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Quito mágica (Capítulo segundo)

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Foto: Nadia Villanueva.

Capítulo segundo

Aquelarre en el Reino Mágico 

El Reino Mágico de Fernando Guerra es una cadena de entretenimiento infantil distribuida en tres diferentes puntos de la provincia de Pichincha, a los que se suman un almacén y una pastelería. Cuando Fernando –el Mago Ferghi- fundó la empresa, en 1989, apenas pudo tomar en arriendo un espacio al norte de la ciudad. Hoy todo es de su propiedad y el más grande de sus locales, en la población de Tanda, tiene cerca de 2 000 metros cuadrados. Hay un miniteleférico, una rueda moscovita, una tarabita, un escenario grande y un parqueadero para 30 vehículos. Esto me lo cuenta Fernando antes de aprovechar la última calada de su cigarrillo, apoyado sobre el quicio de la puerta de entrada a la casita interior de la sede Quito, en la calle De las Hiedras, cerca del cruce con la avenida De los Granados. Son las seis y media de la tarde del 17 de agosto del 2017.

Dentro de la casa –que en realidad es una pequeña sala de teatro de paredes verde-pastel, adornadas con figuras de personajes Disney– están sentados alrededor de una pequeña mesa de plástico el Mago Dorian, la Maga Marisol, el Mago Nacho y el cartomago René Arboleda. Al centro de la sala se alinean seis filas de bancas púrpura, dispuestas para que durante las fiestas que se organiza en el Reino, los niños se sienten frente al colorido escenario del fondo.

Hoy Dorian casi no habla. De los cinco, es el mago que más tarde ha llegado, y desde que ocupó su silla en la cabecera de la mesa se ha dedicado a escuchar a los demás, que están aquí convocados por Nacho para contar historias y armar la cronología que le interesa desde hace algunos años. En cambio Marisol Maldonado, sentada frente al Mago Nacho, no para de hablar mientras exhibe una serie de documentos que ha tenido la precaución de archivar en una carpeta para que sobrevivan al paso del tiempo. Es posible que se trate del registro más completo de la historia del ilusionismo ecuatoriano. Ella, al igual que Dorian, es maga de segunda generación, puesto que es hija de Raúl Maldonado, el exsacerdote dominico que a inicios de la década del 70 solicitó a la Santa Sede la absolución de sus votos religiosos.

Entrevista al Padre Maldonado, periódico La Prensa Gráfica, El Salvador, 1963.

Los documentos que ahora Marisol lee en voz alta contienen nombres, fechas, notas de prensa, fotos, actas de reuniones y revistas especializadas. El periódico La Prensa Gráfica, de El Salvador, por ejemplo, da cuenta de la entrevista realizada al joven sacerdote en 1963, cuando apenas tenía 28 años:

–¿Qué evento extraordinario piensa ofrecer al público salvadoreño? –pregunta el entrevistador centroamericano.
–Hijo –contesta Raúl Maldonado–, entre estas tantas habilidades que Dios me ha dado, hay una que me gustaría presentar, es la de manejar un automóvil con los ojos vendados…

–…tengo mucha curiosidad por ver algo de estas habilidades –replica el periodista y continúa su crónica–, el religioso sonríe… y me dice que fije la atención en una especie de caja pequeña de pasta verde que lleva en sus manos. De repente de la caja comienza a salir el maullido de un gato –esa es la fonomímica, apunta Marisol y sigue leyendo–, quiero ver la garganta del padre, pero esta no demuestra que el ventrílocuo está actuando. Es aquello muy natural. Después, del mismo aparato salen los gritos de una lora enfurecida que tiene que ser apaciguada por él… [Raúl Maldonado] también habla de la hipnosis aplicada a la ciencia y alejada de la exhibición, y refiere que en Riobamba ha actuado con un dentista… cuenta que una de las pacientes tenía una fuerte hemorragia, y que el dentista en vez de darle pastillas o medicinas lo llamó para que experimentara la hipnosis… él ordenó al paciente que cese la hemorragia y en el acto se produjo una coagulación…”.

–Ahí yo tengo mis dudas –interrumpe la lectura René Arboleda, el caballero quincuagenario sentado junto a mí que prefiere ser llamado “experto en cartas”, en lugar de mago–, hay cosas que son mitos. Por ejemplo, mi madre jura; bueno, mi madre está ancianita ya, pero siempre me comentó, como mucha gente, que Fassman paró los relojes. ¡Eso no se puede hacer!

Se refiere a una historia que todavía resuena en la memoria colectiva quiteña. José Mir Rocafort, de nombre artístico Fassman, era un mentalista e hipnólogo español nacido a principios del siglo XX. Se sabe que estuvo en Quito en 1961 dictando un curso por el Instituto Panamericano de Hipnología, cuyo alumno destacado fue el Padre Maldonado, y al parecer hizo algunos shows de mentalismo en el Teatro Sucre. Se dice que la convocatoria había sido para las ocho de la noche, pero el hombre –cadavérico, rostro lánguido y mirada fúnebre, como lo describe Arboleda– apareció en el escenario con media hora de retraso. Cuando los asistentes reclamaron indignados, él los retó: “No son las ocho y media; miren sus relojes”. Y los relojes de todo el público marcaban las ocho en punto.

***

–El mentalismo es una categoría de la magia, que quede claro –me dirá René Arboleda dentro de dos semanas, jugando con un mazo de cartas entre sus manos, sobre la mesa de una cafetería del sector Iñaquito–, no se trata de superpoderes ni mucho menos. Es una categoría de la magia que consiste en adivinar cosas, predecir cosas, hacer cosas con los ojos vendados, etcétera.

Y yo, que para entonces habré indagado lo suficiente, comprenderé que la vehemencia de René en la frase “una categoría de la magia” será para enfatizar el hecho de que detrás de cada prodigio de un ilusionista hay una suerte de engaño, una pequeña mentira, un truco. Todos me han dicho lo mismo de alguna forma, pero la definición más pragmática de magia me la dio el Mago Isaac Yépez cuando conversamos en su sala de ensayos: es el arte de engañar para divertir. René Arboleda matizará la idea cuando dialogue conmigo:

–Yo engaño a la gente –afirmará con seriedad– pero cuando lo hago, la gente no se siente estafada. Hay otra modalidad de la magia, el pick pocket, el robo elegante: escoges alguien del público y le quitas las cosas, el público se divierte porque al final se las devuelves. Si no te las devuelven ya no estás viendo magia.

Claro que esto sucederá después, cuando el experto en cartas y yo nos sentemos a tomar café uno frente al otro, en un local de la planta baja del Centro Comercial Unicornio, adonde René me pedirá llegar porque habrá pasado la tarde produciendo música en aquel edificio que tiene instalado un estudio de grabación en el subsuelo. Y entonces aprovechará para contarme que desde los 12 años estudió piano en el Conservatorio, y que muy temprano aprendió a ganarse la vida interpretando el instrumento en bares y hoteles; y que la magia le llegó con 19 años, a finales de los 70, cuando alcanzó a ver desde el piano a un señor que entretenía a 4 o 5 personas en la barra del bar, haciendo aparecer y desaparecer objetos pequeños; y que la impresión lo obligó a dejar de tocar para acercarse a él. Ese hombre, sabré entonces, era Edmundo Ordóñez, conocido en el ambiente mágico como Edmond, su primer maestro. Y durante esa misma charla me contará que el otro gran maestro en su vida fue Burman, un cartomago español que vivió en Quito durante los 80, y que fue maestro del mismísimo Juan Tamariz. Tal vez por eso se especializó en la magia con cartas, aunque durante sus 40 años de trayectoria también hizo magia de salón, que “es la que haces para un grupo de pocas personas, y por lo general se hace en una casa, en una fiesta familiar, en una empresa pequeña. Cuando tienes 200, 300 personas, ya no haces magia de salón, sino de escenario (…); las cartas son como las estrellas, infinitas”, y yo anotaré esta frase en mi libreta de reportero para que no se me olvide, y pensaré que la compostura poética de su charla tiene algo del argentino René Lavand.

Pero como aún no ha llegado esta conversación, he tenido que indagar por mi cuenta sobre el engaño en la magia, de modo que llegué a encontrar una entrevista en Youtube al dúo de magos norteamericanos Penn & Teller, en la que Penn Jillette explica dos formas en las que un ilusionista puede abordar su discurso:

–La una se inauguró en 1584 con el libro The discover of Witchcraft (El descubrimiento de la brujería). Fue el primer libro de magia, porque ponía en evidencia que los hechizos de brujas no son más que trucos, y hay una gran cantidad de magos que lo han manejado así –asegura Jillette– y cuando alguien vaya a decirles a estos magos que lo que hacen es falso, la respuesta será que sí, por supuesto, son trucos. Y hay otra escuela de pensamiento seguida por todos aquellos que claman tener poderes de verdad, desde las figuras religiosas a los espiritistas del siglo XIX, e incluso figuras de nuestro tiempo como Uri Geller hasta amigos nuestros como David Blaine, con quienes tenemos fuertes desacuerdos. Ellos creen que el trabajo de un mago es dejar que la gente salga del show con ideas distorsionadas de la realidad.

De modo que lo sobrenatural no existe. A mí ya me había explicado el Mago Isaac que la técnica usada por los adivinos, quienes leen el café, el tabaco, las cartas o el Tarot, se llama “lectura en frío”: te van sacando la información de a poco y te sorprenden, me dijo. Por eso, un cartesiano como René Arboleda no solo descree de aquello que acaba de llamar “mitos”, sino que es muy cuidadoso en distinguir la cartomagia –el arte de hacer ilusión con cartas de la baraja– de la cartomancia, que es aquello de leer el destino, pues en el mundo de las cartas, entre la ilusión y el fraude hay solo letras de diferencia.

Y yo entenderé, después de hablar con René Arboleda, que además de lo sobrenatural o lo religioso, también existe el fraude del tahúr, pues las técnicas de cartomagos como él fueron desarrolladas por personas que vivían de timar incautos en la mesa de juego. Entonces me contará René que alguna vez se divirtió derrotando a sus amigos a los naipes como una travesura de muchachos, pero que jamás ha cedido a la tentación de hacer del juego su modo de vida. “Porque yo puedo hacer cosas como estas –dirá manipulando su baraja para repartir cinco manos de póker, dejando para sí la mano ganadora–, mira lo que puede hacer un tahúr con habilidad. Te voy a revelar el secreto porque como solo estás grabando audio, no se ve…”.

Pero, claro, esta conversación todavía no sucede.

***

Sin embargo la hipnosis sí está reconocida por la ciencia como una técnica de sugestión. De acuerdo con el libro de Anthony Jacquin La Realidad es de Plástico, al contrario de la creencia popular, la hipnosis no consiste en dormir a una persona, sino en lograr un nivel tan fuerte de sugestión que se bloquea su voluntad consciente. Y más allá del uso terapéutico que le dan algunos psicólogos, la hipnosis es utilizada por los mentalistas para hacer exhibiciones durante sus shows de magia.

Nota de diario El Comercio sobre el Curso de Hipnosis de Fassman, 1961.

Junto con la hipnosis, tampoco recurren al engaño ciertos actos de fakirismo, que son aquellos que implican retos de resistencia física. El tema sale a colación en el Reino Mágico cuando Marisol lee el nombre de Leo-Vin, consignado en el acta de la Primera Reunión de Magos para Organizarse, llevada a cabo el 6 de marzo de 1978. Su verdadero nombre era Fabián León y de acuerdo con los documentos, fue pionero en Ecuador, junto con otros tres magos, de la formación de gremios o clubes mágicos. Los otros tres nombres que constan en la lista son Raúl Maldonado, Luis Palacios y Eduardo Pontón.

–El Leo-Vin era el hijo renegado de la familia León –asegura ahora René Arboleda– porque todos eran músicos. La hermana era violinista de la Orquesta Sinfónica, el papá era profesor del Conservatorio. En cambio el Leo-Vin se buscaba la vida. Y tenía un dejo al hablar –dice, torciendo la boca para graficar sus palabras.

–Lo que pasa es que le dio una parálisis facial –acota Dorian en este punto, saliendo de su mutismo inicial– porque él trabajaba en un circo y hacía fakirismo. Se atravesaba las agujas por el cachete. En algún momento se equivocó, tocó algún nervio y quedó con parálisis.

–Sí –retoma Arboleda–, y él te vendía su magia así: iba a cualquier parte y así como nosotros a veces sacamos un naipe para hacer cualquier cosa, él sacaba la aguja. Yo no recuerdo que le haya puesto alcohol ni nada, solo sacaba la aguja y se atravesaba.

–El Magnalucius también hacía esto. Practicaba el fakirismo; se comía vidrio también –repone ahora el Mago Nacho; el más joven de los cinco que están reunidos aquí, y quien propició este encuentro.

Yo conocí a Nacho a través de una página de Facebook a mediados de julio de este año. Llevaba un tiempo buscando contactarme con alguien que me ayudara a contar esta historia, y me llamó la atención el sitio de Ignacio Merino, no tanto por la publicidad de su magia, sino porque tropecé con Sutilezas, la primera revista ecuatoriana de magos para magos, cuyo primer número fue lanzado por esos días. Se trata una publicación digital de descarga gratuita que se arma con el trabajo colaborativo de magos de todo el mundo, en la que se topan temas específicos del oficio: técnicas, juegos –que es la palabra que prefieren usar los magos en lugar de trucos–, historias relativas a la magia… Encontrar una publicación ecuatoriana de este nivel, después de meses de buscar sin resultado, era como estar frente a un oasis en la mitad del desierto. Así que no dudé en contactar a su creador.

Ignacio Merino es el mago Nacho.

Ignacio Merino es un joven de 29 años que siempre se vio atraído por el mundo de lo oculto. “Siempre me ha gustado el tema de los fantasmas, del esoterismo, del Tarot”, me contó un día, sentado frente a la computadora de su oficina, en el segundo piso de la fábrica de pasta fresca Grani, la empresa a la que se asoció a finales de 2016, luego de años de trabajar para otras compañías en el área de mercadotecnia, que es su carrera formal. A la edad de 9 había visto el video de un mago que manipulaba cartas, y quiso imitarlo sin resultado.

–En mi casa había cartas, pero eran las típicas cartas chinas de bazar –me dijo la primera vez que nos reunimos–, parecía tan fácil, pero estas cartas ni siquiera se resbalan, son muy difíciles para hacer cosas de manipulación. Claro, yo pensé: “El malo soy yo”; nunca pensé en las cartas.

Fue Raúl Adatti, un antiguo discípulo de Fosforito, quien lo sacó del error 10 años después. “A mí me interesa aprender”, le había dicho Merino después de verlo actuar en una fiesta. “¿Qué tengo que hacer?”. “Te voy a ver mañana, y vamos a comprar cartas”, contestó el otro. Porque había que comprar buenas cartas, que era lo que Ignacio no sabía; y después tuvo que practicar una semana lo que aprendió ese día para demostrar que el interés era real, para que al fin, pasada esta pequeña prueba, Raúl Adatti lo llevara a la escuela de magia en la que él mismo estudiaba, cuyos instructores eran dos: Isaac Yépez, que enseñaba técnicas de manipulación y magia de escenario, y Andrés Castro, el Mago Magnalucius, cuyo enfoque en la escuela era la magia de cerca, pero que también fue conocido como mentalista, hipnotista, fakir, y el único exponente de magia bizarra de quien se tiene noticia hasta hoy en el país.

Ignacio, adolescente recién graduado del colegio, no desaprovechaba ninguna oportunidad para montar relajo en el salón de clases junto a sus dos compañeros, Raúl Adatti y Siegfried Tieber. Se molestaban entre sí, le ponían apodos al maestro, se reían, como sucede en cualquier escuela con estudiantes de esa edad. Hasta que un buen día su maestro, Magnalucius, con cierta malicia no exenta de picardía, decidió imponerles el siguiente castigo: rompió una bombilla completamente transparente y les dio a comer un trozo de vidrio a cada uno.

–En verdad te comes –explica Nacho–, creo que el truco está en que lo mastiques bien para no dejar filos, y el vidrio del foco no puede ser opaco, porque tiene químicos. Yo me reía con risa nerviosa, pero sí tenía miedo. De ley has oído alguna historia de que al perro le dieron vidrio molido, se comió y se murió. Yo decía, estoy comiendo vidrio molido. Tenía miedo. Pero no pasó nada –concluye. Nunca lo ha vuelto a hacer.

Cuando nos conocimos, Nacho me contó que lleva años tratando de armar una historia de la magia en el Ecuador. Esto de alguna manera define su personalidad: es un mago con rasgos intelectuales, de los pocos que todavía aprenden leyendo, y que disfruta mucho más aprendiendo magia que presentándola al público. De ahí su interés por fomentar lo que llama “la cultura mágica” en el país. Pocos días después de nuestra primera reunión, me llamó para contarme que fue contactado por los magos argentinos Brando y Silvana, quienes desde Barcelona conducen un programa de radio llamado La Oreja Mágica. Al igual que yo, ellos vieron la revista Sutilezas y le pidieron a Ignacio un audio corto sobre la historia de la magia en Ecuador para su espacio radial. Ese fue el origen de esta reunión en el Reino Mágico; lo más cerca que he estado de un aquelarre de verdad.

Pincha aquí y escucha al Mago Nacho, en el programa La Oreja Mágica,  2017.


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