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Esas crujientes guitarras de palo

Este espacio es una licencia para iluminar lo cotidiano con una luz lateral. Esta #PatenteDeCorso destaca los relieves y las modulaciones de las sombras. Amamos las costuras de las cirugías, los medicamentos de los campeones, los retoques en las fotos de las divas, el insecto que ha caído en el néctar del caníbal disfrazado de planta, los naufragios de las playas en que las bañistas se tuestan al sol, sobre una toalla.

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Pieza que fue parte de la colección de las guitarras de Pablo Picasso, que el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA) reunió en la muestra 'Picasso. Guitarras 1912-1914', en 2011.

#PatenteDeCorso

Por Paul Hermann

Nadie olvida su primera guitarra. Mucho menos si era una de esas que los colegiales llamábamos de palo –olorosas a laca y a madera fresca–. Quienes no sabíamos nada de guitarras ni de amor, creíamos de ellas lo que creíamos de nuestras novias de ese tiempo: que eran las más hermosas de todas y que las conservaríamos por siempre. Aquellas relaciones, no obstante, eran difíciles puesto que uno debía desarrollar musculatura en los dedos e independizar sus funciones motrices, las acariciaba con la derecha, las toqueteaba con la izquierda e incluso decía palabras de amor, pero siempre pensando en otra cosa.

Era frecuente que entre los discordes estruendos de las orgías de nuestros sueños adolescentes, resonaran en nuestros oídos ecos de crujidos que conocíamos, pero mucho más fuertes que aquellos que producían los armarios de madera nueva en las madrugadas, mientras dormíamos a pierna suelta y ellos se relajaban descoyuntándose los goznes. Las fisuras solían producirse en las tapas posteriores y eran cantadas en agudo Do sostenido por las cajas de resonancia. Nuestras primeras guitarras de palo se partían porque las calentábamos con el vientre durante horas y luego las exponíamos al frío. Nos decían adiós con un quejido y muchos las sepultábamos en su propio cuerpo, en el nicho de un armario.

Nuestras siguientes guitarras no eran muy diferentes –excepto que podían no ser de madera clara, sino más bien anaranjada, y tener los mástiles rojizos–. En esas aprendíamos a rasgar nuestras primeras canciones. Pero corrían con la misma suerte que las anteriores y se partían en medio de un Mi bemol, también en las tapas posteriores, cuando interpretábamos baladas románticas para nuestros familiares –obligados a soportarnos con la abnegación del amigo de los padres orgullosos, cuyo hijo tira el chupón para que este se lo pase, una y otra vez, hasta “enrroncharse”–.

Las próximas guitarras eran –como casi todos los electrodomésticos de la vecina– made in China. Podían tener las tapas de pino y las cajas de resonancia color caoba, y trastear muchísimo, es decir, producir un sonido metálico, latoso, como quien dice, debido a lo próximas que estaban las cuerdas de las láminas de los trastes.

Si bien muchos éramos roqueros de nacimiento, con esas guitarras entrábamos de lleno en la música latinoamericana –excepto en la boliviana que odiábamos al punto de llamar a quienes la interpretaban kjarcosos, algo así como un “carcoso” fan de los Kjarcas–. Con esas guitarras aprendíamos a tocar ritmos tan complejos como impronunciables hasta encallecer. Pero más que ritmos aprendimos a conocer y a sentir la poesía latinoamericana vertida en la canción social: Los Jaivas nos presentaron a Neruda; Inti Illimani y Quilapayún a Nicolás Guillén; Jatari a Ernesto Cardenal…

Esas eran las guitarras que usábamos para hacer nuestras primeras chauchas:

Institución geriátrica de Tumbaco solicitaba mediante anuncio publicado el domingo en diario El Comercio, grupo de música folclórica. Llamamos; una mujer se concentraba en saber cuánto cobrábamos. Como nuestras cifras debían parecerles irrisorias en relación a otras, nos decía que nos esperaba al día siguiente. En cuanto nos veía llegar, vestidos como boleristas sin bigote, un par de guitarras y unas maracas, ponía una cara de decepción indescriptible y empezaba a sentar a sus clientes en una sala sin ventilador, tan caliente, que anciano acostumbrado al calor que moría y se iba al infierno regresaba al ancianato por su cobija.

Nosotros pensamos que a los ancianos les gustaban los boleros; ella sabía que lo que verdaderamente necesitaban era un grupo de emponchados que armara una fiesta con un charango, quenas y zampoñas. Pero en la medida en que su avaricia la había mal aconsejado y ya estábamos allí –ridícula y acaloradamente encorbatados–, empezamos a darle a los boleros, sin micrófono ni amplificador, por lo que supongo que los únicos que entendían lo que cantábamos eran aquellos que podían leer labios.  No sé para quién resultaba más desesperanzador, si para ellos o para nosotros. Lo que sí sé es que muchos  no podían soportar que los ancianos se desataran en ataques de tos con flema en medio de las sentidas interpretaciones de Ni las estrellas que alumbran el mes de abril… de Los alegres del barranco, y tras la experiencia le hacían caso a sus madres y dejaban la música.

El karaoke ha privado a jóvenes y viejos de una institución casi tan olvidada como las coladas y los caldos: los chupes con guitarra. Estos empezaban de forma más bien inesperada: el solitario guitarrista que la noche del viernes se batía a duelo con los inverosímiles arpegios de una canción de Silvio, era llamado por teléfono por un amigo que estaba en la casa de fulano, con sutano, mengano y perencejo, tocando la guitarra. “¡Vente!”.

Y como todo guitarrista (guitarrero) espera el momento de demostrar su talento con la misma ansiedad con que los pastores evangélicos aguardan el día del Armagedón, tomaba su guitarra, la guardaba en su estuche y salía al encuentro de sus amigos, andante, presto, prestissimo.

Una vez instalado en la sala del inquietoso, empezaba una suerte de duelo, de mano a mano, de competencia por ver quién era el que mejores canciones ponía en escena, para solaz de los presentes, que si bien eran metaleros, de esos de cabello largo y camisetas de AC/DC, en ese momento estaban dispuestos a cantar lo que fuese. (De hecho, la velada empezaba con las de ese niño de Leonardo Fabio que se quedaba a dormir con la prostituta la noche de su nervioso debut sexual, y luego venían las del irresponsable que se pregunta por qué murió su novia si lo único que había hecho era conducir a más de cien por una carretera oscura cuyos letreros de desviación había pasado sin precaución por estar leyendo…).

Cuando teníamos varias botellas entre pecho y espalda, nos daba por ir a cumplir con otra de las instituciones casi olvidadas y completamente desconocidas por los jóvenes en estos tiempos de karaoke y Guitar Hero: los serenos.

A medianoche, minutos más minutos menos, dos o tres guitarreros se paraban en la calle, lo más cerca posible de la ventana de la infausta, y se mandaban tres canciones, empezando por una dedicatoria que dejaba claro a todo el mundo que la cosa iba en serio. Si la novia salía al balcón o a la ventana, con bata, mamá y hermana, la tocata era un éxito, caso contrario el noviazgo entraba en fase de incertidumbre. En alguna ocasión, desesperados porque una novia no salía, nos aventamos todo un concierto, hasta que su padre, en lugar de aventarnos una rosa, nos lanzó una llave inglesa. En otra, un marido que regresaba a su casa con una copas encima, pensó que le cantábamos a su esposa, y no hubo forma de convencerlo de que en realidad lo hacíamos para la vecina, que no salió a ayudarnos porque seguramente estaba en la discoteca con alguien a quien le gustaba más bailar que cantar.

Después viene una Yamaha que solo sabe de Villalobos y Carlevaro, y, finalmente, como Dylan, traicionamos a la guitarra de palo y nos compramos una Gibson Les Paul de sonido vibrante, sostenido, que se siente sedosa al tacto y hermosa a la vista, pero a la que casi no tocamos.

Creemos que el tiempo que dedicamos a hacer mala música podemos invertirlo en lavar bien los carros. Pero algunas noches de verano, cuando el viento sopla fuerte como en estos días, aguzamos los oídos y escuchamos o creemos escuchar a nuestras primeras guitarras maullando como el gato negro al que un borracho emparedó en una cava.


Paul Hermann (Quito, 1973) estudió Comunicación Social en la Universidad Central y Estudios de la Cultura con Mención en Literatura Hispanoamericana en la Universidad Andina Simón Bolívar, en Quito. Ha sido editor de las revistas La Casa y Casa Palabras. Editó la sección Cultura de diario El Telégrafo. Ha colaborado con publicaciones como CartónPiedra y Gkillcity. catedrático universitario y autor de los libros de cuentos: Puntos de Fuga (2001) y Cazador de Brujas (2008); la novela: El Danubio Azul (2012), y el libro de entrevistas: Patente de Corso (2012). Cuentos de su autoría forman parte de diversas antologías. Ha participado en las ferias de libro de Ceará, Brasil (2009); Caracas (2010), y Quito (2013).