El río Caoní resiste bajo presión en el Chocó Andino

El río Caoní nace en pleno centro del poblado de San Miguel de Los Bancos, donde tres esteros se unen entre calles, alcantarillas y viviendas. Aunque décadas de crecimiento urbano y falta de tratamiento de aguas servidas han deteriorado sus nacientes, un estudio realizado por la Universidad San Francisco de Quito y habitantes de la zona revela que este río aún conserva su capacidad natural de recuperación. 

El estudio fue realizado como parte de la iniciativa Salvemos el Caoní, en la que participan la Universidad San Francisco de Quito, la Universidad Internacional del Ecuador, el Fondo de Alianzas para los Ecosistemas Críticos, la revista digital Noroccidente Relax y Aventura y habitantes del sector. La iniciativa también incluyó jornadas educativas en colegios, mañanas deportivas y talleres de arte para hablar sobre el río y su importancia.

Para los habitantes que participaron del proceso, los resultados aportan evidencia científica sobre el estado actual del río y sirven de base para impulsar acciones para proteger uno de los principales corredores biológicos del noroccidente de Pichincha.


Por Emilia Paz y Miño

El río Caoní nace en la unión de tres esteros. El primero de ellos aparece detrás de un semáforo, entre alcantarillas llenas de basura y aguas servidas. Entre el ruido del tránsito, los comercios y la contaminación, el agua se abre paso entre la maleza para formar un cauce de alrededor de 70 kilómetros que bañan 49 351 hectáreas de superficie. En su recorrido, este afluente sirve de fuente hídrica, atractivo turístico y fuente económica para las poblaciones de San Miguel de Los Bancos, Pedro Vicente Maldonado y Puerto Quito, ubicadas en el noroccidente de la provincia de Pichincha.

Gran parte del territorio por el que pasa el Caoní está dentro de la Reserva de Biósfera del Chocó Andino de Pichincha, un sitio que abarca más de 286 000 hectáreas que albergan aproximadamente el 5 % de todas las especies de anfibios conocidas en Ecuador. En el Chocó se han registrado alrededor de 10 000 especies de plantas, 270 especies de mamíferos, 210 de reptiles, 200 de aves y 130 de anfibios, y es considerado un área clave para la biodiversidad, según la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco).

Por ser un sitio megadiverso y fuente de vida para sus habitantes, el deterioro del río comenzó a ser cada vez más evidente. En los últimos 10 años, los moradores notaron más basura en sus orillas, un olor desagradable en el agua y enfermedades de la piel y de las vías urinarias, contó Emilie Dupuits, profesora de Relaciones Internacionales de la Universidad San Francisco de Quito y especialista en gobernanza comunitaria de los recursos naturales y ecología política, durante una conversación que mantuvo con un grupo de periodistas acerca de los resultados del Informe del diagnóstico participativo de la comunidad de anfibios y del Río Caoní.

El estudio surgió como parte de la iniciativa Salvemos el Caoní, impulsada por los moradores del sector. Hace aproximadamente tres años, los habitantes, junto a la Universidad San Francisco de Quito (USFQ), la Universidad Internacional del Ecuador (UIDE), el Fondo de Alianzas para los Ecosistemas Críticos (CEPF) y la revista digital Noroccidente Relax y Aventura se unieron para evaluar el río y concientizar a los habitantes de las zonas de influencia sobre lo que estaba pasando.

Entre febrero de 2025 y marzo de 2026, las universidades, en coordinación con biólogos locales y habitantes de la cuenca, recorrieron diferentes puntos del río para evaluar su salud ecológica. El trabajo combinó monitoreos de calidad del agua con el registro de especies de anfibios, consideradas indicadores naturales del estado del río y de los ecosistemas que lo rodean. 

Los investigadores identificaron que la expansión de las zonas urbanas, el aumento de fincas y urbanizaciones, las descargas de aguas servidas, la deforestación provocada por la agricultura y la ganadería y la presencia de sistemas de tratamiento de aguas residuales obsoletos son las principales fuentes de contaminación en la parte alta del Caoní.

A pesar de estas presiones, el informe –explicó Dupuits– concluyó que el Caoní no está totalmente contaminado. Los valores registrados no superaron los límites permisibles y el río todavía conserva su capacidad de recuperación. Esto indica que, aunque enfrenta amenazas crecientes, aún existe margen para proteger y recuperar su ecosistema.

El estudio a fondo

Para hacer los monitoreos que permitieron revelar el estado del río, moradores, docentes, estudiantes y líderes locales participaron en capacitaciones para aprender a identificar macroinvertebrados, registrar anfibios y observar cambios en el entorno, explica Emilie Dupuits. El proceso culminó en la publicación de un manual de monitoreo comunitario que busca estandarizar estas actividades y permitir que sean los propios habitantes quienes continúen evaluando la salud del Caoní permanentemente. 

El monitoreo para sustentar el estudio se hizo durante dos semanas, una en mayo de 2025 y otra en agosto de 2025, y combinó recorridos de observación directa con una técnica llamada análisis de ADN ambiental. Esta técnica –explicó Dupuits– permite detectar la presencia de especies a partir del material genético que dejan en el agua, como células de la piel, mucosas o restos biológicos. Mientras algunos investigadores recorrían el cauce durante el día, al anochecer los equipos se internaban en los bosques que rodean la cuenca para registrar anfibios. Con linternas y botas de caucho caminaban durante horas entre quebradas y remanentes de bosque nativo, acompañados por moradores que conocen el territorio desde hace décadas.

A pocos metros del río, un sapo juvenil común de la caña (Rhinella marina) de la familia Bufonidae, descansa sobre las piedras Es una de las más comunes y representativas especies en las tierras bajas y en las zonas de transición del noroccidente de Pichincha. Foto: Emilia Paz y Miño.

“Con las muestras de laboratorio obtenidas analizamos 40 parámetros físico-químicos, incluidos nutrientes, metales pesados, elementos esenciales y coliformes fecales”. La investigadora dijo que a la par del muestreo también se identificaron siete puntos de monitoreo de macroinvertebrados acuáticos [pequeños organismos como larvas de insectos, escarabajos y otros que viven entre las piedras del fondo del río], pues su presencia o ausencia sirve de indicador para determinar la calidad del agua.

Los análisis concluyeron que el río todavía conserva capacidad para amortiguar parte de las presiones de contaminación, aunque ya tiene señales de alteración. Durante la época seca, en agosto, la calidad del agua fue calificada como media y aceptable tras registrar alrededor de 100 individuos distribuidos en 15 familias de macroinvertebrados. El índice EPT —que mide la presencia de familias de macroinvertebrados sensibles a la contaminación— alcanzó 42 %, una categoría regular. Esto indica una disminución moderada de estos organismos y posibles efectos de descargas orgánicas, sedimentación o cambios en el hábitat, según el documento. 

Por su parte, el índice BMWP-Col —que evalúa la calidad del agua mediante la presencia de macroinvertebrados acuáticos— se ubicó entre 61 y 100, una condición aceptable. El resultado corresponde a una comunidad biológica relativamente diversa y a un cuerpo de agua ligeramente impactado, pero todavía en condiciones tolerables para la vida acuática, según el estudio. En conjunto, ambos indicadores de la época seca describen una “condición ecológica intermedia, con buena oxigenación y contaminación moderada”.

El río recorre aproximadamente 70 kilómetros y pasa por los cantones San Miguel de Los Bancos, Pedro Vicente Maldonado y Puerto Quito. Foto: Emilia Paz y Miño.

Los resultados de la temporada lluviosa, en mayo, muestran algo similar. La mayor parte de los puntos evaluados presentó una calidad entre buena y moderada, “que sugiere que el ecosistema aún conserva características favorables”, explica Dupuits. Durante esta época, los investigadores registraron cerca de 70 individuos pertenecientes a 18 familias de macroinvertebrados.

Sin embargo, el EPT también mostró señales de alteración que podrían estar relacionadas con cambios en el uso del suelo, pérdida de vegetación o contaminación. Para Dupuits, esto evidencia que “el ecosistema todavía mantiene procesos naturales que permiten disminuir parte de la contaminación” y que el río mantiene cierta capacidad de recuperación, aunque las mayores presiones se concentran justamente en su nacimiento.

Esa capacidad de recuperación, no obstante, convive con otras presiones. La investigadora aclaró que “una de las sorpresas del estudio fue la presencia de nitratos —compuestos químicos formados por nitrógeno y oxígeno, que se usan para hacer fertilizantes— cuya presencia estaría relacionada principalmente con las aguas servidas y no tanto con la actividad agrícola”. Esto evidencia que, aunque el río aún conserva una capacidad ecológica importante, “las aguas residuales y otras presiones humanas ya están afectando a los organismos que viven en él”. Estos impactos podrían intensificarse si no se gestionan adecuadamente.

Para Dupuits, esta situación debe servir como una señal de alerta antes de que el deterioro alcance niveles más graves. “Los que vivimos en Quito ya sabemos cómo está el río Machángara, o el río San Pedro. El río Caoní no llega a esos niveles de contaminación todavía, pero la preocupación y esos datos nos muestran que sí hay un foco de preocupación y que no deberíamos llegar al punto del Machángara para recién encender la alarma de lo que está ocurriendo”, señaló.

El río Machángara –que nace en las laderas del Pichincha, atraviesa Quito y se une con el río San Pedro en el sector de Nayón, al nororiente de la urbe, formando el río Guayllabamba– ya perdió su capacidad de autodepuración. Su contaminación supera los límites máximos permitidos y sus aguas contienen metales pesados, grasas, heces, detergentes, aceites, bacterias y otros químicos, según un estudio de la Secretaría de Ambiente citado en la acción de protección del río Machángara. Su caso demuestra hasta dónde pueden llegar las presiones sobre un río cuando la contaminación supera su capacidad natural de recuperación.

El origen del Caoní en medio del poblado

El primer estero del río Caoní nace justo detrás de la casa que está junto al semáforo de la calle 6 de Diciembre, en San Miguel de Los Bancos. Foto: Emilia Paz y Miño.

El Caoní se forma por la unión de tres esteros que salen de distintos puntos del cantón San Miguel de Los Bancos, el primero nace detrás del semáforo del centro del cantón, en un sitio conocido como Las cuatro esquinas. El agua sale detrás de las casas, entre desechos urbanos y concreto. El segundo afluente nace calles más abajo. El cauce fluye por tuberías y el olor a aguas servidas es fuerte. La tercera vertiente está a pocos metros de una alcantarilla llena de basura y hojas secas que lleva el agua lluvia hacia el río.

Alcantarilla cercana al tercer estero. El descenso hacia el río es una ladera con árboles y tierra resbalosa que llega a la tubería. Foto: Emilia Paz y Miño.

Para llegar a la tubería hay que bajar por una pendiente pronunciada, entre árboles, maleza, tierra y envolturas de plástico entre las hojas. Durante la época de lluvia, entre octubre y mayo, el lugar es sumamente resbaloso. Al final de la pendiente aparece el río, que entra en una tubería subterránea, rodeado de basura y desechos urbanos y naturales que se acumulan en el lugar. 

Tubería que encauza las nacientes del río en el centro de la ciudad hacia su formación. Foto: Emilia Paz y Miño.

Entre 2010 y 2022, la población de los cantones San Miguel de Los Bancos, Pedro Vicente Maldonado y Puerto Quito se incrementó en 6.5 %. En el censo de 2010 se demostró que los tres cantones sumaban 50 853 habitantes, mientras que el censo de 2022 arrojó una cifra superior: 54 203 habitantes. El consecuente aumento de la generación de residuos y de las descargas de aguas servidas, según los investigadores, incrementó la presión sobre el Caoní. 

El río Caoní riega un territorio cuya relación con el agua y el bosque es mucho más antigua que los actuales centros poblados.

“Cuando yo era niño tomábamos agua directamente de estas vertientes”, recordó durante un recorrido, en julio de 2026, Patricio Flores, jefe del Cuerpo de Bomberos de San Miguel de Los Bancos y morador del cantón. Hoy –explica– muchas de esas nacientes están entubadas y el crecimiento urbano ha transformado el paisaje.

El Caoní atraviesa un valle que históricamente facilitó el tránsito y el asentamiento humano en el noroccidente de Pichincha, pues su geografía ofrece una ruta natural que fue utilizada por antiguos grupos indígenas desde mucho antes de la colonización. En la zona habitaron pueblos como los Yumbos, Tsáchilas, Niwas y Tocaniwas, cuyos asentamientos desaparecieron tras la llegada de los colonizadores, recuerda Patricio Espinel, dueño del Hostal Restaurante Mirador Río Blanco y morador de San Miguel de Los Bancos. 

La apertura de carreteras, ya en la época republicana, facilitó el acceso a zonas antes cubiertas de bosque y, con ello, la expansión de asentamientos, fincas y urbanizaciones: el “boom inmobiliario en el noroccidente”, como él prefiere describir al fenómeno. “Si no hacemos algo hoy, en 20 o 30 años toda la biodiversidad del Chocó Andino, toda la riqueza que encontramos, será histórica”, dice. 

Patricio Espinel recuerda que de niño se bañaba en el río sin preocupaciones por contaminación alguna. Foto: Emilia Paz y Miño.

El río, el turismo comunitario y el arte

Caroline Gro llegó desde Suiza hace más de una década y decidió establecerse a orillas del río Caoní, en la zona de Puerto Quito. Compró un terreno, construyó dos cabañas y abrió una pequeña hostería, encantada por la naturaleza del lugar. Así empezó a atraer a los turistas. Sin embargo, con el tiempo y el aumento de la población, comenzaron los problemas de contaminación. Durante la época seca, entre junio y septiembre, cuando el caudal disminuye, el mal olor del agua del Caoní se volvía cada vez más fuerte. Además, se sumó el ruido constante de las fiestas que se organizaban en las playas del río. Finalmente, durante la pandemia de Covid-19, decidió cerrar su negocio. “No sirve tener buenas leyes si no se cumplen”, lamenta.

Caroline espera que las autoridades tomen medidas para impulsar el tratamiento de aguas y basura y volver a atraer el turismo. Foto: Emilia Paz y Miño.

A lo largo de sus 70 kilómetros de recorrido, entre San Miguel de Los Bancos y Puerto Quito, el río Caoní sirve para el riego de tierras agrícolas, atraviesa zonas ganaderas y también es vital para el desarrollo de actividades turísticas que sostienen buena parte de la economía local. En Puerto Quito, los balnearios y cascadas reciben visitantes durante gran parte del año. En la zona también se impulsa una ruta ciclística de aproximadamente 50 kilómetros junto al río.

Eric Segner, ciclista profesional, al inicio de la ruta en San Miguel de Los Bancos. Foto: Emilia Paz y Miño.

Para Eric Segner, ciclista profesional y guía turístico en San Miguel de Los Bancos, conservar el Caoní significa proteger el principal atractivo natural de la región. “No tenemos una torre Eiffel”, añade Caroline, entre risas. “La gente viene por la naturaleza. Si perdemos el río, también perdemos una parte importante de nuestra economía”.

Familias se reúnen al caer la tarde en los balnearios a orillas del río. Foto: Emilia Paz y Miño.

Hoy, con los resultados del estudio, los moradores buscan  convertir el conocimiento científico en herramientas para la conservación. “Todos necesitamos aire limpio, agua limpia y alimentos sanos –dice Caroline–, el terreno podrá ser mío, pero eso no me da derecho a destruirlo. También viven otras especies que tienen derecho a existir aquí”, concluye. 

La iniciativa Salvemos el Caoní, que permitió el estudio del estado del río, también impulsó jornadas educativas en colegios, mañanas deportivas y talleres artísticos con niños y adolescentes de la zona para concientizar a la población sobre la necesidad de cuidarlo. La propuesta de talleres buscó acercar a los niños al río desde la creatividad y la memoria, usando lápices, esferos y correctores para dibujar el territorio que conocen. Mariuxi Giraldo, artista y gestora cultural que participó en esos talleres, recuerda que muchos de los dibujos no representan únicamente paisajes.

Mariuxi explica que con los talleres, querían que niños y adolescentes  “observaran el territorio con otros ojos y encontraran las formas propias de este lugar”. Foto: Emilia Paz y Miño.

Los niños ilustraban historias contadas por sus abuelos, animales que imaginaban recorriendo el bosque y escenas donde el río aparecía como un espacio compartido entre seres humanos, plantas y animales. “Nos interesaba alejarnos de la idea de que un árbol siempre debe verse igual o de que un pájaro tiene una única forma”, explica.

Los talleres se realizaron entre agosto y octubre de 2025 y concluyeron con una exposición y con la premiación de los trabajos elaborados por los participantes. Para Giraldo, ese proceso confirmó algo que luego también reflejaría el estudio científico: el vínculo entre las comunidades y el río está vivo.

Algunos de los dibujos del taller elaborados por niños y jóvenes de la comunidad. Foto: Emilia Paz y Miño.

¿Qué hace falta para proteger al Caoní?

Entre las principales propuestas que surgieron tras la difusión del informe está fortalecer el monitoreo comunitario mediante evaluaciones periódicas, en época seca y en época lluviosa; crear un registro histórico; formar brigadas para recorrer y vigilar el río para dar seguimiento de manera directa y continua a las condiciones del ecosistema y detectar posibles cambios; reforestar las riberas para mejorar la calidad del agua, prevenir la erosión y recuperar hábitats, y activar mecanismos para denunciar casos de descargas ilegales, así como coordinar acciones con las autoridades locales para implementar planes de protección en los tres cantones que forman parte de la cuenca.

El río acompaña senderos, calles y caminos entre los tres cantones. Fotografía: Emilia Paz y Miño.

Los investigadores también plantearon la necesidad de crear mecanismos legales de conservación tomando como referencia figuras que ya existen en otras zonas del Chocó Andino como las áreas protegidas municipales Yunguilla y Mashpi-Guaycuyacu-Sahuangal o el Corredor Awá Cotacachi Illinizas —una gran red ecológica de más de dos millones de hectáreas entre Ecuador y Colombia. 

Una de las propuestas consiste en establecer un Área de Conservación y Uso Sustentable (ACUS) que permita proteger el Caoní de manera integral. La iniciativa ya fue presentada a los gobiernos autónomos descentralizados de San Miguel de Los Bancos, Pedro Vicente Maldonado y Puerto Quito, pero aún no hay respuesta.

El río Caoní todavía es el hogar que acoge a decenas de especies de plantas y animales en uno de los ecosistemas más biodiversos del planeta. Para los investigadores, resulta urgente actuar, antes de que los indicadores muestren que el daño se ha vuelto irreversible.

Al llegar a Puerto Quito, desde San Miguel de Los Bancos, el río se vuelve uno de los atractivos turísticos del cantón. Foto: Emilia Paz y Miño.

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