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Disney World: Peajes y peregrinos

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Tomado de pixabay.com

Por Francisco Ortiz / La Barra Espaciadora

Érase una vez una familia de turistas latinos: padre, madre, dos hijas y una abuela. Luego de apretados años de ahorro tomaron un avión rumbo al norte para conocer al famoso ratón Miguelito.

Ya les habían hablado de cómo sería el encuentro. Algunos, los más bondadosos, les adelantaron varios cientos de miles de tips para su viaje.

Verás, yo cuando me fui… Nosotros cuando llegamos… Irán para acá… No se irán para allá… Comprarán coches para las guaguas… Una amiga me contó… No comprarán más seguros de los necesarios… No pagarán las entradas de la guagua chiquita, no serán giles… Los gringos son sapos… No serán mudos… Tengo un contacto buenísimo… No se confiarán…

Muchos de estos consejos quedaron empacados en la maleta que olvidaron en casa. Como buenos latinos sabían que no hay nada mejor que experimentar en carne propia las alegrías y vicisitudes de un viaje o, como diría la gente de ese lado del hemisferio: let’s have fun and God bless us…

**********

Martes 24, 21h00, Orlando International Airport (MCO), terminal A, subsuelo 2.

Luego de un largo día de vuelo, de la migra y de las largas filas, por fin éramos libres. Primer punto del itinerario: alquilar el carro.

-Buenas noches, alquilé un carro por internet para unos días, ¿me puede ayudar?

-Clarou, deme su baucher.

-¡Aquí está!

-Nou, nou, nou, este carro es muy pequeñou para su familia.

-Es lo que me alcanza. ¿Cuánto hay que pagar por ese carrito, impuestos y el seguro mínimo indispensable?

-Nou, míster, le voy ayudar con otro auto más grande.

-No míster, le digo que ese es mi presupuesto.

-Nou, nou, no comprende… Le voy ayudar con otro auto más grande por mismo precio.

-¿Será que puede ser una Van? ¡Ahí sí entramos!

– ¡Jajaja! ¡Es mucho más cara… Espéreme, ya regreso…

El afroamericano vendedor de casi dos metros volvió luego de quince minutos…

-Okey, míster, encontré una van para usted.

-Pero verá que no tengo más dinero… y además necesito que tenga GPS.

-Nou, míster, mismo precio y con GPS… all included!

-It´s a deal!!!

Por arte de magia afloró todo mi remordido inglés. Es increible lo que la fuerza de una sonrisa provoca en la gente. Luego de firmar los últimos papeles del seguro mínimo indispensable, junto a mi tropa caminamos a toda prisa al paso del benefactor. Subimos, bajamos, pasamos por la mitad de la terminal, entramos al ascensor y por fin llegamos a un patio gigante lleno de autos listos para tomar pista. El empleado de la empresa de renta trepó en un auto, bajó, subió a otro, lo encendió, pulsó botones y me dijo al fin: ¡Este es el suyo!

No podíamos creer que el auto que nos estaba entregando, for the same price, era casi una nave espacial, no le faltaba ni hablar. Antes de que el vendedor nos abandonara le dije:

-El último favor… ¿podría programar el GPS en español y poner la dirección del hotel para no perdernos?

-Jajaja, okey míster.

-Thank you very much… for all!!!

Sin atreverme aún a echar a andar la nave, intenté primero tomar control del aparato rentado.

-¿Estás seguro que no nos va a costar más?- me advirtió mi madre.

-¿Averiguaste bien? ¡Verás todo lo que nos advirtieron!- me dijo mi esposa.

-¡Everything is okey! ¡Jajajaja!

Veinte millas al norte y luego de dar unas cuantas vueltas por las mismas vías, una voz robótica, en español de España, me informó de que habíamos llegado a nuestro destino.

Bajé de la nave y me acerqué a una solitaria recepción donde un muchacho me dio la bienvenida. Le pregunté dónde quedaba la suit 766. El recepcionista me explicó en un veloz inglés que la zona de las suits quedaba detrás del hotel. Dejé atrás los parqueaderos y llevé conmigo solo un arrugado papel impreso al apuro en donde el dueño de la suit me indicaba, paso a paso, lo que debía hacer hasta entrar en la habitación. El papel decía que junto en la puerta existía una caja con clave que la abriría. Lo intenté por varios minutos sin ningún éxito, era como si la clave no sirviera.

Entrado ya en desesperación, pensé primero en que me habían engañado por haber comprado ese paquete de hospedaje por internet y sentía un cargo de conciencia monumental por haber expuesto a toda mi familia a una posible estafa. Fui nuevamente a la recepción sumido en la más amarga angustia. Al llegar, le expliqué al somnoliento muchacho lo sucedido y que quería saber desde dónde podía hacer una llamada al dueño de la suit. Medio refunfuñando el joven me ayudó con una llamada luego de indicarme que a esa hora y por ese sector conseguir un teléfono público era misión imposible.

Sin mayor ayuda del dueño de la suit, salvo por algunas indicaciones del uso de la clave de la caja, el muchacho de la recepción, como por arte de magia, comenzó a hablar español. En ese punto no sabía si ahorcarlo o abrazarlo.

El recepcionista, hijo de una pareja de puertorriqueños que habían migrado hace 25 años a la Florida, gentilmente me acompañó a la suit y, luego de varios intentos, por fin la caja se abrió y de ella cayó al piso la tan esperada llave. Ambos bajamos, ya riendo, en el viejo ascensor del bloque 7, nuevamente rumbo a la recepción, donde había dejado parqueada a toda la familia.

-Y bueno, entonces, ¿mañana a qué hora es el desayuno? – le pregunté frotándome las manos.

-No, señor, los que se quedan en las suits no tienen derecho a desayuno. Es solo para los huéspedes del hotel.

-¿Ah, sí? Bueno, entonces, ¿cuánto cuestan, más o menos, los desayunos por persona?

-No, señor, tampoco pueden comprar los desayunos…

-¡Ya se jodió!

Al ver mi cara de resignación, el muchacho puertorriqueño se me acercó y, como si me entregara algo ilícito, deslizó entre mis manos tres pulseras verdes de látex con el nombre del hotel impreso a relieve.

-Mira, este será un secreto- me dijo el muchacho.

-¿Y esto?

-Con esto ustedes en las mañanas entran temprano al restaurante y desayunan como si no pasara nada.

-¿Estás seguro de que no te meterás en líos?

-No, hombre, lo único es que estas pulseritas se las llevan a su país… ni siquiera pasen por la recepción cuando se vayan.

Esta vez sí quise no solo abrazarle, pero pensé que no se vería muy bien ese arranque de amor, así que sólo estrechamos las manos con una sonrisa cómplice.

Al llegar a la nave y contarles que todo estaba bien, el semblante les cambió en seguida. Poco a poco comenzamos a subir las maletas a la suit y, mientras lo hacíamos, les conté la historia de las famosas pulseras verdes.

-¿Estás seguro?- comenzó nuevamente mi esposa.

-¡Verás bien!- sentenció mi madre.

-¡Everything is okey!

**********

Miércoles 25, 08h00, restaurante del hotel.

En el cielo, a esa hora, se pintaban varias nubes grises amenazantes. Todos, en fila india, entramos al restaurante. Nos sentamos. Nos vimos las caras. Echamos un rápido vistazo del lugar y como uno más de los comensales nos aproximamos a la mesa donde estaba servido el bufet. Mis dos pequeñas se quejaron por lo desabrido de la comida. Con una mirada y una sonrisa pellizcona les pedí que comieran. Ellas comprendieron.

Una hora más tarde ya estábamos en la nave. Hicimos una parada técnica para comprar un teléfono de esos desechables que venden por allá y con él podernos comunicar con un manaba que nos habían recomendado para comprar baratazo las entradas a los parques de Disney y con quien semanas antes habíamos acordado encontrarnos ese día en el hotel donde él trabajaba para hacer el business. Por un par de horas manejé guiado por el robot españolísimo y por mi esposa. No sabía a cual de las dos voces hacer caso. Luego de hablar interminables veces por el teléfono nos dimos cuenta de que el famoso GPS no tenía actualizados los mapas de ese sector y era por eso que no lograba llegar. Al final, ya cuando casi perdimos toda esperanza, el manaba atinó con el lugar donde estábamos dando vueltas. Luego de una breve explicación final, por fin llegamos a uno de los parqueaderos del hotel. La espera nuevamente fue larga y para colmo la lluvia comenzó a caer a cántaros.

A lo lejos, una figura más ancha que alta me hacía señas para que me acercara ¡Era el manaba! En medio de ese diluvio universal, comenzamos a caminar tras este pequeño sujeto que hablaba tan rápido como caminaba. De pronto, justo en frente de nuestras narices, un majestuoso hotel hizo su aparición. Mojados, encauchados con ponchos de agua del ratón Miguelito y empujando a mis hijas en dos cochecitos de bebés, entramos al hotel. Caminamos de prisa por los pasillos hasta llegar a un ascensor que nos bajó hasta la entrada de un pequeño puerto. Ahí el manaba nos juntó con otro grupo de turistas latinos y con un hombre mayor, originario de Guyana, y con una mujer afro que jamás logré identificar de qué parte de África era.  Uno a otro fuimos rápidamente presentados y tomamos una pequeña embarcación que zarpó inmediatamente. La escena parecía como esas de espías.

Al llegar al destino, la mujer afro intentó explicarnos entre dientes que debíamos hacer dos grupos para entrar. El guyanés, mucho más amable, tomó a una parte de nosotros y nos acompañó a una de las entradas a Epcot. Ya adentro todos, los dos guías se despidieron y nos entregaron una entrada plástica con los rostros del famoso ratón. Nos advirtieron que luego debíamos tomar el monorriel y listo, todos en Magic Kingdom, pero que por nada en el mundo perdiéramos los pases y que se los entregáramos al manaba al día siguiente.

disney-tickets

En este punto de la travesía la lluvia había parado y el sol comenzó a hacer de las suyas. Presurosos caminamos al famoso monorriel pues eran pasadas las 12h30. Entre estas y las otras ya habíamos perdido medio día. Sin embargo, a partir de ese momento algo comenzó a oler mal.

Al fin llegamos a los segundos filtros de seguridad y las garitas de entrada a Magic Kingdom estaban frente a nosotros. Ya nada podía frenar nuestra excitación. Mis pequeñas se alzaban en puntillas intentando ver algo a los lejos. Pasó la primera, pasó la segunda, tercera y cuarta, y el quinto, que era yo, fui detenido. Mi tarjeta no funcionaba. Luego de varios intentos fallidos, la portera de ese ingreso alzó la mano e hizo su aparición un supervisor. Tomó la tarjeta y la rastrilló contra una máquina que tenía colgada al cuello como antiguo caramelero de plaza.

-¿Quién es la señora Akissi Vole? -preguntó el supervisor.

Un silencio infinito nos envolvió y unas gotas de sudor, esta vez frías, bajaron por el centro de mi espalda. Las miradas de todas se clavaron en mis retinas… no sabía qué carajo responder.

-¿Quién les dio estas entradas? -volvió a preguntar.

Con el corazón hecho puñete, le respondió que nos las habían vendido. Enseguida el hombre me pidió que lo acompañáramos a un costado de las garitas de ingreso. Entró por una puerta y nunca más volvimos a verlo. De pronto, por una de las ventanillas en las cuales esperábamos, otro sujeto me acercó el teléfono y una voz en español comenzó a interrogarme.

-Nos informan que les vendieron estos pases… ¿Sabía usted que estos son pases de cortesía que se les entrega a los empleados que trabajan en Disney para que puedan invitar a sus familiares?

-No señor, no tenía ni idea.

-¿Conoce a la señora Akissi Vole?

-No, señor, no sé quien es.

Mientras continuaba el interrogatorio, las caras de mi esposa y de mi madre, por una extraña razón, mostraban vetas de angustia e ira. En cambio las de mis pequeñas eran de desilusión completa. Al ver esos ojitos a punto de estallar en lágrimas, tragué la saliva más amarga de mi vida.

-Bueno, señor -dijo el latino agringado desde el otro lado del teléfono-, la señora Akissi Vole trabaja para Disney y le ha vendido unos pases que no son para la venta. Si quieren entrar deberán pagar nuevamente en la taquilla. Nosotros nos quedaremos con estos pases.

Completamente desorientado, me alejé del lugar tratando de guardar la calma. En ese momento comenzó el ajusticiamiento en plaza pública.

-¡Ahí está! ¿Y ahora?- me dijo, ya se imaginarán quién.

-Desde chiquito te he dicho que lo barato sale caro, que no te confíes de la gente- sentenció mi madre, mientras se alejaba empujando uno de los cochecitos.

-Papi ¿Ya no les vamos a conocer a las princesas?

La única que no me dijo nada fue la más chiquita pero porque no entendía lo que estaba pasando ¿Cómo explicarle que ya no íbamos a entrar?

Sin tener cómo defenderme, tomé el celular y llamé al manaba desgraciado. Timbró y timbró el teléfono varias veces sin respuesta. Al cabo de unos minutos por fin contestó el sujeto.

-Mi señor ¿cómo le va? -respondió el manaba.

-Mal ¡Muy mal carajo!

-¿Pero, qué pasó?

Le conté a detalle lo sucedido y le increpé el por qué jamás nos dijo el verdadero origen de los tickets. Descompensado, le advertí que estaría en unos minutos en el hotel donde trabaja y que más le valía que nos devolviera el dinero si no quería un relajo en el hotel. El manaba escuchaba asustado, tanto por la amenaza propinada, como por el lío en que se iba a meter con la mujer afro y el guyanés.

-No, señor, venga tranquilo que le devuelvo su dinero.

-¡Más le vale!

Cerca de las cinco de la tarde estábamos nuevamente en el gran portón del hotel. La desilusión en los rostros de mis pequeñas me mataban. A los pocos minutos el manaba apareció con actitud de perro en aguacero. Cruzamos un par de palabras no muy amistosas pero el dinero fue devuelto. Luego caminamos hacia el parqueadero empujando los cochecitos, con las hijas confundidas y aburridas. Una vez en la nave, resignados por haber perdido todo el día, programamos el GPS y nos fuimos a matar la noche en el Downtown, para que en algo la amargura se aplacara. Mañana será otro día, pensamos…

**********

Jueves 26, 08h00, restaurante del hotel.

Durante el ritual del desayuno, observé que cerca de la recepción había un mostrador donde se encontraba una señora mayor que vendía entradas a los parques. Al terminar de comer, me acerqué donde ella y le pregunté el precio de la entrada a uno de esos parques. El precio era prácticamente el mismo que me había indicado el sujeto que me interrogó por el teléfono el día anterior.

Resignado, saqué el rollito de dinero y pagué. Pero mientras esto pasaba otra señora mucho mayor que la primera escuchó parte nuestra transacción y sin ningún empacho me dijo que ella me ofrecía las entradas a cuatro parques por prácticamente el doble del valor que le había pagado ya a la primera señora. No lo podía creer. Le pregunté cómo podía ser eso y la apergaminada señora me explicó que era así, pero que había una condición, que su empresa nos invitaba a almorzar a todos y que luego debíamos asistir a una charla en la tarde que duraría aproximadamente un par de horas. Solo debía llevar a la entrevista los pasaportes y una tarjeta de crédito.

De inmediato regresé a ver con una sonrisa a la primera dama. Amablemente le pedí que me devolviera el dinero para poder negociar con la viejita. La mirada de la señora fue fulminante pero luego de maldecir entre dientes y de hacer una llamada telefónica, el dinero me fue devuelto por segunda vez.

La abuelita vendedora cerró el negocio mucho más rápido de lo que pudo llenar el recibo de pago. Sus temblorosas manos escribían a un ritmo de  procesión en corpus cristi, sin embargo, sus reflejos mercantiles eran más efectivos que el propio efectivo. Al final, luego de explicar a detalle todo el proceso que debíamos seguir, la doña sonrió coqueta y se despidió con la mano, regalándoles a mis hijas unos stikers del dichoso ratón.

Cerca del mediodía llegamos a nuestra cita. En la recepción presentamos los pasaportes y la tarjeta de crédito tal como nos había explicado. Luego, una simpática puertorriqueña se acercó y nos indicó que sería ella nuestra anfitriona. Me pidió colarse en nuestro auto ya que el de ella era pequeño y no cabríamos todos.

Esta nueva aventura comenzó por las calles de Celebration, barrio mentalizado por el propio Walt Disney a inicios de los ochentas y en donde vivían o tenían sus casas de verano personajes como los dueños de la franquicia Barbie o el mismísimo Tiger Woods. Las calles eran impecables y los jardines que adornaban los portones y fachadas de las casas eran como sacados de una pintura impresionista. Martha, la puertorriqueña, mientras nos llevaba caminando por una arboleda, nos contó que desde el cielo se podía ver que la laguna que teníamos frente a nosotros tenía la figura del imborrable ratón que hizo tan famoso a Disney. Cruzamos la calle y nos invitó a pasar a Columbia, uno de los restaurantes más exclusivos de la zona, donde almorzamos.

Celebration

La elegancia del lugar nos intimidó, pero al poco rato ya estaban muy cómodos en el lugar, disfrutando de un delicioso almuerzo. Al terminar la última taza de café, Martha nos pidió regresar al lugar donde habían partido para iniciar con la segunda parte del acuerdo… la charla.

Por Francisco Ortiz
Por Francisco Ortiz

Para no alargar más el cuento esas dos horas prometidas se transformaron en cinco. Martha intentó por todas las formas vendernos un servicio de vacaciones de tiempo compartido y mientras lo hacía, y las horas pasaban, la amistosa relación de a poco comenzó a ponerse tensa. Por un lado, ella quería a toda costa que compraramos tan buena oportunidad que nos estaba ofreciendo en bandeja de plata, y por el otro, nosotros intentábamos explicarle que en ese momento era imposible comprar más que las entradas añoradas. Se acercaron varias personas más tratando de apoyar a Martha en la venta, mientras una de mis pequeñas hijas se había ya dormido, y la otra, la mayor, comenzó a llorar del aburrimiento. Ya cerca de las seis de la tarde, mientras le pedía a mi hija que llorara más fuerte para poder librarnos de la puertorriqueña y sus secuaces, mi esposa, ya molesta del todo, le pidió a nuestra anfitriona que nos entregara las entradas y que eso sería. La ya no tan simpática puertorriqueña hizo unas señales a su supervisor y por fin nos liberaron. Así fue como por fin logramos tener las tan esperadas entradas… Al final, nuevamente para matar el día, regresamos a la suit para que las guaguas pudieran por lo menos darse un chapuzón y aplacar así un segundo día de larga espera.

-¿Y serán esta vez buenas las entradas?- me pregunté, mientras me fumaba a solas el último tabaco del día.

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Viernes 27, sábado 28… jueves 3

De estos días no voy a narrar absolutamente nada, ya que cada uno tiene  derecho de que no se lo cuenten. Las recomendaciones, los consejos y las advertencias son nada comparados con la propia experiencia y que sea justamente ella quien cuente la historia. Solo puedo decirles que a partir de ese día todo corrió como debía haber sido desde un inicio, los dos días perdidos fueron compensados de sobra al final.

2 Comentarios

  1. Pancho!
    excelente historia y muy amena de leerla. he pasado un pedazo de la tarde con tu publicación.
    Saludos
    Juan L

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