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Salif Keïta: el exilio del color

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Foto: Ricardo Centeno. Teatro Nacional Sucre, Quito, 13 de octubre del 2015.
Foto: Ricardo Centeno. Teatro Nacional Sucre, Quito, 13 de octubre del 2015.

Por Tito Molina / @TitoMolina7

En ciertas culturas africanas existe la superstición de que las extremidades del cuerpo de un albino traen suerte, riqueza y felicidad si se usan como amuletos. Aquellos niños que escapan del infanticidio viven con la amenaza permanente de que sus manos, brazos, piernas, órganos sexuales, cabellos y sangre, sean utilizados por brujos y curanderos para preparar pócimas milagrosas. No muy lejos de esa sobrecogedora realidad está aquella que considera el nacer negro albino como una maldición, una deformidad o una enfermedad contagiosa; las madres africanas que engendran albinos son repudiadas y sus hijos marginados por no tener la piel del color de sus padres. Y para más inri, aun aquellos que no son excluidos por sus familias y su sociedad sufren el castigo propio de la ausencia de melanina en su cuerpo y son vistos como inútiles al no poder trabajar en el campo ni en la pesca por temor a sufrir graves quemaduras solares.

Foto: Ricardo Centeno. Teatro Nacional Sucre, Quito, 13 de octubre del 2015.

Esto y más debió sufrir Salif Keïta (Malí, 1949) cuando a temprana edad descubrió que no era del color que le correspondía a su etnia y, exiliado por su ‘discapacidad’, decidió refugiarse en la música, la vocación que llevaba en su sangre mucho antes del color de su piel. “Yo soy un negro, mi piel es blanca. Yo soy un blanco, mi sangre es negra.”, canta Keïta en su reivindicadora canción La Difference.

Salif Keïta es, pues, un exiliado de su propio color; un trovador refugiado que busca asilo en el color de su sangre, una víctima de la superstición y la paradoja de nacer cambiado en un país donde la negritud es la raza aria. Quizá por esta condición de desplazado, su arte es apátrida y su voz universal. Cuando Salif Keïta se para en el escenario, la empatía con el público es inmediata, aún antes de comenzar a cantar con esa voz reverberante y amelcochada uno se encuentra ya atrapado en el embrujo de un ritual que llevamos celebrando desde los tiempos del fuego y el canto coral.


“Yo soy un negro, mi piel es blanca. Yo soy un blanco, mi sangre es negra.”, canta Keïta en su reivindicadora canción La Difference.


Foto: Ricardo Centeno. Teatro Nacional Sucre, Quito, 13 de octubre del 2015.
Foto: Ricardo Centeno. Teatro Nacional Sucre, Quito, 13 de octubre del 2015.

Escuchar a Keïta en vivo produce una sensación de atemporalidad, pero también de ubicuidad. Sus temas, mal catalogados dentro del género pop o afro-pop (ya quisiera el pop occidental superar esa ridícula convención en que las canciones deben durar 3 minutos), se extienden en el tiempo sin apenas percatarnos de que alcanzan 8, 15 y hasta 22 minutos de un interminable ascenso hacia las nubes. Pero a su vez, estas composiciones transfiguran el espacio escénico y nos transportan más allá de nuestro imaginario africano; entonces, sin ser conscientes de ello, Keïta y sus músicos se nos meten por debajo de la piel hasta tocar aquellas fibras ancestrales que nos emparentan con el continente negro, y así, de pie y contorsionándonos sobre las butacas, descubrimos que hemos mutado de color sin darnos cuenta.


Sus temas, mal catalogados dentro del género pop o afro-pop (ya quisiera el pop occidental superar esa ridícula convención en que las canciones deben durar 3 minutos) se extienden en el tiempo…


El príncipe albino ha logrado su propósito como ‘Griot’ (los trovadores del África Occidental) y nos ha hechizado utilizando su voz como amuleto, proveyéndonos la suerte, la felicidad y la fortuna que los brujos de su tierra pretendían destilar en una pócima.

Salif Keïta, el niño albino marginado por su color, fundó a sus 56 años la Salif Keïta Global Foundation, una organización sin ánimo de lucro que se dedica a sensibilizar a nivel mundial sobre la difícil situación de los albinos, a defender sus derechos e integrarlos activamente a la sociedad, independientemente de la raza a la que pertenezcan. Salif, junto con su mujer, Koumba, lleva años luchando por esta causa y tras varios intentos consiguió finalmente que en junio de 2014, la ONU celebrase el primer Día Internacional de Sensibilización sobre el Albinismo.


Salif Keïta, el niño albino marginado por su color, fundó a sus 56 años la Salif Keïta Global Foundation, una organización sin ánimo de lucro que se dedica a sensibilizar a nivel mundial sobre la difícil situación de los albinos


Este músico excepcional comprometido con su causa y con su arte nos maravilló el pasado martes 13 de octubre, en un único concierto en Ecuador, que tuvo lugar en el Teatro Nacional Sucre de Quito. El evento, que fue organizado conjuntamente con la Alianza Francesa dentro del FestiMundo 2015, contó con un aforo lleno y un público que difícilmente podrá olvidar la presencia y la magia de ‘La Voz de Oro africana’.

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*Tito Molina (Portoviejo, 1969) es cineasta. En 1997 rodó su primer cortometraje Trailer2, con el que participó en The Retrospective of the New Ecuadorian Cinema en New York, 1999. Ganador del Gran Premio del Cine Español en el Festival Internacional de Cine de Bilbao, Zinebi 49, y primer premio en la sección Cinema XXI del Roma Film Festival, 2012. Su ópera prima de ficción, Silencio en la tierra de los sueños, fue seleccionada para representar a Ecuador en los premios Óscar 2015 y en los Goya 2015, ganó la mención especial del jurado en el Festival Internacional de Cine de Guadalajara FICG 2014 y recibió el Premio a la mejor película ecuatoriana en el II Festival de cine latinoamericano CasaFest, 2014. Actualmente, trabaja en los guiones de sus siguientes dos largometrajes La piel del ceibo y El río.