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Lo bueno, lo malo y lo feo  

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Imagen tomada de www.melty.es

Por Daniel Orejuela / @danielorejuela


He sido extranjero por más de la mitad de mi vida y me he dado cuenta, siendo huésped de otro país, viviendo diferentes culturas y sociedades, de que el extranjero sirve muchas veces de chivo expiatorio pa’ lo que está mal.


Entonces, lo que se necesita es un malo. Que seamos envidiosos, malagentes, sabidos o peleones no importa, ¿no ve que la culpa es del malo?

Ayer conversábamos sobre la delincuencia común como una estrategia militar. A quien le interese crear pito, intriga, miedo, odio, disociar o evitar la unidad de un grupo de gente, puede recurrir –y muy posiblemente ya se ha hecho– a criar y a alimentar malhechores que tengan sometida a la sociedad. Eso me imagino que sale más barato que invadir de frente a un pueblo en nombre de la democracia, la libertad, los derechos humanos y esas nobles causas que nos –dicen– hacen imprescindibles las matanzas y las guerras.

Claro, usted agarra a un ser humano de estos que tuvieron el mal gusto de nacer en la pobreza –como la educación igual no llega, ni interesa porque hay otras necesidades–, lo entretiene con estas pelis chéveres de acción y violencia, o amor del bueno como el de las telenovelas, o series de drama, por si la intriga no alcanza, le da golpe y miseria hasta que maduren las agallas y luego ­–que de por sí ya es un buen negocio para quienes las construyen–, le da un arma y le enseña a usarla.

(Hablando de negocios buenos, ¿cómo harán estos señores que distribuyen drogas para reclutar a sus vendedores? Por lo que veo, en todo el planeta esto también deja bastante plata).

El problema es serio y grande. Más grande y profundo de lo que se ve en las pantallas, aunque hay quienes dicen que se usa a los medios de comunicación para amplificar la violencia y generar miedo. Ya no se sabe si la violencia que nos transmiten por ahí es causa o efecto. Lo cierto es que la violencia y la delincuencia existen. Lo cierto es que los medios de comunicación trasmiten y ensalzan antivalores. En la televisión, el cine y hasta en la música, los héroes y modelos a seguir matan, mienten, roban y se salen con la suya. Los valores de hoy en día son tener el valor para asesinar, la audacia para delinquir, el temple para mentir sin escrúpulos, la inteligencia para ser infiel o desleal y salir bien parado. El bueno es bobo.

Lo que sucede es feo, bien feo. Pero, como dice el título del clásico del cine de vaqueros, pa’ que la historia funcione hace falta un malo. El malo casi siempre viene de afuera. ‘Démolen’ el papel a uno que no sea de los nuestros. Uno de estos que hablan o se visten distinto. Estos de costumbres diferentes a las cuales podríamos llamar mañas.

He sido extranjero por más de la mitad de mi vida y me he dado cuenta, siendo huésped de otro país, viviendo diferentes culturas y sociedades, que el extranjero sirve muchas veces de chivo expiatorio pa’ lo que está mal. Otra cosa de la que me doy cuenta en este instante que escribo desde mi país y en español –este idioma tan rico que hace diferencia entre los verbos ser y estar–, es que uno no debería SER extranjero, sino ESTARLO.

Ahora, considerando que las divisiones entre los países son líneas imaginarias creadas por decisiones políticas, guerras fratricidas, matanzas, invasiones, tratados o negociados de quienes estuvieron en el poder, me quedo colgado con la palabra extranjero.

¿Qué tan válida debería ser esa palabra y ese estatus sobre este planeta, este insignificante puntito azul que flota por el universo?