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De un solo tajo: poema contra la pérdida

De un solo tajo es el último libro de poesía publicado por el escritor Santiago Vizcaíno. Juan Romero Vinueza, un lector y escritor que apunta a convertirse en especialista en la obra del autor, ha desmenuzado esta publicación y nos ofrece esta reseña.

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Por Juan Romero Vinueza

Se puede mostrar a la pérdida desde múltiples aristas: el poema puede aceptarla, negarla, buscarla, evadirla, incluso hacer de ella una forma de vida. Todo es válido. Lo imposible es dejar de pensar en ella y en cómo influye en nuestras vidas. Como seres humanos, siempre estamos perdiendo algo: sea dinero, tiempo, familiares, amigos, amantes, esperanzas, la vida misma.

En los textos que conforman De un solo tajo (Maki_Naria Editores, Chile, 2017), último poemario de Santiago Vizcaíno, se aprecia la noción de la pérdida como un tópico que atraviesa toda la obra. Este quizá sea el trabajo más melancólico y taciturno del autor, porque la voz poética se enfrenta a sí misma de una manera férrea al mirarse y aceptar una derrota inminente.

El libro empieza con una sentencia que será exaltada durante todo el trajinar del poemario: «Deseando escribir, escribo. / Sobre los hombros, el cadáver ebrio de mi tradición.» La escritura se da como un recurso mnemotécnico y, al mismo tiempo, de fuga. Las palabras nos recuerdan lo que hemos perdido, tal como plantea la voz poética de Vizcaíno, en el segundo poema: «por beber conocí una mujer que destrozó mi nuca. por beber la perdí.» Empero, el dolor real no está en la pérdida, sino en su recuerdo y en el porqué de su derrota.

Las alusiones al alcohol y a las drogas no son austeras en el poemario. Parte fundamental de la noción de la pérdida está vinculada a estas sustancias. Además, es importante notar que las mismas ayudan a que el hablante lírico pueda fugarse –o perderse– en sí mismo, en el abismo o en el delirio los cuales, muchas veces, confluyen en un mismo sentimiento.

Pero la pérdida no es estática: es una especie de final, y también es un inicio porque siempre queda algo. El poema Cuenca, no more manifiesta este inconmensurable deseo de perdición y desobediencia. La voz poética escribe «Decía no fumar y fumamos. / Era la furia.» En este texto se juega con la transtextualidad entre el poeta César Dávila Andrade, la ciudad de Cuenca, la perdición y el vicio.

No obstante, el guiño a Edgar Allan Poe en el título no pasa desapercibido. Se lee en el mismo: no more (¿el never more de The Raven, acaso?). No más, nunca más. Ese deseo frustrado después de la ebriedad del instante y que, la voz lírica, lo resume así: «Queda la resaca del goce / Cuerpo moribundo, depresión postparto / Nostalgia de la ola que nos revolcó. / Yo ahora reposo en la arena.»

Y, así, el poeta reposa con inefable libertad en la arena. Se recuerda el planteamiento del autor japonés Matsuo Bashô «¿Y la resaca, a quién le importa, estando entre las flores?». El sentimiento de la pérdida también va por ese camino. Ya no importa perder, porque queda esa resaca de la depresión, del goce y, sobre todo, de la nostalgia.

El idea central también se evidencia en el hecho de no poder comunicarse, de no poder nombrarse. En el poema 4033 se recrea el ambiente de un burdel como un lugar impúdico, sensual, con una espantosa soledad (como son los burdeles realmente). Dicho lupanar es un sitio donde la comunicación es casi imaginaria. No son necesarias las palabras, un simple gesto bastaría para el intercambio comercial a efectuarse.

Un personaje aparece en este poema, el chino Bo Hu. El mismo es un elemento complejo del burdel. Bien podría ser el dueño del local o un visitante más. Pero eso es lo de menos. El asunto es la incomunicabilidad y el no poder nombrarse ni nombrar lo que está a su alrededor porque el idioma también es un límite, una pérdida. Asimismo, en un burdel no importan los nombres porque allí todos somos irreales, imaginarios. En dicho lugar, lo que abundan son vidas volátiles, perdidas entre las volutas de sexo.

En el texto Por fin la muerte se plantea al desenlace como la base del reconocimiento humano como tal. El entendimiento de la noción de finitud: si algo comienza, en algún momento, terminará. Se pierde todo aquello que alguna vez se tuvo, se escapa, se daña, se acaba. Tal como expresa la voz poética «como se dice fin se dice deseo y se hace un orgasmo».

Vizcaíno culmina este poemario a manera de claudicación. El último poema, llamado Antología del adiós, ejemplifica y resume el sentimiento de pérdida temporal, espacial y amorosa. Esta recopilación de despedidas, a modo de enumeración, funciona como un desprendimiento de la pérdida que suele ser obligada o voluntaria. Sin embargo, queda en evidencia que el verdadero adiós es el que se da el poeta a sí mismo, cuando dice: «Adiós, poeta vencido, / triste vaguedad de lo etéreo.»


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