Por Karina Marín Lara
La escena se confunde con muchas otras de los últimos años. En esta, en particular, se ve a estudiantes, administrativos y docentes, de un lado, protestando y reclamando por una presencia que no es bienvenida; y, del otro lado, a policías y militares armados hasta los dientes, impidiendo el paso de la misma comunidad dentro de su propio predio, normalizando la vulneración de la autonomía universitaria. Los separa una valla de metal, barrera improvisada que denota la imposición de una frontera como medida aparentemente obvia para garantizar orden y seguridad. En medio de esa teatralización del poder, se deja notar, de repente, el cuerpo reptante y decidido de un hombre maduro, pero lo suficientemente ágil e indignado como para optar por cruzar aquel límite a rastras sobre su espalda, atravesando con dificultad el espacio que el cerco metálico no logra resguardar. Una vez del otro lado, el hombre se incorpora y, colocándose en medio de los uniformados, levanta el cartel de protesta que lleva en sus manos, en el que puede leerse: “Cuenca no es tu hacienda. No somos tus títeres Noboa”, ante la mirada incrédula de las fuerzas de seguridad que no pudieron impedir su desacato.
El gesto, que ese día anticipó la expulsión del heredero de las industrias Noboa de la Universidad de Cuenca, le ha valido, entre otros, el calificativo de ‘agitador’ al profesor Santiago Rosano, ciudadano español que ejerce la docencia desde hace ya varios años en Ecuador. El término ‘agitador’, vale decirlo, está definido por la RAE como “persona que excita los ánimos para propugnar determinados cambios políticos o sociales”. Cambios que al poder de turno no le convienen, claro está, y por eso ha amenazado no solamente con separar al profesor Rosano de la institución educativa, sino también con deportarlo. El motivo podría ser resumido en apenas unas palabras: un profesor indignado es un sujeto incómodo. En tiempos de mentes adormecidas y de brazos sometidos, los cuerpos que se levantan para protestar dejan en evidencia las verdaderas intenciones de los regímenes que procuran normalizar la violencia, como discurso y como estrategia. ¿Acaso no se deja ver en todo el esplendor de su autoritarismo la señora Alcívar, ministra de turno de la cartera de Educación, que exige por redes sociales el despido del profesor con argumentos que desconocen la ley, pero que ante todo hacen gala de una ignorancia supina y de un moralismo impostado del que se hacen eco también otros tantos títeres de este gobierno cínico e infame? “¡Que alguien piense en los niños!”, le faltó salir gritando a la ministra, la misma que tendrá, tarde o temprano, que dar cuentas del fracaso de las políticas de guerra impuestas en el sistema educativo nacional, esas que profundizan una crisis sin precedentes, caracterizada por un clima de reclutamiento, tráfico de drogas, extorsiones y amenazas en escuelas y colegios de todo el país, como han mostrado recientemente sesudos trabajos del periodismo independiente.
De todos modos, a la señora Alcívar le tendremos también que dar las gracias por darnos la posibilidad, muy a su pesar, de conocer las reflexiones del profesor Rosano. Porque, hablando de niñeces, este docente es experto en psicología educativa y educación inclusiva, y ha llevado a cabo un trabajo que ya no podremos ignorar: ha defendido el derecho a la educación y a la convivencia diversa, a la participación estudiantil y al reconocimiento de la voz de niñas y niños en contextos escolares incluyentes, poniendo en crisis el adultocentrismo. “No se trata de caer en la idea de que ‘en ellos está la verdad’, pero sí que en sus voces está parte de la verdad, que sin sus voces es imposible construir el rompecabezas del mundo, actual, y del soñado”, escribió Rosano en un artículo publicado hace más de una década, en el que se proponía, justamente, señalar la importancia de la participación como un derecho de niñas y niños, para garantizar la inclusión educativa. Dicha participación, hay que decirlo, señala directamente la implicación política de una generación que a estas alturas, y ante los acontecimientos mundiales de los que somos testigos, no podemos eludir.
¿Acaso no ha sido la juventud francesa, durante los últimos días, la que nos ha mostrado lo que sucede cuando las generaciones más frescas dejan de lado la pantalla del celular? Esos gestos de sublevación, que incluyeron la toma simbólica de La Bastilla en París, hace pocos días, y que han provocado que adultos uniformados que han despolitizado sus vidas los sometan con violencia, son gestos de cuerpos agitados, desbordados si se quiere, cansados de tanta injusticia, cuerpos que incomodan y que provocan al poder. Detrás de esos cuerpos jóvenes, enfadados y creativos, alterados y festivos, hay sin duda profesoras y profesores que no se conformaron con los programas educativos oficiales y que decidieron no colocar sobre los ojos de sus estudiantes ningún tipo de venda. Detrás de esas juventudes hay, además, padres y madres que les hablan a sus hijas y a sus hijos de frente, sin subestimarles, diciéndoles que les ha tocado vivir una época de espantos y que deben prepararse. Estas formas de la docencia y estas formas de la crianza son a las que el poder tanto les teme y por eso reacciona como reacciona. Agitadoras y agitadores de almas nuevas, cualquier adulto de ojos bien abiertos, encarnando el descontrol y la indignación, representa para el poder una amenaza: la posibilidad del fracaso de su proyecto de zombies. Sin embargo, para el resto de la población, cualquier adulto enseñando a luchar debería representar al menos una pequeña luz de esperanza.
“Levantar al mundo. Para lograrlo, hacen falta gestos, hacen falta deseos, hacen falta profundidades” escribía Georges Didi-Huberman en el texto a propósito de su exposición Sublevaciones, justamente al finalizar el apartado en el que hace referencia a la película Cero en conducta, del director francés Jean Vigo, en la que se muestra la insurrección de un grupo de estudiantes de un internado ante el régimen de opresión y la severidad impuesta por las autoridades de la institución. La película fue estrenada en 1933 y luego censurada hasta 1945. Una de sus escenas más memorables es, precisamente, aquella en la que, ya organizado el complot en contra de las autoridades del internado, los niños inician una revuelta a partir de una ‘guerra de almohadas’ en el dormitorio compartido. En aquella escena, uno de los niños lee una proclama, que parece insistir en ser escuchada casi un siglo después:
“Hemos declarado la guerra. ¡Mueran los vigilantes! ¡Abajo los castigos! ¡Viva la rebelión!… ¡La libertad o la muerte! […] Plantemos nuestra bandera en el techo del colegio. ¡Mañana, todos decididos a luchar con nosotros! ¡Adelante! ¡Adelante!”
¿No queríamos, entonces, que la juventud despertara? ¿No ha sido juventud la que salió a las calles en Chile hace unos días, la que acampa en la Puerta del Sol, en Madrid, la que marcha en Nueva Delhi ahora mismo, la que ha salido a las calles brasileñas a alertar sobre las consecuencias regionales, si ganara el candidato de la oposición? ¿No fue acaso juventud universitaria la que inició las acampadas en contra del genocidio palestino en universidades estadounidenses, luego del 7 de octubre de 2024? ¿Acaso no ha sido sobre todo juventud la que ha salido a defender los ríos en Cuenca? ¿Acaso no fue sobre todo juventud la que marchó este sábado 10 de octubre en Quito, que concluyó con demostraciones de abuso policial en contra de manifestantes y periodistas? ¿Acaso no es juventud lo que exhibe el dirigente estudiantil Mauricio Ochoa, también perseguido por presidir la Federación de Estudiantes Universitarios en Cuenca, que se opuso a la militarización de su casa de estudios y defendió la autonomía universitaria?
Si lo que ha pasado en Gaza ha empezado a pasar en casa, sépase que también París está más cerca que nunca. Quienes enseñamos y criamos conscientes del mundo que les ha tocado vivir a nuestras hijas e hijos, no podemos hacer menos que enseñar con el ejemplo. Porque la protesta es también un derecho académico, como nos lo ha recordado Cristina Burneo Salazar, debemos asumir la responsabilidad de debatir todas aquellas circunstancias que afectan a la educación y de expresar con libertad aquello que atañe a toda la sociedad, aquello que nos está violentando. Ni la militarización de las universidades ni las amenazas de deportación pueden ser herramientas consentidas por la ciudadanía para que un gobierno ejerza su poder fuera de la ley, como si nada. Y si para impedirlo será necesario que reptemos debajo de vallas hasta que seamos señaladas como ‘agitadoras’, lo haremos. Ya lo hemos vivido y no vamos a callar.
Que nuestros cuerpos indignados y solidarios sean el rumbo a seguir.
Si quieres conocer el trabajo del profesor Santiago Rosano, te recomiendo leer su artículo Son cosas de niños. La participación como derecho y la educación inclusiva: reflexión en torno al papel de las niñas y niños en la escuela.
Y aquí puedes ver la película francesa Cero en conducta, de Jean Vigo:
La ilustración de portada fue realizada con inteligencia artificial para esta publicación.


