Ser madre, ser abuela, ser mujer indígena en Ecuador

tinta negra

Por Koya Shugulí

pulpo

Llega el Día de la Madre y regreso a ver a la mía propia. Veo en sus ojos plasmado el dolor que tuvo que atravesar al ver a su madre −mi abuela Zoyla− ser ultrajada por un sistema opresor, patriarcal, violento. El ver cómo su propio padre −mi abuelo− la mataba a golpes. Ensangrentada, mi abuela Zoyla Saransig se levantaba para preparar una sopita con dos fideos y daba de alimentar a sus hijos e hijas, siete en total. Ellos comían apenas el caldo. Si es que había algún hueso, algún fideo, alguna sustancia, era para mi abuelo. Ella, mi hatun mamita, no comía. Y no comió. Siguió sin comer, en una pobreza extrema, hasta que la anemia crónica no le permitió afrontar un cáncer que al final le quitó la vida.

Mi abuelita tuvo una vida tan desdichada que a veces parecería que la muerte era su única salvación frente a tanto dolor. El machismo la dejó miles de veces en el piso, ensangrentada en manos de un borracho que solo volvía para pegarle una y otra vez.

La violencia que sufren las mujeres indígenas es tormentosa.

En Ecuador se habla que 8 de cada 10 mujeres indígenas han sufrido violencia. A esto se suma un sistema que las condena a la pobreza extrema. Mi abuela Zoyla, con sus siete hijos, vivía en un cuarto del tamaño que hoy sería el de mi habitación, en un barrio en donde el pan de cada día era la pobreza.

Esta no es una historia poco común. Hasta hoy las mujeres indígenas son las más pobres entre los pobres. Según la Cepal, la mayor tasa de pobreza por ingreso (49,3 %) en América Latina y el Caribe corresponde a las mujeres indígenas, mientras que los hombres indígenas alcanzan la cifra de 48,4 %.

Si lo medimos por tiempo, las mujeres dedican 86,3 horas semanales al trabajo remunerado y al no remunerado. En contraste, los hombres solo les dedican 62,1 horas a la semana. Cinco de cada diez indígenas son pobres por ingresos, es decir que viven con USD 84,82 mensuales. Pero los hombres indígenas cuentan en la semana con un día completo libre más que las mujeres. La mayor carga de trabajo no remunerado la tienen las mujeres indígenas (55,8 %), pero también les corresponde la menor tasa de afiliación a la seguridad social (18,8 %).

El índice de analfabetismo en niñas y mujeres indígenas en Ecuador alcanza un 26,7%. Mi abuelita tuvo que enfrentar el racismo estructural: una sociedad que la trató como objeto de intercambio. Pasó de su padre a su esposo, de su esposo a sus patrones, sin vida propia, solo siendo víctima del ultraje del poder y de la pobreza. Sin embargo, sin tener ella acceso a educación, envío a sus hijos a educarse. Luchó por ellos en un país donde los indígenas no valían nada. Eran apenas la servidumbre de familias acomodadas.

Hoy hay quienes usan el sobrenombre genérico ‘la María’ para hablar de mujeres indígenas como mi abuela, como mi madre. Como si esas mujeres no tuvieran pasado. Como si no tuvieran un pasado como el de mi hatun mamita.

Hoy veo en mi madre a una mujer fuerte, determinada. Ella recuerda con nostalgia a su madre y cómo el sistema la mató, cómo la sociedad intentó olvidarla y cómo el patriarcado la enterró. Pero veo también que sus hijas e hijos logramos cambiar esas historias. El pan que ella no comió permitió que sus hijos hoy veamos la luz y sigamos luchando por mejores días.

Hoy vuelvo a ver a mi hatun mamita y sé que su esfuerzo no fue en vano. Quisiera hoy que sienta orgullo de las mujeres que crió y de las nietas que reivindicamos su historia de verdadero sacrificio, una vida que no debió ser tomada por la violencia, el racismo y la pobreza.

A pesar de que hay todavía quienes no consiguen comprender la lucha indígena, quienes creen que nos victimizamos, que vendemos una historia romantizada de dolor, resistencia y lucha, hoy tenemos la oportunidad de que miles de mujeres indígenas alrededor del planeta reivindiquen la voz de sus abuelas y de sus madres y luchen por los derechos y la dignidad de los pueblos y las nacionalidades indígenas. Que el verdadero sentido de la lucha indígena nos una y nos permita enaltecer el trabajo, el sacrificio y la lucha de las mujeres indígenas hoy y mañana, todos los días, hasta que la dignidad se vuelva costumbre.

Zoyla Saransig, mi hatun mamita, la violencia patriarcal, el racismo estructural y la pobreza extrema jamás silenciarán tu voz.


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