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Por Edu León / @EduLeon_photo

Este año el 8M, Día Internacional de la Mujer Trabajadora, recuperó el sentido de la huelga, que se extendió por todo el mundo. Era necesario hacer visible que las mujeres trabajan dos y hasta tres jornadas: que empiezan su día cuidando a los hijos, padres, suegros, a su familia extendida, que luego se ocupan de la tierra, de la casa, o que van al trabajo, vuelven y siguen trabajando. Había que hacer visible que las mujeres migrantes deben separarse de sus hijos, de su familia y de su hogar para ir a trabajar a otros lados y que la pobreza que afecta a toda la población suele golpear más a las mujeres, porque hacen más trabajo no remunerado y son víctimas de numerosas formas de violencia en su propia casa. Había que mostrar que las mujeres jamás pueden parar por completo porque jamás están libres de responsabilidades, que muchas de ellas no pueden parar porque tienen hijos son discapacidad que nadie más sabe cuidar, que ellas mismas sufren discapacidades que no les permiten movilizarse libremente.

Fue un 8M firme y político, no solo simbólico, como lo recuperó el colectivo Luna Roja en Quito. También fue un 8M para seguir reivindicando las luchas de las mujeres: su derecho a vivir sin el riesgo permanente de ser asesinadas, como lo defiende la plataforma de colectivos feministas Vivas Nos Queremos. Fue un 8M con instituciones enteras que plegaron al paro, con una presencia importante de hombres conscientes, con varias generaciones de mujeres que han venido luchando por décadas y que no decaen. Fue un 8M para la mujer trabajadora y para decir que las trabajadoras, cuando paran, pueden parar el mundo.