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Tito Ponguillo: el idilio de un hombre con la tradición de su pueblo

Tito Ponguiillo nació para la música. Esta crónica de Javier López Narváez habla de un marimbero que enarbola la tradición afroesmeraldeña como baluarte de las nuevas generaciones. Hijo de Papá Roncón, Petita Palma, Don Naza o Rosita Wila, Tito porta los ritmos y los entrega, como quien recibe de sus maestros la encomienda de sobrevivirles.

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Por Javier López Narváez

El primer recuerdo que es capaz de evocar Tito Ponguillo está ambientado en una cocina. Sin hacer esfuerzo, se vuelve a mirar a sus dos años: envuelto en un pañal de tela, sentado sobre las baldosas blancas de un mesón, en el Hospital del Seguro Social de Esmeraldas. Ahí, su madre, Mercedes Márquez, cocinó para médicos y pacientes por más de media vida, hasta que se acogió a la jubilación voluntaria en 2013. En la escena que se repite en su cabeza, escucha la voz de su madre que, mientras le prepara un tetero, canta —con tono suave y pausado— unos versos que él llegó a reconocer ya adulto; ejerciendo de músico profesional, descubrió los sonidos de la tradición afro del Pacífico:

Abuela Santana, ¿por qué llora el niño?… —canta doña Mercedes en la memoria de Ponguillo, y hace una pausa mientras llena el envase.

Por una manzana que se le ha perdido… —se responde; en otro silencio, aprieta fuerte la rosca del tetero y se da vuelta en dirección al niño que la escucha con atención.

Abuela Santana, se quema el arroz… De nuevo, el silencio… toma al niño en sus brazos y él, alegre, con las dos manos se lleva el chupón a la boca.

Déjalo quemar, que no es para vos… —se vuelve a responder.

—Yo no sabía que eso era de la tradición —me dice Tito, mirando por la ventana del copiloto, en nuestro recorrido al sur de Quito, donde se realizará uno de los dos conciertos de clausura del Primer Taller de Música del Pacífico, dictado en la capital durante un mes. —Mi mamá lo cantaba lento. Después descubrí que eso era del folclor, y que se toca más rápido—. Y empieza a golpear con su mano derecha sobre la puerta del vehículo para darme una idea de la velocidad real de la música.

Si la fidelidad del recuerdo es correcta, la primera vez que escuchó la versión del arrullo San Antonio tuvo que haber sido en 1985. Ahora, en pleno 2017, Ponguillo es uno de los más reconocidos portadores de la tradición musical del Pacífico, y quizás el más importante de la nueva generación de marimberos nacidos en Ecuador.

A sus 34 años recién cumplidos, alterna las clases que imparte en el Colegio San Daniel Comboni, de Esmeraldas, con sus andares de músico errante: un día puede estar en República Dominicana —acompañando con su instrumento de chonta al cantautor esmeraldeño Benjamín Vanegas—, y otro día en Cuba —con Mirella Cesa y Mariela Condo—; una noche haciendo pop mestizo —con la agrupación El Distrito en Quito—, y la siguiente en Las Palmas —tocando para Karla Kanora—, o en el barrio El Arenal ensayando con el grupo Taribo, con el que hace poco más de 5 años viene puliendo el sonido fusión que los está consagrando como uno de los pilares de la Nueva Música Ecuatoriana —y con el que ya se ganó los premios Fondo Fonográfico 2012 e Internacional Cubadisco 2013.

Esto sin contar con su participación en el proyecto binacional Río Mira, donde acompaña con el bombo a artistas de la talla de Esteban Copete, nieto de Petronio Álvarez, el legendario músico de Buenaventura–Colombia, en cuyo honor se nombró al festival más importante de la música afro de este lado del mundo. Con Río Mira, Tito se subió al escenario del Petronio, en Cali, el año pasado, y está previsto que en octubre viaje a Francia para una gira promocional.

En medio de este maremágnum de trabajo alegre, el Primer Taller de Música del Pacífico es la aventura más reciente de este esmeraldeño, que no puede estar inactivo un día completo sin sentir que está perdiendo el tiempo.

—Desde que empecé a trabajar, solo el primer año tomé vacaciones —me explica mientras sacamos del carro las piezas montables de dos marimbas que armaremos dentro del local al que llegamos para organizar el toque.

—Siempre busco algo que hacer durante las vacaciones del colegio. Y si no, me buscan para clases particulares o para tocar en algún lado. Incluso antes de venir me salieron algunos alumnos, pero como ya tenía el compromiso acá en Quito tuve que decirles que no.

En la puerta nos espera Gustavo Bedón para ayudar con los instrumentos. Gustavo (24) es el dueño del local –que en realidad es su casa– en el barrio La Biloxi, al sur de la capital ecuatoriana, zona a la que quiere convertir en punto de referencia para la actividad cultural. Toca la batería en El Distrito. Hace poco más de un año se conoció con Ponguillo, cuando éste llegó con su marimba a sazonar el sonido en vivo de la banda. Cuando le pregunto, Gustavo admite que la música de El Distrito creció con la presencia del esmeraldeño.

—Tener a Tito en el grupo es como cuando el Barcelona contrata a esos jugadores argentinos que empiezan a matar en el campeonato —me dice Gustavo—. Es que Tito tiene en la música casi los mismos años que yo tengo de vida.

***

Cuando uno piensa en la tradición esmeraldeña, los primeros referentes que aparecen son los mayores. Ancianos todavía capaces de moverse en el territorio de lo mítico, a quienes se venera como depositarios de saberes heredados desde el principio de los tiempos. Ahí está Don Guillermo Ayoví (Papá Roncón), nacido al norte de la provincia de Esmeraldas, en el pueblo de Borbón, en el año 30 del siglo pasado. Aprendió a tocar la marimba con los indios Cayapas, y, siendo joven, se atrevió a invocar al duende para que le enseñara a tocar la guitarra. Ahí está Rosa Wila, cantadora de la tradición, que se hizo conocer en Borbón y sus alrededores durante su juventud, entonando chigualos en los velorios, con su hermana Heródita, para que el alma de los niños muertos encuentre su camino al cielo. Y ahí estuvo también don Segundo Nazareno Mina, nacido en el cantón San Lorenzo en 1920, campesino que forjó su voz lo suficiente para que fuera reconocida como la mejor en la música tradicional del Pacífico colombo-ecuatoriano durante el V Festival Petronio Álvarez, de 2001.

Pensando en esto, se me ocurre que si en Ecuador se hubiera desarrollado una industria de la música, como sucedió en el hemisferio norte, ‘Don Naza’ habría sido el equivalente sudamericano de Muddy Waters; habría vivido rodeado de lujos y fama, y sus cantos habrían sido el origen de los sonidos con que la industria habría inundado al globo terráqueo; la materia prima de todas las bandas de garage, lo que todos querrían escuchar, lo que todos querrían cantar. Intuyo, al pensar en esto, que su muerte pudo haber sido el trending topic de todas las redes sociales, el martes 28 de marzo de 2017.

Pero Don Naza murió en la pobreza, y aunque sí contó con el reconocimiento de su gente y de los cultores del folclor afroecuatoriano, y aunque algunos medios registraron su deceso y algo se dijo en las redes, el luto del país aquel día, y el resto de la semana, se debió, más que a la muerte del cantante, a la derrota 2 a 0 de la selección de fútbol en un partido de eliminatorias, jugando de local frente a Colombia.

Aquella noche, cuando se enteró del fallecimiento de ‘Don Naza’, Tito Ponguillo habría querido no estar en Quito para poder ser parte de la romería de dolientes que se reunieron en la Costa para despedir al patriarca. El 29 por la mañana, lo encontré en el taller, cuaderno en mano, terminando de redondear unos versos que había estado componiendo durante la noche para despedir al negro Nazareno… a punta de música. Cuando llegó el primer alumno del día, lo puso a tocar el bombo y, como no pudo encontrar un guasá, a mí me dio un güiro para que los acompañara. Nos ubicó junto a la marimba, frente a la cámara de su teléfono montado en un trípode, e hicimos el video que más tarde subió a sus redes: él está a la derecha, con una camisa blanca y una gorra brandeada con el logo de Taribo, golpeando las teclas de su instrumento, mientras canta sus versos fúnebres sobre una melodía original del Kinteto Pacífico.

El video fue un éxito en Facebook. “Para ‘Don Naza’… que en paz descanse”, dice al final de la pequeña dedicatoria, que de inmediato fue replicada por todas las personas a quienes la partida de Segundo Nazareno les tocó. Al día siguiente, el impacto fue tal, que empezaron a llamar los medios, buscando sus declaraciones en torno a la muerte del anciano; de modo que estuvo contestando entrevistas hasta el viernes 31, un día después del primer concierto en la casa de Gustavo Bedón.

Por la gestión que se había hecho, un par de periódicos sabían que en Quito se llevaba a cabo un taller de música del Pacífico. Pero, el efecto Facebook fue tal, que llevó a Tito a preguntarse si no sería que los periodistas esperaban encontrarse con un afro que les hablara de Don Naza.

—Seguro que llego y no me dejan entrar —me dijo entre risas, a punto de enrumbarse hacia una radio del Centro Histórico—. Ellos van a estar esperando a un negro. Me van a ver y van a pensar que yo no soy yo— bromeó.

Hijo de mulata esmeraldeña y mestizo de Guayaquil, Tito Ponguillo tiene la piel canela y los ojos de color miel verdoso, que lo distinguen del montón de músicos de la tradición afro. Escuchándolo contar su historia, se me ocurre que él mismo es el resultado de una fusión similar a la música que hace, pues encarna, al mismo tiempo, al hombre de provincia —heredero de un legado cultural— y al músico académico —hijo del mundo contemporáneo—. Es el negro y es el mestizo, el blanco y el mulato, el labriego que sabe comunicarse cantando y el hombre hiperconectado que no puede soltar el teléfono cada vez que atrapa una red de wi-fi; el que cada noche, antes de dormir, realiza una videollamada a su casa en Esmeraldas para conversar con su mujer y sus dos hijas para darles las buenas noches. Solo ahora que lo escribo, caigo en cuenta de que el video que nos hizo grabar fue eso: la videollamada de antes de dormir, al negro Nazareno.

***

—Mi abuela sí era negra. Era del norte, de Eloy Alfaro, y se casó con un blanco manaba.

Lo dice al mismo tiempo que recubre de tiza la corona del taco, sin quitar la vista de las bolas que reposan desordenadas sobre el paño verde del billar, en un bar de la zona rosa de Quito. Camina unos pasos alrededor de la mesa y gesticula con su mano izquierda para abrir espacio y apartar a quienes podríamos interrumpir la jugada. Recuesta medio cuerpo sobre el borde, apunta cerrando su ojo izquierdo y golpea con fuerza la bola blanca, que de un solo viaje choca en línea recta con otras tres que van a dar cada una en una buchaca diferente. La soltura con que juega me hace pensar que, en sus manos, da lo mismo tacos de marimba que tacos de billar. Hay personas que tienen facilidad para hacer las cosas bien, y me parece que es su caso. Me pregunto si será una condición hereditaria.

El abuelo de Ponguillo era un hombre blanco que salió de Manabí, llegó a la provincia de Esmeraldas para trabajar y se estableció allí hasta el día en que lo asesinaron. Quedó la abuela. No se sabe si ella tuvo alguna filiación musical, pero es probable que doña Mercedes heredara de ella la buena voz, pues es bien conocido, entre los mayores de la ciudad de Esmeraldas, que la madre de Tito Ponguillo fue cantante profesional en su juventud.

—Cantaba boleros y pasillos —cuenta Tito—. En ese tiempo, se cantaba en vivo en la radio. Petita Palma conducía un programa al mediodía y ahí cantaba mi mamá.

—¿Tú te acuerdas de eso? —le pregunto.

—No. Eso fue antes de casarse. A mí solo me han contado.

Toma un sorbo de cerveza observando al otro jugador, que falla el tiro cuando su taco resbala sobre la superficie blanca de la bola. Los dos que estamos viendo nos reímos de la maroma resultante, pero Tito se mantiene parco. Toma otro trago y, con la seriedad de un cirujano en el quirófano, repite el ritual de la tiza sobre la corona, la mano que aparta el aire y un tiro brioso y certero.

El carisma natural de Tito Ponguillo se refleja muy pocas veces en su expresión facial. Durante el mes que ha estado en Quito dictando el taller, las veces que le he visto sonrisas amplias y carcajadas efusivas han sido pocas, y siempre después de varios tragos. Cuando toca, uno siente que lo disfruta, pero su rostro se mantiene impávido, como asumiendo la vida con la naturalidad de aquello que pasa porque tiene que pasar, sin que se esfuerce demasiado por buscarlo, y sin pelear contra su destino.

Es el mismo rostro templado con el que a los 13 años ingresó al colegio de Bellas Artes de Esmeraldas, para hacer el bachillerato en música. Al siguiente año, no hubo el número de alumnos necesarios para abrir el curso. Entonces, lo mandaron a Quito, al Conservatorio Franz Liszt, en el que estudió dos semestres completos para concertista de piano. Allí vivió con su hermana Inés, quien ya estaba instalada en la capital.

Con el mismo rostro, me cuenta que estudió en ese conservatorio sin entender por qué tenía tan pocas horas de clase. Y como él era bien sabido, se arregló el horario para ir solo los lunes por la tarde, así podía farrear desde el viernes hasta el domingo y descansar el lunes por la mañana. Un día entró donde la rectora a preguntar qué le faltaba para tener el título. Ella le dijo que en el conservatorio no le daban el título de bachiller, sino de concertista, y que para ingresar a la universidad tenía que estudiar, al mismo tiempo, en un colegio normal. Ese rato llamó a su mamá y se regresó a Esmeraldas.

La ecuatoriana es una sociedad inexplicable. Mientras un esmeraldeño en los años noventas vino a chocarse con una capital sin bachillerato especializado en música (y le tocó volver), para un quiteño como yo, enterarme de que alguna vez en Esmeraldas se salía del colegio con ese título, no solo me sorprende, sino que hasta me llena de envidia. La burocracia de la educación decidió, hace menos de una década, resolver esta disparidad en contravía del sentido común: hoy, está vigente un bachillerato único, que ha reducido de manera significativa la presencia de las artes en la malla curricular de ese y otros colegios del país.

Pero Tito regresó sin chistar y, con la misma cara de ladrillo, no solo validó el año que le faltaba, sino que a esa edad comenzó a dictar clases en una escuela. Al poco tiempo, se involucró en un grupo juvenil de los salesianos, adonde llegó Petita Palma —otra de las figuras ancestrales del folclor—, a dar talleres de baile tradicional.

De modo que el primer contacto consciente con su folclor de origen lo tuvo a los 14 años. Comenzó bailando en los talleres salesianos y, en un rato, ya era parte del cuerpo de baile del grupo Tierra Caliente, dirigido por Alberto Castillo, a quien no solo considera su maestro, sino el mejor marimbero de todos los tiempos.

—Cada que terminábamos de ensayar, yo le pedía a Alberto que me enseñara, y aprendía de a poco. Hasta que un día faltó a un concierto la persona que tocaba, y como yo ya sabía, cogí la marimba. Después le dije: “Alberto, ya no quiero bailar, solo quiero tocar marimba”.

Y desde ahí no ha parado.

Llegó a Quito en marzo a enseñar todo lo que acumuló su cabeza en más de veinte años de música, porque no quiere dejar morir la tradición. Sus alumnos reconocen en él un excelente pedagogo, por eso se inscribieron incluso artistas reconocidos, entre los conocedores del folclor, como la cantautora Karina Klavijo y los integrantes del grupo Currumbao. Tito les enseñó desde cómo tocar un bordón de bambuco, hasta cómo cocinar un enconcado de pescado; desde cómo debe acompañar el bombo un bunde tradicional, hasta cómo se debe mezclar el aguardiente Frontera con el agua de un coco tierno.

Según Inés Ponguillo, la hermana mayor, Tito siempre tuvo un lado artístico, y ella lo identificó muy temprano.

—Dibujaba muy bien —me contó un día que fue a visitarlo al taller—. Por eso, yo le conseguí el cupo en el colegio de Bellas Artes. Y terminó siendo mejor músico que dibujante.

—¿Y por qué se decidió por Bellas Artes en vez de un colegio tradicional? —indagué.

—Yo lo hice entrar allí —me contestó y cambió de tema.

Tito, en cambio, casi no habla de sus razones y dudo que esté consciente de que su hermana se adjudica su acercamiento a la música. Él dice que no lo buscó. Dice que como todo niño, de pequeño, quiso ser futbolista, y se la pasaba jugando en la cancha o rompiendo los floreros dentro de su casa. Dice que después quiso ser médico, pero que ese año no se pudo matricular en el bachillerato Químico-Biólogo, requisito para la universidad, y lo que hubo fue Bellas Artes. Dice que le tocó el paralelo “B”, donde iban los de música y que eso lo alivió, porque los del “A” seguían artes plásticas y les mandaban a comprar un montón de material carísimo. Dice que, con el tiempo, le fue agarrando gusto al piano y comenzó a soñar. Dice que ahora vive por y para la música. Dice que, de a poco, se le está cumpliendo el sueño. Y que es feliz.