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Tras las sombras de Javier Vásconez  

El Fondo de Cultura Económica de México presenta el volumen 'Novelas a la sombra', que recoge cuatro de las novelas cortas del escritor quiteño Javier Vásconez: Jardín Capelo, El secreto, El retorno de las moscas y La otra muerte del doctor. Con este libro, también se reconoce a una de las obras literarias más sostenidas de la literatura hispanoamericana de los últimos cuarenta años.

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Por Diego Cazar Baquero / @dieguitocazar

“Aquí, en medio del páramo, he querido inventar un universo literario, un lugar de ficción, una ciudad andina  más convincente que la real.

Javier Vásconez

“El Ecuador –esa línea imaginaria inmortalmente fijada por Vásconez en un ensayo célebre– cuenta, al menos, con cuatro escritores relevantes: Juan Montalvo, Pablo Palacio, Alfredo Gangotena y Javier Vásconez”.

Christopher Domínguez Michael

“Leerlo implica un acto migratorio, cruzar una frontera, una ‘línea imaginaria’ para llegar al otro lado, hacia la ficción cierta y duradera”.

Juan Villoro

Javier Vásconez (1946) deambula por las calles de Quito debajo de su sombrero, con la actitud de un elefante camaleónico. Guarda en su memoria las palabras y memoriza los detalles que dibujan o desdibujan a los rostros jóvenes, cincela las fachadas de las casas de La Mariscal –donde vivió por largo tiempo–, se mimetiza con el paisaje de una ciudad que constantemente asoma en sus conversaciones.

Desde el inicio de su carrera literaria, en 1982, con la publicación de Ciudad lejana, este narrador quiteño marcó un derrotero del que quiso hacerse cargo en solitario y a costa de cualquier estigma. El escritor emergente había acuñado desde los catorce años una vena creativa desprovista de membretes y, sobre todo, de banderas. Viajero contumaz, habitante de París, de Londres, de Barcelona o Madrid, el creador del doctor Josef Kronz volvió a la capital ecuatoriana para dar con uno de los principales códigos de toda su obra posterior: la noción de territorio es mucho más que la sencilla pertenencia de un autor a su lugar de origen.

Las novelas La sombra del apostador (1999) y La piel del miedo (2010) fueron finalistas del Premio Rómulo Gallegos.

Más de tres décadas después, el Fondo de Cultura Económica de México ha decidido reunir en un volumen de lujo llamado Novelas a la sombra, en la colección ‘Tierra firme’, cuatro de las obras menos difundidas de Javier Vásconez. Jardín Capelo (2007), El secreto (1996), El retorno de las moscas (2005), y La otra muerte del doctor (2012) son las piezas que en este libro dan señales fundamentales de un autor que, sin espacio para la duda, ha creado un universo literario inolvidable en la narrativa hispanoamericana de estos tiempos.

Las literaturas nacionales han quedado –hace rato– reducidas a objetos folclóricos y aldeanos. Ya lo dice en el prólogo de estas Novelas a la sombra el crítico mexicano Christopher Domínguez Michael, que un gran autor se reconoce no por hablar en representación de un país sino por encarnarlo desde el silencio: “…recuerdo mi sonrisa durante aquella primera visita a Quito en 2004 –dice Domínguez– al ver la ciudad llena de carteles postulando a Jorge Enrique Adoum para el Premio Nobel de Literatura, como si en Estocolmo les interesara las elecciones provincianas al pie de los Andes”.

¿Hablar de Quito? O hablar desde Quito. ¿Hablar del quiteño, del ecuatoriano, como de un modelo único? O explorar las marañas del espíritu humano a través de personajes que se desgarran y padecen desarraigos permanentes, vengan de donde vengan, vayan donde vayan. Para Javier Vásconez, el viaje es una experiencia individual que no reconoce nacionalismo alguno. En esa aventura el sujeto se sumerge una y otra vez, dejándose sorprender como empedernido turista de sí mismo.

Las obras de Javier Vásconez han sido publicadas en ediciones de Cuba, España, Turquía, México, Colombia.

No en vano, Javier acostumbra a recorrer las ciudades adonde llega con destinos prioritarios: los negocios de hierbas, especias y aromas. ¿Cómo huele la ciudad? O los antros, algunos a los que ya no volvería ahora, como aquel en México, donde cada bebedor tenía enfrente, sobre la mesa, su vaso de trago y su pistola lista. “Las librerías van a estar siempre ahí –confiesa–, así que a las librerías voy después”.

Por eso, el doctor Kronz –un hombre hecho para consumar su vida entre habitaciones de hotel y delirios de ermitaño– debía conocer Quito. Seguramente estaría buscando una manera de escapar del agobio de su Praga kafkiana. Por eso debía aparecer en esta ciudad andina un ruso como el diplomático Gregorivius Ostrakov, el escritor William Faulkner o el mismo George Smiley, creado por ese gigante que es John Le Carré y adoptado por el autor de La sombra del apostador (1999) y La piel del miedo (2010).

En la obra total de Javier Vásconez, ha sido necesario hurgar en el espíritu humano como lo haría un minero. En El secreto, por ejemplo, Javier hace uno de los ejercicios más admirables que podría acometer un verdadero novelista en su empeño de construir un personaje inolvidable. No menos memorable que el frustrado y temático Kronz. Hablo de Rubén Camacho Bejarano, la encarnación de la monstruosidad y el producto de lo que le inspiran personajes reales como el Monstruo de los Andes, el asesino en serie y violador Daniel Camargo Barbosa, tan recordado por la precaria crónica roja local. ¿Acaso resulta fácil explorar las motivaciones de la extrema maldad humana? ¿No es por demás meritorio edificar un monstruo capaz de cuestionar él mismo la monstruosidad de la especie humana?

La presentación oficial de Novelas a la sombra es hoy, miércoles 25 de mayo, a las 19:00 en la sede del Centro Cultural Carlos Fuentes, en Quito. Av. 6 de Diciembre y Wilson, esquina.

“No soy un monstruo, señores –dice Camacho, en la novela–. Soy la serpiente que ha ido trazando con precisión la línea de la verdad, y que ha sabido escuchar el susurro del silencio. (…) ¿Por qué entregarles entonces nuestros niños a estos monstruos? Si son fabricantes de salchichas… ¿Por qué permitir a esos individuos, cuya sustancia mental está deformada por el lodo de la pedagogía, que tengan acceso a lo que no les pertenece? ¿Acaso no es, en último término, el arte de esterilizar y corromper, el de formalizar la estupidez con respaldo de la ley para convertir a estas niñas en futuras secretarias o maestras? ¿Quién es el monstruo entonces?”.

En El retorno de las moscas –explícita y caprichosa alusión a la novela de espionaje y a su admirado Le Carré–, Vásconez habla de George Smiley cuando él ya ha entrado a la habitación de su hotel, al llegar a Quito: “Más adelante recordaría que lo primero que vio al entrar fue la impudicia de una mosca posada sobre la tina. Y unas horas después, cuando ya se había tirado en la cama, cansado y soñoliento, tras haberse quitado los zapatos y dejado los anteojos sobre el velador, caviló antes de rendirse a la idea de que esa mosca de ojos saltones siempre había formado parte de su vida”. Luego, el autor hace que Smiley se quede dormido y descubre que las moscas “le impedían ver el rostro luminoso de la muerte”.

Quien conoce a Javier Vásconez sabe que una charla con él no puede prescindir de exaltaciones apasionadas o silencios contemplativos. No dejará de aparecer Onetti, Clarice Lispector o Faulkner. Tampoco dejarán de estar los autores jóvenes que habitan estos días de Quito: ese montón de apátridas contemporáneos que lo abrazan por la calle y le visitan en su estudio del barrio de Santa Clara para tomar café y escucharlo. Vásconez es un navegante atrapado en una ciudad sin mar y un sicoanalista permanente, cada vez más convencido de que un doctor checo que colecciona bonsáis en el barrio quiteño de La Floresta, lo sobrevivirá.