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Sebastián Cordero, sus muertos y el amor

Sin muertos no hay carnaval, la sexta película del director quiteño Sebastián Cordero, se estrena en las salas de cine de Ecuador el próximo 2 de septiembre. En ella se condensan algunas de sus búsquedas previas, pero también constituye una apuesta por el trabajo en conjunto. Andrés Crespo, el guionista y protagonista del filme, parece ser un puntal para que Cordero experimente giros imposibles de ignorar en su carrera como director. Esta charla con Sebastián explora sus inquietudes esenciales: la muerte, el amor, el dinero, las ciudades...

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Foto: Rebeca González.

Por Diego Cazar Baquero / @dieguitocazar

Hace nueve años nació la idea de Pescador, la película que Sebastián Cordero estrenó en 2011. Pero su protagonista, Andrés Crespo (Blanquito en esa cinta), empezó al mismo tiempo a escribir el guion de una historia que se llamó por entonces Familia y que tomó algunos otros nombres sobre la marcha, antes de que el cineasta quiteño recibiera la propuesta de dirigirla y antes de que se convirtiera en Sin muertos no hay carnaval.

El sexto largometraje de Sebastián es muerte, conductas adictivas, dinero y amoríos de esos que huelen a apuro y a calamidad.

En una sala contigua de la productora Atómica, en Quito, parte del equipo de producción parece lidiar con los ajetreos por los preparativos para el screenning que realizarán en la Cooperativa Voluntad de Dios, en Monte Sinaí –una de las zonas más empobrecidas de Guayaquil–, donde se rodó la peli. Es que con la muerte, las adicciones, el dinero y las pasiones, Andrés y Sebastián abordan un tema mayor: la propiedad sobre la tierra.

Talía Toral II fue un barrio de Monte Sinaí formado por familias sin hogar, y era ahí donde se iba a filmar. Pero, pocos días después de la última visita, el equipo de producción se encontró con que el sitio había sido desalojado por las autoridades. En la cinta, Voluntad de Dios lleva el nombre de Talía, en homenaje a ese asentamiento que desapareció.

Sin muertos no hay carnaval es Guayaquil. Claro, esa Guayaquil que no se ve en los trípticos turísticos ni en la publicidad de televisión. Es evidente la fusión entre la visión de un quiteño como Cordero, desde cierta distancia, y la de un ‘guayaco’ como Crespo, que se las sabe todas desde adentro.

Esta es una historia que tiene mucho de Andrés –reconoce Sebastián y así justifica haberle propuesto uno de los papeles principales, el del corrupto abogado Lisandro Terán–. “Él debía estar a bordo como actor también, además de guionista, y debía ser Terán”, suelta, convencidísimo, un Sebastián que –a dos semanas del estreno de la cinta– disimula muy bien el nerviosismo. A estas alturas, Sebastián Cordero Espinosa reconoce que solo cuando una película está a punto de su estreno empiezan a rondar en su cabeza las inquietudes fundamentales que la motivaron…

Andrés Crespo ha desencadenado una especie de marca luego de sus presencias recurrentes en el cine hecho en Ecuador. Se dice que en cualquier cinta que aparezca, está Andrés como es en realidad, y no necesariamente sus personajes… ¿Cómo enfrentaste ese riesgo que ya era indiscutible después de Pescador?

Con responsabilidad. Todo esto empezó a raíz del boom de Pescador, entonces yo sentía que esto pasó porque la gente lo descubrió en ese momento. Yo sentía que si el personaje que él interpretaba era lo suficientemente bueno, no había bronca, más bien era algo positivo. Pero si es que eso se sentía impuesto, forzado, entonces sí habría un lío.

Parte del elenco principal lo componen Daniel Adum Gilbert, Andrés Crespo Arosemena, Víctor Aráuz, Diego Cataño, Maya Zapata, Erando González y Antonella Valeriano…

¿Es el Crespo que actúa –como suelen decir con otras cintas– el mismo de la realidad?

Eso es un poco lo que la gente dice,  y sin embargo yo creo que él sí se define de manera muy distinta. Por ejemplo, este personaje Terán, versus Blanquito, de Pescador, siento que son muy distintos. Va a haber cosas de Crespo que vas a reconocer siempre, pero yo les siento muy distintos. Aunque no me considero objetivo en este punto…

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Foto: Rebeca González.

¿Cómo te enfrentaste a un mundo que indiscutiblemente no es tuyo: Guayaquil, el estilo de vida del ‘guayaco’, su léxico, sus mundos?

Creo que hay muchos elementos en común en cuanto a los distintos mundos que coexisten. Tal vez el mundo pelucón de Guayaquil versus el mundo aniñado de Quito van a tener sus diferencias, pero también hay mucho de eso de mantenerse en un grupito aislado, protegido. Eso en Guayaquil es muy marcado porque el calor es muy fuerte y la gente que tiene recursos vive en una burbuja de aire acondicionado toda su vida… Eso me parecía interesante retratar.  La peli es muy Guayaquil pero podría ser cualquier ciudad de Latinoamérica, con su dinámica, las broncas, los conflictos sociales que serían muy cercanos.

En Ratas, ratones y rateros, en Crónicas, y ahora en esta película, Sebastián parece buscar algo como un niño curioso. La ciudad y la delincuencia de calle en Ratas; la soledad y el deseo, quizás, en Rabia; la violencia y la marginalidad en Crónicas… ¿Cuál es la búsqueda del niño Sebastián en Sin muertos…?

Creo que la película gira alrededor de los sacrificios que uno hace en contra de sus propias creencias, de su propia ética, de su propia moral para conseguir un resultado no necesariamente fuente de una ambición, sino, a veces, de una necesidad de sobrevivir. Me interesaba retratar cómo personajes de distintos lugares están dispuestos a trasgredir sus supuestos valores para conseguir algo. Siento que ese es un punto de partida, y hay algo que como contador de historias me gusta mucho, que es el juntar varios personajes y ver cómo se da un juego entre ellos,  entre los elementos similares y los elementos de contraste entre ellos, sobre todo en una pieza coral… en una película donde tienes por lo menos ocho personajes importantes… el hecho de ver cómo funciona ese juego es algo que narrativamente a mí me atrajo mucho. Esta es la primera vez en la que el protagonismo está sostenido entre varios personajes y me interesa mucho explorar esos conflictos humanos que cada uno lleva adentro, y a través de esos conflictos individuales explorar lo que es la ciudad, un montón de gente buscando sus objetivos…

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Foto: Rebeca González.

Esta película aborda un problema vigente: el tráfico de tierras, las invasiones y la injusticia con respecto al derecho de propiedad sobre las tierras. Este es un problema que afecta a Guayaquil como a muchas otras ciudades de la región. De hecho, Isla Trinitaria, en Guayaquil mismo, vivió hace pocos meses un desalojo violento… ¿Cómo abordaste el proceso de investigación de estas realidades para la realización de Sin muertos…?

Investigamos bastante con Andrés, nos metimos a leer un montón, a conversar con gente y a pasearnos por la zona, por Monte Sinaí, donde filmamos. Lo que te das cuenta es de que el problema es de una complejidad muy grande. Hay además una decisión nuestra muy consciente de no politizar el tema. O sea, el tema ya es suficientemente complejo como para eso. La película, lo primero que tiene que hacer –y creo que es ese el gran potencial de una película– es ponerte en los zapatos de alguien cuya historia solo la podrías ver a través de un periódico. De hecho, la película tiene una perspectiva un poco negativa, en el sentido de que los conflictos se resuelven con sangre, y eso es algo por lo que yo no abogaría, yo más bien planteo eso como para…

Pero, tú eres un contador de historias, no un justiciero…

¡Sí, exactamente!

La banda sonora de la cinta es uno de sus mayores aciertos. En ella participan Los corrientes, Ricardo Pita, Munn, El Omega y Carlos Grijalva.

Además, es necesario aceptar que no siempre tenemos que ver únicamente lo que nos gusta ver…

Sí, y, bueno, la película sí tiene momentos en los que hay resoluciones y ajusticiamientos que no necesariamente yo diría ‘eso es lo que hay que hacer’… Más bien se trata de ver que la violencia es terrible, y no debe ser tomada a la ligera.

Pero, el no mostrar violencia no va a disminuir la violencia real…

No. Es que yo nunca he tenido bronca con la violencia en el cine, porque creo que una persona sí tiene el discernimiento ante lo que está viendo, de hecho, generalmente, la violencia en el cine sí se muestra con el peso correspondiente. Hay rara vez que solo es caricaturesca. Sí hay casos de violencia extrema, pero generalmente la violencia en el cine tiene su peso, y eso es regresar a los conceptos de Aristóteles: purgar ciertas cosas a través de ver lo que no quisieras vivir en tu vida.

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Foto: Rebeca González.

Esta película es producto de un proceso de nueve años. Cabe destacar el trabajo actoral, por citar uno de sus aciertos. ¿Qué ha sido lo que más te ha costado en este proceso?

Son muchas cosas… A ver… No ha sido una peli fácil de encontrar. Es como que tú, en tu proceso como contador de historias o artista, poco a poco defines cuál es la esencia de una historia, de los personajes, y aquí he sentido que hallar el equilibrio entre todos los elementos de la película es lo que más me ha costado en cuanto a oficio. A nivel personal es el llegar a conectar lo suficiente con cada personaje a pesar de que tienen facetas muy terribles casi todos, encontrar algo con lo que conecto de fondo… Hay algo con el personaje de Emilio Baquerizo Plaza, a pesar de que es muy cuestionable en muchas de sus facetas, hay algo de cómo se lo plantea él y de cómo siento que me costó y ese creo que es un logro de la película.

¿Es que acaso encontraste el valor de la infamia?

Es que no es en sí el valor de la infamia pero sí es el valor que convive al lado de la infamia.

¿Qué es para ti la muerte?

La muerte es el punto donde se le da fin a la vida y al darle fin se define su forma total. Sin la muerte, la vida de una persona no está completa. La vida se completa cuando concluyó, aunque sea la vida justamente el momento previo, el paquete completo solo agarra sentido con la muerte, Y al mismo tiempo sinsentido. Pescador es la única película que he hecho donde no mueren varios personajes, es más ligera, aunque tiene también su lado oscuro. Pero en Sin muertos… la muerte da una cierta definición a la vida, pero eso no la hace menos dura. Ahora, sí creo que de alguna manera extraña –y de ahí viene el dicho este que da nombre a la película–, sin lo que se consigue a través de la muerte hay cosas que no sucederían.

¿Qué piensas del dinero, como elemento neurálgico en la película?

Hay varios elementos neurálgicos: el dinero y también el trago.

O las adicciones…

Sí, pero más visibles a través del trago. Yo creo que el dinero en la película y en la vida se iguala con el poder con mucha facilidad, por razones obvias. Pero aquí el acceso al dinero cambia radicalmente la mentalidad de varios personajes. Cada uno busca el dinero para ser o creerse más libres.

Sí. Eso es lo que ocurre en la película, pero, para Sebastián Cordero, ¿qué es el dinero?

Bueno, el dinero es una herramienta para poder hacer cosas. De hecho en el caso de una película, el dinero te permite producir la película, es una herramienta que puede ser utilizada bien o mal, puede ser fuente de mucha bronca, de mucha miseria, de mucha corrupción… Pues, sí es algo que mueve el mundo pero hay que también tener suficiente distancia para darse cuenta de que no es la razón por la que todo se mueve. El dinero está presente en ese movimiento pero no es la razón de fondo. Aunque ciega mucho…

En tus películas aparecen con frecuencia ciertos amores marginales, atropellados, algo caóticos… ¿Qué es para ti el amor?

O sea.. es algo que no está del todo explicado, que no llega oportunamente o no llega cuando… de repente llega… o sea, dos personas de repente generan algo el uno… en el otro o en la otra… y creo que eso de alguna forma te cambia la perspectiva de… de muchas cosas. Al mismo tiempo el amor cae dentro de un montón de hábitos, de trampas o de ideas… o sea… en la misma película se ven ciertos ciclos en las parejas que hay ahí, cómo de alguna forma alimentan su propia dependencia, su propia codependencia, hay como rollos ahí que no se resuelven, es como un ciclo constante donde hay un apoyo del amor pero también hay algo que a las personas les come un poco también… No sé, yo siento que tengo mi lado cínico sobre el amor y también tengo mi lado idealista de algo que tampoco tiene una explicación.