Por Diego Cazar Baquero / @dieguitocazar

A los niños no se les pregunta sobre la historia. La historia debe ser contada por los adultos. Casi nadie piensa en cómo es el mundo según las impresiones que quedan en la mente de un niño.

Cuando entré en la habitación de mis padres yo llevaba cinco meses tratando de comprender lo que era haber cumplido mis primeros cuatro años de vida, que mi hermanita de tres y el tercero, que estaba por nacer, sean menores. Me preguntaba si debía protegerlos por el resto de mis días por ser el mayor, pensaba en nuestras pequeñas historias, en nuestros sueños de colores y atardecía en un domingo de mayo de 1981.

Mi madre estaba sentada al pie de la cama de su habitación, frente al televisor. Mi padre se había apoyado cerca de la puerta del baño. Los dos miraban consternados las imágenes de un pequeño avión despedazado sobre un cerro. Casi puedo verlos aun ahora, con los labios colgados, los ojos muy abiertos y los cuerpos suspendidos en un aire raro: mi primer aire de muerte.

La voz que salía de la tele tenía el color húmedo de un sótano y en los ojos de mi madre empezaban a moverse las lágrimas. “La tarde de este 24 de mayo, el presidente constitucional de los ecuatorianos, abogado Jaime Roldós Aguilera, ha muerto”… Esa voz áspera, de terroso sabor a vértigo, era muy parecida a la del señor que presentaba los noticieros todas las noches. Yo lo sabía, la había escuchado, y aunque no hubiera sido su voz, lo que estaba ocurriendo debía ser algo serio, algo de verdad, pues esa era la voz que usaban los mayores para contar su propia historia.

“¿Qué te pasa, mami? ¿Por qué lloras?”. Ella no dijo nada, solo parpadeó varias veces para limpiarse las lágrimas al disimulo. Mi padre reaccionó como si hubiera sido sacudido por una convulsión cuando las imágenes del televisor mostraron al presidente Roldós, horas antes de que se estrellara su avión, en el Estadio Olímpico Atahualpa. “Vamos a dar una vuelta, hijos”, nos soltó súbitamente, con una voz distinta a la de los adultos. Puso entre su brazos a mi hermanita y yo esperé a que mi madre mirara todavía al Presidente en la pantalla, diciendo cosas importantes, cosas como que el Ecuador fue, es y será un país amazónico desde siempre y hasta siempre y otros trabalenguas… Enseguida, las voces de los periodistas de la tele anunciaban el accidente una vez más: de nuevo ese montón de latas quemadas en la cumbre de esa colina, el último discurso, las palabras del vicepresidente Osvaldo Hurtado anunciando oficialmente que el país se había quedado sin presidente. De nuevo ese montón de gente con banderitas en las manos, llorando, preguntándose por qué el hombre había muerto. De nuevo el sótano, el atardecer y ese aire… “Apaga la tele, mijo… ¡Vamos!”.

Mi madre me respondió como cuando me enseñaba a juntar sílabas y a leer el diario. Con su voz hecha para niños, ella me dijo que lo que había ocurrido era “muy grave”, que había muerto “el señor más importante del Ecuador, el más importante de nuestro país”. Entonces sentí que a ella también se le había muerto algo muy grande. Esa tarde se había quebrado la esperanza que mis padres y muchos de los adultos de su generación guardaban de que las dictaduras no volvieran a este Ecuador que –ahora empezaba a sentirlo- resultaba ser también algo mío, algo para mí. Con la muerte de ese señor parecía que se habían muerto los deseos de que por fin se instaurara definitivamente una cosa a la que todos citaban: la democracia… Yo apenas alcanzaba a entender esa entelequia llamada país que, en ese momento, solo hallaba relación con un montón de gente en los graderíos de un estadio, aplaudiendo y agitando la bandera que tan bien identificaba. Todos usaban esas palabras de gente adulta: país, oligarquía, patria, pueblo, dictadura, democracia… ¡Democracia! ¿Y si la democracia era ese aire envejecido que respiré esa tarde de domingo?

Recuerdo que nos embarcamos en el pequeño Alfa Sud rojo de mi padre, encendimos la radio y rodamos lentamente hasta la avenida Eloy Alfaro, desde donde era posible ver hacia abajo la bocaza del estadio, ya vacía. Las luces del cielo se debilitaban detrás de la montaña y abajo, en la tierra, las bombillas de los postes empezaban a aparecer. Por los parlantes de la radio del auto salían tonadas cívicas, canciones de guerra, de soldados, justicia y nación. Las voces de los periodistas redundaban: “…esta tarde el pueblo ecuatoriano está de luto. El presidente de la República, Jaime Roldós Aguilera, ha fallecido en un fatal acciden…”, y ese discurso que horas atrás había pronunciado el señor más grande, el señor más importante del país, también se repetía. En ese hueco oscuro se había reunido un montón de gente a la que el presidente Roldós llamaba “pueblo”. Ahí mismo, ese pueblo lo despidió con aplausos antes de que se trepara en el avioncito que luego se hizo pedazos sobre un cerro. Después, en esas mismas gradas estuvo el pueblo ecuatoriano alentando a su selección de fútbol que se enfrentaba con la selección chilena. O sea que la democracia era cosa de multitudes, como en el fútbol, como en la guerra, como en la tele, ¿no?

Por las calles quiteñas pasaban otros ecuatorianos dentro de sus autos haciendo sonar las bocinas. Iban muy lento y con los faros encendidos. Algunos llevaban una banderita en la ventana y otros caminaban mirando hacia abajo. Todos ellos tenían cosas en común con mis padres, conmigo también. Creo recordar que había lazos, lazos negros y otros con los colores de esa patria que parecía pertenecerme también desde esa tarde de mayo. Yo sentía que todos vivían la misma amargura de mis padres y creí que si la palabra democracia, con ese sonido tan rimbombante hecho para historias de adultos, era una palabra buena, no podría ser sinónimo de tanta tristeza.

Al día siguiente, en El Comercio, vi el titular de primera plana: Murió Roldós. La contundencia de esas once letras me hizo pensar que el mundo está hecho de palabras, palabras de adultos y para adultos.

Al volver a casa, ya debajo de la noche, vi los ojos dormidos de mi hermanita y quise dormirme con ella, continuar preocupados por las historias de nuestra República de la Infancia y por la espera de mi hermanito. Pero la tristeza del mundo que vi en la gente de esa tarde me secuestró.

El día en que se publica esta columna, Jaime Rodós habría cumplido 80 años.


Diego Cazar Baquero es periodista, docente y cantante. Es director y editor general de la revista digital La Barra Espaciadora, y es cofundador y miembro del consejo editorial de la revista LATE. Es parte de la Fundación Periodistas Sin Cadenas.