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Identidad postergada

María Dolores Cabrera / Para La Barra Espaciadora

Primeros días de junio del 2012. Lunes. Nueve y diez de la mañana. En Quito hace frío pero ese día la avenida Naciones Unidas está calentita por el sol. Eso me anima a pensar en quedarme de pie un rato sobre la vereda, pero veo el reloj y aprieto el paso por la avenida Amazonas. Me escurro entre los vendedores que, unos sentados, otros de pie, bloquean a medias el paso en las gradas de acceso a las oficinas del Registro Civil. Chifles, papas fritas, dulces, cigarrillos, boletas de lotería, gafas y hasta plantillas y cordones para zapatos me ofrecen.

Tomo el turno respectivo, según el procedimiento. Más o menos ciento ochenta personas están antes que yo, pero no importa, estoy dispuesta a esperar porque creo que es bueno esperar ciento ochenta turnos y no doscientos cincuenta o muchos más… De pie, sin asientos disponibles y tras un largo tiempo muerto decido salir en busca de aquel calorcito que envolvía la avenida. En efecto, me caliento, luego compro una funda de chifles y entro de nuevo. Todavía queda mucho pero encuentro un asiento libre. Cuando por fin aparece en la pantalla el código C580 – Módulo tal, corro hasta el escritorio que me corresponde:

-Buenos días, vengo a renovar mi cédula, señorita -digo entusiasmada. Sin ni siquiera mirarme, la persona detrás del escritorio teclea algo, ingresa al sistema y pregunta algunos datos personales para corroborarlos.

-¿Su madre vive?

Con un gesto de desilusión y dolor digo que no. Que falleció hace treinta años.

-¿Su madre vive? -insiste, como si no me hubiera escuchado, como si lo afirmara en lugar de preguntar.

-¡No, ella falleció, señorita!

-Aquí dice que su madre vive. No está muerta, entonces es porque vive. ¿Cómo se llama su mamá?

-Se llamaba… -digo el nombre completo de mi madre.

-No consta como fallecida -explica-, no existe ninguna persona fallecida con ese nombre. Vaya a sacar la partida de nacimiento de su mamá para verificar los nombres…

Con esta disposición como consigna intento obtener el documento de mi madre, pero resulta que esa partida está “averiada”. ¿Averiada? Sí, pues era de mil novecientos treinta y cinco y ya no es legible…

-Tiene que irse a las oficinas de Turubamba para pedir que le reconstruyan esa partida. -ordena la mujer.

De vuelta al pasado

Al día siguiente fui a Turubamba, con todo lo que implica recorrer esa gran distancia entre el extremo norte y el extremo sur de esta ciudad alargada a los pies del Pichincha y en medio de un tráfico insoportable de martes por la mañana.

Pasé seis horas intentando que los funcionarios entendieran lo que necesitaba hasta que la última persona que me atendió dijo aquella frase tan característica del siglo pasado: Vuelva mañana…

Después de rodar de ventanilla en ventanilla me entregaron al fin la partida de nacimiento de mi madre, reconstruida. Ahora debía volver a las oficinas del norte y otra espera infinita hasta acercarme a la ventanilla.

-Su madre se llama Elvia y no Elba. Ella ha usado el nombre de Elba toda la vida, nos consta porque así lo tuvo en la cédula y en la firma de la misma, y eso es un plagio de identidad. En esta partida de nacimiento dice “Elvia”. Este caso tiene que ir al Departamento Legal porque debe haber un juicio a la persona que suplantó su identidad. Eso es ilegal.

-Señorita, mi madre murió hace treinta años.

-Sí, pero le digo que el suplantar la identidad con un cambio de nombre es ilegal. -¿Van a juzgar a mi madre muerta hace treinta años?

-Es que no consta ninguna persona fallecida con ese nombre porque ella cambió su identidad.

-Señorita, mi madre usó el nombre de Elba porque ese nombre le pusieron sus padres. La persona que escribió (porque en ese entonces, en el año treinta y cinco, cuando inscribieron a mi madre, no se digitaba, se escribía a mano) simplemente se equivocó, lo hizo mal. Ella no es culpable de ningún plagio de identidad.

-Eso tiene que probar en el juicio…

-Señorita, ¡está muerta! ¿Cómo puede defenderse en un juicio una persona muerta?

-Traiga la partida de defunción…

Durante los días siguientes tramité la partida de defunción. Regresé y la presenté tal como me lo pidieron.

-Efectivamente la persona fallecida es Elba pero la de la partida de nacimiento es Elvia, no es la misma, por lo tanto no consta como fallecida.

-Señorita, dígame dónde puedo encontrar a mi madre viva, porque la extraño mucho y entonces quisiera volver a verla, y como usted me asegura que está viva…

La mujer me miró como si la ironía le hubiera molestado y respondió:

-Vaya a la ventanilla de Resoluciones Administrativas, en la planta baja, para que le autoricen a hacer una rectificación del nombre en Turubamba y le marginen en su partida de nacimiento el nombre correcto de su madre…

En la ventanilla de Resoluciones Administrativas me dijeron que van a revisar el caso y que la autorización para la rectificación del nombre de mi madre en mi partida de nacimiento me la entregarían al día siguiente.

La misma gran distancia, en medio del mismo tráfico, entre ventanilla y ventanilla y esperando las mismas horas infinitas para la paciencia de cualquier ser humano, que tiene límites. Regresé al norte.

REG CIVIL 

-Ahora hay que marginar la partida de defunción y la de matrimonio de su madre porque en todas dice Elba y en la de nacimiento, Elvia. ¡Ah, y no se puede hacer al mismo tiempo sino una a la vez! O sea, solicita aquí, en Resoluciones Administrativas, la autorización para la marginación de la partida de matrimonio, vuelve al siguiente día a retirar dicha autorización. Luego, va a Turubamba, hace el trámite para que le marginen la partida de matrimonio y regresa. Aquí le subimos al sistema y vuelve a Resoluciones Administrativas, de estas oficinas, a pedir la autorización, ahora para marginar la partida de defunción, regresa al siguiente día a retirar la autorización y después vuelve a Turubamba, hace el mismo trámite y regresa para volver a subir al sistema esa información, y finalmente usted podrá cedularse…

Hice todo, todo, todo lo que dijeron mientras la angustia crecía. El tiempo pasaba… Solo quiero cedularme, me decía a mí misma. Tengo derecho, es un derecho de todo ciudadano.

Regresé a las oficinas del norte con todas las partidas marginadas, y mientras esperaba, un guardia me dijo:

-No puede arrimarse en esa pared porque es prohibido.

-Señor, disculpe, no hay asientos y estoy cansada, tengo un problema en mi pie y me duele mucho.

-Entonces siéntese en esa grada, ahí en el suelo, es donde puede sentarse.

La indignación crecía en mí como una espuma que se iba a desbordar pero esperaba mientras respiraba con dificultad. Llegó mi turno y me acerqué con todo en regla para cedularme.

-Vaya a sacar de nuevo la partida de nacimiento de su madre para verificar otra vez el nombre…

La miré a los ojos y lloré, no le dije nada. Solo lloré.

-Señora, ¿qué le pasa?, ¡tranquilícese! Solo le pido que vaya a sacar la partida de su mamá. Nada más.

-¿Solo eso me pide, señorita? ¿Nada más? Usted sabe cuántas veces yo…. -Señora, vaya a sacar la partida y regrese.

Sentí que temblaba pero fui a tramitar, nuevamente, la partida de nacimiento de mi madre para que volvieran a corroborar que, ahora sí, el nombre es el mismo que está en la marginación de mi partida de nacimiento, en la de la de matrimonio de mis padres y en la de defunción de ella. Después de esperar unas dos horas, en el transcurso de las cuales supuestamente buscaban el documento y no lo encontraban, me dijeron:

-Lo siento, pero está averiada y esa partida ya no existe, prácticamente, porque no es legible.

-¡Por favor! Yo saqué ya una reconstrucción de la partida de nacimiento de mi madre en Turubamba. ¡Otra vez estoy en el principio! ¡Dios mío! ¡No puede ser! ¿Qué significa esto? ¡Sólo quiero cedularme!

-¿Dónde está la que usted sacó?

-La dejé en la ventanilla de Resoluciones Administrativas para que me den la autorización para hacer las marginaciones en Turubamba.

-Ah, es que ahí se quedan con eso y no devuelven. Tiene que ir de nuevo a Turubamba para sacar otra…

Sentí que un fuego ardía en el estómago y avanzaba por mi pecho. Comencé a gritar en medio de las oficinas del Registro Civil. Estallé como un volcán. La gente me miraba como si fuera una loca sin control alguno, aunque algunos sabían por lo que estaba pasando. No pude dejar de llorar y de gritar. ¡Yo solo quería renovar mi cédula!

Dos personas me pidieron que me calmara y tomara asiento. Me preguntaron si quería un vaso con agua. Luego me levanté y fui a mi casa sin ninguna cédula de identidad y pensando, con nostalgia, que me habría gustado muchísimo tener a mi madre viva en ese instante.

Después de tres meses de trámites conseguí el documento que creía mío por derecho. Ese documento que aquella mañana soleada, entre chifles y boletas de lotería, creí que conseguiría en un santiamén.