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La educación en comunidad es un respiro

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Por Paulina Trujillo / @MamiPau

Al bajar del auto, contemplé la colina de El Panecillo mirando hacia abajo. El resplandor propio del sol andino y el viento helado del verano azotaron mi rostro. Estaba en La Dolorosa de Chilibulo, un barrio del sur de Quito enclavado en las alturas del cerro Ungüí, por la vía que lleva al valle de Lloa.

Con Patricio Raza, uno de los fundadores del Instituto de Investigación y Educación Popular del Ecuador (Inepe), recorrí este lugar donde aquello de hacer el bien sin mirar a quién o lo de dar sin esperar recibir son una práctica cotidiana. El Inepe es un proyecto que en diciembre pasado cumplió 28 años y que nació de la vocación de un par de maestros convencidos de que una educación que tuviera como eje al ser humano y a la naturaleza era posible… difícil, pero posible. Patricio y su esposa, Lilian Álvaro, fueron los artífices de este centro educativo donde no solamente se imparte educación, sino que además se ofrece alimentación y se cuida a 519 niños y adolescentes de la zona.

INEPE 010Todo empezó en 1985, cuando esta pareja formaba parte de un grupo de educadores convencidos de la posibilidad de un mundo equitativo. El trabajo de Patricio les había llevado a este lugar donde escaseaban los más básicos servicios. Allí, palpando de primera mano las necesidades de los habitantes del lugar, todos trabajadores de escasos recursos, decidieron crear un sistema de enseñanza que sirviera para educar a sus propios hijos. La idea no tardó en extenderse hacia los demás niños de la comunidad.

Así se empezó a construir un milagro, pues ni la misma Liliana sabe con certeza cómo han logrado permanecer aquí durante tantos años y servir a tanta gente. Mucho menos se explica cómo comenzó todo, aun con tan pocos recursos. Escondida detrás de sus frecuentes risas, ella cuenta lo vivido como quien narra una divertida travesura: así recuerda que una casa cuna en su propia sala fue la semilla de esta idea. Los pequeños de la zona estaban en buenas manos y tenían comida cada día. En ese reducido espacio cuidaban, formaban, alimentaban y amaban, al mismo tiempo y con la misma entrega, a los niños de Chilibulo alto y a sus propios hijos.

INEPE 028Los niños fueron creciendo tanto como sus necesidades. Y llegó el momento de que empezaran la educación preescolar, así que la casa cuna pasó a ser jardín de infantes. Pero el tiempo pasó… Hoy, esa casa cuna es una institución que cuenta con un centro de desarrollo infantil, con 111 pequeños; una escuela de Educación Básica, con 249 estudiantes, y un colegio con 159 estudiantes. Además, el Inepe regenta una escuela de formación de maestras populares que, a su vez, gestó misiones educativas para formar maestros en las provincias ecuatorianas de Esmeraldas, Cañar, Bolívar, Zamora y Pastaza.

Primer concierto de violín

El sistema que esta pareja ideó se basa en una combinación de la educación formal con clases de yoga y otras prácticas de filosofía oriental. En cuanto a lo formal, se fortalece la formación en materias prácticas y técnicas que permitan a los graduados emplearse fácil y rápidamente. Y así como lo práctico es un punto fuerte del centro, el arte tiene un lugar fundamental. La escuela de música ha formado una orquesta de cámara y en la escuela de pintura se han descubierto e impulsado a grandes talentos. Todo gira en torno a aprender haciendo, y a que cada logro es el resultado del trabajo de todos en  comunidad.

INEPE 037El Inepe es un organismo vivo… recorrerlo es empaparse de las realidades que a veces ignoramos o que queremos ignorar. Caminar por las aulas de clase y ver cómo ese método que Liliana y Patricio crearon es inspirador. El centro tiene Bachillerato en Ecoturismo y uno de los objetivos es convertir al cerro Ungüí en un sitio ecológico y turístico, pues en sus terrenos aún se encuentran plantas y animales propios de los Andes y una historia de más de dos mil años de antigüedad.

Aquí todos enseñan y todos aprenden. Muchos de quienes hace 28 años llenaban las aulas como estudiantes, hoy son maestros. El espíritu de comunidad es el impulso para quienes hacen posible el funcionamiento de esta escuela. Y las familias que forman parte de ella no solamente son beneficiarias sino también gestoras de estos beneficios.

Las madres -trabajadoras y ocupadas como todo el mundo- se turnan para ayudar en la cocina y garantizar al menos dos comidas para los pequeños, pero también se hacen cargo de la limpieza y del cuidado de los bebés. Algunas de ellas ahora son maestras… El Inepe funciona como una gran familia feliz.

Los resultados de la gestión de este centro de investigación y de educación popular han trascendido las fronteras nacionales. Este esfuerzo ha sido reconocido por centros de investigación de Europa y asociaciones de padres de familia obreros de algunos países de ese continente. El método creado por Liliana y Patricio se replica actualmente en centros educativos de Estados Unidos y Canadá.

INEPE

Durante el recorrido pude ver los rostros alegres de los chicos y sentir su afecto a raudales. El ambiente de la guardería está colmado de algarabía: nada importa el mundo allá afuera mientras allí dentro esos pequeñitos de hasta tres años se la pasen bien cuidados, limpios y entretenidos mientras sus madres cumplen con sus quehaceres.

INEPE 048En la cocina, perfectamente organizada y pulcra, pude probar con gratitud infinita la comida hecha con esas manos de madre.  Eso me hizo pensar que lo que se recibe con amor se debe devolver con más amor aún. Porque, les cuento algo: en el Inepe solo sobra amor. Lo demás se debe conseguir con gran esfuerzo.

Este no es un centro de beneficencia y quienes reciben los servicios deben pagar una cantidad simbólica. Pero de tan simbólica no cubre ni el 50% de lo que se necesita. Tanto los maestros como los estudiantes que hacen prácticas reciben una remuneración. Lo que se recauda va a un fondo común que se distribuye para el funcionamiento del centro.

Uno de sus colaboradores es la Comisión Suiza de Energía Nuclear, que les provee de computadoras que dejan de usarse en sus oficinas y otros implementos. A través de las donaciones de miembros de esta institución se pudo comprar el terreno para ampliar el centro. Pero aún se necesitan manos y recursos. Lilian, Patricio y todos lo que llegan allá, a lo alto del monte Ungüí, necesitan ayuda. Yo he prometido que buscaré tiempo e iré a darles una mano. Tan solo necesito una dosis extra de amor y de entrega para limpiar pequeños traseros, acunar y dormir bebés, enseñar el abecedario, barrer, ayudar en la cocina o ser parte de una minga. Si yo puedo, todos pueden. Tan solo hace falta decisión para unirse a la tarea de hacer del mundo un lugar mejor, más habitable. La paga es alta: sentir el viento helado y el sol radiante en la cara, y que sirviendo a los demás, la vida sea hermosa.