El contacto directo entre los animales domésticos y el ocelote ha traído consigo el riesgo de transmisión de enfermedades a esta especie silvestre. Un estudio reveló fuerte incidencia de moquillo y leucemia felina, pero hay otros peligros que incluyen contagios de rabia, sida felino y males parasitarios.
La tala indiscriminada del bosque tropical ha ido mermando el hábitat del ocelote en esta región y cada vez se vuelve más difusa la frontera entre el territorio de esta especie y las zonas habitadas por el humano. Ese contacto directo del ocelote y los animales domésticos implica un riesgo permanente de contagio.
Un ocelote hembra y su cachorro llegaron en 2019 a la fundación Proyecto Sacha, ubicada en Guayaquil, Ecuador. Habían entrado a una granja para comerse las gallinas y, para evitar conflictos con la comunidad, la misión era reubicarlos.
La madre y su cría estaban desnutridos, deshidratados y con estrés, pero no presentaban ningún síntoma aparente de alguna enfermedad específica. Sin embargo, por ese entonces corría el rumor de que un puma había sido infectado con leucemia felina —una enfermedad contagiada por gatos domésticos— en otro centro de rescate de fauna silvestre del país. Aunque el caso no estaba documentado, el instinto hizo que Eliana Molineros, la directora médica de Proyecto Sacha, les practicara a los recién llegados una prueba PCR que, en efecto, dio positivo para leucemia felina. “Así que pasaron de una posible liberación inmediata a una cuarentena”, explica Molineros.
La leucemia felina es viral y se contagia por contacto directo con un gato doméstico: saliva, mordidas y rasguños típicos en peleas. Puede causar inmunodepresión, anemia, pérdida de condición corporal y deterioro general de la salud del animal.

“Así que empezamos a hacer análisis para ver cuánto tardaba en desaparecer la enfermedad”, cuenta la experta. Seis meses después de su llegada al centro, la madre ocelote y su cría superaron el virus y dieron su examen negativo. Finalmente, fueron reinsertados en su hábitat. El tratamiento consistió en mejorar completamente sus condiciones de salud. “Mejoramos la nutrición y el cuerpo se recuperó solo y venció el virus sin presentar síntomas”, asegura Molineros.
Estos primeros casos, sin embargo, eran apenas la puerta de entrada al mundo aún poco investigado de las enfermedades de animales domésticos transmitidas a los silvestres. Entre 2019 y 2020, la fundación comenzó a practicar más pruebas PCR —que detectan el material genético (ADN o ARN) de virus, bacterias, hongos y parásitos— a todos los ejemplares rescatados. Se dieron cuenta de que, aunque ninguno presentaba síntomas, eran portadores de varias enfermedades.
Los exámenes fueron practicados a 19 individuos y el análisis fue presentado en 2022 en un estudio científico: el 87,5 % de los casos dieron positivo para leucemia felina y el 23,5 % para moquillo, una enfermedad viral altamente contagiosa y frecuentemente mortal en perros y algunos animales silvestres.

A partir de entonces, practican un “panel” de pruebas virales a todos los ocelotes que llegan al centro de paso. Aunque hasta el momento no se han registrado casos de sida felino (inmunodeficiencia), incluyen también esta enfermedad porque hay evidencia de su incidencia en otros felinos del país. “Tiene similar comportamiento de transmisión que la leucemia viral felina. Si existe la posibilidad de que se contagie de leucemia, hay la misma posibilidad de que se contagie de sida, por eso seguimos haciendo la prueba”, explica Molineros.
Los porcentajes no han variado y tampoco ha existido mortalidad por estas enfermedades. El estudio reveló que los ocelotes logran recuperarse o convivir con el virus hasta que ya no marque positivo. Sin embargo, el hecho de que puedan seguir siendo portadores genera peligro para otras especies. El estudio concluye que la prevalencia de estas enfermedades hace necesario que cada ocelote que sea recibido en centros de rescate y atención pase por este paquete de pruebas de laboratorio.
“El ocelote puede ser un portador muy amigable del virus, pero puede diseminarlo en el lugar donde se encuentra y amenazar a otras especies: lobos, nutrias, hurones, mapaches. Quizás este ocelote, que puede superar el virus, pone en riesgo al resto de animales de fauna silvestre”, agrega la experta.

Esta hipótesis puso el foco sobre una realidad que ha ido creciendo con los años. Según los expertos consultados para este reportaje, la deforestación crítica —provocada por la expansión agrícola y el crecimiento urbano con escasa regulación— ha traído una cercanía cada vez más peligrosa entre los hábitats de estos felinos y las zonas habitadas por el humano, incrementando su vulnerabilidad, especialmente en la zona costera de Ecuador.
El ocelote (Leopardus pardalis) es el tercer felino más grande del país, después del jaguar y del puma. Habita principalmente en las regiones Amazonía y Costa, con algunas poblaciones en los límites de Los Andes con esas regiones, por ejemplo, en la provincia de Loja, en el sur del país, y en el Chocó Andino, en la provincia de Pichincha.
En la Amazonía ecuatoriana, al ser una región más protegida y mejor conservada, el ocelote presenta un riesgo menor. Sin embargo, los expertos consideran que en la costa, donde hay un índice considerablemente mayor de deforestación y pérdida de hábitat, el grado de peligro es cada vez más alto.

La incidencia de las enfermedades
La médica veterinaria Carolina Sáenz es directora del Hospital de Fauna Silvestre (Tueri) de la Universidad San Francisco de Quito (USFQ). Hasta ese lugar también llegan ocelotes provenientes de la Costa y de la Amazonía. “Los pequeños felinos son especies que han ido perdiendo su hábitat —dice Sáenz—. Y con el hombre van sus mascotas. Hay varias enfermedades asociadas que se pueden contagiar tanto al humano como a la fauna silvestre. Y en el caso de los felinos, hay enfermedades que les pueden contagiar tanto el perro como el gato. Pero el problema no son el perro y el gato, sino que las personas no sean conscientes de lo que pueden causar a la fauna silvestre”, comenta.
La especialista hace un recuento de los síntomas y daños que enfermedades domésticas —contagiadas por contacto directo—, como el moquillo y la leucemia felina, pueden causar en especies silvestres: el primero implica síntomas respiratorios, digestivos, neurológicos, oculares, nasales, convulsiones, y podría llegar a ser mortal. El segundo genera inmunodepresión, anemia, pérdida de condición corporal y un deterioro general de la salud del animal, que en algunos casos también podría ser mortal.

Incluso en el Tueri han detectado otra enfermedad en ocelotes que no apareció en el estudio del Proyecto Sacha: la panleucopenia felina, equivalente al parvovirus canino. Lo grave de esta enfermedad es que ni siquiera necesita tener contacto directo, sino que el contagio puede darse a través de las heces del animal afectado. Registraron un caso en 2019, con signos digestivos muy fuertes, que afortunadamente fueron atendidos a tiempo y el animal se recuperó.
“También hay peligro de contagio de rabia —prosigue Sáenz—; y ahí hay otros vectores de contagio —además de los perros y gatos—, como roedores y murciélagos”. Además, menciona los problemas parasitarios, que son los más comunes. Según sus datos, el 90 % de los animales que llegan al hospital presentan parasitosis gastrointestinal, incluidos los ocelotes.
“Es un peligro que las mascotas estén en estos lugares donde vive el ocelote”, dice la veterinaria y aclara que muestra de ello es el registro de todas estas enfermedades.

Síntomas de algo más profundo
El ocelote es considerado el más grande de los pequeños felinos. Un macho puede llegar a pesar unos 15 kilogramos y es comparable con un perro mediano. Como todos los felinos, tiene una excelente visión nocturna y es en la noche, precisamente, cuando tiene mayor actividad. Es un carnívoro estricto y se alimenta de pequeños mamíferos, aunque también consume aves, reptiles, anfibios y otras especies. Algunos estudios hablan de presas más grandes, como monos.
Un artículo publicado en 2025 por la revista Sanitas, del Instituto de Investigaciones Multidisciplinarias Perspectivas Globales, establece que “su importancia ecológica en la regulación de las poblaciones de sus presas hace del ocelote una especie clave para el equilibrio de los ecosistemas en los que vive”. Su hábitat primordial es el bosque tropical, por lo que puede encontrarse entre los 0 y los 1500 metros sobre el nivel del mar, pero existen registros en una altitud ligeramente mayor.
Abel Gallo Pérez, biólogo ecuatoriano experto en felinos silvestres, conoce bien esta situación. Es especialista en la investigación con cámaras trampa y ha trabajado en las provincias de Manabí, Guayas, Santa Elena, El Oro, parte de Loja e incluso en el bosque seco tropical de Perú.
“En la Costa hay poblaciones en situación crítica, con bastantes conflictos y amenazas. La principal es la pérdida de hábitat: el bosque seco tropical ha tenido niveles de deforestación enormes”, dice el experto.

Según sus cifras, en la zona donde ha trabajado queda apenas el 3 % o el 5 % del bosque que existía entre la década de los 70 y la de los 90. De hecho, hay estudios, como uno de la revista Forest Ecosystems, que establece una pérdida de al menos el 27 % entre 1990 y 2018 en Ecuador.
“Y desde la década pasada hay mucha más degradación —agrega Gallo—. Primero, por la expansión agrícola y ganadera: deforestan 30, 40, 50 hectáreas de bosque nativo para sembrar maíz. Pero otra amenaza es la expansión urbana más pesada. Si uno se dirige desde Guayaquil, por la Vía a la Costa, hacia Santa Elena o Manabí, ve varios proyectos urbanísticos de 500, 600, incluso hasta 1000 hectáreas. Sitios deforestados, sin mayor control”.
Todo esto ha provocado que la presencia humana se sienta cada vez más en las zonas que son hábitat de especies silvestres. Como el ocelote se acostumbra fácilmente a convivir con el ser humano, es común que se acerque cada vez más a zonas habitadas. En sus cámaras trampa, Gallo ha registrado, al mismo tiempo, ocelotes, perros y gatos domésticos. Y esto trae consigo el riesgo de aparición de estas enfermedades.
“Hay una comunidad de unas 200 familias que se llama Mamey —cuenta— y sus casas están rodeadas de bosque y matorral seco. Hemos visto ocelotes cruzando la carretera a plena luz del día. Pusimos una cámara en una casa donde el señor tiene dos perros muy bravos; el ocelote pasaba a 10 metros de su puerta”. Ahí están los focos de contagio, asegura Gallo.
¿Fuera de peligro?
En la lista roja de especies de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), el Leopardus pardalis aparece dentro de la categoría de Preocupación Menor, mientras que en el Libro Rojo de los Mamíferos de Ecuador consta como Casi Amenazado.
¿Esto significa que está fuera de peligro? La respuesta de Becky Zug, profesora de Biología de la Conservación y directora del Laboratorio de Carnívoros de la USFQ, es tajante: “No, eso no significa que esta especie no esté amenazada. Sí indica que, a nivel global, se encuentra relativamente bien, porque la UICN evalúa toda su distribución. Pero, cuando se analiza sólo la población ecuatoriana, las amenazas son más graves”.
Junto al Hospital Tueri y la Fundación Susan Sheppard —dedicada a la investigación y conservación de ecosistemas naturales—, Zug ha logrado reintroducir a su hábitat varios ocelotes siguiendo un protocolo de liberación blanda, un proceso que requiere mucho tiempo para habituar al animal a su nuevo entorno; verificar que sea un buen candidato mediante pruebas de habilidades de caza; y un monitoreo posterior con un collar GPS que define como “costoso”. “Se trata de carnívoros longevos —explica— y pueden vivir más de 20 años en cautiverio”.

“Una enfermedad que pase a la población silvestre podría llegar a ser devastadora y muy difícil de manejar”, explica, y ahonda en otra amenaza que enfrenta el ocelote: el tráfico ilegal.
Hay también testimonios, que se ofrecen bajo anonimato por miedo a represalias, que hablan de la entrega de ocelotes como mascotas a bandas de delincuencia organizada.
Abel Gallo cree que si no se toman en serio estos riesgos, al felino podría pasarle lo mismo que le pasó al jaguar en la Costa: “En los 80 o 90 mucha gente veía jaguares en Manabí, en Santa Elena, pero ya no hay registros en la zona desde hace más de 10 años. No me gusta ser alarmista, pero creo que el ocelote, al menos las poblaciones de la Costa, del bosque seco tropical, sí tienen un riesgo bastante alto debido a estas actividades humanas y la amenaza de estas enfermedades”.
Protección efectiva

Desde su creación en 2018, la fundación Proyecto Sacha ha atendido a más de 5000 animales silvestres en Ecuador. De esos, 60 han sido ocelotes que han llegado atropellados, con heridas de perdigones o separados de sus madres apenas a días de nacidos para traficarlos ilegalmente. A todos ellos se les ha practicado el panel de pruebas para detectar enfermedades y las cifras de incidencia son constantes, no decaen.
Todo comenzó ese año por un ocelote macho de 10 días de nacido que estaba siendo vendido en una tienda de Vinces, una ciudad en la provincia de Los Ríos. Un ciudadano reconoció que se trataba de una especie silvestre, lo rescató de la tienda y se lo entregó a la veterinaria Eliana Molineros, en su consultorio privado ubicado en la ciudad de Guayaquil, a 100 kilómetros de distancia.
Para ese entonces, Molineros ya era reconocida por haber colaborado con algunos rescates de fauna en general, pero la llegada del cachorro lo cambió todo. “No había médicos preparados para atención a fauna silvestre —dice—. La leche que necesitaba era de especialidad y ni existía en el país; no había incubadora. Ahí empecé a darme cuenta de lo que necesita este animal, de sus requerimientos. Hasta ese momento no había tanta información”.
Molineros contactó al Ministerio del Ambiente, a algunos biólogos y veterinarios, pero siempre recibía la misma respuesta: “Uy, qué pena, hay que dormirlo [sacrificarlo]”. Ella no se dejó convencer y consiguió que el Ministerio le diera la custodia del animal para mantenerlo “en área de enfermería”. Entonces, bautizó al cachorro con el nombre de Sacha, que significa bosque, en lengua kichwa.
La doctora iba documentando el caso en sus redes sociales y a las dos semanas llegó un segundo ocelote: una hembra de un mes con quemaduras provocadas por la quema agrícola en Pedro Carbo, un cantón de la provincia de Guayas. A esa cachorra la llamaron Zafira.
“Ahí me topé con la realidad de los Leopardus pardalis —agrega Molineros—: que rehabilitarlos cuesta un montón de dinero, implica un montón de tiempo [entre 18 y 24 meses ocupando una jaula muy grande]; y no hay esos recursos, el Estado no los provee”.
Entonces creó la fundación, que se sostiene con donaciones privadas y grants, y en honor a su primer paciente la nombró Proyecto Sacha. “Yo soy veterinaria, pero me hice bióloga a hacha y machete”, bromea. En 2018 construyó un centro de paso, donde daba las primeras atenciones a las especies silvestres, y en 2021 creó el centro de rescate y rehabilitación que actualmente tiene tres jaulas de 60 metros cuadrados y otra de la misma dimensión pero con 5 de altura, diseñada para monos. “Son espacios adecuados al clima, al ambiente, al enriquecimiento natural de la zona adonde pertenece el animal; un sitio que le permite experimentar y recuperar sus habilidades, pero dentro de un entorno seguro”, explica.
Molineros hace, en primer lugar, un llamado al Estado para que eleve a política pública la protección a especies silvestres, como el ocelote, y entregue recursos para multiplicar los centros de rescate y atención.
“Todos los centros de paso y de conservación necesitan recursos —dice— para ofrecer calidad de vida, diagnóstico. A mí un ocelote puesto en la mesa, sólo para hacerle este panel de exámenes de las tres enfermedades domésticas, me cuesta unos 500 dólares. Pero es importante hacerlo para tomar las mejores decisiones por ese animal. Y eso va para todas las especies”.
La veterinaria agrega que luego viene el mantenimiento: dos años de un ocelote en una jaula para rehabilitación. “¿Cómo se mantiene? Necesitas biólogos, veterinarios, es un aparataje importante”, asegura.

Abel Gallo agrega que es necesario cuidar de manera efectiva el Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SNAP) para evitar más deforestación. Dice que se necesitan más guardaparques, programas de protección y alianzas con organizaciones, además de frenar la cacería y evitar la expansión urbana sin control.
Pensando en las comunidades, Carolina Sáenz, la directora del Hospital de Fauna Silvestre de la USFQ, recomienda no satanizar a perros y gatos, hacer desparasitaciones semestrales y vacunaciones anuales de animales domésticos, así como esterilizaciones, delimitar áreas para evitar el contacto entre individuos silvestres y domésticos, y no abandonar a los perros que pueden ser dispersores de enfermedades en estas zonas.
“Evitar que los ocelotes lleguen a los centros de rescate —concluye Zug— implica prevenir los conflictos con personas, eliminar el tráfico ilegal de animales y mantener bosques intactos y conectados, donde la base de presas sea suficiente para sostener poblaciones silvestres saludables”.
Sobre las enfermedades domésticas, Molineros reconoce que el tema no se ha estudiado a profundidad en el país, ni existe un protocolo establecido para el diagnóstico y tratamiento, sino que cada centro de rescate procede según sus propios criterios.
“Precisamente el paper que sacamos tiene la intención de ser una guía para otros centros de conservación —concluye la experta—, para que sepan cuáles son los exámenes que se necesitan, que puedan hacerlos y tener una respuesta válida”.

Foto de portada: Un ocelote, a punto de ser liberado en su hábitat en 2022, luego de ser atendido y recuperado por el Hospital de Fauna Silvestre de la USFQ. Crédito: cortesía Becky Zug.
Esta es una publicación original de nuestro medio aliado Mongabay Latam.


