe de Asturias a las Letras, en 2011. Ha grabado trece discos en su carrera, el más reciente: Popular Problems, acaba de salir, casi como un regalo de cumpleaños. Pero, tal vez lo que dijo Joaquín Sabina se acerque más a lo que Cohen es: “Desnudo como un fraile con sombrero, ni beato ni pagano. Tan judío, tan sabio, tan ligero. Tan Lorca y tan gitano”. Para Leonard todo tiene un motivo. De eso ya había dado muestras cuando, aún adolescente, descubrió a Federico García Lorca y la maravilla del mundo gitano descrito en su poesía. Además, por esos tiempos, en 1949, conoció en un parque de Montreal a un joven guitarrista español que le enseñó unos cuantos acordes de flamenco con una guitarra de segunda mano. Cohen solo recibió tres lecciones. Cuando iba a recibir la cuarta, el joven guitarrista se suicidó. En el discurso que dio en Oviedo, España, al recibir el Príncipe de Asturias, dijo: «Todo lo que encuentren favorable en mi música y mi poesía viene de ahí».

Mucho antes de que grabara su primer disco, Cohen ya se había hecho un nombre respetable como poeta en su Canadá natal, con la publicación de su primer libro, Let Us Compare Mythologies, en 1956. Le siguieron otros poemarios y dos novelas a comienzos de los años sesenta. La crítica literaria lo identificó como el continuador canadiense de los beatnicks estadounidenses. Décadas después, Leonard ya es un referente poético por sí solo, aunque aún no tenga herederos artísticos. Sus libros combinan  distintos géneros y carecen de moldes, pueden ser novelas llenas de versos o poemarios con alma de cuentos. Y aunque sus poemas no suelen convertirse en canciones necesariamente, sus canciones sí son poesía pura.

Cohen es un hombre que escribe poemas de desamor, pero de un desamor sin cicatrices, de un desapego envidiable. Muchas de sus preocupaciones esenciales se acentuaron en su vida y en su obra luego de su reclusión durante cinco años en un centro zen, cerca de Los Ángeles, en el que se ordenó monje budista de la escuela Rinzai, con el nombre de Jikan, que significa silencio. Silencio. Con él todo cobra sentido, tarde o temprano.

Cohen15Ser un poeta libre y sin demasiadas pretensiones era lo suyo. Pero eso, claro, iba a terminar condenándolo a un semianonimato del que salió para difundir sus pensamientos a través de la música. A Cohen no hay que escucharlo solamente, hay que entender lo que dice y sintonizarse con sus palabras. Allí radica el magnetismo con el que capta a sus seguidores. Es imposible no sentirse identificado con versos como: «si quieres un amante, yo haré cualquier cosa que tú me pidas. Y si buscas alguna otra clase de amor, yo usaré una máscara por ti”. Es de una honestidad descarnada, de una lucidez sin trampas. Me gusta que no se parezca a nadie, que nadie se parezca a él. Cohen es de aquellas personas que no deberían morir. Afortunadamente, siempre estará flotando por ahí con sus versos inolvidables, como Federico García Lorca, nuestro poeta preferido. Es de esos hombres sin edad, sin lugar, sin raíz, pero con una brújula que siempre le señaló adónde ir.

Cohen es fiel a sí mismo, con una pasión que uno solo puede imaginar en el caso de un amor desenfrenado. Y por eso mismo suele ser impredecible. Cuando todo el mundo imaginó que la hora de su retiro había llegado -hace nueve años, a raíz del golpe financiero que recibió-, él se reinventó en una suerte de ave fénix. Su representante e íntima amiga, Kelly Lynch, había estado, por años, robándole dinero, alrededor de cinco millones de dólares. Leonard Cohen inició un juicio contra su examiga, con el dolor de la traición en su corazón, pero convencido de que era lo justo. Una vez concluidos los trámites legales inició una gira por Europa y un año después ya tenía listo un nuevo disco, Dear Heather. Por ahí leí algo muy cierto: “hay que agradecerle a Lynch lo que le hizo, porque de eso salió más rejuvenecido y lúcido que nunca, a los 71 años”.

Desgarbado, sarcástico, de humor negro y versos dulces, Cohen es lo que los gringos suelen llamar a man to love. Con él se llega a entender de una vez por todas que el amor se hizo para amar y que lo que pase después, no importa.

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