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Yo siempre amé tu locura

Dani Game se desdobla en un relato que tiene de neurosis y de psicosis, como cualquier experiencia amorosa cruda, o vivir.

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Por Dani Game / @danigame

Bien o mal son dos palabras que pronuncio de una forma peculiar en mi cabeza desde hace ocho años, como calificativos después de cada encuentro entre tú y yo. Admito que desde que vivimos juntos he aplazado la calificación, ya no la separo por eventos, ahora prefiero levantarme al desayuno, dejar que termine –casi siempre mal– y me entrego a las probabilidades de las horas por venir para que algo esté bien contigo.  Así, cuando llega la noche, solo puedo decirme que el día estuvo bien o estuvo mal después de que dejas la peinilla en el velador, tu respiración se hace profunda, tus brazos me sueltan y estoy seguro de que te has quedado dormida.

Ayer tomamos dos botellas de vino durante la cena, poco para nuestro promedio, poco para un viernes en la noche que siempre puede terminar mal. Salimos apurados del restaurante porque hubo un momento donde todo estuvo bien, solo nos miramos y nos dimos besos larguísimos. Miré tu boca y recordé la fascinación que tuve cuando te conocí; hablabas poco, pero cuando lo hacías no dejaba de imaginarme que alguien jalaba de tus labios con un hilo transparente.  Cada palabra que pronunciabas parecía un beso.

De camino al metro todo parecía estar bien, hacía frío y te pusiste tu gorro, yo miraba al piso y reía un poco porque la calificación se adelantaba contigo despierta. Todo iba a estar bien antes de que terminara el día. Sonreías, sabíamos que íbamos a hacer el amor, que la noche solo servía para eso. Me tomaste de la mano. Después de años tenía tu mano atrapada en la mía. Mientras cruzábamos las líneas del concreto mojado yo estaba feliz como solo puedo estar feliz contigo; con un profundo miedo de que en cualquier segundo todo esté mal.

Sentados en el vagón conversábamos de nada, de esas cosas que dices y de las que nunca me acuerdo, pero que son las que me dejan mirarte cuando hay calma, cuando no te hundes, cuando no nos destruyes. Me comentabas algo del restaurante, qué se yo. Solo afirmaba con la cabeza, la emoción me ponía estúpido, íbamos a hacer el amor después de tanto tiempo.

Y sucedió lo único que nos sucede; esas milésimas de segundo que me entregan a la certeza de que frente a tu locura no soy nadie. Te sacaste el gorro para dejar caer tu cabello rubio y delgado. Sacaste la peinilla de la cartera y las miradas de los acompañantes del vagón se apoderaron de ti. Empezaste a cepillarte, frenética.

Tu rito, tu vida es así: comienzas a cepillar de la mitad hacia las puntas, del lado izquierdo, del lado derecho, de atrás. Luego cepillas desde la raíz, lo mismo; lado izquierdo, lado derecho, atrás, una vez, dos veces, cien veces. En el mayor momento de desenfreno, llegas a las puntas con furia. Tu pelo se rompe.  Agarras los cabellos que se quedan prendidos en las púas de la peinilla, los dejas en la palma de tu mano y los miras como si fueses a encontrar ahí la verdad, pero te rindes y los sueltas al piso para comenzar de nuevo. Esa es tu locura; cepillas tu pelo una y otra vez, no me hablas, no me miras.

Solo la gente del metro me miró y preferí agachar la cabeza. Desde mi rincón traté de identificar a quién le daba más miedo tu cepillado voraz, a quién le daba náusea ver que durante diez minutos solo se había hecho más intenso. Miré los rostros de los otros en el reflejo de las ventanas. Un joven se reía disimuladamente y una chica te miraba perpleja, como tratando de entender por qué no parabas si ya estabas peinada.

Lo peor vino después, cuando todos me miraron y se percataron de  mi cara de vergüenza, de no saber qué hacer cuando solo quiero arrancarte la peinilla de una vez y arrancarte el cabello también, dejarte calva, dejarte sin fuerzas. Pero no puedo y ellos no entendieron ni entenderán que volví y volveré siempre a casa para saber que todo estuvo mal. No hicimos ni haremos el amor.

Al llegar te quedaste cepillándote la vida. El vino hizo efecto y acepté que tenía sueño, acepté que algo no claudica en mí, que espero aún la calificación del día siguiente. No dejo de esperar, a ver si cambia, sí, a ver si cambia la calificación porque yo, yo siempre amé tu locura.