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Las mujeres y la ciencia van de la mano

Cada 11 de febrero, el mundo celebra el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia. Por eso, presentamos esta radiografía que recoge testimonios de jóvenes mujeres estudiantes de carreras científicas en diferentes universidades de Quito, Ecuador. Sus convicciones, los obstáculos y sus pasiones profesionales son síntomas de un tiempo que exige igualdad de derechos y oportunidades más allá de los discursos.

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Por Priscila Imbaquingo / @PriscilaImbaqu1 y Sofía Cabrera / @Sofiasice

Las ranas, la naturaleza y el baile son las pasiones de Jhael Ortega, estudiante de Biología de la Universidad Católica del Ecuador. Siempre lo tuvo claro: se quería dedicar a la Biología. Por eso, desde el inicio de su carrera se vinculó a la investigación. Má tarde, su vocación definitiva por investigar nació de su profesor y director de tesis, Santiago Ron, quien le abrió las puertas a un laboratorio. Ahí mismo, Jhael trabaja ahora, dedicada a descubrir especies nuevas.

Jhael cree que hay desequilibrio de género en la ciencia. La mujer se enfrenta a situaciones más difíciles –dice ella– pero debe saber sobrellevarlas. “Pronto dominaremos el mundo”, bromea, para explicar que en la actualidad es más visible la influencia de la mujer en todos los ámbitos de la vida humana.

Jhael Ortega, Biología, PUCE. Foto: Priscila Imbaquingo.

Con la intención de visibilizar la participación de la mujer en la ciencia, el 15 de diciembre del 2015, la Asamblea General de las Naciones Unidas decidió proclamar el 11 de febrero de cada año Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia. El propósito de celebrar este día es lograr el acceso y la participación plena y equitativa de mujeres en la ciencia y fomentar las vocaciones científicas en niñas, promoviendo su empoderamiento y la igualdad de género.

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Para Claudia Segovia, Directora de la Red Ecuatoriana de Mujeres en la Ciencia REMCI, la celebración de este día es una invitación para recordar a las mujeres que han trabajado en este campo. “Recién el país [Ecuador] se está dando cuenta de la importancia y se están haciendo cosas, pero aún falta tiempo para visibilizar los resultados”.

Dennisse Puebla, alumna de Claudia en la carrera de Biotecnología, en la Escuela Politécnica del Ejército (ESPE), relata que desde el comienzo de su formación se vinculó a la investigación pues una profesora le encargó la responsabilidad de todo un laboratorio. Fue una experiencia muy enriquecedora –cuenta Denisse. Su carácter fuerte le ayudó a llevar adelante esa responsabilidad. Aunque nunca ha sentido desigualdad de género, Denisse sí ha sido testigo de la desigualdad de oportunidades. Al verla tan joven –cuenta– no le brindan la oportunidad de seguir escalando.

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En febrero de 2016, Paola Leone fue elegida como la Primera mujer Presidenta de la Academia de Ciencias de Ecuador, cargo que ostentó hasta junio del 2017. “Creo que soy afortunada porque no he sentido la desigualdad de género”, dice Paola, entusiasta y alegre. Actualmente trabaja en el Centro de Investigación de Genética y Genómica de la Universidad Tecnológica Equinoccial e investiga un tipo de cáncer en la sangre llamado mieloma múltiple. Paola no desconoce que existen brechas de género en el campo de la ciencia pero recalca que durante su preparación profesional ha habido más mujeres que hombres, igual que en su laboratorio, donde predominan las mujeres. Pero el mundo no debe regirse al género de una persona –cree ella–, sino a las capacidades y a su perfil profesional. Para Paola, el desequilibro sí se evidencia en los cargos de mayor responsabilidad y decisión, que, según ella, no están generalmente en manos de mujeres.

César Paz y Miño. Foto: Priscila Imbaquingo.

Su compañero de laboratorio César Paz y Miño –genetista y reconocido investigador ecuatoriano– cree lo mismo. La competitividad femenina en ciencia aún es débil –dice él– y hay un autoapartamiento de las mujeres porque la investigación científica es un campo sumamente exigente. “Aunque exista la preparación profesional, muchas veces se separa de metas diferentes como cuidar a una familia. Ese es el mayor factor de desequilibrio: no encontrar una estabilidad entre la vida personal y profesional”. Es la sociedad –explica con mayor detalle–, una sociedad machista que predomina. César lamenta que una mujer, luego de conseguir un puesto, deba demostrar con mucho más esfuerzo que un hombre que es buena.

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Andrea Sevilla también tuvo siempre claro que se quería dedicar a la investigación. Así descubrió la Ingeniería Agroindustrial y de Alimentos, carrera que cursa en la Universidad de las Américas. Para Andrea, el rol de la mujer desde es importante por su capacidad ejecutora y conciliadora. En su experiencia laboral ha conocido y ha trabajado con mujeres muy talentosas, inteligentes y capaces, encargadas de toda una planta de procesamiento con muchos trabajadores a su cargo. Admira también a su madre y abuela, excelentes profesionales que –reconoce– nunca han descuidado a su familia. “Siempre puedo contar con su apoyo”, cuenta Andrea.

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La científica inglesa Rosalind Elsie Franklin es el referente profesional de Karolina Hinojosa, estudiante de Medicina de la Universidad Central del Ecuador. Desde pequeña descubrió su vocación por ayudar a las personas y aunque tuvo muchas carreras en mente, salvar vidas fue lo que más llamó su atención.

Karolina sí ha sentido la preferencia por parte de sus docentes hacia sus compañeros hombres, mujeres atractivas físicamente o compañeros que tienen una mejor posición económica. Pero eso no la ha condicionado para que continúe sus estudios. Su atracción por la lectura ha sido su principal fuente de motivación para descubrir la investigación. En el futuro se ve graduada e investigando las patologías de mayor incidencia en la población: la diabetes y el cáncer.

De acuerdo con un reciente estudio realizado por las Naciones Unidas, hay un 18% de probabilidad de que las mujeres terminen la licenciatura, 8% una maestría y 2% acabar un doctorado en temas de ciencia. Cifras muy distantes a las de los hombres, 37% licenciatura, 18% maestría y 6% doctorado. Estos datos demuestran que la brecha de género en la Ciencia, la Tecnología, la Ingeniería y las Matemáticas (STEM) se mantiene en todo el mundo desde hace años, a pesar de que la participación de las mujeres en las carreras de grado superior ha crecido enormemente.

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Andrea Suntaxi es estudiante de Ingeniería Mecánica en la Escuela Politécnica Nacional. Cuando entró a primer semestre tenía 61 compañeros, y de ellos, apenas 9 eran mujeres. Según estadísticas, en su facultad el 91% de estudiantes sigue siendo hombres; sin embargo, cada semestre hay más chicas interesadas en las ingenierías.

Andrea Suntaxi, Ingeniería Eléctrica, EPN. Foto: Priscila Imbaquingo.

El gusto por su carrera nació cuando ayudó a su papá con su proyecto de titulación. Ahora se dedica a investigar la energía, pues piensa que se trata de un campo por explotar mucho más en Ecuador.

Andrea atribuye la desigualdad al ocupar cargos directivos en organizaciones a la falta de profesionales con el perfil adecuado. “Es más bien un tema de carácter para liderar un grupo”, dice, y enseguida destaca que el desconocimiento sobre las áreas científicas ha hecho que las chicas huyan de estas carreras, “que en realidad son hermosas”.

En el 2016, 20 305 mujeres se graduaron en ingeniería, industrias y construcción en Ecuador, cifra que se triplica en hombres, 61.824 graduados en las mismas áreas del conocimiento, de acuerdo a datos de la Secretaría de Educación Superior, Ciencia, Tecnología e Innovación (Senescyt) publicados en diario El Telégrafo.

Lucía Gallardo, subsecretaria de Investigación Científica de esta entidad, dice que las ingenierías siguen siendo un campo predominantemente de hombres. La presencia de la mujer es amplia en campos como Medicina, Biología y Ecología. En Ciencias Sociales, hay más presencia femenina en Derecho, en carreras técnicas, en Arquitectura, pero todavía las ingenierías son campo dominado por hombres.

“Somos mujeres con coraje las que tenemos hijos –dice Lucía–, terminamos un doctorado y ocupamos puestos que antes eran solo para los hombres”.  Afirma que este coraje debería ser  una condición natural que el sistema promueva  a través del financiamiento sostenible. Es un tema de educación desde cómo transmitimos los valores a temprana edad, los hábitos, y romper con estos roles de género que están determinados desde la infancia.

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Para Sabine Orellana, estudiante de Ingeniería Civil y Periodismo en la Universidad San Francisco de Quito, el cambio debe comenzar desde las mujeres mismo. Pero para complementarlo, Lucía cree que “el rol de la política pública es fundamental en este proceso”. El Estado tiene el deber de generar ciertas condiciones mínimas para que las instituciones generen políticas de igualdad en medio de un sistema masculinizado.

Sabine estudia simultáneamente dos carreras, y aunque siente que el esfuerzo que debe dedicar a ambas es igual, cuenta que sí ha sentido prejuicios de género cuando, por ejemplo, le preguntan qué estudia, y aún se sorprenden al escuchar su respuesta: Ingeniería Civil. “Se asustan porque una hace cosas supuestamente para hombres”, dice. En sus clases de Periodismo, en cambio, casi no tiene compañeros varones. Ahí en cambio siente que la mujer está estereotipada por su físico, pues necesita una cara bonita para conseguir empleo en un medio de comunicación. Por eso considera que es necesaria una revolución de mentalidad en las mujeres. “Y eso se consigue solo con la educación y la formación que se recibe”.

Sabine Orellana, Ingeniería Civil / Periodismo, Universidad San Francisco de Quito. Foto: Priscila Imbaquingo.

Según su experiencia, no hay un rol de la mujer muy fuerte en las ingenierías porque “pareciera que tienen mujeres únicamente por cumplir una normativa, y generalmente las ubican en puestos que implican poca responsabilidad e importancia. Sin desmerecer los puestos, pero siempre son los hombres los encargados de los cálculos y de levantar una obra”.

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Las mujeres cumplimos una función importante en la sociedad, dice Pamela Narváez, quien estudió Ingeniería en Alimentos en la Universidad Tecnológica Equinoccial y está próxima a graduarse. “Las mujeres somos más visionarias y nuestra personalidad es distinta”.

Su referente profesional y personal es su mamá, una profesional en el campo de la electrónica, “una mujer admirable porque no muchas mujeres trabajan en ese sector”. Pamela ha encontrado en la investigación una vinculación y un complemento con su otra pasión: la danza árabe. “Me gustaría desarrollar productos alimenticios especializados para bailarinas”. Como profesora de danza, a Pamela le gustaría que sus alumnas se alimentaran saludablemente.

Sabine, Karolina, Denisse, Andrea y Jhael son solo algunas voces entre mucho silencio. Y son también referentes. A través de la comprensión de la cultura científica y de su divulgación, estas mujeres estudiantes y científicas se convierten en un impulso de la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres, en todos los campos del conocimiento.

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