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Eriberto Gualinga, el cineasta que contó a Sarayaku

Eriberto Gualinga es el cronista de la comunidad de Sarayaku y a la vez es el guardián de uno de los rincones más biodiversos del planeta. Su lucha contra los perjuicios causados por la petrolera argentina CGC se muestra en su trabajo cinematográfico. Marcela Ribadeneira nos cuenta quién es este jaguar amazónico defensor de su selva.

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Por Marcela Ribadeniera

Es la “hora pico” en Sarayaku. Los niños de la comunidad caminan entre los árboles, por la tierra húmeda y oscura, en grupos de dos, tres y cuatro. Perros y gallinas salen a su paso. Una llovizna se deja caer suavemente sobre las cabezas bien peinadas y resbala por las mochilas de colores y techos de paja que flanquean el recorrido. Muchos de los niños que viven cerca de la pista de aterrizaje —una lengua pálida y corta de césped que se abre entre la vegetación— van a escuelas que se encuentran a 20 o más minutos de caminata, atravesando el puente sobre el río Bobonaza. Por el mismo puente llegan grupos que viven del otro lado, pero que estudian en las zonas colindantes con la pista. Cuando Eriberto Gualinga pasa a su lado, los niños interrumpen sus conversaciones y lo saludan, algunos se le acercan. Los territorios de las siete comunidades kichwas que conforman Sarayaku cubren 135 000 hectáreas de las riberas del río Bobonaza, en la provincia de Pastaza, y su población suma cerca de 1 200 habitantes. Y cuando eres uno de los pioneros del cine indígena amazónico y director de dos de los documentales que han permitido que Sarayaku exponga sus luchas y su realidad al mundo —no a través de la prensa o de una mirada extranjera, sino de sus propios habitantes— esas 1 200 personas saben quién eres.

Eriberto pronuncia las palabras pausadamente, lleva el pelo recogido en una cola e inclina la cabeza hacia la izquierda cuando habla. Su lengua materna es el kichwa, pero su español es claro. Es muy frontal en sus opiniones, aunque parece que la mayor parte de lo que piensa se lo guarda para sí mismo y para las historias que escribe por la noche, cuando sus obligaciones le dan un respiro. Asambleas comunitarias, mingas, diálogos entre dirigentes de Sarayaku y representantes del Estado, fiestas… Eriberto filma cada cosa que le llama la atención. “Yo quiero que todo —dice— se quede como archivo”.

Llegar a que la comunidad acepte la presencia de la cámara fue difícil y tomó tiempo y cuestionamientos por parte de muchos. Que fuera a lucrar con las imágenes, vendiéndolas a extranjeros, era la principal preocupación y el motivo de su reticencia a ser filmados. “Cuando él empezó, no había apoyo —dice Celso Aranda, que creció con Eriberto y es como su hermano—. Ya viendo los documentales, la gente entendió lo que estaba haciendo y los dirigentes también”.

Su primera obra, Soy defensor de la selva (2003), ha ganado varios reconocimientos en Latinoamérica, entre ellos, el de Mejor Documental del Premio Anaconda, el galardón Paco Urondo a la mejor cinta de derechos humanos del 14 º Certamen Latinoamericano de Cine y Video de Santa Fe, Argentina, y el Premio a la Equidad de Género en el Festival Internacional de Cine y Video de los Pueblos Indígenas, en Oaxaca, México.

Los descendientes del jaguar (2012), una coproducción del Pueblo Originario Indígena de Sarayaku y Amnistía Internacional, es su último trabajo. El filme ganó el Premio al Mejor Documental del Festival de Cine All Roads de National Geographic y un reconocimiento a la mejor muestra de lucha del Festival Internacional de Cine y Video de los Pueblos Indígenas de Colombia. “Se dieron cuenta de que la comunicación podía salvar al pueblo de Sarayaku —dice Eriberto—. Me pedían que filme todo… ya se fueron al otro extremo”.

Eriberto ha hecho otras producciones y coproducciones audiovisuales, y proyectos por encargo para ayudarse económicamente, pero Soy defensor de la selva y Los descendientes del jaguar son las que más repercusión mediática, política y social han tenido. Documentar su entorno y la vida cotidiana de su comunidad, así como su lucha para que se respete su territorio y sus derechos humanos, no es su único interés. Además de ser músico  Ikara, banda de la que forma parte, fue el primer grupo de música folclórica de Sarayaku que grabó un disco—, Eriberto tiene planes de escribir y dirigir un largometraje de ficción, basado en la lucha y personajes de su pueblo. Le gustaría tener a disposición los recursos para incorporar efectos especiales de alto nivel a la película, con los que pueda graficar los seres del mundo de los espíritus que son parte de la cosmovisión kichwa.

Cuando Eriberto vio Avatar, de James Cameron, se preguntó por qué el director canadiense había decidido ambientar en una luna de Alpha Centauri el relato de una comunidad nativa amenazada por una gran corporación minera. Sarayaku había atravesado por una situación muy parecida aquí, en el mundo real. No hacía falta inventarse mucho. Y esa historia es la que Eriberto quiere contar. Pero primero tiene que encontrar el tiempo para hacerlo. Para muchas personas de la comunidad, trabajar implica largas horas en la selva, esfuerzo físico y sudor. “Escribir en la computadora es como no hacer nada para [algunos de] ellos, pero es un esfuerzo físico y mental —dice Eriberto—. Yo mezclo los dos”. Como todos los hombres de Sarayaku, él debe cazar y pescar para sostener a su esposa, Cindy, y a Dann Naiwary, su hija. “Tiene tres años y medio”, dice Eriberto. “Tres años, cuatro meses”, Cindy le corrige.

Cuando Eriberto vio Avatar, de James Cameron, se preguntó por qué el director canadiense había decidido ambientar en una luna de Alpha Centauri el relato de una comunidad nativa amenazada por una gran corporación minera.

El cineasta también dedica buena parte de su tiempo a ayudar a sus padres, Corina Montalvo y Sabino Gualinga. Las chacras son los terrenos que las familias tienen selva adentro, a 30 o 40 minutos de caminata de la comunidad, donde se cultiva principalmente yuca. Eriberto se encarga de deshierbar la tierra, hacer leña o llevar plátanos y yuca desde la chacra de sus padres hasta la vivienda familiar. Ahora también está haciendo una chacra para él, su esposa y su hija. En Sarayaku, no tener un suministro propio de yuca equivale a estar en crisis, pues todos los alimentos de la dieta kichwa se preparan con esa raíz.  “Si yo pido la yuca a mi vecino, me puede dar hasta tres veces —dice Eriberto—, pero ya me da vergüenza pedir una cuarta vez”.

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En noviembre del 2002, la empresa petrolera argentina CGC (Compañía General de Combustibles) llegó a Sarayaku —que es parte del bloque petrolero 23 del Ecuador— con el plan de realizar actividades de prospección sísmica usando 1 430 kilos de pentolita. Es decir, técnicos de la compañía harían detonaciones en la superficie del suelo para provocar una onda de choque a través de sus capas y, por medio de lectura de las ondas reflejadas, detectar la presencia de petróleo.

En 1996, el Estado otorgó la concesión a la empresa para que opere en esa zona y el gobierno del presidente Lucio Gutiérrez, en el 2002, permitió que sus trabajadores ingresaran sin antes consultar o informar a la comunidad. “Nosotros nos enteramos —dice Eriberto— por el ruido de los helicópteros que aterrizaban en nuestro territorio”. En los helicópteros llegaban técnicos de la compañía vestidos con overoles amarillos, militares armados y toneladas de pentolita.

En 1996, el Estado otorgó la concesión a la empresa para que opere en esa zona y el gobierno del presidente Lucio Gutiérrez, en el 2002, permitió que sus trabajadores ingresaran sin antes consultar o informar a la comunidad.

Eriberto había hecho un curso de realización audiovisual (organizado por Asocine) y uno de radio y video popular en Valparaíso, pero aún estudiaba Comunicación y video, y en la comunidad le llamaban tzuntzu periodista, “que es peor que chiro —dice—. Quiere decir andrajoso, miserable”. Decidió tomar su cámara de video, una Toshiba que cuando se acababa la batería, funcionaba con pilas AA y que había sido un regalo de su hermano mayor, Juan, y salió a documentar lo que pasaba. “Las imágenes —pensó Eriberto— pueden golpear mucho”.

Soy defensor de la selva (Sachata Kishipichik Mani, en kichwa) dura cerca de 20 minutos y fue grabado con los cassettes de Dvcam y las pilas que su familia le ayudaba a comprar. Arranca con la pantalla en negro y un texto que explica el origen de la confrontación con la petrolera y el Estado. “Ante la negativa de retirarse de la compañía —se lee—, nosotros los de Sarayaku nos organizamos para desalojar a los invasores”. Luego se ve el testimonio de una mujer mayor de la comunidad y tomas aéreas —grabadas desde la pequeña avioneta Cessna que cubre el trayecto Shell-Sarayaku— en las que el espesor de la selva la hace parecerse a un brócoli gigante, que solo afloja su follaje para dar paso a las ondulaciones del río. Eriberto hace la presentación de Sarayaku mezclando tomas de plantas y de animales de la zona con el canto en off de su madre y con tomas de la vida cotidiana comunitaria. A pesar de mostrar escenas de mucha tensión, entre ellas enfrentamientos entre mujeres del pueblo y soldados y el momento en que un yachak, líder espiritual de Sarayaku, se lamenta sobre el suelo cubierto de plantas medicinales destruidas por la compañía, Eriberto no se enfoca en la destrucción medioambiental. “No eran solo lamentaciones —dice— todavía había algo que defender y eso quería mostrar”.

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En Sarayaku, la jornada empieza mucho antes de que los niños se tomen los senderos en su ruta hacia la escuela. La mayoría de personas se levanta a las 4:00 o 4:30 y Eriberto es una de ellas. Corina se levanta más temprano aún. Es de baja estatura y muy menuda. Tiene 82 años y ninguna cana detectable a simple vista en el pelo negro que le llega casi hasta la cintura. Antes de las cinco, cuando el sol aún no sale y el mundo le pertenece a los grillos, ella enciende un fogón sobre el suelo del área social de la vivienda familiar  —una amplia choza rectangular, levantada con maderos sobre la tierra, sin paredes y con techo de paja— y empieza a preparar té de hojas de guayusa, al que ella añade un ingrediente extra: ajo amazónico.

La guayusa contiene cafeína, teobromina, también presente en el chocolate, y L-teanina, un ácido glutámico que ayuda a reducir la fatiga mental y física. Cuando Eriberto tiene que viajar al Puyo o a otra ciudad por trabajo, se lleva consigo los ingredientes para hacer el té, que es un cóctel de estimulantes naturales, pero también el centro de un ritual que los Gualinga-Montalvo llevan a cabo todas las mañanas. Los miembros de la familia y sus huéspedes, que nunca faltan en la casa, se sientan alrededor del fuego y Corina les sirve el té humeante en cuencos de madera. Celso Aranda y Emilio González, un guayaquileño que enseña inglés en un colegio de Sarayaku, son algunos de los habituales de estas reuniones. Mientras toman la bebida, conversan de los sueños de la noche anterior y planifican el día teniéndolos en cuenta. Eriberto pone algunos ejemplos: si planeaste ir a cazar por la mañana, pero por la noche sueñas que matas a un animal, la cacería irá pésimo y es mejor postergarla. Si sueñas que un perro te muerde, quiere decir que hay enemigos que están cerca, pero si el perro es manso y amigable, un amigo está por llegar.

El nombre artístico de Eriberto, Traya Muskuy, salió de un sueño que tuvo a los 13 años, en el que una voz le llamaba “Traya”. Cuando despertó, reconoció que la voz era de un amigo suyo muy cercano y anotó el nombre en un cuaderno. Desde entonces lo usa (en español se traduciría como “los sueños de Traya”). Ese amigo suyo se iría a vivir a la ciudad (Puyo) y a trabajar para CGC. Durante el rodaje de Soy defensor de la selva, Eriberto lo encontraría, luego de lo cual cada uno seguiría haciendo lo suyo. “Nos saludamos y nos apartamos. No podía hablar mucho porque él estaba del otro lado —dice—. Él estaba trabajando por necesidad, me imagino”.

Mientras se discuten los sueños, Corina rellena los cuencos vacíos y los gallos empiezan a cantar. Sabino, de 93 años, observa la escena en silencio. Hay mañanas en las que nadie recuerda qué soñó y las conversaciones sobre actualidad política o deporte reemplazan a los análisis oníricos. Cuando el sol ha tenido tiempo de asentarse, todos abandonan el fogón y pasan a desayunar. Algunas familias desayunan solo guayusa y chicha sin alcohol. Las familias de quienes deciden pasar la noche pescando o cazando, empiezan el día comiendo carne fresca. “La gente puede pescar o dormir toda la noche, depende de ellos —dice Eriberto—. Si quieren comer, tienen que sacrificarse un poco”.

Cuando la avioneta aterriza en la pista, decenas de niños se apresuran a ayudar con su equipaje a los pasajeros, que les regalan panes que compraron específicamente para ese fin. No se trata de una limosna, sino de una manera de consentir a los niños.

Sobre la mesa de los Gualinga-Montalvo hay maito de tilapia, cajas de té de manzanilla y té chai, huevos tibios y pan. El pan es una golosina cotizadísima en Sarayaku. Cualquier persona que salga de la comunidad a la ciudad trae pan a su vuelta. Cuando la avioneta aterriza en la pista, decenas de niños se apresuran a ayudar con su equipaje a los pasajeros, que les regalan panes que compraron específicamente para ese fin. No se trata de una limosna, sino de una manera de consentir a los niños.

Después de desayunar, todos van a sus lugares de trabajo. Cindy, por ejemplo, trabaja en una caja de ahorro y crédito que funciona en la plaza de Sarayaku. La plaza está a unos 15 minutos de caminata de la casa de Eriberto y es un sitio donde se concentra la energía solar, de acuerdo a la cosmovisión del pueblo. Además, es punto de reunión de compadres durante los domingos y alberga las edificaciones importantes, como la asamblea comunitaria, la iglesia y el centro de salud.

Allí también está el infocentro Waysanet, cuya energía eléctrica es generada por paneles solares, donde hay computadores y conexión wifi para quienes llevan sus portátiles. “Nosotros todos los días vamos allá para conectarnos con el mundo —dice Eriberto—. Es muy lento, pero lo logramos”. Eriberto chequea su correo electrónico y sus cuentas de Twitter y Facebook una vez que cumplió con sus obligaciones laborales, que ahora no solo incluyen el trabajo físico diario y sus proyectos audiovisuales, sino también su desempeño como presidente del Club Sarayaku. Por medio del club, los pueblos indígenas de Pastaza tienen acceso al fútbol profesional de la provincia por primera vez. El equipo ha jugado en dos campeonatos y en ambas ocasiones ha logrado el vicecampeonato. “Me quita mucho tiempo, es nuevo esto de ser presidente —dice—. Tengo que decidir si renunciar o continuar”.

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Eriberto, junto a su esposa, Cindy, y a Dann Naiwary, su hija.

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Cuando CGC entró a los territorios de Sarayaku, la imagen que el Estado y la prensa ecuatoriana difundían era la de un pueblo indígena violento que se resistía al desarrollo. “Los medios daban la versión de la empresa petrolera y la oficial  —dice Eriberto a El diario de España —. Éramos el punto rojo de la Amazonía, nos llamaban terroristas”.

Soy defensor de la selva muestra uno de los episodios que más repercusión mediática tuvo. Un grupo de mujeres increpa a tres trabajadores de la empresa junto al río. Les preguntan qué hacen en sus territorios, les dicen que los respeten, que vuelvan a trabajar a sus tierras. Un hombre que las acompaña  —y que viste una camiseta roja de la banda Nirvana— dice a los trabajadores que ya que están ahí, “sin comida, sin dirección”, es mejor que vayan con ellos. Ofrece darles chicha y guanta y una de las mujeres les dice que lo que quieren es conversar. En la siguiente toma se ve cómo todos se trasladan en una canoa hacia la comunidad. Cuando desembarcan, ellos caminan hacia dónde ellas los dirigen. No hay enfrentamientos violentos, pero se retiene a los trabajadores, lo que es reportado como secuestro por el Estado y la prensa.

Cuando CGC entró a los territorios de Sarayaku, la imagen que el Estado y la prensa ecuatoriana difundían era la de un pueblo indígena violento que se resistía al desarrollo. “Los medios daban la versión de la empresa petrolera y la oficial  —dice Eriberto a El diario de España —.

Después de varios días de negociación con las autoridades y la empresa, los trabajadores fueron liberados. Eriberto cuenta que las mujeres de Sarayaku defendieron el diálogo como estrategia (algunos hombres querían apostar por las armas) y la relevancia de su participación en el conflicto es evidente en el documental.

Un momento clave que Eriberto quería captar en video era la apertura de una trocha en la selva por parte de CGC. Para esto, él siguió al grupo de cerca de 80 personas, hombres y mujeres de 12 hasta 50 años, que levantaron un campamento lejos de la comunidad, en el área donde esperaban que los trabajadores empezaran a construir el camino. Una vez allí, el grupo recibió la noticia de que un enfrentamiento con la compañía tenía lugar en el pueblo y Eriberto, con la única cámara que había en Sarayaku, decidió ir hacia allá. Después de todo, no había ninguna señal de que CGC estuviera abriendo la trocha. Luego de cuatro horas en canoa y seis de caminata, llegó a la comunidad, pero tuvo que emprender el camino de vuelta adonde estaban sus compañeros, pues supo que la trocha había sido abierta sin que se dieran cuenta. El grupo intentó seguir las huellas de los trabajadores y alcanzarlos, pero no lo logró. “Nos cogió la noche, la lluvia, el hambre —dice Eriberto—. Yo estaba muerto, solo me acuerdo que abracé la cámara y me caí”.  

“El gobierno de Gutiérrez decidió militarizar el área y continuar con la explotación petrolera —se lee en el epílogo del documental—. Hemos decidido pelear para defender nuestro territorio sin importar las consecuencias”.

Soy defensor de la selva llegó a varios festivales internacionales y se convirtió en el punto de arranque de las ponencias que los dirigentes de Sarayaku hacían frente a instancias de justicia nacionales e internacionales. En mayo del 2003, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, uno de los organismos a los que acudió el pueblo, falló a su favor y dictó una serie de medidas cautelares que, sin embargo, el entonces presidente de Ecuador no llegó a cumplir. “El gobierno de Gutiérrez decidió militarizar el área y continuar con la explotación petrolera —se lee en el epílogo del documental—. Hemos decidido pelear para defender nuestro territorio sin importar las consecuencias”.

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No se usa mucha energía eléctrica en Sarayaku. Algunas familias tienen generadores que alimentan un par de focos ahorradores para iluminar las viviendas por la noche, aunque antes de encenderlos todos se desplazan por la casa y hacen sus quehaceres usando velas y linternas. La esposa de Eriberto prepara la cena con la ayuda de una linterna de cabeza Energizer. Esto le permite usar ambas manos para avivar el fogón —en el que prepara maito con una hoja muy grande y en forma de abanico.

Vainas de cacao blanco y muchos plátanos perfuman la cocina y el comedor, que están en una choza redonda, amplia y sin paredes, adyacente a la choza rectangular que funciona como área social —Eriberto construyó ambas estructuras hace cinco años—. Alrededor de las siete, toda la familia se sienta a la mesa junto a sus amigos cercanos y huéspedes. Debajo de ella, un perro espera el hueso que Celso le dará al terminar de comer. La ración será generosa, un tapir le mordió la cabeza hace algunos días y la familia se esfuerza para que la convalecencia del animal de casa sea buena.

La cena consiste en caldo de gallina, arroz y maito de tilapia y bagre. A Eriberto le gusta el maito (pescado envuelto en hojas de plantas amazónicas), pero añora octubre, mes en el que abundan las hormigas y se las tuesta con sal y aceite. En Sarayaku también se come sapos, monos chorongo y frutas y pescados, de acuerdo con la época. Sin embargo, consciente de que muchas de las especies que tradicionalmente han sido parte de su dieta ahora están en peligro de extinción, la comunidad se ha organizado para restringir la cacería en zonas específicas. Sarayaku ha desarrollado un proyecto de conservación del tapir y quien mate a uno de esos animales puede ser detenido por 48 horas y obligado a prestar servicio comunitario.

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Eriberto muestra a su hija Dann Naiwary unas tomas en su cámara.

La encarnación del jaguar

Sabino Gualinga era capataz de la hacienda Tres Coronas, en el cantón La Maná, provincia de Cotopaxi. Cuando volvió a su tierra natal, Sarayaku, se convirtió en uno de los primeros tenientes políticos elegido por los pobladores para que los representara ante el gobierno nacional (usualmente el gobierno los designaba y no eran habitantes de la comunidad). Corina Montalvo, además de ser cantante y narradora oral, tenía conocimientos de medicina indígena, pero también dominaba la enfermería “de afuera”. Cuando el menor de los seis hijos de la pareja tenía seis años, descubrió que su papá era chamán y que todos en su familia, menos él, lo sabían. “Andaba con su código penal, con sus libros y sabía mucho de leyes —dice Eriberto—. Y después de eso, apareció como chamán”.

En sus relatos, los chamanes cuentan que el pueblo de Sarayaku desciende del jaguar, un animal que lucha hasta la muerte para proteger su territorio. Los descendientes del jaguar (Puma chirikuna, en quichua), último documental de Eriberto, retoma el conflicto de Sarayaku con el Estado ecuatoriano por la incursión de CGC en sus territorios. En esa ocasión, Eriberto contó con la coproducción de una organización de gran envergadura y pudo grabar en HDV. El filme dura 30 minutos y sigue a la delegación de 17 representantes de la comunidad —incluidos una maestra de escuela y David, su bebé de un mes y medio— que viajaron a Costa Rica, en junio del 2012, para testificar en la audiencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos sobre el caso Sarayaku versus Ecuador.

En sus relatos, los chamanes cuentan que el pueblo de Sarayaku desciende del jaguar, un animal que lucha hasta la muerte para proteger su territorio.

Patricia Gualinga, representante de la mujer y la familia de Sarayaku, y José Gualinga, presidente de Sarayaku, fueron parte de la delegación. Ambos son hermanos de Eriberto. Sabino también los acompañó en calidad yachak. El filme termina con la delegación de vuelta en la comunidad, aguardando la sentencia de la corte. Durante la espera, Eriberto muestra momentos de la convivencia comunitaria: varios jóvenes se toman fotos con el Photo Booth de una laptop, Sabino camina por la villa y David es mecido por su mamá en una hamaca. “A veces sentimos que no vamos a ganar —dice Eriberto con voz en off— porque estamos luchando contra intereses muy poderosos”. Presentar en conjunto esa locución y esas imágenes realza el contraste entre la lucha del pueblo contra la petrolera, que es un poco como la de David versus Goliat, y la normalidad que la gente de Sarayaku está resuelta a mantener y a heredar a sus hijos, la normalidad que Eriberto busca defender mediante su cine.

El filme concluye con la imagen de varios niños mirando a la cámara desde el río, sonrientes y empapados. La sentencia de la Corte, que mandó a las autoridades ecuatorianas a remover los explosivos dejados por CGC en Sarayaku y a consultar al pueblo antes de emprender proyectos extractivos en su territorio, se muestra como epílogo. El texto que la resume aparece en la pantalla después de un largo fundido a negro, en una decisión narrativa que puede interpretarse como reflejo de la determinación de Eriberto y del pueblo de Sarayaku de ser ellos, y no alguien más, quienes decidan el desenlace de su historia, quienes pongan el punto final.

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*Coletilla. En febrero del 2016, el Consejo Nacional de Cine (Cncine), a través de una productora, encargó a 10 cronistas la realización de 10 perfiles sobre 10 cineastas ecuatorianos. Por razones que hasta la fecha de esta publicación no han quedado claras, los textos no se publicaron. En vista de que los cineastas –sus amigos, sus vecinos, sus familias– nos recibieron en sus hogares, nos dieron su tiempo y confianza para que pudiéramos escribir estos textos sobre sus vidas y obras, en honor a ellos, a  su tiempo y porque no queremos que los mismos pierdan vigencia, algunos de los cronistas hemos decidido publicarlos en este espacio. Puedes leer también Alberto Muenala y el tejido del tiempo, de Diego Cazar Baquero, y Nixon Chalacama, al borde de un precipicio, de Sandra Araya.