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Lo que escucha el ojo de Ulises

Por Edwin Madrid / @edwinmadrid961

Eran monstruos enclenques con gafas de locura

Jorge Carrera Andrade

Fuimos compañeros de trabajo en la Casa de la Cultura, durante varios años coordinamos ciclos de cine que con la biblioteca ambulante llevábamos a los barrios marginales, a las cárceles, guarderías, escuelas, colegios donde no existen bibliotecas.

De vez en cuando conversábamos sobre literatura y poesía. Para mí, Ulises fue una curiosidad siempre, tenía el mito del líder del grupo los Los Tzántzicos. Hace tres años, cuando volví a la Casa de la Cultura, luego de un periodo de 8 años, él me dio la bienvenida y dijo que yo debía ser el nuevo director de la Biblioteca, pero ni él continuó en la Cinemateca ni yo fui a la Biblioteca. Sin embargo, los dos volvimos a conversar sobre poesía y literatura. Esta entrevista la hice hace un poco más de tres años. Nunca la publiqué. No me animé porque no tenía un sitio preciso para que se pudiera apreciar la importancia de un suscitador cultural y de un líder de la vanguardia literaria. Este es mi recuerdo de cariño y admiración con el compañero, el poeta y el amigo que significó para mi Ulises Estrella.

En esta entrevista, Ulises nos cuenta desde su primer poema, su errancia por los caminos de los nadaístas colombianos, los Mufados de Argentina, El Techo de la Ballena, en Venezuela, El Corno Emplumado, en México y de los beat de New York, hasta los dos infartos que sufrió mientras preparaba su más reciente antología de poesía.

Desde luego, también habla de cómo y cuándo conoció a Julio Cortázar, del rechazo y aceptación al poeta ecuatoriano Jorge Carrera Andrade, de la intelectual avanzada que fue Marieta de Veintemilla y su visión de la política, evoca un recuerdo general de la situación histórica y social del país, la Revolución Cubana, de cómo surgieron los Tzántzicos en ese contexto, del Café 77 y de por qué los Tzántzicos no tuvieron seguidores, así como de las cosas en las que se entretienen los nuevos poetas: blogs, Facebook, Twitter. El miedo a hablar y las ferias de vanidades con los poetas ministros.

Comencemos el diálogo haciendo un recuento de la situación de Quito en los años 60.

Hay que señalar que yo como nací en 1939, entonces estaba en plena juventud y asombro con lo que sucedía en el mundo y en el Ecuador. 1949 fue un año clave. Yo escribí mi primer poema a los 10 años de edad.

Se llamaba A una rosa, pero no a la rosa usual, convencional y romántica; sino que era una reflexión que hice, muy tempranamente, sobre la dualidad, porque la rosa es bella pero tiene espinas. Ese año fue clave en mi existencia porque ocurrió el terremoto de 1949, en Ambato. Yo estaba en Latacunga y estuve al borde de la muerte, con la tierra que se abría… ¡Fue impresionante! Aparte de esto me dio una paratífica, en ese entonces, este tipo de tifoidea no se curaba, no había pastillas y me encerraron 40 días a enfrentar a la muerte solito. Ese año, cuando sufrí estos dos enfrentamientos con la muerte, escribí mi primer poema: A una rosa.

De repente, en la escuela Espejo, donde era pésimo alumno, porque me pasaba soñando con cosas extrañas que nada tenían que ver con la mala educación, al profesor que tenía que batirse con un curso de 92 alumnos se le ocurrió decirnos: niños, escriban un poema. Y, claro, como suele suceder, el peor alumno escribió el mejor poema, según el profesor. Quiero decir que yo estaba con la vocación poética desde niño, porque, además, mi madre fue profesora de escuela y mi nombre: Ulises, me marcaron la existencia. Apenas pude leer La Odisea, lo hice para saber por qué mi madre me puso ese nombre. Bueno, tenía muchas lecturas vinculadas a la poesía y siempre una ilusión poética, más los dos acontecimientos que mencioné antes, propiciaron mi despunte poético, con la reflexión sobre la dualidad de la rosa.

¿Dónde vivías en ese entonces?

En Chimbacalle, frente a la estación del tren, en la calle Alpahuasi, y mi vida infantil era frente al tren, cosa que la cuento en mi libro La memoria incandescente. Fui muy pobre; mi madre, maestra de escuela y mi padre que nunca estaba, pues trabajaba fuera. Mi padre era guarda de estancos y andaba de pueblo en pueblo, por eso no estaba nunca y mi madre, con su esquilmado sueldo de profesora de escuela… Fue una infancia tremenda. Pero allí vivimos con mi madre y mi hermano, desde los 6 años hasta los 18. A los 15 años, me fui de la casa. Huí y luego volví, con la condición de no depender de mi madre. Y como ella tenía alumnos privados para completar su sueldo, me dio la posibilidad, a los 15 años, de enseñarle a un chico a leer y a escribir. Le enseñé a un muchacho de 11 años que tenía retraso mental, esa fue mi primera cátedra y gané un dinero que me sirvió para movilizarme y para comer. Llegaba a la casa solo a dormir.

En esos tiempos pasé por varios colegios, tres o cuatro, siempre me botaron por indisciplinado, no iba regularmente a clases, me burlaba de los profesores; estuve en el Montúfar, en el Mejía, participé en la huelga célebre de 1964 y fui a Latacunga al Colegio Vicente León, y los dos últimos años los hice en el colegio La Salle, allí conocí a Fernando Tinajero y allí entré a la academia literaria de La Salle, y fue cuando empecé a escribir más, a vincularme más con los libros de la biblioteca del colegio y con la de mi tío, que tenía una excelente biblioteca, hasta que me gradué y me inscribí en tres facultades de la Universidad Central: ansiosamente fui a Psicología, Filosofía y Derecho, por supuesto, la primera que boté fue Derecho, me quedé en Psicología y ya tenía 19 años.

Entonces empezaste a gestar el grupo Los Tzánzicos, ¿cómo fue eso?

Era 1959, año tan clave para el Ecuador, el mundo y para mí: el año de la Revolución Cubana. Para mí, porque estaba buscando mi subsistencia desde los 15 años como profesor de este muchacho especial y ese año fui profesor en dos colegios nocturnos: Eloy Alfaro y García Moreno, esto me vinculó a un esfuerzo de lectura, a un esfuerzo de preparación, de autopreparación y de clases. Ya al entrar a la universidad me vinculé con Bolívar Echeverría, con Luis Corral y, más firmemente, con Fernando Tinajero. Ahí todavía existía el Grupo Umbral, de Alfonso Barrera Valverde y, entonces, entramos a este grupo, pero ya escribíamos para el suplemento cultural del diario El Universo. En el año 61, es decir, dos años después -con la venida de Leandro Kats, el poeta trashumante que llegaba desde Argentina; de Rene Alice y Elizabeth Rumazo Alice, que venían de Cuba-, nos encontramos todos ahí, en la casa de los Rumazo, un día, a finales del año, en vinculación con lo que venía sucediendo en el mundo y con la Revolución Cubana; pero primero queríamos hacer teatro, así que nuestra actividad empezó en 1962.

leandrokatzulisesestrellaY, ¿por qué Tzántzicos? ¿Cómo surge esta palabra?

La palabra surge por las discusiones acaloradas y, por supuesto, con mucho ron. Nos reuníamos casi tres veces por semana, leíamos y compartíamos esos libros. Este señor Rumazo tenía una biblioteca maravillosa, leíamos a Samuel Beckett, André Gidé, Paul Eluard; estábamos queriendo hacer Esperando a Godot, el teatro del absurdo y, en un ensayo de esta obra, surgió el hecho de que nosotros, al conocer lo de los nadaistas y lo de Argentina, dijimos: ¡aquí hay una necesidad de parricidio! Entonces, empezamos a leer a Sartre.

Una noche, mientras conversábamos de la necesidad de descabezar a los engrandecidos del poder y la literatura, vimos un dibujo que hizo René Alice, que remitía y lo vinculaba con una tzantza, y surgió el término Tzántzicos o reductores de cabezas. Era una intuición la que tuvo René, ese dibujo que hizo quedó inmortalizado, lo hizo esa noche y de allí comenzamos a elaborar el Primer manifiesto tzántzico y la lectura Cuatro gritos en la oscuridad, que fue en el año 62 en el Aula Benjamín Carrión, con Simón Corral, Leandro Katz, Teodoro Murillo, Marco Muñoz y yo. Fue el acto inicial tzántzico, un happening, un escándalo aquí. Quien nos ayudó mucho en la promoción fue Magdalena Adoum, porque ella ya estaba metida preparando la revista Nueva, que salió después. En el diario El Comercio nos publicaron con un gran título: Cuatro Gritos en la Oscuridad, tal día a tal hora, te amenazamos a que asistas.

Y, luego, ¿cuál es el papel del Café 77?

Bueno, nosotros trabajamos intensamente del 62 al 63, durante la dictadura militar y cuando fue la toma de la Casa de la Cultura por parte de los militares, a finales del 63; como la mayoría éramos estudiantes de la facultad de Filosofía, nosotros pasamos en la calle Chile. A uno de sus lados (en una esquina con la Benalcázar) estaba el café, que lo puso un señor interesado en la literatura; era mecánico dental, reunió una platita y lo montó. Este café se vinculó con los de esa zona como el Café Águila de Oro y El Madrillón. Y a este señor se le ocurrió ponerle de nombre Café 77, nosotros llagábamos allí.

Al tomarse los militares la Casa de la Cultura, decidimos tomarnos el café al estilo Sartre y París, imitando el Café de Flore. Un 5 de diciembre, que comenzaban las fiestas de Quito, hicimos la inauguración del Café Cultural con una interpretación de Antonio Ordóñez sobre una obra de Martínez Queirolo: Réquiem por la lluvia, que se convirtió en una actividad contra las fiestas de Quito. El Café 77 marcó una línea de actividades culturales los martes y viernes, con las que llenamos un vacío de la ciudad, pues había una ausencia cultural en Quito que lo encerraba. Tal era el encierro que la única librería que existía era la de Jorge Icaza, que solo traía libros de Rusia, Cuba y punto. La Radio Nacional nos permitió hacer un programa que se llamó Ojo del Pozo, y nosotros concertamos en el Café 77 todas las actividades. En ese momento yo no lo sabía, pero luego, cuando entré a investigar en la Quitología, me enteré de que la casa donde funcionaba el café era la famosa casa de Marieta de Veintemilla (1858-1907), donde ella hacía las tertulias intelectuales y leía sus textos, a fines del siglo XIX y principios del XX. Ella fue una gran escritora. Como decía Octavio Paz, hay un azar magnético que nace; y allí también fueron nuestras tertulias, en la misma casa de las tertulias de Marieta de Veintemilla. Marieta presentó a Nietzsche, a Goethe, a Rodó y a autores que acá, en Quito, no se conocían para nada. Lo mismo que ella destacó y desafió, nosotros en la época de los Tzánzicos, lo hicimos en esos espacios que logramos.

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Un recital poeético en el Cafe 77.

Fíjate, a pesar del choque que puede tener, ahora en esa casa funciona la Joyería Vanitex. De alguna manera, la casa sigue guardando el oro, ¿no te parece extraño a la vez?

¡Exacto, qué buena tu metáfora! Efectivamente, yo decía cómo le enlazo y claro, simbólicamente es por el oro, qué buena reflexión Edwin, te agradezco. Ahora hay un vacío y una amnesia, es como que hay un quiebre de memoria alimentada por el populismo y un vaciamiento impresionante. Se parece al que vivimos en el año 59 y en el 60 y 63. La gente tenía miedo y los intelectuales estaban perseguidos como Pedro Jorge Vera y Adoum. El poder de expresión y las tribunas no existían, por ello el Café 77 se convirtió en la gran tribuna, incluso nos clausuraron en el año 65, acusándonos de terroristas; lo mismo en la época de Marieta, le tiraban piedras a la casa. Y los intelectuales de la época no eran cualquier persona, porque se formaron en el exilio, en Lima como Quintiliano Sánchez, quien nos recuerda que Marieta estuvo exiliada por años y que regresó a Quito a finales del siglo XIX, pero que empezó a escribir seriamente en Lima y fue una lectora voraz y una apasionada de la música y de la pintura. En 1887 se publicó en Lima su libro Páginas del Ecuador. Ella, valientemente, enfrentó la defensa del Palacio de Gobierno y a la pobre le adujeron por su apellido un ataque; claro, ella se formó para el poder, tenía 23 años cuando defendió todo eso, pero lo más importante es que fue una escritora que dominaba el francés, devoraba libros y recibía libros que acá no había, y en sus tertulias transmitía a todos esas lecturas. Igual que nosotros, pues en mis viajes yo traje y presenté a Julio Cortázar…

Lo último que señalas parece muy importante y poco conocido: tu trashumancia de una Quito cerrada a otros ámbitos, ¿por qué y cómo decidiste llegar a México, ir hasta Argentina, pasar por Colombia? ¿Cuáles fueron tus motivaciones para esa trashumancia?

Estaba estimulado por la venida a Quito del poeta Leonardo Katz, quien llegó en auto-stop desde Buenos Aires, y sus experiencias fueron un contagio para mí; bueno, luego me junté con su hermana Regina. Conocer del movimiento de los Nadaístas, del Techo de la Ballena, de los Mufados de Argentina y del Corno Emplumado y las cartas que nos escribíamos, fue un impulso. En la facultad de Filosofía se realizaban unas jornadas de periodismo a las que asistí en el año 62 y ahí leímos poesía tzántzica y algunos periodistas se entusiasmaron y me dijeron que por qué no voy y, bueno, había que ir como se pueda, ya que estaba harto de lo que pasaba aquí y desesperado por conocer cosas del mundo. No en vano me llamo Ulises, así que emprendí el viaje. Primero a Panamá, donde me invitaron a leer poesía. Para financiarme este viaje trabajé haciendo boletines de prensa para la radio HCJB, recogía información de ministerios, pero junté la plata y me pagué el avión Quito-Panamá, solo pasaje de ida. El recital fue muy bueno, con mucha gente, y me pagaron 100 dólares. ¡Imagínate en ese entonces esa cantidad de plata! Estaba loco de felicidad y con eso me fui a San José de Costa Rica. Allí estaba un extzántzico, Sergio Román Armendáriz, que se casó con una tica y me dijo: ven y organizamos un recital. Me quedé allí casi tres meses. Fue una experiencia maravillosa, me consiguieron un puesto de profesor de poesía para niños y yo tenía 23 años. Fue muy hermoso todo siendo profesor en el Conservatorio Castella, que es un centro muy bueno que hasta ahora funciona. Mi recital tzántzico fue un éxito. Luego fui a Guatemala, en plena guerrilla y casi me matan porque me hospedé en una residencia estudiantil que invadieron los militares. Pude escapar gracias al portero. Sembré el tzantzismo con la revista Quetzal, que dirigía Manuel José Arce (1935-1985), un excelente poeta. Finalmente llegué a México y al Corno Emplumado, viví en la casa de Margaret Randall y Sergio Mondragón y pasé a Estados Unidos. Me disfracé con terno y corbata para ir a ese país. Estuve con Regina en Nueva York, conocí a los beatnicks, estuve en el Café Le Metro, y ese fue el puente con el Café 77. Así comenzó el café las actividades más firmes. También así comenzó mi vinculación con el cine, con Regina vimos la película 8 y Medio, de Fellini, a la media noche del 63 al 64. Entonces me puse de consigna que esas películas había que llevarlas a Quito y abrí el primer Cine Club en abril del 64, con esas películas de Antonioni, Fellini y Visconti.

Y este recorrido que no solo implica conocer lugares, culturas, sino también gente y conocer poetas, ¿qué visión te entregó para tu poesía? ¿Cuál era tu sensibilidad luego de conocer a estos poetas en ese tránsito por América?

Muy importante esta pregunta. Yo estaba con mi poema, el que está en el libro de Poesía Viva Latinoamérica, de Aldo Pellegrini, el poema “Hombre”. Lo escribí aquí impulsado por otras formas poéticas que no eran repetitivas o nerudianas, con las que se solía escribir aquí. Eso me consolidó, pues mi carta de presentación era este poema, que es surrealista y por el que me di cuenta de que se podía escribir en otras formas expresivas. Por eso a mi regreso hice escritura automática, como decía Breton, y me nutrí mucho de eso y, además, me di cuenta de que hay una fuerza más importante que todas, que es la unidad de los poetas; en esos años era la unidad indisoluble de los poetas, uno podía llegar con su poema bajo el brazo y quedarse en el Cusco, solo golpeando la puerta de Lucho Nieto, por ejemplo, o la puerta de los amigos y decirles: ¡Aquí estoy! Igual me pasó en Bogotá, con Gonzalo Arango.

A mi regreso de Nueva York, ya bajando a Quito, se dio mi encuentro con Arango. Fue a mediados del 63 y principios del 64. Pasé por Colombia y tuve un contacto para leer poesía beatnick en Bogotá y Cartagena. A través de un amigo, nos encontramos con Gonzalo Arango (1931 – 1976) y luego del recital nos fuimos a tomar un café detrás de las farmacias, fue un encuentro maravilloso; también me encontré con Jotamario Arbeláez y con Raquel Jodorosky, que estaban por ahí. Invité a venir a Quito a Gonzalo, pero no llegó a venir, me puso una carta muy linda donde señala la ilusión de venir a Quito. Es una carta impresionante, escrita poco antes de suicidarse en la que me comentaba que estaba leyendo la poesía de los jóvenes Tzánzicos. Era un momento complicado, comenzaba la guerrilla del cura Camilo Torres (1929-1966). Yo aprendí un impulso, una ética y una identidad de poeta. No necesité premios, burocracias u otros estímulos.

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Una reunión de los tzántzicos en los sesenta, aparentemente, en casa del pintor Oswaldo Guayasamín.

Bueno, de un lado aprendes lo que debe ser un poeta, pero del otro, ¿qué es lo que estaba en el ambiente oficial cultural del Ecuador?

Es muy importante esto, porque está lo de Carrera Andrade; antes del tzantzismo, yo leía a Carrera Andrade y en el tzantzismo también leí a Carrera Andrade, pero éramos demasiado radicales en cuanto a rechazar contacto con quienes estaban en el gobierno o con quienes viajaban a los Congresos del Pen Club. A estas alturas creo que todo eso era una exageración; igual no se trataba de atacar al poeta sino la posición oficialista de las dos dictaduras militares, la del 60 y la del 70. Fíjate que en la dictadura del 70 vino aquí, como invitado de la Casa de la Cultura, Ernesto Sábato, que dio una conferencia célebre en el Palacio Legislativo y acudieron 1 500 personas. Y nosotros no fuimos a escuchar a Sábato porque esto era organizado por la dictadura militar, y tampoco fuimos a oír a Borges porque organizaba la dictadura militar, entonces, a estas alturas yo considero que fue una tontería.

Pero del otro lado, de alguna manera, se tomaba el guante, permíteme que te cite el poema «Los Parricidas», de Carrera Andrade, dedicado a ustedes, ¿qué opinas de este texto?

Es un poema tremendo y tiene la razón, lo peor es que tiene la razón.

¿Crees que se trata de un poema bien logrado?

Sí, bien logrado. En ese entonces yo conocía a Carrera Andrade, que no es que me mostró el poema sino que me contó que lo escribió como consecuencia, no tanto conmigo, sino con esa posición exagerada de chinos y cabezones, a eso se refiere; luego, leyendo ese poema le di la razón. Claro, había una exageración que se debía a la euforia. Cuando entró la C.I.A. con Philip Agee (1935 – 2008) en el Café 77, nos metieron espías de la CIA que empezaban a gritar contra el imperialismo y demás, esto creaba una euforia que los partidos, en este caso, el naciente Partido Comunista, Marxista, Leninista del Ecuador, (PCMLE) alimentaba este antiimperialismo. El poeta tenía toda la razón, porque ese era el peligro de la politiquería que él señalaba. Carrera Andrade era un embajador, no un político y, claro, hay que revisar su poesía, yo conversé con él y discutí fuertemente con algunos compañeros.

Se debe a este tipo de miras que no hay seguidores de los Tzánzicos o ¿por qué la poesía que surge, en un momento determinado, como una poesía vital e importante, tal vez como la única posibilidad de ser poeta en nuestro contexto, después, con el paso el tiempo, se va descoloriendo hasta quedarse en el gesto  de carácter político y social?

Ese fue el peligro. Y eso sucedió porque evidentemente, a nosotros nos interesaba más el acto del recital, de la lectura, y menos la publicación, no teníamos acceso a publicar y casi hubo un pacto entre los profesores de literatura y que sé yo, como para negar a los Tzántzicos y fortalecer a otros poetas.

Bueno, me parece importante la Revista Pucuna, que durante 6 años publicaron 9 números, ¡eso ya es una maravilla! Mira lo que sucede ahora, no se publica ni una sola revista literaria…

Sí, tu observación es correcta. Ya en La Bufanda del Sol se reflexionó sobre esto, un poco el desafío en La Bufanda era cuidar la estética más que la euforia y las situaciones políticas. Tu pregunta tiene que ver con la necesidad de recordar que eran situaciones violentas y complicadas las que vivíamos, y eso de ir siempre en contra no había tiempo de depurar. Revisando mi obra, yo que surgí como poeta surrealista, nunca claudiqué de hacer poesía de cartel, siempre conservando el respeto a la estética, en todo, en la presentación de las películas, en las lecturas de poesía, en todo. La euforia era política en ese sentido, tomando en cuenta la represión militar, la gente ahora no sabe lo que vivimos.

Creo que cuando aparece tu libro El ombligo del mundo, en 1966, se ve una voz iconoclasta, sin embargo, después esa voz se va diluyendo o se va adecuando o aceptándose dentro del sistema.

Quizá, esta pregunta ya me la he hecho, luego de El Ombligo del Mundo y Tiempos del Furor, viene un salto hasta Fuera de juego, en el 70, y opté por encontrar la necesidad de otras formas expresivas más abiertas como el teatro y el cine.

Después de que estuve viviendo en Cuba, años 69 y 70, como profesor en la Escuela Nacional de Arte, no es que vine con la idea romántica de hacer la revolución, pero regresé con el afán de organizar, inspirado en Gramsci, de organizar las cosas a favor de la cultura, por eso la toma de la Casa de la Cultura. Luego, la poesía en ese entonces quedó relegada y se dio paso en el Frente Cultural a la poesía más panfletaria, pero estaba en el teatro y en los cineclubes, y era difícil porque había mucha presión, primero contra los militares y luego ya era política, pues muchos ya se inscribieron en un partido político, era un momento crítico.

Con La Bufanda del Sol se abrió más y entraron críticas y autocríticas de Vinueza e Iván Carvajal, ahora tú ves, estoy en otro nivel de trabajo, en otra cosa.

Háblanos de esos momentos de tu poesía…

“El Hombre de Cuerpo entero”, un poema que me remueve mucho y que lo escribí a los 19 años, me salió de adentro. Lo leyó Cortázar en el año 67, cuando lo conocí; y cuando Aldo Pellegrini me escribió le mandé ese poema y se publicó en su Antología de la poesía viva  latinoamericana, de 1966. Otros poetas, como Juan Manuel Roca, me dijeron que me conocieron por ese poema y por esa antología, que se publicó en el 66 en Argentina.

Conocí a Cortázar en La Habana, en el año 67. Se hizo un famoso encuentro en Varadero como homenaje a Rubén Darío, dos mil poetas de todo el mundo allí por Rubén Darío, y los dos únicos ecuatorianos éramos Manuel Agustín Aguirre y yo. Allí conocí a Julio Cortázar, lo cuento en mi libro Memoria Incandescente, y salimos a caminar juntos por La Habana, miramos una película húngara. Luego, en el 76, vino a Quito, bueno casi a escondidas, y ahí está la reunión y la foto que nos tomamos los bufandos con Julio. Él marcó mucho mi existencia, lo presenté aquí, en Quito, me traje sus libros desde Varadero, vendimos Rayuela y escribí sobre él. Aparte de Pucuna había La bufanda del sol y también la Revista Indoamérica, ¡imagínate, tres revistas sacábamos en esa época! Era un tiempo en el que trabajaba como profesor de la Facultad de Comunicación y dirigía el Cine Club Universitario, además el teatro en el Frente Cultural y en la Central Obrera. Tenía mucho trabajo y, claro, la poesía se quedó guardada, pero más tarde aparecen los Furtivos, poemas furtivos (1988), y hay un corte estético y vale tu observación. Había que resolver cosas en el país, había que activar, pero eso no justifica que escribiéramos poemas casi panfletarios, era lo que sucedía en el Frente Cultural, hay que recordar que allí estaba Agustín Cueva, el más interesante de nuestros sociólogos, y también Jaime Galarza, quien cayó preso por la dictadura. Luego fundamos la cinemateca.

fachadacafe77Pero en el 2007 hice una relectura crítica para publicar mi Antología poética. Hice mucho esfuerzo al hacer la reescritura y revisión de la antología de mi poesía. Fue muy intenso el trabajo, tuve mucho estrés y me dio dos infartos: uno a la cabeza y otro al corazón. Esto fue cuando revisaba mi poesía. Justo en la presentación, en la Sala Alfredo Pareja, sentí un golpe y este había sido el primer infarto que me dio y al que me sobrepuse porque estaba presentando el libro, pero me fui a la casa y me sentí pésimo, al siguiente día me fui al médico que me revisaba por la diabetes y él tampoco detectó el infarto. Fue una cosa tremenda. Dos días después me paralicé medio cuerpo por el infarto de cabeza. Ahí me llevaron al hospital. Vendí mi apartamento para poder atender mi curación; me pusieron unos catéteres para ayudar a la circulación de la sangre y tuve cuatro meses de encierro en mi casa hasta que el seguro me cubriera. Con estos tubitos, no podía moverme; al final, me colocaron un aparato y ahora estoy controlado. Tomo 10 pastillas por día, sé que debo tener mucho cuidado. Y en esos cuatro meses de encierro escribí El ojo escucha, donde reviso mi estética poética, hablo de la muerte y recuerdo a Sor Juana Inés de la Cruz. Es un poema reflexivo, me lo publicaron en Nueva York. Este libro es muy importante y cambia la fase de mi vida poética y es lo que reflexioné encerrado, esperando la muerte o la vida.

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Un programa radial tzántzico.

Hoy tenemos una actividad poética importante, vital, hay jóvenes con grandes inquietudes, pero, en definitiva, es una actividad desarticulada que no logra cuajar en revistas, grupos literarios ni editoriales independientes. ¿Qué opinas tú?

Has trazado un cuadro muy acertado, ahora se ve lo cuantitativo y no lo cualitativo. Al parecer está la necesidad de publicar lo que está en el candelero. Y te vas dando cuenta de que nuestro subdesarrollo, en cuanto a estar en el mundo, y nuestro provincianismo, sigue en el momento en que los poetas quieren publicar, estar en los cócteles, presentar los libros, es cuantitativo. Pero no piensan en la trascendencia íntima, no de premios o de fama, sino de propuesta poética. Yo no busco un reconocimiento exterior, el reconocimiento debe ser por uno mismo y dentro del transcurrir de un camino.

Hay un afán editorial, lucrativo, la presencia de los blogs famosos, de Facebook, Twitter, creo que son un engaño tremendo, porque se cree que si tienes un blog ya estás en el mundo. Si mandas tu poema a miles de personas de Facebook es una mentira, es un engaño esta modernidad tecnológica. Todavía no hay un proceso para entender las comunicaciones y sus avances, hay una confusión total. Creo que no se hace un esfuerzo por hacer poesía trashumante, de romper barreras. Todos ahora esperan becas, premios, reconocimientos, publicaciones, ayudas y se vive una situación muy lamentable. Frente a una sobreoferta de escritores se está pensando con el marketing, no sobre el transcurso de la obra. Cuando les pregunto del primer poema al último de la obra: qué has pensado, como tú me preguntas ahora: qué has pensado de tu poesía, cuál es la visión… al margen de que tenga 25 años o 70 años… hay una decadencia, y más ahora que los poetas están de ministros.

Digo que el diálogo es necesario no solo para ponerse de acuerdo con el coideario, sino para discernir, debatir, polemizar con el contrario. Primero hay que leer al otro. ¿Debería existir esta humildad?

Antes de los Tzánzicos era así, y ahora vuelven a esa etapa paternalista y de comadres, yo diría, ahora, al chiste. En presentaciones de libros lo que está de moda es el saludo “entrañable”, el ¡Hermanito, qué bueno que estás aquí! Y todos son entrañables, hermanos, compadres, pero es un grupo reducido que produce una fragmentación mayor. Hay que gestionar las cosas, hay que hacerlas pero con un objetivo común, no con individualismo, debe haber generosidad para sentarse juntos, mas lo que hay es una rivalidad y mucho egoísmo.

Bueno, te cuento que Raúl Arias ha propuesto sacar la Pucuna 10, pero nadie le contesta de los Tzánzicos, solo yo le contesto porque no estoy de acuerdo, ya que no se trata de revivir eso. El Pancho Proaño tiene el objetivo de revivir una tercera etapa de La Bufanda del Sol, no hay el valor de estar juntos. La gente tiene miedo, miedo para todo. Hay prohibiciones para hablar, hay represión a los periodistas y hay miedo a sentirse juzgados y desplazados. Se está respetando a un status quo de un grupo minúsculo. Hay un ascenso de poetas a los ministerios, se mantiene una defensa a una fidelidad ficticia, que es la fidelidad a la Revolución Ciudadana, entonces lo que hay que retomar es el tema de hacer cosas sin miedo…

Hablas de Camilo Torres, el empuje de la Revolución Cubana, El Che y, claro, había el ideal con la consigna: ¡Hasta la victoria siempre! Recién pasado el siglo, tienes un presidente que termina sus discursos con esta misma frase. ¿Cómo entiendes esto?

Hay una esquizofrenia política que ha devenido por todo el contexto mundial, hay una tendencia del ALBA de Chávez y una desfiguración de la Revolución Cubana; a partir del 89 y la Caída del Muro, todo lo que se consideraba inmutable cambió. Quizá las personas demasiado románticas con el comunismo no se repusieron y, al tener el esquema del neoliberalismo, entraron en este socialismo del Siglo XXI. El único que puso puntos sobre las íes fue Bolívar Echeverría y ahora lo quieren recoger a favor del gobierno. Es una confusión la que se vive. El problema es que ya no hay la unidad de los poetas trashumantes, ya nadie se lanza a hacer algo si no le pagan bien, ya nadie se marcha haciendo autostop. Esto es un consumismo tremendo, una decadencia y, para entrar allí, hay que claudicar. Como nunca en la historia de este país, están los servicios que los poetas prestan al gobierno y, además, hay una ignorancia de cómo se consolidan presencias indiscutibles. Vas a Colombia, Perú, Chile, Argentina y encuentras un movimiento de creadores respetable. Otro error que se comete es invitar a la gente a reuniones, encuentros de poetas o cineastas cuando no hay realmente encuentros con el poeta, no se han leído, no se han conocido y siempre pasa lo mismo en todos los encuentros, no se fomentan verdaderos intercambios. Se ha llegado a un nivel muy alto de manipulación de figuras como la de Bolívar Echeverría.

Yo estoy planteando una revisión crítica de lo que hay que hacer con la cultura, a partir del cambio de autoridades que se dará en la Casa de la Cultura, en el próximo año. Estoy planteando un espacio de reflexión en el 2012, hay que volver a debatir, intercambiar ideas y reflexionar y conjugarlas, hay que juntar fuerzas en una nueva etapa, sin vanidades. No solo hay la piel del miedo sino la feria de las vanidades, todos se sienten grandes pintores, cineastas y poetas, es una epidemia.

5 COMENTARIOS

  1. ¡Gracias por compartir la entrevista, Edwin! – Ulises fue mi profesor del colegio. Aprendí mucho de él. Posiblemente no te acuerdes de mi, pero tú y tu hermano fueron amigos de mi infancia. Ustedes eran mucho mayores que yo. También aprendí mucho de ustedes. Es muy agradable leerte. ¡Un abrazo!

  2. Muy interesante y entretenida la entrevista. Felicitaciones. Ulises fué una gran persona y ahora conocemos muchos aspectos de su vida que nunca fueron divulgados. Gracias por la publicación.

  3. Excelente exposición sobre una realidad a la que Ulises siempre lo comentó. Conocí a Ulises de paso por Nueva York (1964). Luego me citó a la CCE de Quito para entregarme películas ecuatorianas para ser presentadas en Ramapo State University donde daba un curso sobre «Literatura Latinoamericana» basada en obras de teatro o de cine». En 1999 me entregó 16 video-tapes los mismos que expuse durante dos semetres o sea un año universitario completo. Tales videos hoy se encuentran en las bibliotecas de estas universidades como » recuerdo del Ulises ecuatoriano» como él mismo los dedicó, junto a otros textos literarios enviados por Claude Lara (208) Ministro del Servicio Exterior y de Cultura en esos días. Edwin Madrid presenta oportunamente y revisa con sus preguntas lo que Ulises realmente pensaba de una forma lúcida a pesar de sus dolencias, cuando aclara que a «los escritores ahora les hacen minstros» por lo tanto ya «son poetas muertos según los beet » y añade que éste es signo de «decadencia» y aislmamiento de pensamiento literario. Habla de Bolívar Echeverría que vivió aislado sin querer saber nada de su Patria justamente por su «estado de corrupción absoluta» como se expresó en nuestro encuentro en su casa, en enero 3 del 2010 donde se restablecía de alguna forma de sus dolencias sin que «nadie» preguntara por él y menos su Patria.

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