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Imágenes de un Infierno: ¿qué queda tras el cierre del panóptico de Quito?

Por Francisco Garcés / La Barra Espaciadora

@panchogarces

En 1879 se inauguró el flamante panóptico de Quito, cuya construcción fue ordenada por el conservador presidente Gabriel García Moreno. La cárcel, enclavada en un paraje montañoso en el extremo occidental del centro de la ciudad, es decir en sus extramuros, solamente colindaba con el bosque de San Roque y con las canteras que en aquel tiempo proveían de los indispensables materiales para levantar la urbe.

La flamante edificación fue pensada como una cárcel modelo para el país. Contaba con la infraestructura para garantizar la seguridad de los quiteños encerrando a los que fueran considerados “indeseables” por la sociedad.

Las celdas originales nunca dejaron de usarse durante los 135 años de funcionamiento de esta prisión decimonónica. Fueron pensadas para albergar, cada una, a dos reclusos, pues el espacio de cada una no es mayor a 8 metros cuadrados. Completamente construido y ampliado posteriormente, el penal alcanzó capacidad para 1.476 internos, pero llegó a albergar a más de 3.200.

Tras una medida calificada como “histórica” por el Gobierno del presidente Rafael Correa, el pasado miércoles 30 de abril, el penal fue cerrado definitivamente y entre sus muros quedaron también las historias de los más  pacientes reclusos, los gritos de quienes proclamaron a viva voz su inocencia durante años y los quejidos de los presos después de las torturas.
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En el pabellón B, de tres pisos de altura, aún cuelga la ropa de varios internos trasladados al nuevo centro de reclusión, en la provincia de Cotopaxi. Durante el traslado no tuvieron tiempo para recogerla ni guardarla. Quedó ahí, como testigo del apresuramiento de la acción estatal.

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Varias celdas fueron cerradas al apuro. Las pesadas puertas de acero resguardan detrás los pocos bienes que un interno poseía en el infierno de su encierro. No son muchas cosas, pero son sus lujos en un sistema que perdió el control dentro de los muros del mismo penal.

La celda 15 muestra la ignominia. En un espacio para dos personas vivieron  doce, literalmente una sobre otra buscaban hacerse un lugar con aire en el encierro. No hay recodo donde no se haya arrinconado un recluso.

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La otra cara de la moneda está en las celdas de los presos con más poder. El espacio es el mismo, pero las diferencias son evidentes. En esta, un frigorífico servía para guardar los productos que sus dueños vendían a los necesitados presos. Alguien corrió la voz del traslado y enseguida el dueño de la celda logró proteger sus bienes.
Las celdas de la cárcel 2 son las últimas que se construyeron. Su estructura es distinta. Tienen el triple de espacio que las originales y dos pisos. Ahí se establecieron también pequeños negocios.

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Dentro de las celdas de la cárcel 2 se construyeron los llamados nichos. A modo de un cementerio, se hicieron huecos con divisiones de madera para albergar a los reclusos –hasta 40 en cada celda- dejando en el centro solo un estrecho pasillo para llegar hasta el fondo. Un laberinto de escaleras en las que solo entra un pie a la vez conduce a cuatro niveles de nichos, uno sobre otro.

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Los internos de mayor estatus se dieron modos para tener sus privilegios en el encierro. No era raro que en los nichos hubiera lujos como televisores. Los nichos preferenciales eran los que tenían vista hacia afuera a través de una ventana.

penal-8-620x330 En las puertas de sus nichos los presos escribieron sus sentimientos sobre el traslado a la nueva cárcel de Latacunga.

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 El pequeño espacio de un nicho, que no tiene ni un metro de altura, pone a prueba la resistencia sicológica de cualquier persona obligada a pasar ahí la mayor parte del día.

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Los muros de la cárcel 2, la sección oriental del complejo del penal García Moreno, es la parte más moderna de la edificación, aunque por fuera parecería ser un edificio cualquiera del Centro Histórico. En su interior hay una infinidad de nichos en donde muchos pasaron varios años de sus vidas.

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La guitarra fue la fiel compañera. Sin duda esta vieja madera hizo lo posible para alegrar una buena parte del tiempo de encierro y para acompañar el sentimiento de soledad entre tres paredes y una puerta de acero.