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Esa última noche de casino

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Casinos
Casinos

Por Juan Manuel Granja / Para La Barra Espaciadora

Mal humor en la mesa de blackjack. Rutina de tintineos y ansia de tabaco entre las traga monedas. Un coreano grita “¡yeah!” jugando al póquer. El espectáculo del azar que es el casino es verde: paño verde bajo las cartas, billetes verdes que cosquillean en el bolsillo, té verde de cortesía, mentas gratis, rodajas de limón colgando de los vasos donde antes había ron pero hoy solo hay gaseosa. ‘Verde que te quiero verde, pero en mi billetera’.

Cruzo el detector de metales del casino del Hotel Quito hacia las seis de la tarde y el guardia de traje negro y corbata roja exhibe una sonrisa forzada: “Bienvenido, caballero. Mucha suerte, hoy hay sorteo de ‘martes loco’ a la medianoche… tenga un boleto”. No se esfuerza en esconder la mano con la que hace ‘click’ en un contador de metal parecido a un pequeño candado: soy un número más. Y él es uno de los setenta empleados del local que se quedarán sin trabajo a partir de diciembre.

Las nuevas leyes del país, definidas desde mayo por consulta popular, controlan los horarios de consumo de alcohol, no admiten fumar en espacios públicos cerrados y prohíben las salas de juego y los casinos. Esta edificación adjunta al hotel, de estilo azteca recargado con neón y el caricaturesco lujo de Las Vegas –columnas amplias y rectangulares, tortugas y leones geométricos en la pared–, es también un negocio en vías de extinción. El Casino Quito se ha transformado en un oasis para los jugadores, aunque desde hace unos cuantos meses se vean obligados a salir a fumar al parqueadero y no puedan tomar las cervezas, el whiskey o el vodka gratis que desde junio ya no se ofrece más.

De los 32 casinos que operaban en Ecuador hasta septiembre, solo la decena que corresponde a los hoteles de lujo seguirá funcionando hasta fin de año. Más de 3.000 empleados han perdido ya su trabajo; ya no verán cómo otras personas más adineradas despilfarran sus sueldos por haber sacado un 10 de trébol y no un as.

En cada apuesta veo un nuevo acto de esa misma tragedia titulada: “La casa gana”. Como si emanara de la araña de oro y cristal colgada del techo –junto a las cámaras que filman cada jugada, cada moneda, cada carta– uno siente algo que contagia todo el cuerpo. No es preciso llamarlo ambición, es mejor llamarlo ilusión, la sed de dinero fácil. No hay que hacer más que sentarse en una de las 13 mesas, sacar un billete, dejarlo sobre el paño –pues no puede haber cruce de manos entre los empleados del casino y los clientes– y recibir las fichas amarillas y rojas que equivalen a $1 y $5.

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Ruleta en casino

“Al casino no entran los ambiciosos, al casino no vienen los codiciosos, al casino entran los ilusos. Porque el casino, toda la idea de ganar en un casino, es pura ilusión”, me dice Alfredo Gómez. Este estudiante de publicidad de 25 años se indigna ante su propia actitud. Ha decidido que si llega a ganar, esta será su última noche de casino. “Empecé a jugar hace dos meses, he perdido $700, hoy traje $300 para jugar póquer, si logro hacer $500 me retiro para siempre. Sé que ponerse a jugar haciendo cálculos y poniéndose condiciones es estúpido, pero tengo que recuperar algo”. Su voz no suena a una promesa sino a una oración.

En el lugar conviven dos mundos paralelos. El del póquer, la ruleta y el blackjack –un mundo de fichas de plástico y música anglo de los 80′– y, separado por un gran umbral coronado con luces verdes, el mundo de las máquinas. Aquí todo es más monótono y más maniático. Frente a los aparatos se sientan quienes prefieren no ver la cara de un ser humano que baraja cartas o lanza la bolita. Monedas, palancas (o botones luminosos: la tecnología ha disminuido el esfuerzo físico del apostador al máximo), sandías o cofres de oro que dan vueltas, musiquita digital, tazas de café y señoras cincuentonas que no paran de engordar la máquina que está programada para ganar.

La monotonía de las figuras bailarinas que llenan las pantallas solo se rompe cuando “se abre el juego”, es decir, cuando en la máquina de la película Alien, por ejemplo, se puede matar extraterrestres pegándoles con el índice directo a la pantalla o cuando en la de los piratas se sigue el mapa para llegar al gran tesoro de $200. De pronto, me siento pesimista al descubrir en los jugadores de máquinas los mismos movimientos del oficinista plantado frente al computador que parece instalado para consumirle la vida: mirada en picada, brazos al frente, tensión en la espalda.

El jefe de mesas camina por la zona de cartas como en un constante sobrevuelo. Ahora saluda al arquitecto –bajito y de pelo hasta el hombro– que se sienta junto a mí y se apodera de dos casilleros de blackjack. El dealer reparte, el arquitecto dobla la apuesta y cuando sus dos juegos suman 20 y 21 da un salto y grita señalándose la cabeza: “¡esta es una computadora, una computadora, carajo, qué bestia lo que es la inteligencia, todo ya venía calculando, todo!”. Ya se ha llevado $60 en un solo pase pero cree que va a seguir ganando. Incluso, luego de una hora, cuando ha perdido ya casi $300, saca $20 más y dice: “esta es la última de los mohicanos”. El croupier reparte, el arquitecto pierde, la chica de rizos pierde su primera apuesta, yo pierdo $15. El mecanismo es de lo más pedestre, un mecanismo binario: uno apuesta, la casa gana; cero y uno.

En la caja, las tres columnas de fichas verdes de un jugador de ruleta se convierten en un fajo que suma $1.000. “Tal vez ahora que van a cerrar los casinos, ahora que ya casi es prohibido, sea más divertido jugar”, dice el cajero que espera encontrar trabajo en algún hotel luego de que acabe el negocio. “Dicen que este casino es de un talibán (ríe), o sea de un árabe, pero nunca lo hemos visto por aquí, él solo arrienda el sitio al hotel y controla la plata”.

Imagino una gran bolsa con billetes y recuerdo haber leído que Ricardo Patiño, el canciller del Ecuador, criticó a los casinos como “ambientes favorables y propicios para el lavado de dinero”. En cambio, según Jorge Castro, gerente de Casino Plaza (otro de los más grandes de la capital), “los casinos legalmente constituidos aportan 12 millones de dólares anuales a las arcas públicas del país”.

De repente, me distraen las anfitrionas en minifalda que entregan cupones para los sorteos que se hacen cada dos horas. El señor calvo y gordo que solo apuesta con fichas de $25 las sigue con la mirada. Ahora saca un cheque de $600 y, en menos de una hora, vuelve a arrancar otro papelito de su chequera. Se trata de un cliente privilegiado. El único al que le sirven una hamburguesa con papas fritas mientras intenta sumar 21 sentado en la mesa de blackjack junto a mozalbetes a los que máximo les sirven una Coca-Cola, un té helado o, si ya han apostado más de $20, un sánduche de queso. Es hora del bufet de bocaditos alrededor del bar: mini brochetas de carne y salchicha, empanaditas, alas de pollo, pequeños pasteles y galletas.

Los meseros recorren una y otra vez el amplio salón alfombrado del casino y recogen los platillos del bufet que se han desperdigado entre máquinas y mesas. Ellos, que se distinguen de los dealers por su chaleco rojo, trabajan de dos de la tarde a diez de la noche, al siguiente día, de seis de la tarde a dos de la madrugada y el subsiguiente, de diez de la noche a seis de la mañana: el capricho del juego rige sus horas de sueño.

Ciertamente, hay clientes que prefieren jugar antes que dormir. Sobre la entrada lateral del casino, la que da al hotel, hay un rótulo con letras pequeñas: “Los juegos de azar pueden perjudicar su salud”. Todos despiertan de sus hipnóticas apuestas cuando la voz impostada de una de las anfitrionas anuncia el sorteo de medianoche: “Llene los boletos con sus datos y deposítelos en el ánfora: mínimo garantizado de $200 y un premio mayor de $4.000”. Una mesera me trae un expreso y lo deposita en una de las mesas cerca del escenario, lejos de las mesas de póquer. Me pregunta si me quedaré para el sorteo: “si gana y no está aquí a esa hora, pierde su premio”.

Miro mi boleto con poca fe y, luego de depositarlo en el ánfora junto a las ruletas, entro al baño. Me detengo frente a los amplios espejos, imagino mi figura filmada a través de la superficie y reproducida en algún monitor oculto. Abro mi billetera: he perdido $70 en blackjack, no sé jugar póquer pero intuyo que si supiera hacerlo, esa cifra negativa sería mucho mayor.

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Rotulo de Casino, en neón

Apenas salgo, anuncian a la ganadora del sorteo. Una señora gorda y con el pelo teñido de un ‘rubio Pac-Man’ da saltos y abraza al tipo que jugaba en la máquina vecina. Hace una hora ni siquiera se conocían pero ella le estampa un beso en la boca. Pienso que si yo hubiera ganado los $400, solo habría recibido el premio con una sonrisa y un “hasta nunca” en la mente, pero nunca se sabe…

A la salida del casino evito la mirada del guardia, siento como si alguien me hubiera robado. Me limpio la boca por reflejo, como si yo fuera ese a quien le dieron el beso. Seguramente no volveré; este casino se convertirá el próximo año en el gimnasio más grande de la ciudad, dicen, el Total Gym.

En la acera me encuentro con Alfredo Gómez, el universitario que se ahorró $300 de farras y hamburguesas para jugar esta noche y perdió todo, incluido su celular, que dejó en prenda. Lo noto tan crispado –su cuerpo es un alambre de alta tensión– que no me queda más remedio que invitarlo a subir a mi taxi para llevarlo hasta su casa.