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Debiste hacerte político

Paul Hermann hace uso de su #PatenteDeCorso para enfrentar la realidad de un político con la de un periodista en los tiempos que vivimos. ¿Cuáles son las condiciones de uno y de otro oficio? ¿Es más fácil ser político o ser periodista en la actualidad?

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Imagen tomada del sitio www.esan.edu.pe

#PatenteDeCorso

Por Paul Hermann

La respuesta de mi madre una vez más fue contundente: “Debiste hacerme caso y hacerte político”. Es que hace unos días le comenté lo duro que es ser periodista en estos tiempos en que las páginas web y los medios electrónicos han sustituido a los matutinos de papel –esos que eran anunciados en la mañana con gritos destemplados, esos que canonizaban por medio de la palabra escrita, esos que visibilizaban a las personas por medio de una fotografía, aunque fuera en el clasista espacio Desde el aeropuerto–.

Le di la razón. Ser político es, sin duda, infinitamente más fácil que ser periodista. Es más fácil sonreír hipócritamente que poner cara de póker ante el entrevistado que quiere blufear, evadir las preguntas, salirse, como dice la voz popular, por la tangente (lugar que queda, creo, en algún lugar de la geometría).

Ser político es, además, más cómodo; se puede acceder a un cargo, digamos, de concejala, sin haber cursado estudios de posgrado; viajar a cuerpo de reina en los Vitara SZ 4×4 que se requieren para atravesar los pantanosos caminos de la burocracia, y pagar las cuentas de los restaurantes y los hoteles con cheques institucionales. Cuando no está cobrando su merecido salario, el político ni siquiera se da el trabajo de contaminarse las manos tocando billetes que igual pudieron estar en un perfumado corpiño o en el bolsillo de una pantaloneta de pescador. No. Deja, aséptico y cínico, que lo haga la fidelísima y eficiente asistenta o directora contable.

El periodista, en cambio, debió cursar, para tener oportunidades, una maestría; especializarse durante años en una sección; conocer a la gente del medio sobre el cual escribe; viajar en autobuses populares de veinticinco centavos con plata de su bolsillo, y, si lograba cerrar satisfactoriamente la edición antes del mediodía, almorzar en restaurantes populares con la atención puesta en el noticiero televisivo.

El político debe invertir, es cierto, pero al final de su gestión (salvo velasquistas excepciones) saldrá convertido en un nuevo rico. Se irá a vivir al extranjero, donde invertirá en el sector de su preferencia, o dará conferencias. O las dos cosas. O ninguna. Puede elegir. En tanto que un periodista siempre será pobre; pasará los días con calderilla en los bolsillos; vivirá en una casa arrendada; tendrá un auto compacto que deberá vender por los días en que nazca su segundo hijo y las vacas, como también dice otra voz popular, se pongan flacas, raquíticas.

Las jornadas de los políticos también son más fáciles. Siempre existe la opción de delegarlo todo a asistentes con mejores formaciones, o ideas, o actitud, o ambición, o todo junto, o todo disperso, o nada de eso, y dedicarse a viajar, en aviones, claro, asistir a encuentros, cumbres, conferencias, charlas y otras actividades igual de vanas en edificios con vista al mar, aire acondicionado, bocadillos y bebidas.

En esos mismos encuentros, cumbres, conferencias, charlas y otras actividades igual de vanas, los periodistas deben escuchar los discursos improvisados, tomar apuntes, darles sentido, tomar fotografías, enviar tuits, escribir artículos consistentes, con antetítulo, título, sumario y al menos tres fuentes, y enviarlos a sus medios.

La gente siempre quiere acercarse a los políticos, las mujeres siempre quieren sacarse fotografías junto a ellos, contaminarse con un poco de su popularidad, en tanto que los periodistas serán siempre invisibles. A no ser, claro, que hagan esas preguntas que incomodan al poder y sean llamados gorditos u horrorosos, o las dos cosas juntas o ninguna, pero que igual lo “fichen”, como reza otra frase popular.

Por las noches, los políticos asisten a eventos sociales, culturales o humanitarios, felicitan las gestiones, aprovechan para promocionarse, posan para las cámaras con sonrisas que ya querrían tener en sus anuncios publicitarios los fabricantes de dentífricos, en tanto los periodistas –que han ingresado a las oficinas del medio a las 8:30– continúan trabajando. La jornada para los periodistas no termina nunca, y ni siquiera pueden, por ética, tomarse una de las copas de vino que circulan por los vaporosos salones.

Los políticos casados con arraigada vocación de servicio pueden tener un encendido romance, digamos, con una compañera concejala, llamarla ofrecida haciendo gala de lo más selecto y refinado de sus taras patriarcales, hacer escándalo, en suma, y aún así conservar su cargo y su sueldo. Mientras que los periodistas deben cuidar minuciosamente cada una de las palabras que usan, so pena de ser despedidos o, en el más habitual de los casos, ser llamados corruptos, vendidos, tendenciosos y hasta gorditos, epíteto que molesta por cierto, ya que deben pasarse todo el día instalados en una silla, buscando palabras, cambiándolas, ordenándolas, armando el puzzle, el grave scrabble, haciendo llamadas, concertando citas, adelantando notas, siempre con miedo de no cumplir con los tiempos, siempre con miedo de decir algo indebido y ofender a la majestad del sufrido y sacrificado poder.

Sí, definitivamente debí hacerle caso a mi madre y hacerme político; hacer periodismo no consiste en hacer, como ellos, relaciones públicas, sino decir algo que incomode a alguien, y eso siempre genera antipatías. ¿O no?


Paul Hermann (Quito, 1973) estudió Comunicación Social en la Universidad Central y Estudios de la Cultura con Mención en Literatura Hispanoamericana en la Universidad Andina Simón Bolívar, en Quito. Ha sido editor de las revistas La Casa y Casa Palabras. Editó la sección Cultura de diario El Telégrafo. Ha colaborado con publicaciones comoCartónPiedra y Gkillcity. catedrático universitario y autor de los libros de cuentos: Puntos de Fuga (2001) y Cazador de Brujas (2008); la novela: El Danubio Azul (2012), y el libro de entrevistas: Patente de Corso (2012). Cuentos de su autoría forman parte de diversas antologías. Ha participado en las ferias de libro de Ceará, Brasil (2009); Caracas (2010), y Quito (2013).