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El mago azul

Por Javier Alonso / @javier12mayo

«Poemas que cuentan lo que sucederá algún día», rezaba el cartel de cartón de ese chamullero. Así anunciaba su mercancía, con la calle como escaparate y abordando a quienes pasaban cerca. Se definía como un artista del mañana y un adelantado a su época. Me dijo que lo suyo era un arte destinado a unos pocos privilegiados. No le creí, pero me pareció un tipo interesante. Compré una de sus creaciones y lo acompañé un rato.

Se hacía llamar Agnan. Caminaba descalzo, vestía ropa sucia y llevaba barba de varios meses. No me dijo su origen ni su edad, pero, por su acento, era argentino (o tal vez uruguayo) y por su aspecto y el periplo que me narró, le calculé al menos cuarenta años. Decía haber viajado por toda América Latina, parte de Europa, la India, y un gran número de países árabes. Su lugar favorito era Rajasthan, al norte de la India. Me dijo que allí se encontró a sí mismo, y que fue donde aprendió de unos gitanos músicos la forma más pura del arte: ejecutar una obra con tal pasión y destreza, que la realidad la acaba imitando, y no al revés. Decía dominar esta disciplina, y me aseguraba que era capaz de escribir poemas y canciones que se acabarían cumpliendo.

Su oficio no era exactamente el de un adivino: Agnan no sabía lo que iba a ocurrir, sino que lo transformaba con la alquimia de su arte. Ejecutaba sus creaciones en medio de un trance hipnótico que le transportaba a otro mundo. Así llevaba varios años, escribiendo y vendiendo sus obras a turistas, obreros, empresarios, funcionarios públicos, desempleados. Nunca nadie le había dicho que alguna de sus obras no se cumplió. Toda una garantía de calidad.

Motivado por la curiosidad, abrí el sobre del poema por el que acababa de pagar un dólar. Dentro había un papel manuscrito, apenas una cuartilla, con cuatro párrafos trazados con esfero:

«Ni abrazos, ni lirios.
Son palabras rotas
las esperanzas.La puerta de entrada
sabe quién pasa
y lo que deja.No me preocupa
quienes vinieron anoche,
ni lo que se llevaron.La verdad es posible.
Solo posible.
Que todo empiece.»

Agnan
Mago azul.

Desde cualquier ángulo que lo mirara, no lo entendía… Yo no sé de poesía ni de la belleza o la estética del arte. Simplemente me gustan las cosas que puedo entender, las cosas que se parecen a la realidad. Ese poema no tenía ningún sentido para mí y me hacía sentir confuso y defraudado. Le pedí a Agnan que me lo explicara pero él me aclaró que escribía esas líneas guiado por sus musas y en medio de un éxtasis. Después de experimentar ese estado, no podía recordar nada. También se negó a leerlo y a escucharlo porque «iba contra las reglas del arte sagrado».

-El poema es para ti. Tú lo has pedido y solo tú puedes interpretarlo.

A pesar de que me dejó la duda, perdí enseguida el interés en el poema y en Agnan, el Mago Azul, así que me marché rumbo a mi casa, dispuesto a regalarle el poema a Nati, mi pareja. Ella disfruta con esos detalles de enamorados y dárselo habría sido aprovechar el dólar invertido. Compré un marco en la tienda de los chinos, lo puse dentro y lo mandé a envolver en papel de regalo. No le conté nada acerca de Agnan ni de su supuesto poder místico. Solo le dije que se lo compré a un poeta callejero, pensando en ella. Lo colgué de la pared de la habitación y esa noche hicimos el amor.

Con el tiempo, el poema cobró su propio significado como regalo romántico y no como obra de arte sobrenatural. No volví a acordarme del Mago Azul en mucho tiempo, hasta que un día, viendo el texto, observé para mi asombro que un nuevo párrafo había aparecido bajo la firma del autor:

«Esta noche,
será esta noche
cuando todo suceda.»

Mis pelos se erizaron, mi piel se puso como la de un pollo y un escalofrío recorrió mi espalda. Salí corriendo, llamando a gritos a Nati. Le pedí explicaciones pero ella juró que no había escrito nada sobre ese papel, que no sabía de lo que hablaba. Cuando subió al cuarto y vio el añadido al poema original también se asustó. ¿Alguien había entrado en la casa? ¿Qué broma pesada era esa? ¿Sería que estaba escrito con tinta invisible y que con el tiempo, el sol o la humedad, acabó aflorando ese díscolo párrafo?

Vino a mi mente entonces el recuerdo de Agnan y el eco de sus palabras: «mi arte transforma la realidad»… Pero este añadido al poema original no estaba en el trato, ese poema mutante no es lo que habíamos acordado: debía cambiar la realidad, no el poema. Pero, cierto es que ese poema, como un fetiche colgado de la pared de la habitación, es parte de la realidad, igual que lo es la cama o el sofá del salón o el sudor frío que estaba recorriendo mi espalda.

India_bus_travel_DharamsalaPor fin le conté a Nati mi encuentro tiempo atrás con Agnan, su arte transformador y los poemas que se cumplen. Por mutuo acuerdo, y en apenas unas horas, ya habíamos hecho las maletas para salir de nuestra casa durante un tiempo. No estábamos dispuestos a quedarnos a ver qué mismo iba a suceder esa noche. Era preciso irse lejos y sin decirle nada a nadie para evitar el riesgo de que nos tomaran por locos. Pero todo aquello en ese instante era una locura.

Así, llevamos cerca de un año viajando de un sitio a otro. El mes que viene visitaremos Rajasthan, donde tal vez conozcamos a esos gitanos poseedores del secreto del arte supremo y puedan enseñarnos a ejecutar su saber sagrado. Sigo sin entender el poema, pero es cierto que todo sucedió esa noche.

-¿Qué escribirías en un papel si supieras que lo que escribes va a cambiar la realidad?-, le pregunté a Nati. Ella se quedó pensando, con una sonrisa en los labios, mientras veíamos el atardecer tras la ventana de un bus rumbo hacia alguna parte.