Sí se puede: el milagro de lo imposible

Jaime Iván Kaviedes celebra el gol que llevó a la primera clasificación de la selección ecuatoriana a un mundial de fútbol, en 2001. Foto: Imagen tomada de la cuenta de X del comunicador deportivo Antonio Ubidia.

Por Alejandro Veiga Expósito y Miguel Molina Díaz

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Cuando terminó el histórico partido en el que la selección ecuatoriana de fútbol le ganó a la alemana, un amigo nos dijo: “Esto es tan ecuatoriano”, refiriéndose a la contradicción que representa la incapacidad del Ecuador para ganarle a Curazao, pero sí a la cuatro veces campeona del mundo. Antesala, aquella, de su eliminación del Mundial tras su derrota ante México. ¿Por qué tiene el Ecuador esa tendencia autodestructiva? Esa necesidad masoquista de elegir el camino más difícil o, de paso, de aferrarse a la posibilidad improbable de un milagro.

Si hablamos de mundiales, la fecha clave para la historia del fútbol ecuatoriano fue el 7 de noviembre de 2001, cuando Alex Aguinaga, el mítico y cerebral capitán de la selección, pasó la pelota al enfant terrible Jaime Iván Kaviedes, que metió un gol de cabezazo contra Uruguay. Logró el empate y la primera clasificación al mundial. Electrizada, la sociedad ecuatoriana aceptó y abrazó el milagro. Lo imposible se hizo real. Se había acabado el maleficio de la intrascendencia, de la inexistencia. Solo había pasado algo más de un año de la peor crisis económica de la historia, que implicó la quiebra de la mayor parte del sistema financiero, una recesión sin precedentes, una migración masiva, desempleo, pobreza, el colapso del sucre como moneda oficial y la difícil pero inestimable solución de la dolarización. En aquel 7 de noviembre un país inviable descubrió, gracias al fútbol, que podía recobrar su derecho a existir. En un contexto similar, tras una década de la peor crisis humanitaria que ha visto Latinoamérica, el 17 de marzo de 2026, Venezuela ganó la final del Clásico Mundial de Béisbol. Un país intervenido, prácticamente sin gobierno, con una economía también dolarizada y más de 8 millones de personas emigradas a otros países, le ganó a auténticos gigantes como Japón y Estados Unidos.

En aquella ocasión, la del mundial de Japón y Corea, Ecuador perdió con Italia y con México, y le ganó a Croacia. Se quedó en la fase de grupos. Pero algo había cambiado, quizá para siempre. El Ecuador contemporáneo se volvió capaz de la catarsis y del proyecto de Estado-nación, tan frágil hasta entonces.

En 1822 Bolívar había decidido que los territorios de la extinta Real Audiencia de Quito fueran el sur de Colombia. San Martín, al decir de Borges, “un militar europeo, extraviado en un continente que nunca comprendió”, dejó el destino de Guayaquil y de América del Sur en manos de un carácter que con mayor determinación se le impuso. Tras la constituyente de Riobamba de 1830 se inicia el largo y difícil camino para que el Ecuador, en lugar de una traición o el símbolo de un fracaso, sea su propio proyecto a largo plazo.

Las causas de la inestabilidad de ambos países –el tan largo estado de crisis permanente– son varias y van desde el regionalismo, la incapacidad −de la independencia y la república− de lograr superar los problemas sociales, o la defensa de un modelo económico hacendatario, extractivista, defendido por clases políticas con intereses cortoplacistas, capaces de causar constantes colapsos constitucionales y rupturas del orden democrático. Los mismos noventa decantan, además de la crisis económica, en una crisis política que implicó tres derrocamientos de presidentes y dos colapsos de constituciones en diez años, en la transición y el inicio del nuevo siglo. En ese contexto, Ecuador clasificó para el mundial de Alemania de 2006, en el que logró, tras ganar a Costa Rica y Polonia, llegar a octavos de final. Fue desplazado por Inglaterra, con un gol de David Beckham. Pese a las crisis, el Ecuador sintió que ya se codeaba con los grandes. Veinte años después, en un contexto socio-político similar, Venezuela haría lo mismo pero en el béisbol.

Aquí confluyen dos capacidades del evento deportivo. Por un lado, nos hace pensar a nivel teórico, despierta una capacidad de abstracción contraintuitiva, nos hace lidiar con la contradicción: ¿cómo somos capaces de lo mejor y de lo peor? De no poder construir un proyecto de país, pero batirnos mano a mano con las grandes selecciones del mundo. Por otro lado, en el evento deportivo nos vemos obligados a confrontar, como en ninguna otra parte, que lo imposible es posible, que el milagro es real y está en nuestras manos.

El evento deportivo automáticamente nos arranca de la cotidianidad y nos hace experimentar lo sublime, para pensar en una forma diferente: ¿por qué el jugador no hizo esta otra jugada? ¿por qué el entrenador no hizo este cambio? ¿qué estaba pensando cuando metió a tal jugador? ¿por qué siempre elegimos el camino más difícil? No en vano los entrenadores de fútbol más venerados, como lo fue Bielsa, lo son no tanto por sus resultados sino por su capacidad de reflexión teórica.

Momento en el que Jaime Iván Kaviedes anota el gol que llevó a la primera clasificación de la selección ecuatoriana a un mundial de fútbol, en 2001. Foto: Imagen tomada de la cuenta de X del comunicador deportivo Antonio Ubidia.

Una manera en la que el capital intenta domar esta capacidad autorreflexiva del evento deportivo es a través de las estadísticas y las apuestas, o lo que se llama hoy día las métricas de estadísticas avanzadas. Constantemente, estas estadísticas intentan predecir qué es lo que va a suceder en el evento deportivo y crean un conocimiento analítico del juego. Esto ha traído una división dentro del deporte, en la que supuestamente parece que la comprensión teórica del juego es a través de las estadísticas. Pero claramente estas estadísticas desarrollan una comprensión totalmente falsa del juego. Hay múltiples ejemplos de cómo las estadísticas no reflejan la realidad de lo que pasó en el juego, que cualquier persona puede ver.

El elemento reprimido sobre el que la industria de análisis estadísticos se sostiene es que la única razón por la que el evento deportivo tiene un interés es porque no sabemos qué va a pasar y porque lo imposible puede pasar. Esto tiene una dimensión política totalmente disruptiva que se refleja en uno de los cánticos más repetidos por la hinchada ecuatoriana durante el partido contra Alemania: “¡Sí se puede!”. El evento deportivo nos recuerda que lo imposible puede pasar y que disfrutamos del misterio. Las estadísticas intentan convencernos de lo contrario.

El 29 de junio de 2000, en el legendario estadio Olímpico Atahualpa, de Quito, Ecuador se enfrentaba a Perú en las eliminatorias. El tratado de paz definitivo con el vecino del sur se había firmado, tras casi dos siglos de hostilidades, recién el 26 de octubre de 1998, aunque las heridas de la Guerra del Cenepa, de 1995, estaban aún frescas. Hernán Darío ‘El Bolillo’ Gómez alentaba a la hinchada. Aquella tarde surgió el espontáneo “¡Sí se puede!”, que fue tanto clamor lleno de entusiasmo como ruego, experiencia colectiva tan estética como histórica y política. Así la hinchada, en representación de la sociedad, sintió que puso su grano de arena en la primera clasificación del 7 de noviembre de 2001. Desde entonces, el “¡Sí se puede!” es el mantra o la oración que hace posible el milagro.

El evento deportivo junta a personas que de ningún otro modo se unirían en torno a la idea de que lo imposible puede pasar. Y esta es la dimensión teórico-política del evento deportivo que las estadísticas no pueden capturar. Entender el deporte a través de estadísticas es como el que intenta convencer con datos al partidario de un líder populista. Esta posición del conocimiento como conciencia política está muy extendida, pero todos entendemos más y más que hay en el apoyo al líder populista una dimensión de goce excesivo, de descontento, de autodestrucción. Más conocimiento, más datos, no van a cambiar de parecer al partidario populista.

Lo mismo sucede en el evento deportivo. La comprensión teórica del mundo que despierta no es a través de los datos y las métricas, sino de la reflexión en torno a la posibilidad de la imposibilidad, a la comunidad que crea en torno a la identificación inefable con un equipo. El evento deportivo es interesante porque lo imposible puede pasar y esto es algo que el capitalismo intenta domesticar a través de estadísticas y convirtiendo los eventos en mercancías. Esto es un fenómeno que hay que combatir.

El deporte ofrece una manera de disfrute diferente a la de nuestra sociedad capitalista. En el evento deportivo disfrutamos de lo imposible y del fracaso. No es poco común encontrar fanáticos que defienden que no les importa perder, o festejan incluso más cuando pierden. O que, al lograr un empate que no cambia su situación, como en el caso de Curazao contra Ecuador, se logra una ocasión propicia para mostrar, junto a los jugadores que lo dieron todo, el lado festivo y cercano de una monarquía con pasado colonial. El mercado intenta domar esto convirtiendo al deporte en una mercancía.

Quien renuncia a la batalla política que se libra en el evento deportivo, argumentando elitistamente que es una distracción de la baja cultura, lo hace porque prefiere mantener su propio puritanismo ideológico en lugar de embarrarse en la lucha política. Durante los partidos del mundial de 2026, la afición ecuatoriana llenó los estadios de Estados Unidos, incluido el Metlife, de New Jersey, donde se jugará la final de esa copa del mundo. Ese apoyo multitudinario cuenta, de un extraño modo, la historia del país. En la cancha jugaba una selección con varias figuras estelares del fútbol europeo y mundial, valoradas en millones de dólares, pero con orígenes en las zonas más empobrecidas del país, territorios abandonados por el Estado y a merced del crimen organizado. Especialmente, la provincia de Esmeraldas, lugar de nacimiento de algunas de las estrellas históricas del fútbol ecuatoriano y hoy una de las zonas donde se libra de la manera más cruenta el combate al narcoterrorismo. En los graderíos, luciendo sus camisetas de la Tri, las más altas clases sociales del país junto a la migración ecuatoriana residente en Estados Unidos y el mundo, también una clase media endeudada pero dispuesta a vivir la experiencia más grande de su vida.

Para que este milagro haya sido posible, ha habido un proceso de décadas que probablemente se inició en 1988, con el nombramiento del yugoslavo Dušan Drašković como entrenador. Recorrió el país para encontrar jugadores. Además de transformar la preparación física y el trabajo táctico, reconoció una fuente de talento incalculable en la periferia. Recorrió las zonas con menos oportunidades para identificar en dónde y con quienes podía suceder el fútbol.

Jaime Iván Kaviedes celebra el gol que llevó a la primera clasificación de la selección ecuatoriana a un mundial de fútbol, en 2001. Foto: Imagen tomada de la cuenta de X del comunicador deportivo Antonio Ubidia.

Es decir, por un lado, apuntó a una sofisticación de la dirección técnica, y por el otro, a identificar una metafísica que va en contra del relato del capitalismo: la posibilidad de que el fútbol, que es un juego dependiente del ocio, puede transformar la historia de la pobreza. La panacea de los sueños. Y sigue siendo hoy, para muchos, la única alternativa para romper una lógica de precariedad que requeriría, de otro modo, varias generaciones para ingresar al menos a la clase media. El fútbol, en el Ecuador, es el genio de la lámpara maravillosa.

Está claro que requiere igualmente de un esfuerzo extraordinario, pero su germen son niños jugando. El ejemplo contrario es el de China, que intentó seguir su modelo olímpico invirtiendo millones en la búsqueda y entrenamiento de niños. Pero fracasó porque no comprendió que, a diferencia de los deportes repetitivos, el fútbol es un juego. Tiene un elemento caótico que la lógica de invertir para extraer plusvalía no puede dominar totalmente. No es una coincidencia que cuando pensamos en los mejores jugadores de la historia, pensamos primordialmente en sociedades centradas en el ocio, y en jugadores que podían darle forma al caos. Maradona, Ronaldinho, Best, Neymar son autodestrucción en estado puro.

Son varios, entonces, los puntos en donde el fútbol se entrelaza con la política, la crisis y la historia, por tanto, también con el modelo de producción y su ideología. He allí su importancia. Aunque, en cuanto experiencia estética, es probable que en gran parte de occidente juega un rol político fundamental: el de los ritos sobre los que se sostienen las dinámicas de una sociedad. Para el Ecuador, las eliminatorias y la misma posibilidad de volver al mundial constituyen ritos que contribuyen a sostener las supraestructuras sobre las que se asienta el frágil proyecto de Estado-nación. Gracias a once jugadores titulares, y otros más suplentes, el relato del país es posible, más aún cuando el resto de la realidad no es alentadora: una crisis de violencia e inseguridad sin precedentes pone en duda la capacidad del Estado de resolver los problemas, en un contexto de polarización política extrema, debilitamiento de la democracia, corrupción e impunidad. A la vez broma y argumento, se interpela que la sociedad ecuatoriana debería exigir a sus políticos con la misma ferocidad que le exige a sus futbolistas.

Todavía están por verse las repercusiones que puede tener la primera victoria de Venezuela en el campeonato mundial de béisbol 2026, más aún en un momento de tragedia nacional tras los terremotos. Sin embargo, la reflexión política que despertó entre los venezolanos, así como el Mundial en los ecuatorianos, es indudable: que ser de estas tierras bendecidas o maldecidas por sus recursos naturales, capaz de lo mejor y lo peor, de empatar contra Curazao y ganarle a Alemania, no es algo de lo que tener vergüenza. Tampoco lo es perder con México, en el mítico estadio Azteca. Golpe de realidad y corroboración de la importancia del fútbol son, quizá, los Juegos del Hambre de un capitalismo que lo enarbola como supuesta prueba irrefutable de su relato de superación y de su efecto de anestesia. Pero nada está dicho. También es prueba de la imaginación y de la capacidad resiliente de un país o de una humanidad. Ser ciudadano como acto de fe. Que de las peores tragedias se sale, que lo imposible puede pasar.


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