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Leila Guerriero y el voto por la condición humana

Leila Guerriero presentó en Quito el libro de crónicas Un mundo lleno de futuro, del que fue su editora. Este es un encuentro #EntreNos con una de las voces más destacadas del periodismo narrativo contemporáneo.

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Foto: Omar Arregui

Por Diego Cazar Baquero / @dieguitocazar

La periodista argentina Leila Guerriero (Junín, 1967) presentó el libro de crónicas Un mundo lleno de futuro, una selección de diez historias latinoamericanas de gente que hace que las cosas pasen, y que estuvo a su cargo en calidad de editora. En este volumen hay historias de científicos que se enfrentan a bacilos letales, de prejuicios que invaden la vida diaria en una ciudad ecuatoriana que vive entre el desorden y las carencias, de empresarios con ambiciones incalculables o de un pueblo brasileño convertido en un valle de tecnología y de equilibrio con su entorno natural. “Este es un libro sobre gente que vio -dice Leila-, en medio del ruido y la confusión del tiempo presente, lo que nadie había visto: una necesidad, una falta, una carencia”. PPeo también se trata de un libro que revela frontalmente las condiciones de desigualdad que siguen dominando la vida de muchos de los pueblos del continente.

Leila es autora de libros indispensables de periodismo narrativo como Los suicidas del fin del mundo Una historia sencilla. Detrás de su oficio como editora o como cronista hay tiempos, silencios, estrategias y escapatorias que, de alguna manera, revelan los entresijos de su obra narrativa.

Esta es una charla con la editora y también con la cronista. Es una conversación con la mujer, con la periodista y con una parte de su soledades.

En Un mundo lleno de futuro se habla de oficios, por lo general, relacionados con la ciencia y las nuevas tecnologías. Tú vienes de una familia de ingenieros químicos, mecánicos. Como periodista, observadora e investigadora, ¿qué te ha permitido descubrir en ti esta tarea de editora del libro?

A mí el mundo de las ciencias duras siempre me pareció fascinante, muy lírico, incluso en cuanto a su lenguaje. Este libro lo edité con una curiosidad lectora también. A mí me parece increíble la gente que inventa algo de la nada. En el fondo tiene un punto artístico: no había nada, y de pronto existe el Guernica. Yo no creo en Dios, pero es un poco eso: un demiurgo, la creación, y a mí eso me resulta fascinante. No creo que la ciencia sea un territorio demasiado explorado por el periodismo narrativo y me parece que es maravilloso, muy lleno de enigmas, de temores, de fracasos, de empeños, de terror, porque no hay nada más terrorífico que un bacilo.

En Un mundo lleno de futuro no hay historias de inventos a secas, sino de gente. Has dicho que se trata de gente “que hace cosas” luego de concebir ideas. ¿No crees que el periodismo narrativo es también un mundo de ideas, una constante búsqueda de ideas innovadoras, y más aún ahora, en el mundo digital?

Lo que pasa es que el periodismo narrativo es un idea muy antigua que viene desde la colonia, prácticamente, con las famosas crónicas de Indias. Lo que sí creo es que es una gran herramienta para contar historias como las que están en Un mundo lleno de futuro, que quizá puestas en manos del periodismo más tradicional terminarían transformadas en historias ñoñas, de superación de vida. En ese sentido, puede haber algo novedoso y el periodismo narrativo puede ser una herramienta muy importante para hablar de estas cosas con las que, además, tiene una deuda importante. Estamos siempre enfocados en esos temas que son muy ‘ganapremios’ o que tratan de realidades horribles que hay que visibilizar, y eso está muy bien, pero acá también hay realidades horribles que visibilizar: gente que en nuestro siglo, a estas alturas, no tiene agua, no tiene luz, gente que se muere por una enfermedad que podría ser curable si las farmacéuticas destinaran dinero para desarrollar medicamentos, enfermedades que uno creía ya erradicadas, como la tuberculosis, que siguen matando gente en Lima; personas que son herederas de fincas añosas de té en Misiones y que se ven acorraladas por el monopolio, que es uno de los males de nuestro tiempo. Entonces, sí es una buena idea cruzar el género con este tipo de historias que, de pronto, uno no las ve tan a menudo visitadas con estas miradas.

En el entorno digital pareciera que el periodismo narrativo ha encontrado un nuevo espacio, contrario a lo que se creía hace pocos años, que más bien la internet sería solo propicia para contenidos de rápido consumo, con poco texto…

Yo creo que el periodismo narrativo ha empezado a abrirse espacio a los codazos, en lugares como la red, que era un espacio tan alérgico a los textos largos. El periodismo narrativo es un género de no ficción que nunca va a ser masivo, no es la noticia, que tiene como vocación la masividad. Creo que la crónica y el periodismo narrativo funcionan como algo un poquito más marginal dentro del periodismo. Pero la realidad está demostrando que cuando hay historias buenas, bien contadas, con buenas plumas, la gente las lee, aunque estén publicadas en la web. A pesar de que las revistas de papel que publican este tipo de periodismo son prácticamente las mismas desde hace muchos años, se han abierto estos otros espacios virtuales que tienen ­-como las revistas de papel- enormes problemas financieros, de funcionamiento. Y muchos de estos emprendimientos están relacionados con gente muy joven que, de pronto, ha tomado talleres con algunos maestros de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano y se van de sus medios y luego tienen como esta cosa utópica de decir: ‘Yo voy a abrir una revista digital’, y eso me parece que es saludable y que los resultados se van a ver a la larga.

Leila, tú eres parte de una especie de estirpe de cronistas: Martín Caparrós, Alberto Salcedo Ramos, Julio Villanueva Chang, Diego Fonseca, y otros, que de alguna manera han puesto en escena a un continente entero y lo han convertido en una escuela permanente de periodismo de largo aliento…

Bueno, me da un poco de pudor. Me parece que me queda un poco grande esto. Yo sí siento que hay gente como Martín Caparrós que mantuvo la tozudez de hacer crónica realmente cuando nadie la hacía en mi país. Estaba su libro Larga distancia, que reunía sus Crónicas de fin de siglo, y lo que hacía Martín era casi lo único que había en el género. Conseguir su libro era superarduo. El primer ejemplar que tuve fue uno fotocopiado y recién conseguí mi primer ejemplar original en 2002, cuando viajé a Las Heras a hacer mi primer libro… Y todos los otros que mencionás: Alberto, Julio, Diego, seguimos como enamorados de esa manera de narrar y creo que todos siempre hemos estado convencidos de que a esto valía la pena dedicarle todo. La gente piensa que esto se hace de un manera mágica, que todos tuvimos grandes salarios, que las revistas nos pagaron sueldos gigantescos para mandarnos a hacer crónicas durante meses, y la verdad es que todo eso lo hicimos con un enorme esfuerzo, haciendo mil cosas a la vez, apartando tiempo de donde no lo teníamos para escribir un libro, quedándonos sin vacaciones, pagándonos viajes de nuestro bolsillo, perdiendo plata, sintiendo que todo eso era como la inversión en algo que nos gustaba hacer y que después resulta ser como una especie de obra. Sí, me siento como parte de un colectivo de gente que está haciendo esto.

Pero hay quienes aseguran que tú eres siempre muy discreta, más bien de bajo perfil entre tantos referentes. ¿Crees que el periodismo representa un duelo con el ego y contra el ego?

Yo creo que esta es una profesión en la que si no tenés ego no podés escribir una línea. El punto es que ese ego no termine siendo un ‘egotrip’ y que termine importando más tu historia que la historia que vas a contar. En ese sentido, para mí nunca fue una pelea contra eso. Yo tengo el ego en el lugar en el que creo que tiene que estar, que es querer hacerlo asquerosamente bien, hacer un texto definitivo sobre un tema…

Foto: Omar Arregui

¿Perfeccionismo?

Sí, también es perfeccionismo, autoexigencia, sobreadaptación, es un montón de cosas. No tiene que ser más importante lo que te pasa a vos con la historia que la historia que estás contando. En ese sentido no establezco una batalla. De hecho, mis dos libros: Los suicidas del fin del mundo y Una historia sencilla están escritos en primera persona y yo aparezco mucho por un motivo para mí muy claro, que es contrastar esa realidad que no termino de entender y transformarme en una especie de condensación de los lectores para los cuales asumo que esa realidad tan extraña va a resultar tan incomprensible como para mí. Es ir mostrando humildemente lo que voy entendiendo y lo que no voy entendiendo. Y esa es una experiencia completamente intransferible, entonces la cuento en primera persona.

Durante la última década, pareciera que prestamos mayor atención a lo que ocurre con la mujer en nuestras sociedades, históricamente machistas.  Femicidios, maltrato contra la mujer en el seno del hogar, los discursos políticos de nuestros países, construidos sobre la figura de lo viril, de ejercer el poder desde lo viril. Tú, como mujer, haces también que ese ‘estar en el mundo’ para la mujer atraviese todas tus reflexiones.

Mirá, yo soy superradical con eso. Yo creo en la igualdad absoluta entre hombres y mujeres. La otra vez escuchaba a un cronista que transmitía desde Manchester por los atentados, y decía algo así como: cinco muertos y 20 heridos, entre los cuales hay mujeres y niños, y a mí se me ponen los pelos de punta. Bueno, niños te acepto, pero, ¿mujeres? Y veo ese discurso machista instalado también en las mujeres. Muchas mujeres están convencidísimas de que para el niño recién nacido la presencia femenina es más importante que la masculina, hay algunos países en los que eso está más enquistado y lamentablemente las clases más humildes son las que más replican ese discurso machista y patriarcal. Creo que se ha hecho mucho pero que falta muchísimo. A veces es hasta molesto estar mirando si hay más mujeres o más hombres en algún lugar. A estas alturas del siglo deberíamos ya haber pasado por encima de esa conversación. Que el hecho de que haya más o menos mujeres no sea un dato que llame la atención. Sin embargo, creo que es momento de seguir peleando esa batalla. Hay un momento de la pelea que es el de la exageración, y todavía estamos en ese momento. Hay que exagerar un poco para que finalmente las cosas terminen equitativas.

¿Crees que es posible identificar ahora ciertos errores y desaciertos en estas luchas, con el afán de irlas perfeccionando?

Sin duda siempre hay personas más esclarecidas con la capacidad de ver las cosas a nivel más global. Ahora, yo creo que todas las luchas han tenido esos equívocos. Lo que pasa es que mujeres juntas, equivocándose y militando siempre meten miedo. Parece algo mucho más revulsivo y repulsivo que otras luchas y eso resulta más perturbador. Las chicas de Pussy Riot metiéndose en una iglesia de Moscú son mucho más revulsivas que si se hubieran metido tipos, por ejemplo.

¿Y si se hubieran metido tipas y tipos?

Igual, sería menos revulsivo. Entonces, hay algo que eso nos está diciendo. Si pensamos en una performer extrema como Ana Mendieta u Orlan, por ejemplo, impresionan mucho también porque son mujeres. Los tipos en la misma circunstancia impresionan distinto. Una mujer con una actitud extrema todavía resulta mucho más revulsiva. Si pienso en la marcha Ni una menos, en Buenos Aires, siempre sale un recuadrito en el diario que dice: ‘Desmanes frente a la catedral’ o ‘Mujeres pidiendo por el aborto’, como si pedir por el aborto no fuera uno de los derechos que muchas mujeres reclamamos. Y hay algo que me preocupa más, que no veo a tipos acompañando esa pelea. El aborto es un problema de los hombres y la concepción es una situación de a dos. También para un hombre debería ser una preocupación ser capaz de decidir junto a una mujer si se va a tener o no un hijo, y no veo a hombres comprometidos con eso. La parte extraña de todo esto es que se hacen cada vez más y más marchas de Ni una menos y en mi país matan cada vez más y más mujeres. Es una especie de venganza. Y me preocupa mucho también lo que veo en el discurso de las chicas más jóvenes. Prendés cualquier programa de televisión a los que van chicas actrices muy jóvenes o estrellitas de la música con el discurso de los celos, del control de la pareja… una cosa supertradicional como si fueran señoras de sesenta años y no chicas de 25, de 21 o de 17.

¿No crees que eso provenga, precisamente, de nuestra herencia moral y religiosa como latinoamericanos, basada en el miedo?

Sí, por supuesto. Y también porque vamos hacia una sociedad del control absoluto. El visto del Whatsapp, por ejemplo, es el invento de un celópata paranoico. Se generan unos mecanismos de ansiedad y de celopatías cada vez más extremos.

Foto: Omar Arregui

Cuando escribiste El rastro en los huesos exploraste un tema que en apariencia había quedado dormido u olvidado durante mucho tiempo en algunos de nuestros países. De un tiempo a esta parte, el problema de los desaparecidos ha vuelto a estar en las discusiones públicas y nos damos cuenta de que se trata de un problema que no se ha resuelto.

Mirá, en la Argentina el tema de los desaparecidos nunca salió de la agenda. Más allá de estas leyes nefastas como Obediencia de vida o Punto final, después con los Kirchner se volvió a abrir el juicio a los genocidas y creo que la memoria en la gente está muy a flor de piel. El discurso este de que hay que dejar de mirar hacia el pasado y mirar hacia adelante no logra prender, porque la gente siente que nos han hecho un desastre los militares. Hay, por supuesto, todavía, gente muy reaccionaria que sigue hablando de la teoría de los dos demonios y de que el Estado hizo todo lo posible para salvar a la Argentina del caos, ¡ese discurso horrendo!

Leila, llegaste al periodismo de una manera casi casual, cuando enviaste un texto a Página 12 y se publicó en el espacio cultural Página 30. Por entonces leías a Ray Bradbury. ¿Cómo es hoy la Leila lectora ya periodista?

Yo no podría haber sido periodista si no hubiera leído todo lo que leí y si no hubiera probado -y seguramente malcopiado- a todas esas personas a las que había leído y que me hicieron querer escribir. Bradbury, Cortázar, Rulfo, Quiroga… y los clásicos, y la poesía. Entonces, creo que esa cabeza formada con muchos años de escritura y de lectura me sirvió mucho a la hora de encontrar un estilo, una voz, una forma de contar, de decir las cosas.

¿Es cierto aquello de que -como los artistas- un periodista construye esa especie de obra alrededor de un solo tema global, que responde a una preocupación mayor y más íntima? ¿Te pasa a ti eso, y si es así, cuál es ese gran tema que tú exploras?

Yo creo que siempre que uno encuentra un tema que lo convoca mucho es porque uno quiere decir algo de sí mismo, en el fondo, o explorar una parte de uno mismo. Pero no sé si hay un solo tema que persiga alguien durante toda la vida. Mis curiosidades cambiaron mucho con los años en el periodismo. No es que me haya dejado de interesar lo que me interesaba antes sino que sí hay cambios en esos intereses. Hay momentos en los que estoy muy preocupada por cuestiones que tienen que ver con la creación, entonces estoy más atenta a cuestiones relacionadas con la escritura o con la música, y termino haciendo perfiles de gente relacionada con eso. Otras veces estoy convocada por cuestiones más sociales o más políticas.

¿En este momento tuyo, qué interesa más?

Ahora estoy haciendo muchas cosas un poco diversas… Una de ellas muy larga, relacionada con… Creo que, en el fondo, te diría que lo que más me ha interesado siempre es la condición humana, es lo que hay en el fondo. Pero los últimos años lo que más me ha interesado es sumergirme en formas muy complejas de condiciones humanas, gente más compleja, gente menos obvia, difícil de desentrañar, relacionada con el arte, con el deporte. Estoy muy interesada en la condición humana más compleja y con mucha más conciencia. Más que en lo que esas personas hacen, es en lo que hace que esas personas hagan lo que hacen, sus perversidades y sus maravillas, sus monstruosidades y sus contradicciones.

¿Podríamos saber nombres de esas personas?

No, no, nunca digo, nunca hablo de lo que estoy trabajando. No lo someto a nadie porque solo me interesa mi criterio, en ese sentido. No quiero someter lo que todavía está tan endeble al criterio de los demás.

¿Eso es parte de un método tuyo?

Sí. Nunca hablo.

¿Qué significan para ti el silencio y la soledad?

Yo soy una persona muy solitaria. Pero el silencio en compañía no me gusta. Prefiero estar sola. Estar en silencio con una persona me crispa muchísimo, me molesta la presencia silente de otra persona. Salvo que esté entrevistando a alguien que sea silencioso, pues, entonces me entrego a su silencio.

¿Y la muerte?

No, no pienso en la muerte.

¿En la maternidad?

No, tampoco. Jamás pensé en eso ni en Dios. No son temas que me conmuevan.

¿En el viaje?

A mí el movimiento me gusta mucho. El estatismo me pone en un lugar de cierta placidez que a mí no me gusta mucho. Me gusta mucho moverme pero no me gustan los viajes uno tras otro. Me gusta mucho el viaje propio de vacaciones -que hago menos que antes- y sobre todo si puedo ir a un lugar donde no hable el idioma, que no sea muy conocido, y necesito desconectarme por completo. No viajo con computadora ni con teléfono. Pero es muy doloroso volver de esos lugares después, porque ahí se desata mucho la fantasía de irse para no volver nunca. De desaparecer. Bueno, y eso es porque, en el fondo, creo que nada tiene demasiado sentido, que todo esfuerzo es un poco vano. El encuentro salvaje con la naturaleza, el vivir reducido a la condición mínima: poca comida, poco confort, eso me hace muy feliz.

¿Una metáfora de la desnudez?

No necesariamente. De la prescindencia, te diría, y del desapego, que es algo que a mí me interesa mucho y que no puedo practicar tanto como quisiera.

¿Qué es para ti la música?

Mirá, no soy muy musical, pero sí me gusta mucho la música. El momento en el que escucho música es siempre cuando salgo a correr, pero salgo a correr con la música más ridícula que puedas imaginarte, de todo: desde música clásica hasta Pearl Jam. Me gusta mucho el rock de mi país, me interesa estar escuchando bandas nuevas, gente joven o no tan joven que hace cosas que yo no conozco, pero no soy una persona que llega a su casa y que pone música. No podría vivir sin leer y sin ir al cine, pero creo que la música es menos importante para mí.

¿Y el cine?

Ojalá pudiera ir al cine tanto como iba antes. El cine y los libros para mí están a la misma altura, con una enorme diferencia: yo puedo escribir un libro pero jamás se me ocurriría ser directora de un largometraje. Podría y creo que haré en algún momento un documental, pero porque siento que es como escribir. Muchas de las más grandes emociones de mi vida están relacionadas con el cine y con dos o tres obras de teatro muy performáticas y rabiosas.

¿El amor?

Mirá, Walt Whitman decía que no podía caminar una milla sin amor. Para mí siempre fue algo superimportante. Creo en tener una relación afectiva profunda, sana, de pares, de estar con alguien que se alegre porque te va bien en algo y vos estar igual. Ser cómplices. Para mí el amor es incondicionalidad, complicidad, atracción profunda, es gozo en la contemplación estética del otro. Desde chica siempre me imaginé viviendo con alguien, nunca me imaginé sola en la vida. Y he sido muy afortunada en eso. El amor es una de las cosas más potentes de la vida. Si no existieran libros, si no hubiera cine, quedarían dos juntos contra el mundo, dos survivors, carne humana con carne humana en profunda comunión de todo tipo.

Foto: Omar Arregui