Por Koya Shugulí

He tenido la oportunidad de compartir espacios de liderazgo con mujeres políticas. Las lideresas de izquierda y derecha tienen más en común de lo que ellas mismo creerían en un mundo gobernado por hombres. Cuando dialogo con varias de ellas, ni siquiera parece haber banderas, pero sí muros construidos por el patriarcado. Todas comentamos sobre nuestras experiencias políticas: cómo fue llegar a ser candidatas, cómo fue la campaña para llegar a un puesto de elección popular y, finalmente, para las pocas que lo lograron, cómo fue ejercer el cargo.
Pese a defender banderas distintas, las experiencias se asemejan. Unas mencionan lo difícil que es ser tomadas en serio dentro de sus partidos y movimientos políticos nacionales o provinciales. Hablamos de lo mismo: machismos y micromachismos a la vuelta de la esquina. A nosotras nos preguntan dónde vamos a dejar a los hijos o quién va a cuidar nuestra casa, como si las tareas de cuidado fueran de nuestra exclusiva responsabilidad. ¿Por qué esas tareas son siempre el tema con el que nos quieren atacar, como haciéndonos sentir malas madres o malvadas esposas por buscar un cargo político? Es imposible que esto ocurra con nuestros compañeros hombres, quienes jamás son juzgados por su papel como padres y esposos.
Luego hablamos de la imagen: a las lideresas políticas se les exige que cumplan estándares de belleza, que su vestimenta sea pulcra y discreta, que sigan normas de recato y decencia. Mientras que a nuestros compañeros hombres jamás se les ha exigido o criticado su sobrepeso, su forma de vestir o su calvicie… Parece haber un doble estándar que va más allá de la moralidad. A las mujeres se les exige perfección; a los hombres apenas que quieran ser políticos.
Incluso cuando se traspasa la barrera de lo político y se llega hasta lo empresarial, mientras a las mujeres se nos investiga por nuestro pasado o presente afectivos (si estamos con pareja o si estamos casadas, cómo fue que llegamos a ocupar tal o cual cargo), a los hombres este tipo de preguntas jamás se les hace. Se los toma con mayor seriedad y por tanto con mayor respeto al momento de elegirlos como candidatos principales para los cargos de elección popular, desde juntas parroquiales, pasando por prefecturas, alcaldías e incluso y aún más, para la Presidencia.
En un país donde el 51% de la población está compuesto por mujeres y en el que el 60% de ellas viven o han soportado cualquier tipo de violencia, las escasas mujeres que han llegado al poder han replicado acciones machistas en contra de otras. El ser mujer no quita lo machista. A pesar de saber y entender el duro proceso que se atraviesa para llegar a cargos de decisión, no solo replican machismos sino que no hacen nada por defender la agenda de las mujeres. Se olvidan por completo de cuánto les costó llegar a ese lugar e imponen agendas clasistas, racistas y poco empáticas con sus congéneres.
Ahora no solo es importante que lleguen mujeres al poder, sino que ellas abran espacios para una igualdad reivindicatoria a futuro con sus propias compañeras y con las cientos de organizaciones que hoy luchan para que los derechos de las mujeres sean una realidad.
¿Hasta cuándo mujeres de derecha e izquierda vamos a permitir que esto continúe como hasta hoy? ¿Cuándo vamos a confiar en nosotras mismas para dirigir las riendas del Estado?
Las candidatas sobran. Hay mujeres excelentísimas con diferentes banderas políticas. La determinación de lograrlo debería ser nuestra bandera en común. Mi más grande reconocimiento a todas las que han luchado para que otras podamos seguir dando pasos hacia adelante. Queda convocarnos y unirnos para que mañana seamos más en puestos de decisión, en donde nuestras agendas sean tomadas con seriedad y podamos vivir la anhelada igualdad que por ahora solo se ve en elocuentes pero vacíos discursos políticos.
Que cada vez seamos más. Es el momento y es el lugar. ¡Unámonos, hasta ponerle fin al patriarcado! Que nuestra bandera sea la igualdad.


