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De la plaza virtual a la plaza pública

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Fin a la Iniciativa
© Francisco Ortiz

 Redacción La Barra Espaciadora

Las redes sociales se han convertido en una suerte de plazas públicas virtuales. El movimiento #YoSoy123, en México, los indignados en España, luego extendidos a otros países de Europa, y  EE.UU., la causa del movimiento Sin Tierra, en Brasil hace pocos meses, así lo demostraron.

El pasado jueves 15 de agosto, día en que el presidente Rafael Correa eligió para dar a conocer la posición de su gobierno ante el fracaso de la iniciativa Yasuní ITT, se desató un bombardeo virtual que condenó casi por unanimidad la predecible decisión de explotar los campos del Parque Nacional Yasuní. La plaza fue entonces la Red.

La propuesta Yasuní ITT, lanzada por el Ecuador ante la Asamblea General de las Naciones Unidas en el 2007, buscaba dejar bajo tierra 900 millones de barriles de crudo pesado del bloque ITT (Ishpingo-Tambococha-Tiputini), dentro de una zona del Parque Nacional Yasuní, para evitar la emisión de más de 400 millones de toneladas de CO2 a la atmósfera. Esta fue la apuesta de avanzada que hizo el Estado ecuatoriano para contrarrestar los fatales efectos del cambio climático en el planeta.

Activismo virtual vs. activismo de calle

Etiquetas como la ya famosa #ElYasuníNoSeToca o #Yasuní, a secas, se posicionaron entre los cinco primeros lugares de la lista de tendencias en el Twitter. En Facebook emergió una nutrida arenga virtual en contra de la explotación petrolera en esta reserva natural, considerada la última, más grande y más importante del hemisferio occidental. Mensajes electrónicos y efusivas proclamas que iban desde la condena aislada y sin argumentos hasta declaraciones sobrepobladas de cifras y citas colmaron los muros, pantallas y demás espacios públicos en la Red. La cosa estaba que ardía. Los navegantes más decididos convocaron a una protesta masiva, desde las cuatro de la tarde, en la Plaza Grande, frente al palacio de la Revolución Ciudadana.

Algunos activistas virtuales parecían tener la bolita de cristal y sugerían que Correa habría decidido explotar “tan solo el ochenta por ciento de las reservas”. Otros aseguraban que anunciaría la explotación en todos los campos: Ishpingo, Tiputini y Tambococha, y algunos, más confiados en el compromiso que este mismo Gobierno asumió al redactar la Constitución del 2008,  esperaban el anuncio, para la mayoría imposible, de que Correa decidiera dejar intactas las reservas de crudo bajo tierra.

A esa hora, semejante debate virtual advertía que la Plaza Grande quedaría muy chica ante tanta indignación. Sin embargo, según contaba Javier Cevallos, el poeta y actor del grupo Quito Eterno, a las cuatro de la tarde llegó un grupo considerable de manifestantes opuestos a la explotación. Minutos después, asomó otro, embanderando un montón de estandartes con el color del movimiento político de Gobierno y en franca actitud intimidatoria. Así que no pasó mucho tiempo para que los primeros ecologistas en apostarse frente a la casa presidencial quedaran reducidos a un par de cientos.

A partir de las seis de la tarde, más o menos, el grupo volvió a crecer. Pero el bando de banderas verdes lo cuadruplicó. Una caravana de policías motorizados atravesó la calle García Moreno con las luces rojiazules parpadeantes y haciendo chillar sus sirenas, mientras un fuerte contingente de gendarmes de a pie, con cascos y chalecos antibala, se dispuso a lo largo de la vereda y se distribuyó en un doble cordón que separaba a uno y otro grupo de manifestantes. “Ojalá no pase nada”, dijo expectante Daniel Mancero, el pianista.

El primer grupo estaba compuesto de universitarios y profesionales de entre veinte y treinta y cinco años, más o menos. En su mayoría, comentaban en susurros: “…ya ha de llegar más gente antes de que sea la cadena nacional”. “Sí, sí, en el Internet confirmaron unas mil cuatrocientas personas, se supone que a las ocho de la noche llega más gente”. Los de las banderas verdes, en cambio, eran adultos de entre cuarenta y sesenta o un poco más… tal vez recordaban esas piedras de antaño, los trucutús, las balas y el gas lacrimógeno que aspiraron en los sesentas y setentas o, por lo menos, lo que vivieron sus coetáneos en las calles de entonces.

Algunos jóvenes, diestros usuarios de las redes sociales, seguramente conocían la leyenda de la lucha de barricada por lo que les habrían contado sus padres, con nostalgia, acerca del activismo de calle de sus años mozos. Los del otro bando tendrían -a duras penas- un par de cuentas de correo electrónico usadas para reenviar cadenas con mensajes de motivación, o algo así… ¿Qué pasó, entonces, con la bullanguera retahíla de tuits y posts que saturaron las redes sociales? ¿No fue así que se convocaron los colectivos activistas en México, en España, en Brasil o en EE.UU.? ¿Cuál fue el mecanismo que utilizaron para convocarse los del bando más numeroso, si es que no recurrieron a esas mismas redes sociales?

El anuncio oficial

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© Francisco Ortiz

Nunca, en los siete años de gobierno, Rafael Correa había lucido un rostro tan nacarado y tenso. Peor aún, nunca se le había notado buscar, al menos tan evidentemente, esa mirada que aprobase, desde lejos, lo que estaba anunciando. Jamás había dejado que se le notara tanto el miedo a hablar en público hasta la noche de ese jueves, ni siquiera aquel 30 de septiembre del 2010. Incluso se confesó nervioso en uno de sus últimos tuits, horas antes de una fugaz salida al balcón principal del Palacio de Carondelet, desde donde lanzó provocadores besos a quienes abajo lo increpaban con furia.

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Finalmente la noticia se dio. El rubor y el blush se habían esfumado del rostro del Presidente y de los de sus convidados. En una pantalla led gigante, instalada solo minutos antes del pronunciamiento oficial en el costado noroccidental de la plaza, la imagen de Correa apareció en formato de cinco por cinco metros. Con corbata verde a rayas y con un garabato decorativo sobre su solapa, dijo lo que la mayoría sabía que diría. Detalles más, detalles menos…

Los dos grupos de manifestantes volvieron a sus lugares luego del anuncio del Mandatario. Los de un bando iban cabizbajos y desamparados, viéndose en desventaja ante la calle, ante la plaza. Los otros estaban cansados y con ganas de ir a la cama.

“Si hubiera sido en Twitter o en Face, la guerra habría sido pan comido”, comentó alguien, marchándose hacia la calle Venezuela. Pero aquel jueves la lucha fue, o debía ser, en la calle… Es cierto, la protesta en ningún caso era de colectivos anticorreístas. Se trataba más bien de anti extractivistas versus ‘correístas’. Pero, ¿sabían unos y otros esgrimir argumentos para apalancar sus respectivas consignas? Del lado de quienes se opusieron a la explotación en el Yasuní, por lo menos, un joven de poco más de veinte años, con una kuffiyah envolviéndole el cuello, respondía a una entrevista ante las cámaras de Teleamazonas: “…se debería iniciar otra negociación. Nosotros no estamos de acuerdo con cómo la persona que estaba a cargo llevó las negociaciones”, recordando a la más tarde pifiada Ivonne Baki.

Del otro lado de la plaza, los de las banderas gobiernistas censuraban a los defensores del Yasuní con apelativos como ‘pelucones’, ‘ricachones’, ‘hijitos de mamita’. A través del megáfono uno de ellos lideraba el grito: “¡No se dejen engañar, sí se puede explotar!”, otro hombre se ocupaba de hacer sonar una sirena escandalosa con su megáfono para acallar los gritos de los jóvenes ecologistas. Como respuesta, los jóvenes gritaban: “Esto no es pagado, es pueblo organizado”, golpeaban tambores y gritaban más fuerte alguna vocal suelta. Algunos veían las pantallas de sus móviles y tuiteaban, interactuaban con los otros manifestantes, esos que defendían su causa desde casa o desde sus oficinas, quién sabe… Seguramente dudaban de si realmente se estaban mostrando como pueblo organizado o hacían, sin querer, el ridículo.

Lo cierto es que esos jóvenes ecologistas opuestos a la decisión oficial, que andaban saltando frente al Palacio, levantando los puños, cargando sus carteles de cartulina y registrando fotografías de sus colegas de protesta, empezaron a sentirse solos ante una lucha trascendental que creyeron colectiva. Una causa que para ellos no solo es un estandarte de su generación sino una razón de supervivencia del género humano. Su indignación llegó al punto de hacerles gritar “¡Asesino, asesino!”, al Presidente, luego de su anuncio. Pero, al mismo tiempo, su debilidad política era evidente. No es lo mismo romperse el coco para idear un tuit que te granee seguidores, o escribir un post lleno de rabia e indignación, que salir a la calle a enfrentar la protesta haciendo presencia en cuerpo, hasta obtener resultados contundentes.

En fin, una era la manifestación en la Plaza Grande y otra era la que continuaba en la Internet. Los piedrazos virtuales se sucedían casi imparables, aunque no herían a nadie ni llegaban a sentirse en las calles, donde las papas queman. Y es que si funcionaron al menos durante un tiempo considerable movimientos virtuales como el de los indignados en Europa, o el #YoSoy123, en México, fue porque sus expresiones en el mundo virtual tuvieron un correlato en las calles y en las plazas, y hubo pueblo organizado, al menos medianamente, para liderar una lucha pública que vaya más allá del esnob y del romanticismo.

La causa del Yasuní y de su preservación merece discusiones llenas de argumentos, un compromiso de carácter político y no solamente pasional. De lo contrario, cualquier hacinamiento de banderas podría desvanecer a un grupo de idealistas abandonados por sus coetáneos. Cualquier grupo de montoneros parecería ser capaz de espantar a un puñado de valientes tuiteros pero inexpertos en lides de barricada.

Por algo los abuelos decían que si uno no está donde las papas queman, no está en ninguna parte.