Argentina… no lo entenderías

Dedicado a Gianella Vásquez

Por Pepe German 

Buenos Aires, 14 de julio de 2026

El torneo que nos reordena

Cada cuatro años, el mundo entero se ve trastocado por el torneo de fútbol más grande de todos, la Copa Mundial. Esta competencia atrae un número de fanáticos sin precedentes y es, sin duda, el evento colectivo que acapara mayor atención a escala global. En Argentina, cada cuatro años se renuevan las esperanzas de volver a alzar la copa y consagrar una estrella más a su constelación histórica. En el 2026 se buscará la cuarta, la segunda consecutiva, la última de la ‘Pulga’ y la coronación de Lionel Scaloni como el mejor técnico que ha tenido la Selección en todos los tiempos. Esto último, muy a pesar del propio Scaloni, quien, con un manejo más humanizado, sencillo y de bajo perfil, no apreciaría esas glorificaciones.

Imagen tomada de la cuenta de Instagram de Eterna Cábala. Síguelos aquí: https://www.instagram.com/eternacabala/

Herederos y coronas

Sin embargo, en los últimos 13 mundiales, con tres títulos y seis finales a su haber, este equipo es el líder indiscutible del ranking mundial. En este último ciclo, ‘La Escaloneta’ es la apuesta audaz de un técnico y de un equipo nacidos de la necesidad de reivindicación con el título mundial, de reencontrarse con las copas internacionales y con su legado histórico, que hasta ahora ha logrado todo lo que se propone. De la mano de Messi, Scaloni y Tapia, esta es la mejor selección de todos los tiempos.

Fútbol como fenómeno cuántico: superposiciones y colapsos

Es indudable lo inmenso que es el fútbol para la cultura argentina. En este país es algo de lo que no se puede escapar porque lo envuelve todo y todo lo determina. Es como el título de la película de Daniel Kwan Todo en todas partes al mismo tiempo. Es todo y está en todas partes al mismo tiempo: un fenómeno cuántico cuyo estado real se puede observar sólo cuando sucede. Así como en la física cuántica, donde un sistema puede existir en múltiples estados simultáneamente hasta que se mide, el fútbol en Argentina presenta una variedad de realidades. Cada partido es un estado de emociones, donde la esperanza y la desesperación coexisten en un mismo plano temporal, cada hincha vive su propia narrativa, pero todos coinciden en una sola realidad. En el instante en que se marca un gol, colapsan las superposiciones en un único estado de euforia colectiva, mientras que las expectativas y los recuerdos de cada aficionado crean el contexto que da vida a ese momento.

Inmersión del migrante: de forastero a feligrés

Hablar del Mundial en Argentina es intentar explicar un estado de ánimo colectivo que funciona por sus propias leyes. Para un argentino, el partido ocupa el espacio del café de la mañana, la sobremesa, la charla de la peluquería y la emoción ante un nacimiento; es un hilo que atraviesa la vida cotidiana y la transforma. Desde la radio en el bondi hasta el bar de barrio, pasando por la esquina donde se improvisa una pantalla, cada gesto, acción, creencia, cábala y ritual, atados al grito y al silencio, son parte de un código compartido que no siempre admite traducción. El visitante puede entender las reglas del juego, los nombres y las tácticas, pero difícilmente entenderá los sinuosos detalles y la superstición grupal que dicta cuándo ponerse la misma camiseta, o la sensación de que un gol es también la confirmación de una historia familiar o de un acto de fe ciega. Esa experiencia, a la vez íntima y colectiva, es el fenómeno que se vive desde dentro y resume lo que proclama la premisa: “Argentina… no lo entenderías”.

Vine a Buenos Aires como migrante y hoy soy residente de este país. Vivir aquí me permitió comprender que el fútbol no es solo entretenimiento, es una forma de vida que moldea costumbres, conversaciones, afectos y, sobre todo, creencias. Vivir el Mundial desde dentro, desde la experiencia de quien eligió hacerse hogar en estas calles donde el balón tiene un peso mitológico, es lo que quiero tratar de desenlazar.

Llegué por primera vez a Argentina buscando quedarme para vivir, en el 2019. Tuve que volver a Ecuador en el 2020, 365 días exactos después de llegar, un 19 de noviembre, debido a la pandemia del COVID-19. En ese año, durante los pocos meses que estuvimos sin encierro, en el verano 2019-2020, hasta el 13 de marzo, cuando todo se cerró, tuve muy pocas oportunidades de ver de cerca los fenómenos que ahora son tan llamativos para mí y que, de a poco, he ido entendiendo.

Mi segunda llegada y la definitiva fue en diciembre del 2023, y esta vez todo ha sido distinto. Sin encierro y sin las limitaciones extremas que la pandemia nos impuso en 2020, con toda la libertad de moverse y transitar, he podido conocer de cerca muchos aspectos de la cultura, cosmovisión y experiencia de la sociedad argentina. Aunque circunscribo mi experiencia a Buenos Aires, también he podido conocer otras regiones del país en mis viajes a Corrientes, Goya, Bariloche y Mar del Plata. En cada sitio he visto la diversidad de matices que conforman esta cultura: sus diferencias en estilos de vida, formas de juntarse, maneras de ver la vida, de cocinar y comer, de entretenerse, de ser y de estar; pero si hay algo que atraviesa a toda la cultura es este sentido místico y mítico del fútbol. No hay quien se salve.

Partido de las eliminatorias mundialistas ante la selección colombiana, estadio Más Monumental, platea Centenario, 10 de junio del 2025. Foto: Gianella Vásquez.

Bilardo y las costumbres: la cábala institucionalizada

Yo tampoco me salvé. Ahora formo parte de esta “religión sin ateos”, como la llama Galeano. En el 2024, impulsado por mi cuñada (la más ‘botinera’ de todas) me hice socio del CARP, el legendario Club Atlético River Plate, y cada vez que puedo voy a la cancha pintado de rojo y blanco, a cantar y rebotar al ritmo de los tambores y la murga en los graderíos, como rebota la pelota en la cancha. Ojo, yo nunca fui futbolero. Pertenecía a ese grupo de personas que miraba de lejos este fenómeno, sin mucha emoción y con muchas dudas. Llámenlo conversión o adaptación; en este punto no me importa, porque entender este culto exige, como en la teología de Pascal o de Kierkegaard, una especie de entrega que no se comprende desde la distancia racional, sino desde la humildad y el hábito, desde ponerse en el lugar del creyente para que la fe, o en este caso la pasión futbolera, tengan lugar. Ahora, asisto a la iglesia cada vez que el equipo nos convoca y en este Mundial, asisto a la comunión colectiva más grande del planeta.

Pero, más allá de mi reciente iluminación futbolística y de poder entender los intrincados fenómenos de esta práctica -que se van revelando ante mí a cuentagotas y con mucha dificultad-, debo admitir que me he dado cuenta de una cosa muy interesante: aquí, en Argentina, no se juega tan solo contra un rival en la cancha. Se juega en contra de la suerte.

Era 1986 y se jugaba el Mundial en México, quizás el más famoso de los últimos tiempos. El técnico de la selección argentina en ese momento era Carlos Salvador Bilardo, un exfutbolista y médico, mundialmente reconocido por haber dirigido al equipo hacia la conquista del título mundial de ese año y hacia el subcampeonato de 1990, en Italia. Era un obsesivo del trabajo táctico, de la planificación y del estudio minucioso del rival, pero también un devoto de las cábalas, que prefería llamarlas “costumbres”. Entre sus ritos estrictos y obsesivos estaban la prohibición del pollo -porque creía que comer pollo daba mala suerte- y por eso toda la delegación comía exclusivamente carnes rojas; la llamada telefónica antes de cada partido que debía sonar en el vestuario y ser atendida por el Tata Brown; el encuentro obligatorio entre Maradona y Valdano después de ducharse y afeitarse; el orden de salida al campo, con Maradona primero y Burruchaga último; la costumbre de Bilardo de pasar por la manga y caminar delante de los rivales buscando “mufarlos”; el peluquero que tras una victoria cortaba el pelo a todo el plantel, y sus aversiones al color verde y al número 13, que evitaba en camisetas, pecheras y listas. Esas prácticas, que hoy forman parte del folclore nacional, muestran que la preparación del equipo no solo fue táctica sino también ritual, y que aquí, más que en muchos otros lugares, la contienda incluye combatir lo intangible: la yeta (sheta), la buena o la mala fortuna.

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Estadio Más Monumental, domingo 10 de mayo del 2026, clasificación a la final Copa Argentina, platea Centenario. Foto: Gianella Vásquez.

Rituales cotidianos: repetición, pertenencia y obligación gozosa

Desde entonces, las cábalas, las rutinas y la búsqueda de coincidencias numéricas o históricas se convirtieron en una forma de canalizar la ansiedad colectiva. La obsesión por estas “costumbres”, instauradas desde el banco del director técnico, y los rituales que ahora forman parte de la vida diaria llegan a tal punto que, si viste el primer partido de la Selección en el Mundial y esta ganó, por cábala y para no “cortar la suerte”, tendrás que repetir exactamente todo de la misma manera, en cada partido que juegue de ahí en adelante: lo vas a tener que mirar en la misma casa, con la misma gente, usando la misma ropa, sentado en el mismo lugar, sin levantarte ni para ir al baño y sin alterar absolutamente ninguna rutina. A eso se suman otros rituales durante el partido: encender velas, mandar mufa al rival o, si alguien es considerado un ‘saco de sal’, encerrarlo en otra habitación cuando hay un penal. No lo entenderías.

Mi cuñada -quien me iluminó en el fútbol y a quien adoro- me tiene prohibido ver los partidos de La Selección con ella porque rompería la cábala. Tengo amigos tan pegados a sus familias que, antes de empezar el Mundial, hacen reuniones en la casa de los padres para planificar en qué casa van a mirar todos los partidos juntos, desde el inicio del torneo hasta la última fase a la que llegue el equipo, para no tener que verlos por separado. Si River gana en el Monumental y hace cuatro grados de temperatura afuera, y tú estabas vestido de pies a cabeza con gorro, calzas térmicas, guantes, casaca, saco y bufanda, la próxima vez que juegue y haga veinte grados, tendrás que volver a ponerte esa indumentaria y aguantar sudando bajo cuatro capas de ropa. Incluso hay quienes se ven obligados a ver los partidos con sus ex… ¡No lo entenderías!

Imagen tomada de la cuenta de Instagram del bar Carnal, de Buenos Aires. Puedes seguirlos aquí: https://www.instagram.com/barcarnal/

No hay razón que sostenga la cantidad de rituales que los argentinos son capaces de hacer cuando hay un partido de fútbol, y estos rituales revelan un mecanismo psicológico y social profundamente arraigado. Pero si no lo vives, no lo entenderás. Y aquí, una vez más, sin el acto de contrición, no hay fe.

Más allá del sentido de identidad que el fútbol aporta a la sociedad argentina, en cada partido se escribe una memoria tanto autobiográfica como colectiva y lo que se juega no es solo el resultado, se afirma esa identidad. Ante ese compromiso extremo (si se pierde no pierde solo el equipo, pierdes vos, pierde tu pueblo, pierde la historia) la incomodidad, la incertidumbre y, sobre todo, la falta de control sobre el desenlace generan recursos del pensamiento mágico que en rituales, cábalas y pequeñas supersticiones intentan, simbólicamente, recuperar la sensación de manejar lo que va a ocurrir.

La primera vez que me sentí sobrecogido hasta las lágrimas por la emoción de un gol de Argentina fue en las gradas de la platea Centenario (sur) del estadio Más Monumental, en un partido de las eliminatorias mundialistas ante la selección colombiana, un martes 10 de junio del 2025, junto a 85 000 almas. Vestía la albiceleste berreta que había comprado minutos antes en una tienda del Barrio Chino por 15 mil pesos, y no podía creer que eso me estaba sucediendo. Ni siquiera en los momentos más emotivos de mi vida (tocando ante 15 mil personas en la Plaza de Toros Quito junto a mi banda, o ante las 8 mil almas que vieron nuestro retorno al escenario en el 2022, o en los escenarios más importantes de México o de España) había sentido algo igual. A pesar del empate 1 a 1 de esa noche y más allá de ese resultado, algo más importante se había instaurado en mí: la certeza de que ya no era un espectador distante sino parte activa de esa liturgia colectiva. Desde esa noche quedó sembrado el hábito de buscar el mismo lugar en el Centenario, de repetir la camiseta aunque fuera berreta, de llegar con anticipación para contagiarme de los tambores y las voces, de aprender las canciones y los silencios, y de compartir la explosión y la euforia con desconocidos que ahora sabían mi nombre. Se instauró también una sensibilidad nueva: la convicción de que un momento futbolístico puede reorganizar la memoria, marcar fechas en mi biografía y transformar celebraciones pasadas y futuras. En suma, nació la práctica de creer, no por razones lógicas, sino por la repetición, el cuerpo y la emoción, y con ella una obligación gozosa: volver al lugar donde eres inmensamente feliz. Bendito fútbol, amén.

Imagen tomada de la cuenta de Instagram de Eterna Cábala. Síguelos aquí: https://www.instagram.com/eternacabala/

Límites a la conversión

Pero, aún así, hay cosas de las que elijo no formar parte. Nunca fui amigo de las aglomeraciones ni de los tumultos. Fuera de mis experiencias como espectador en conciertos multitudinarios, en marchas sociales o en el estadio, jamás quise unirme a los festejos masivos. No me siento seguro. En pleno invierno, celebrar un triunfo de Argentina en el Obelisco o en la esquina de Cabildo y Juramento no me atrae, me repele. Prefiero la intimidad del pub del barrio, la barra de mi amigo Javi, cuya alegría y calidez me hacen sentir protegido. En esa complicidad, con pocos conocidos y muchos por conocer, también he vivido las experiencias futboleras más hermosas. A estas alturas de mi vida, hay límites a la conversión. 

Sin embargo, otra cosa que he aprendido es que no importa dónde ni cómo se mire un partido, eso es lo de menos. Como lo describí al inicio, y según la física cuántica, una partícula puede existir en múltiples estados o lugares simultáneamente.

Delay mata a cábala…

Quizás uno de los avances tecnológicos que ha hecho que el fútbol sea una experiencia global y que no escape a ningún hogar hoy en día es el streaming y la TV por internet. Pero en la Argentina del Mundial 2026, esta forma de ver los partidos ha causado grandes estragos en los hinchas, especialmente en quienes no tenemos servicios de TV por cable tradicionales en nuestros hogares. Y es que con el servicio de streaming la señal llega con retraso, llega con ‘delay’. Y en todos los partidos, sin excepción, he tenido que ‘oír’ el gol antes de verlo en la pantalla. Los gritos de los vecinos en el barrio me han alertado de una anotación hasta 20 segundos antes de poder verlo en la pantalla de mi casa. Es irritante, por decir lo menos. Se siente injusto. Se siente como si esa nube de partículas cuánticas no colapsara en una sola realidad sino que se bifurcara, creando dos realidades, como si en cada rama de la bifurcación ocurriera uno de los posibles resultados. Y es que la gente no solo grita el gol de su equipo, también grita por el dolor de la anotación contraria. Anda a saber cuál de las dos fue, hasta que sales al balcón e intentas interpretar los gritos: “¿fue nuestro?”, “¿fue del otro?”. Pausa de hidratación, porque si no, mato a alguien.

Estadio Más Monumental, superclásico River Plate vs. Boca Juniors, 27 de abril del 2025. Foto: Gianella Vásquez.

Y es aquí donde mi cerebro racional y lógico entra en acción y me jode la psiquis. Frente al delay de la señal y la imposibilidad de arreglarlo (porque implicaría recurrir a mecanismos físicos y tecnológicos más complejos que la propia magia) empiezo a pensar en física clásica y relatividad, y en cómo el desfase temporal aniquila la cábala.

En la física clásica el tiempo es la medida del cambio, un parámetro absoluto que permite ordenar movimientos y calcular posiciones; el reloj da la misma hora para todos y el movimiento es simplemente la variación de las coordenadas en función de ese tiempo. Einstein vino a romper esa intuición. En la relatividad el tiempo deja de ser universal y depende del estado de movimiento del observador. El movimiento, y sobre todo la velocidad cercana a la de la luz (o la señal), provoca dilatación temporal (el tiempo marcha distinto para quien se mueve que para quien está en reposo) y la noción de simultaneidad se vuelve relativa. Aplicado esto a la cábala, todo ritual exige sincronía; la ilusión de control se sustenta en que los actos ocurran a tiempo y juntos. Cuando la señal llega retrasada, cuando la imagen, la transmisión o la llamada no coinciden, la simultaneidad se quiebra y la práctica supersticiosa pierde su fundamento práctico y simbólico. El resultado es una sensación de injusticia, porque la magia también necesita sincronía y el delay es el enemigo invisible que descompone la liturgia. Te odio, delay. Te odiamos, delay.

Debido a este retraso en la señal, ya han tenido lugar altercados muy serios entre vecinos, clientes de los bares contiguos, amigos y familiares cercanos. Han estallado broncas violentas en la calle porque alguien le cantó el gol a su prójimo antes de que lo pueda ver y ha estallado en su cara. Es cosa seria, porque como ya lo dije, con la suerte no se juega. Y peor aún, la suerte es tu contrincante en el terreno mágico (identitario) del fútbol. En este plano, si no llegamos juntos, no vale la pena llegar. Lo mágico es llegar juntos, get it? 

Si tan solo lo entendieras… 

Cuando la pelota deja de rodar y las banderas se vuelven a guardar, queda un mapa de voces y marcas en el cuerpo, fechas que arden, camisetas que huelen a historia, manías que funcionan como amuletos y asientos que esperan ser ocupados. El fútbol, aquí en Argentina, es un modo de nombrarnos, de reiniciar memorias y de ensayar la simultaneidad de lo colectivo. Quizá desde afuera todo parezca un enigma, una suma de ritos incomprensibles. Pero adentro, entre tambores, velas y el olor a fiesta, se cocina una verdad simple: somos a lo que volvemos. Eso que esperamos juntos, lo que creemos, lo que un instante compartido es capaz de alterar en nuestras vidas.

La ciencia nos ofrece relojes y ecuaciones, formas de medir la realidad, nos habla de dilataciones y simultaneidades relativas. Este país, esta ciudad, en cambio, dictan otro calendario, el del grito que atraviesa los balcones de edificio a edificio, el del abrazo que petrifica el tiempo y lo convierte en recuerdo. Esos tiempos no se miden con cronómetros, se pesan en la intensidad de un latido colectivo, en la manera en que una goleada reescribe una conversación familiar, en cómo una derrota se instala como luto en el relato de una casa. Ahí reside la paradoja. Frente a la modernidad de las señales y el delay, la vieja magia sigue exigiendo sincronía y, cuando falla, revela lo frágil y a la vez poderoso de lo que creemos.

Imagen tomada de la cuenta de Instagram de Eterna Cábala. Síguelos aquí: https://www.instagram.com/eternacabala/

Al fin y al cabo, el rito funciona porque lo hacemos funcionar. Repetimos, nos disponemos, nos entregamos a la posibilidad de que lo simbólico cambie lo real. Y aunque el streaming traiga desfases y los vecinos te arruinen la sorpresa, la liturgia persiste en los bares, en las plateas, en los patios y en los pulmones que cantan en coro. La pertenencia que nació en una noche en la platea Centenario no se anula por un segundo de retraso, sobrevive en la decisión de volver, en la camisa transpirada que uno se vuelve a poner, en la voz que aprende la letra de la canción.

Así, cuando te digan que no lo entenderías, no lo tomes como un muro sino como una invitación velada. Ven, quédate un ratito, siente el tiempo de otra manera. Tal vez no conviertas la superstición en razón, pero comprenderás que hay certezas que no proceden de la lógica sino del cuerpo compartido. Y entonces, cuando el próximo gol explote y la ciudad se sacuda, sabrás que lo que se celebra no es solo un tanto en el marcador, sino la insistencia de una comunidad por nombrarse a sí misma una y otra vez.


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