La inestabilidad geopolítica incrementa la vulnerabilidad de 6 000 millones de personas que dependen de los combustibles fósiles que provienen de otros países. Por eso, las energías renovables representan más que nunca un potencial factor de transición energética para la región.
La guerra en Medio Oriente reaviva el debate sobre seguridad energética. América Latina tiene sol, viento y agua en abundancia, pero capta apenas el 5% de la inversión mundial en energías renovables.
A pesar de las potenciales ventajas, la transición energética presenta un nuevo dilema: ¿podrá América Latina dejar de ser únicamente la fuente de extracción de minerales críticos para el impulso de energías renovables o aprovechará su oportunidad como protagonista y protector de sus ecosistemas?
Por Javier Lewkowicz
Como ocurrió con la pandemia y con la invasión de Rusia a Ucrania, la guerra en Oriente Medio vuelve a colocar la energía en el centro de la agenda. El corte del suministro por el estrecho de Ormuz y el disparo de los precios del petróleo y el gas recuerdan, una vez más, cuán expuestas están las economías que dependen de los hidrocarburos a decisiones que se toman a miles de kilómetros.
Frente a esa fragilidad estructural, las energías renovables ofrecen algo que ningún productor extranjero puede arrebatar: recursos propios, precios estables y suministro que no pasa por ningún estrecho. América Latina, con su abundancia de sol, viento y agua, está mejor posicionada que la mayoría de las regiones para capitalizar esa ventaja.
Aunque varios países avanzaron significativamente en la última década, el ritmo no fue suficiente: las debilidades en las redes de transmisión y las dificultades de financiamiento frenaron el despliegue. Al mismo tiempo, los países productores buscan ampliar su actividad petrolera y gasífera en un contexto de precios altos, en contramano de la transición.

Incertidumbre estructural
«La elevada exposición de América Latina y el Caribe a la volatilidad de los mercados internacionales de hidrocarburos representa uno de los principales riesgos estructurales para la seguridad energética regional. La transición hacia una matriz con mayor participación de fuentes renovables puede desempeñar un papel decisivo en la mitigación de estos riesgos», advirtió la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) en un reciente informe.
Desde el 28 de febrero, cuando estalló la guerra en Oriente Medio, el suministro de petróleo y gas por el estrecho de Ormuz está prácticamente paralizado. El conflicto disparó los precios de los hidrocarburos y expuso la fragilidad de un sistema energético sometido a los vaivenes geopolíticos.
No se trata de una novedad: es la reafirmación de una incertidumbre estructural sobre la fiabilidad de las cadenas de suministro. La política arancelaria de Donald Trump, las tensiones entre China y Estados Unidos, la pandemia y la guerra en Ucrania forman una cadena de crisis que devolvió centralidad al autoabastecimiento energético.
Las energías renovables en América Latina
En este contexto, las energías renovables adquieren una relevancia estratégica que va más allá del cambio climático: contribuyen a la seguridad del suministro, estabilizan los costos de generación y reducen la exposición a shocks externos. «Sin lugar a dudas hacen un aporte para reducir la vulnerabilidad en términos del abastecimiento energético», señala Elisabeth Mohle, investigadora en el centro de pensamiento Fundar de Argentina.
Según Naciones Unidas, hay seis mil millones de personas en el mundo que dependen de combustibles fósiles de otros países, lo que las hace vulnerables a las crisis y perturbaciones geopolíticas. En contraste, “las fuentes de energía renovable están disponibles en todos los países y su potencial aún no se ha aprovechado por completo. La Agencia Internacional de Energías Renovables estima que el 90% de la electricidad mundial debería provenir de renovables para 2050.
La región parte con ventaja: la generación renovable representa entre el 65 y el 70% de la matriz eléctrica regional, cifra que contrasta con el 42% de la Unión Europea, el nivel similar de Estados Unidos y el 40% de China. Una particularidad de esa matriz es el peso dominante de la hidroelectricidad, con el 51% del total, seguida del gas natural (20,4%), eólica y solar (15%), petróleo y derivados (4,5%) y bioenergías (4,3%). Los países que igualan o superan el 60% de energías renovables en su matriz eléctrica son, en orden ascendente, Chile, Guatemala, Ecuador, Colombia, Belice, Brasil, Venezuela, Uruguay, Costa Rica y Paraguay.
Fuente: Comisión Económica para América Latina (Cepal). Los porcentajes corresponden al último dato disponible por país.
Países líderes
En Brasil, la economía más grande de la región, las renovables cubren casi el 45% de la demanda de energía primaria, lo que ubica a su sector energético entre los menos intensivos en carbono del mundo. A la base histórica de la hidroelectricidad y los biocombustibles se suman avances en eólica y solar, impulsados por créditos del gobierno y exenciones fiscales.
Chile duplicó en cinco años la participación de la energía solar en su matriz, que hoy alcanza el 22%, y la AIE lo reconoce como «líder mundial» en energías limpias. Uruguay, por su parte, cuenta con prácticamente la totalidad de su matriz eléctrica de base renovable: hidroeléctrica (46%), eólica (34%), biomasa (14%) y solar (4%). Costa Rica también genera casi toda su electricidad con renovables, con predominio de la hidroenergía, seguida por la geotérmica y la eólica.
«Uruguay y Costa Rica son prueba de que se pueden generar esquemas específicos para hacer uso de las energías renovables, así como Brasil, Colombia y Chile de cómo integrarlas para diversificar sus matrices. América Latina debe acelerar esa integración en los sistemas eléctricos y de transporte, buscando además mayor articulación entre subregiones», indica Alejandra López Carbajal, directora de Diplomacia Climática del centro de pensamiento y acción latinoamericano Transforma.
Además de sus beneficios ambientales y de seguridad energética, el avance en energías renovables tiene sentido económico. Según la ONU, más del 90% de los nuevos proyectos renovables son hoy más baratos que las alternativas fósiles, y la energía solar y la eólica marina cuestan un 41% y un 53% menos, respectivamente.

Camino de descarbonización
América Latina y el Caribe ocupa el tercer lugar entre las seis regiones del mundo en descarbonización, aunque esa posición refleja más la tradición en hidroelectricidad y biocombustibles que una transformación reciente: el Índice de Transición Energética del Foro Económico Mundial registra apenas un avance del 1,2% en los últimos diez años, por debajo de otras regiones.
El ritmo de inversiones está lejos de lo necesario: se estiman 70 mil millones de dólares invertidos en 2025, frente a los 150 mil millones anuales que requiere la AIE para llegar a 2030. «A pesar de las ventajas en cuanto a recursos, la región está un 31% por debajo del promedio mundial en financiamiento e inversión», señala el Foro Económico Mundial.
«La región es reconocida por su matriz energética limpia, y ese mix renovable ayuda a amortiguar la volatilidad de los combustibles fósiles. Pero si miramos la oferta primaria de energía, el 67% sigue siendo de origen fósil. Además, la electrificación de los usos finales es baja y la movilidad sustentable avanza muy lento», señala Ignacio Sabbatella, investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) de Argentina.
Los fósiles siguen avanzando
El alza de precios y la escasez de suministro, además de golpear a los países importadores, genera incentivos para los productores de petróleo y gas, que podrían ver incrementados sus ingresos por exportaciones. Según la Agencia de Información de Energía de Estados Unidos, desde 2023 el crecimiento de la producción mundial de crudo fue impulsado por países fuera de la alianza petrolera OPEP+, con Guyana, Brasil y Argentina representando casi un tercio del avance global. México, Colombia, Bolivia y Ecuador también tienen grandes proyectos en desarrollo.
Estudios anticipan que el sector de hidrocarburos de la región se mantendrá firme hasta 2040 antes de iniciar un descenso gradual, apuntalado por la producción competitiva de Brasil y los nuevos desarrollos de gas no convencional en Argentina.
Pero los beneficios para los países exportadores no son lineales. Sabbatella advierte que la posibilidad de vender más caro los hidrocarburos no puede desvincularse del «impacto inflacionario por el encarecimiento de las mercancías, el transporte y los fertilizantes». Estudios muestran que el traslado a precios de los aumentos internacionales fue mayor en economías más dependientes de los fósiles que en aquellas con mayor presencia de renovables. El FMI matiza esta «coincidencia divina» entre descarbonización y menor inflación importada: las políticas de subsidios y el grado de apertura de cada economía pueden acoplar o desacoplar los precios internos de la electricidad respecto de los internacionales.
Para Mohle, la volatilidad extrema de los precios es en sí misma un argumento para acelerar la transición: «La fluctuación tan brusca es un incentivo para que todos los países que pueden incorporar renovables lo hagan y se aíslen un poco».
Potenciar las inversiones renovables
Uno de los grandes desafíos es el déficit de infraestructura de transporte eléctrico. A nivel regional, se calcula que solo la expansión de la red requerirá unos 30 mil millones de dólares anuales hasta 2030. «A diferencia de la electricidad a base de gas natural, que permite ubicar la generadora al lado del centro de consumo, las renovables necesitan redes de transporte, una infraestructura pública costosa. En Argentina, las redes están saturadas y la posibilidad de sumar más parques de gran escala está cerrada por ese motivo», explica Mohle. La resolución de ese cuello de botella depende de la inversión pública y del acceso al financiamiento internacional, dos variables que en el caso argentino están muy limitadas.
El potencial sin explotar es enorme: desde el desierto de Atacama hasta los corredores eólicos del noreste de Brasil y la Patagonia, la región aprovecha apenas el 1% de su potencial solar, el 10% del eólico y el 30% del hidroeléctrico. Y sin embargo, América Latina y el Caribe captó solo el 5% de la inversión privada mundial en energías limpias en 2024 y el 4% del capital total destinado a la transición energética.

¿Una nueva dependencia?
Avanzar en la transición es una recomendación compartida por prácticamente todos los expertos. Pero el modo en que se desarrolle ese proceso determinará si la región gana o pierde autonomía, y cuánto impacto tiene en el desarrollo económico nacional. El vector central es China: proveedor dominante de bienes de capital para la industria renovable y, al mismo tiempo, principal demandante de los minerales críticos que la región exporta.
«América Latina tiene un rol importante como proveedora de minerales estratégicos para las tecnologías renovables, pero no en su procesamiento ni en la elaboración de productos finales, donde es muy dependiente del equipamiento importado, sobre todo de China», advierte Sabbatella.
Para Mohle, el riesgo tecnológico es real pero más manejable que el de los combustibles: «No va a haber un hecho puntual que corte el flujo de importación de esa tecnología como sí ocurre con el combustible. Es un riesgo más planificable».
Alejandra López Carbajal agrega la advertencia sobre el modelo extractivo: «Es fundamental evitar que la expansión del uso de minerales críticos cree nuevos sistemas extractivos y que la región quede atrapada en el rol de proveedora de materia prima, sin enganchar en los procesos de manufactura y producción de tecnologías renovables que hoy acapara China».
Este artículo es parte de COMUNIDAD PLANETA, un proyecto periodístico liderado por Periodistas por el Planeta (PxP) en América Latina.

